Dispara a la cabeza caliente del motorista ensimismado

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Hunter S. Thompson

¿Sirve de algo una moto además de para provocar inquietud casi furiosa al peatón, ruido insufrible al vecino y una profunda antipatía al conductor de un taxi? Se puede afirmar que sí que sirve para algo más cabalgar esa máquina diabólica: además de la obvia satisfacción viril que procura al piloto, que siente cómo su cuerpo se funde justo por donde más duele con un artefacto que multiplica sus posibilidades de correr más, atronar más, ¿ligar más?, y como esto es un magazine cultural, sería pertinente subrayar tres casos de notables escritores a los que montarse en una motocicleta les ha supuesto penetrar en una nueva dimensión intelectual y así reflexionar, literariamente y de una manera más rica, sobre el mundo. Subidos a la moto, estos tres autores, o centauros, han visto la vida de otra manera, y para cada uno de ellos viajar en moto ha supuesto una forma diferente de expresar su ser más íntimo: la liberación, la introversión y la agresión. Hablamos respectivamente de Lawrence de Arabia, héroe a su pesar; Robert M. Pirsig, el autor del libro de filosofía más vendido de la historia y Hunter S. Thompson, un calavera metido a escritor que terminó inventando un género (el periodismo gonzo). Cada uno representa una forma de reflexionar sobre y encima de la moto que nada tienen que ver entre sí y que sin embargo suponen tres modelos de centauro, que, como se sabe desde los tiempos clásicos, es un ser mítico que está especialmente bien dotado para la guerra y las grandes cabalgadas, al que se le atribuye también una especial sabiduría… al menos se le supone a Quirón, el más famoso de todos.

¿Pero favorece de verdad el fermento de las ideas el hecho de viajar a horcajadas sobre una estructura de metal lanzada al viento sobre dos ruedas enganchadas por una cadena grasienta a un motor batido con furia por un par (o más) de cilindros? Lo que sí se sabe con certeza es que, mientras cabalga largas distancias con su motocicleta, la cabeza del piloto, sometida de manera constante al bronco murmullo del motor, adquiere un punto de calor cercano al que se aplica para cocinar el huevo duro a fuego lento. Se sabe que esto sucede porque el piloto se enfrenta durante horas, en absoluta soledad, con la desaforada aventura de sus pensamientos.

En ese lapso de tiempo —entre coger la moto y dejarla de regreso en el garaje— se aleja sutilmente del mundo; se podría decir que son unas horas en las que casi levita rozando el asfalto con la goma de los neumáticos. Esto tiene más consecuencias de las que parece: ese roce, casi una caricia, le aparta de lo que duele, de lo cotidiano que le obsesiona, de los gritos y las obligaciones, de la opresión de las pequeñas cosas y de la tiranía de las grandes también.

La fragilidad de la circunstancia del motorista, lanzado contra una burbuja de viento como un monigote de trapo atado a una cometa que se aleja sinuosa y suelta, debería recordarle que su caída será probablemente trágica, que el asfalto le aguarda para romperle el cuello y abrasarle la carne hasta el hueso; no obstante, por raro que parezca, se olvida del peligro y su cabeza comienza a dar vueltas y más vueltas hasta que empieza a expulsar pensamientos con la incontinencia de un borracho. El piloto pierde por ello la consciencia de su fragilidad y, lanzado por un tobogán emocional, se deja arrebatar tanto por las buenas como por las malas ideas. Los tres escritores elegidos en este artículo ilustran perfectamente esta vomitera cerebral que produce la conducción prolongada de motocicletas.

T. E. Lawrence (Lawrence de Arabia) a lomos de su Brough Superior de 53 caballos representa el centauro liberado. Lawrence, con su peripecia vital, es el exponente perfecto de la infelicidad que de forma trascendente acompaña al héroe moderno, en su caso vivida con ribetes románticos y con suma acidez contemporánea: frustrado sexualmente en su tendencia homoerótica, latente en todos sus escritos, pero frustrado también como hombre público, como político, ya que ambicionó ser el hombre clave del Imperio británico para conseguir la unidad de las tribus árabes tras derrotar al Imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial: se arrasó a los turcos, en efecto, con una buena intermediación de Lawrence entre las cabilas del Oriente Medio, pero finalmente y en contra de lo prometido, el Gobierno inglés traicionó la palabra empeñada por nuestro héroe para crear un estado árabe unido alrededor del rey Faisal. Esto supuso para Lawrence amargura y decepción supremas que refleja de manera exhaustiva y magistral en su obra más conocida, Los siete pilares de la sabiduría.

Lawrence pilotando su Brough Superior
Lawrence pilotando su Brough Superior.

Es en esa obra donde describe la que se conoce como «la violación de Dera«, un acontecimiento que le marcará para toda su vida. Nuestro héroe cayó preso durante una misión de espionaje en el escenario bélico de Siria, entonces bajo dominio turco; fue conducido ante el bey quien, al no acceder Lawrence a su deseo de retozar con él, ordenó que se lo llevaran de vuelta al cuerpo de guardia y allí fuese azotado y violado con un látigo circasiano por un sargento y nueve soldados. Lo cuenta él mismo también en este libro. Las torturas las describe sin atisbo de autocompasión:

A fin de mantener el dominio de mi mente numeré los golpes, pero después de veinte perdí la cuenta y solamente pude sentir el peso informe del dolor, no como unas zarpas que me destrozaran, sino como un gradual desgarramiento de todo mi ser por obra de una fuerza demasiado grande cuyas olas ascendían enrollándose a mi columna vertebral hasta encerrarse dentro de mi cerebro donde chocaban de una forma espantosa.

Finalmente Lawrence logra huir, de manera parecida a como lo hiciera el actor Brad Davis de una prisión turca en El expreso de medianoche, vistiéndose con unas ropas de soldado otomano. Y acepta Lawrence con una frase llena de connotaciones metafóricas el dolor y las vejaciones sufridas:

…en Dera, aquella noche, la ciudadela de mi integridad se había perdido irrevocablemente.

Todo este dolor y decepción son exorcizados por nuestro héroe tras su regreso después de la Gran Guerra, con dos grandes obsesiones: la literatura, con la que alcanzó cierto renombre, y las motocicletas Brough. Estas dos obsesiones tienen en común ese factor de liberación que le convertirían en un centauro que galopa desmayado de felicidad extática mientras olvida el dolor de la tortura, la decepción profunda que le procuró su propio gobierno al traicionar las esperanzas de unidad de los árabes… y las carencias afectivas sufridas a lo largo de toda su vida en una Inglaterra puritana e inclemente con la homosexualidad.

Lawrence se nos convierte así en un centauro que anhela liberarse. Así cuenta una carrera que disputa, subido a su moto, al piloto de un avión de caza en paralelo a la pista de despegue:

Boa se deslizó horizontalmente 50 pies por debajo de ellos, se mantuvo a su altura, voló hacia adelante por el campo solitario y abierto.

Es una frase cargada de significados: Boa es su moto, apócope de Boagernes, como la ha bautizado, dotándola así de características animadas, y siente que le hace volar buscando ansioso la redención que para él representa el campo «solitario y abierto». Esta frase se puede encontrar en El troquel, el «otro» libro de Lawrence, la obra en la que precisamente encuentra la forma de expresión literaria que a mi juicio le hace grande; ahí está la trascendencia que buscaba y que en Los siete pilares de la sabiduría se le escapaba entre los dedos por la ambición desmedida del autor de dar de testimonio de su experiencia política y militar en Oriente Medio. Sin embargo, es en El troquel donde se olvida de estrategias y victorias guerreras, y de decepciones políticas, y se centra en relatar su peripecia humana de cómo no pudo, ni siquiera enrolándose con una identidad falsa como soldado raso en la RAF, sustraerse a la odiosa fama que como Lawrence de Arabia, el héroe vestido con ropas exóticas, le perseguía implacable a su regreso a Inglaterra.

Lawrence a la puerta de su casa, junto a su moto.
Lawrence a la puerta de su casa, junto a su moto.

Es pues en El Troquel donde escribe libremente de la felicidad que le procura su moto, su Brough, amándola como si fuese un ser vivo que le permite alejarse del Lawrence doliente mientras se lanza veloz acariciando con sus ruedas las dulces colinas de la campiña de Dorset.

La extravagancia en la que se expresaba mi exceso de emoción estaba en la carretera (…) Boa es una máquina que funciona tan suavemente a la máxima velocidad como la mayoría (de motos) de un cilindro a velocidad media (…) otra curva y me honra una de las carreteras más rectas y rápidas de Inglaterra. El borboteo del tubo de escape se desarrolla detrás de mí como una larga cuerda; pronto mi velocidad lo domina y solamente oía el aullido del viento que mi cabeza inclinada hendía y dividía a dos lados; el aullido se elevó con la velocidad hasta convertirse en un chillido, mientras la frescura del aire fluía como dos chorros de agua helada hasta mis llorosos ojos.

En la descripción que hace de su carrera alocada con el piloto del avión aparecen todos los elementos que convierten a Lawrence en un centauro que busca ante todo escapar de la pesadumbre de su experiencia como militar metido a político y de su condición insoslayable de homosexual. El impulso que describe en ese capítulo brillante de El troquel en el que quiere literalmente hacer volar a su moto en la pista de despegue rivalizando en velocidad con un avión, un caza Bristol biplano, es una metáfora bellísima de cómo deseaba Lawrence zafarse de sus propios demonios. Las alas que él coloca figuradamente a su moto son las alas que a él le gustaría poder batir para huir del mundo de los hombres… libre, ligero, suelto como un pájaro; relata emocionado:

Abro del todo la válvula de admisión en lo alto de la rasante y nos lanzamos en picado por la pendiente, y arriba, abajo, arriba, abajo, más allá de la carretera en zigzag, abalanzándose la potente máquina como un proyectil con un zumbido de ruedas en el aire del despegue de cada ascenso para aterrizar dando bandazos y con una arrancada de la cadena de transmisión tan fuerte que me sacude la columna vertebral como un espasmo…

Son palabras que describen casi un éxtasis de felicidad alcanzado en plena carrera; y sigue:

…una moto caprichosa con un toque de sangre es mejor que todos los caballos de la tierra, por su extensión lógica de nuestras facultades y por la insinuación, la provocación al exceso que produce su acariciadora e incansable regularidad.

Tras el reto alocado con el avión de caza, Lawrence continúa su paseo y se aproxima subido a su moto a la catedral de Londres donde no encuentra «ningún mensaje de misericordia». Aparca frente a su puerta y justo es cuando descabalga y oye la música de un órgano dentro de la iglesia cuando siente «una profunda inquietud que se derramaba pensativamente en mis oídos». Si no está a lomos de su Brough, desprovisto de sus cualidades centáuricas, Lawrence siente como insoportables los apenas 60 kilos de su cuerpo diminuto, de su ser complejo y frágil. Porque es precisamente ese artefacto de dos ruedas, su motocicleta, el que le permite alejarse de «Lawrence de Arabia» para volar al encuentro del «Thomas Edward Lawrence», su yo verdadero.

Después de esa disputa alocada con el caza Bristol, y la melancólica visita a Londres, ya tras la cena, intenta relajarse escuchando algo de jazz, infructuosamente:

…mi cerebro estaba demasiado desordenado para la música de cuerda, su droga en una tarde lluviosa; esta noche estoy somnoliento, ebrio de aire.. mañana, el águila de oro muda su plumaje sobre nosotros.

La Brough Superior bicilíndrica (en uve) de 1000 centímetros cúbicos y 53 caballos de potencia, con la que Lawrence alcanzaba velocidades de 160 kilómetros por hora, era un moto espléndida para su época; compró un total de siete unidades y a cada una de ellas la bautizaba con un nombre diferente; era un modelo que pedía directamente al fabricante indicándole mejoras de forma obsesiva por carta, aportando datos técnicos de rendimiento, consumo y velocidad. A lomos de la última de las Brough, la George VII, y a más de 100 kilómetros por hora, perdió la vida el 13 de mayo de 1935 por evitar una colisión con dos ciclistas. Tras cuatro horas en estado de coma provocado por las graves lesiones cerebrales, murió a la edad de 46 años. Los estudios médicos que el doctor Hugh Cairos realizó seguidamente sobre su maltrecho cráneo impulsaron el uso del casco para motociclistas (el mismo doctor diseñó un prototipo) con la intención de evitar accidentes fatales como el que le costó la vida a nuestro autor.

Pirsig con su hijo Chris y la Honda Superhawk sobre la que hicieron el mítico viaje.
Pirsig con su hijo Chris y la Honda Superhawk sobre la que hicieron el mítico viaje.

Robert M. Pirsig representa, a lomos de su Honda Superhawk de 37 caballos, al centauro meditabundo, introspectivo, ensimismado; un ensimismamiento que, a lo largo de su viaje en moto por todo EE. UU. (de Minneapolis a San Francisco), le procuró como fruto de sus reflexiones Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, el libro de filosofía que ha batido todos los récords de venta (4 millones de ejemplares)… y probablemente de rechazos previos (121 editoriales se negaron a publicar su manuscrito). Aunque sin duda es un libro que ha marcado la comprensión filosófica de la generación post-beat en medio mundo, personalmente creo que es un libro de amor escrito hacia un hijo, Chris, su inquieto copiloto en ese viaje de frustración e incomunicación con un niño que padece los primeros síntomas de un desequilibrio psíquico importante. Es con ese hijo con el que constantemente dialoga Fedro-Pirsig a lo largo del libro y el que le da la excusa narrativa para convertir lo que sería un árido libro filosófico en un viaje en moto novelado. Fedro es el álter ego de Pirsig, una personalidad esquizoide que le permite indagar sobre las cosas de este mundo imbuido de penetración intelectual…y de una extraña y culpable maldad, «espíritu maligno, insano, de un mundo sin vida ni muerte», escribe sobre él (mismo).

Es relevante subrayar que al igual que su hijo, Pirsig, que fue un escolar superdotado al que los demás niños zurraban duro en los recreos, tampoco tenía la azotea muy en su sitio. Se sometió durante los años 60 a voluntarias sesiones de electroshocks, de cuyos resultados nunca habló con claridad.. probablemente porque no supo nunca si fueron buenos y así lo deja caer en este libro. Lo que sí es cierto es que en la filosofía encontró una salida a su constante indagación sobre la vida. Y lo curioso fue que su Honda le sirviese como motor reflexivo para cuajar Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, un libro que es una descripción detallada, casi exhaustiva, de la incomunicación con su hijo como ya hemos señalado, pero también es un camino preñado de hermosos pensamientos… y no sería justo dejar sin resaltar la belleza intrínseca, casi melancólica, que contienen sus páginas en las que canta su amor a Norteamérica, a sus praderas, a las tormentas que parecen querer aplastar a los motoristas incautos que se adentran en absoluta soledad en ellas; un canto a sus carreteras secundarias, a los pájaros que echan a volar a su paso y a los caballos que pastan mientras miran con perplejidad ingenua a tan extraños viajeros.

Cuando vas de vacaciones en moto ves las cosas de forma totalmente diferente; en un coche estás siempre dentro de una cápsula en la que todo lo que ves parece una extensión de la televisión.. como si fuera un marco; en la moto el marco desaparece: estás en pleno contacto con todo, dentro de la escena, no solo contemplándola, y la sensación de presencia es abrumadora… en la moto te pasas el tiempo percibiendo cosas y meditando sobre ellas.

La filosofía zen apuesta por que dios está en esas pequeñas cosas que percibimos, y nosotros viajaremos al encuentro de la divinidad precisamente si caemos en la cuenta de que debemos mostrarles nuestro amor accediendo a su comprensión reflexiva. Pirsig se aferra a este principio para desarrollar toda una teoría sobre la Calidad, el bien supremo, a la que nos arrastrará el amor por la Tecnología. Sería quizás demasiado oneroso aquí de explicar, pero Fedro-Pirsig entiende que un alarde de amor por el mantenimiento de las piezas que componen esa máquina llamada motocicleta, por el equipo de motorista que usa, le conducirán inexorablemente a mostrar amor por los demás hombres… y lo explica de una manera que nos emociona. En una de sus meditaciones, el autor explica que a pesar de la multiplicación de las máquinas a nuestro alrededor, sin embargo «en este siglo veinte nuestra actitud hacia la tecnología es la de espectadores». Y esto es un error fatal: el hombre, insiste, «se aleja de la realidad tecnológica, de la realidad sin más, sin entender cómo funciona». Es una actitud que le espanta. Al no querer comprender cómo funciona el mundo, este nos agobia, nos oprime con sus cada vez más sorprendentes situaciones, requerimientos, desequilibrios, productos. Y eso nos impide amarlo porque nos impide alcanzar la paz mental necesaria; y pone nuestro autor como ejemplo el afecto que él muestra por las pequeñas cosas de su moto.

«Ayer hablé de preocuparse por las cosas, me preocupo por estos viejos y mohosos guantes; les sonrío volando a través de la brisas porque me han acompañado tantos años y están tan viejos y cansados y mugrosos que tienen un aspecto cómico; se han impregnado de aceite, sudor, suciedad y bichos espachurrados…». Pirsig casi da vida a esos viejos guantes atribuyéndoles «su propia memoria» y le aterra la sola idea de cambiarlos.

Pirsig sostiene, junto al batería de jazz John Sutherland (que les acompañó parte del viaje a lomos de una BMW R60) a su hijo Chris.
Pirsig sostiene, junto al batería de jazz John Sutherland (que les acompañó parte del viaje a lomos de una BMW R60) a su hijo Chris.

Con su moto Honda le pasa lo mismo: «…con más de 40.000 kilómetros se está convirtiendo en una veterana… a lo largo de los kilómetros uno cultiva ciertos sentimientos hacia la propia moto que solo son para ella y para ninguna otra». Y eso es así porque la moto desarrolla «su propia y única personalidad que podría definirse como la intuitiva suma de todo lo que sabes y sientes por ella».

Cuando se alcanza esa compenetración con la tecnología, con la máquina, se puede encontrar el sentido último del zen: la paz mental. Aclara:

En realidad la paz mental es el «asunto completo» y se debe al buen mantenimiento; lo que la perturba es un mantenimiento deficiente; lo que llamamos la operabilidad de la máquina no es otra cosa que una objetivación de esta paz mental.

Mantener debidamente una máquina es consecuencia de una paz mental adecuada… y viceversa. Podría entenderse que el mundo está desquiciado porque no lo mantenemos debidamente: ni lo comprendemos, ni lo amamos: nos limitamos a deambular por él deseando cosas, como espectadores dentro de un coche o clientes ansiosos de unos grandes almacenes.

Para Pirsig, la manera de resolver el conflicto entre los valores humanos y las necesidades tecnológicas no es huir de la tecnología. La forma de superarlo es romper ese dualismo que entiende la tecnología como una forma de explotar el mundo, y asumirla como una manera de fusionarse con él alcanzando el bien supremo, la preciosa Calidad. Porque para nuestro meditabundo centauro, la capacidad de entender la vida través de la ciencia ha convertido al hombre en poseedor «de un imperio de entendimiento de la naturaleza», una conquista que se ha producido «perdiendo a cambio el entendimiento de ser una parte del mundo y no un enemigo del mundo».

Hay que subrayar lo que es una constante de este libro maravilloso: después de una reflexión filosófica regresa pronto a la carretera donde encuentra el contacto con ese mundo:

…estos son los Estados Unidos de las grandes autopistas, de los vuelos, de la televisión y de las películas espectaculares; la gente atrapada en estos Estados Unidos primarios parece atravesar enormes porciones de vida sin tener conciencia de su entorno inmediato (…) la carretera está muy oscura y tengo que encender la luz delantera de la moto para poder continuar con esta niebla y esta lluvia.

El libro aporta luz y conocimiento, sin duda, y mucha belleza descriptiva, pero se oscurece conforme avanzan los capítulos con una melancolía creciente. Las conversaciones del autor con su hijo Chris le someten a una prueba constante pues cada vez se evidencia con más fuerza la incomunicación y los síntomas de inestabilidad psíquica del niño. Solo el contacto con la moto arrebata a Pirsig y le redime del acechante, maligno e inquisitivo Fedro. Así describe un frío amanecer en la pradera metido en su saco a la intemperie, ya avanzado el libro:

Me despierta una sensación de frío; veo por la apertura de mi saco que el cielo está aún gris, escondo la cabeza y vuelvo a cerrar los ojos.

El temor a la lluvia le retiene en el calor del precario lecho, quizás deprimido. Entonces ve a su hijo durmiendo a pocos metros, en absoluta quietud y el demonio de la melancolía parece que va a caer inexorable sobre sus próximas palabras como la tromba de lluvia que parece pronta a precipitarse desde el cielo plomizo de la pradera… pero entonces observa su Honda y se advierte una emoción repentina que reluce poderosa en sus palabras:

Chris duerme en el saco mientras su padre le fotografía al lado de la Honda.
Chris duerme en el saco mientras su padre le fotografía al lado de la Honda.

La moto se yergue sobre mí, lista para partir como si hubiera estado toda la noche montando guardia; plateada, cromo, negra y polvorienta; polvo de Idaho, de Montana, de las Dakotas, de Minnesota; vista desde el suelo impresiona.

Y le suelta la mayor muestra de amor que se le puede propinar a una moto, «creo que jamás la venderé».

Pero la melancolía hace presa en Pirsig de forma inexorable a pesar de esos momentos de redención. Hay un pasaje determinante, ya casi en las páginas finales del texto. En él, Chris se echa a llorar sin motivo aparente, contrariado por no se sabe bien qué. El padre lo describe con un dolor que nos traspasa…

…qué te sucede Chris pregunto; no me responde. Luego se pone la cabeza entre las manos y empieza a balancearse atrás y adelante. La forma en que lo hace me produce un sentimiento de temor. Después de un rato se detiene y dice: «cuando yo era pequeño era diferente». En qué sentido, le pregunto. «No sé —contesta el niño— siempre hacíamos cosas que yo quería hacer. Ahora no quiero hacer nada». Continúa meciéndose de esa forma aterradora, con la cara oculta entre las manos y yo no sé qué hacer. Es un movimiento extraño, como de otro mundo, como un regreso a algún lugar del que no sé nada… el fondo del océano.

Aunque lo que voy a contar ahora ocurrió diez años después de publicarse el libro es muy pertinente tenerlo en cuenta. Pirsig lo añadió en un epílogo a las ediciones posteriores: Chris fue asesinado en la calle por unos atracadores. Uno de ellos le clavó un cuchillo de cocina en el pecho. Contaba con 23 años y dejó a su padre sumido en una desolación casi absoluta. Esta pérdida del hijo imbuye a Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta de un significado y de una grandeza aún mayores que los que posee el libro primigenio (sin el epílogo que añadió posteriormente Pirsig) porque hace al autor, al padre, a nuestro centauro ensimismado, aún más inmenso en su tragedia: no habíamos olvidado que aún antes de que muriese acuchillado, Pirsig ya había perdido a Chris en ese «fondo del océano». Y es el niño, en su agonía final, con la sangre inundando sus pulmones, el que libera finalmente a su padre del demonio inquisitivo de Fedro haciéndole en el epílogo una pregunta, en realidad «la» pregunta… «¿pero estabas realmente loco?». Y contesta Pirsig con una determinación que nos emociona: «No».

Una poco conocida foto de Hunter S. Thomson con su BSA A65 Lightning.
Una poco conocida foto de Hunter S. Thomson con su BSA A65 Lightning.

Hunter S. Thompson, el controvertido creador del periodismo «gonzo», el autor de novelas tan desconcertantes como las películas que sobre ellas se hicieron (Diarios del ron o Miedo y asco en Las Vegas) representa al centauro agresivo, un concepto que supone entender la motocicleta como una prolongación del cuerpo en el sentido de multiplicación de cualidades físicas mediante un artilugio mecánico, que lo dota así del estallido sonoro del trueno, la velocidad del guepardo y, sobre todo, de la ubicuidad, de la presencia inesperada, del rápido agrupamiento en manadas que caracteriza al lobo. El piloto se metamorfosea en algo que amenaza y desconcierta, en un mutante peligroso para el adocenado conductor de un coche. Este fenómeno se vivió en EE. UU. con la aparición en los primeros años 60 de los Ángeles del Infierno, y Hunter S. Thomson se dedicó a lo largo de un penoso, accidentado y alcohólico año, a vivirlo junto a ellos. Fruto de esa inestable convivencia con los Ángeles que casi le cuesta la vida (al final le dieron una despiadada paliza rompiéndole la mandíbula y las costillas a patadas, y ya se disponían a masacrarlo con una piedra cuando un amigo intervino para salvarle el pellejo in extremis) fue una obra no de meditación como la de Pirsig, ni de liberación como la de Lawrence, sino un valioso libro mezcla de testimonio biográfico novelado y documento sociológico —todo ello rociado con un tonillo aromatizante de venganza personal— sobre cómo viven unos tipos con moto enfrentados con las conveniencias de una sociedad extraordinariamente clasista que solo valora el éxito del dinero… y que escupe y margina a los que no lo tienen.

El carismático líder de los Ángeles del Infierno, Sonny Barger
El carismático líder de los Ángeles del Infierno, Sonny Barger.

Los Ángeles del Infierno: una extraña y terrible saga es un libro apasionante, según mi opinión el mejor de los que ha escrito Thompson. Y creo que esto es así por una razón que no se comenta nunca, y a lo mejor es porque pasa con Los Ángeles del Infierno como con el Quijote: todo el mundo dice conocer ese libro pero la impresión que se tiene es que son pocos los que lo han leído. Y esto que se escapa al comentario general es que en sus páginas hay un tufillo de resentimiento hacia los Ángeles cuyo origen puede ser sin duda la paliza que recibió, que él mismo describe, pero no deja de rondarme la cabeza que se debe a que, a pesar de galopar con ellos durante todo un año, nunca le consideraron uno más de la tribu: y eso parece que le escoció un poco. Lo cierto y verdad es que ese resentimiento le da un toque incisivo al documento muy especial. Thompson estuvo muchos años, después de editarse la obra, amenazado de muerte por los ángeles, aunque esto último quizás entre dentro de la leyenda comercial para colocarla. Lo que a los Ángeles, a los que constantemente llama  «forajidos», asimilando su actitud y modo de vida a la de los legendarios jinetes de la pradera (de ahí esa ambigüedad de Thompson, que odia y a la vez sucumbe a la mística del motorista sumamente desgraciado pero sumamente libre también), les molestaba de verdad no es lo que escritores o periodistas como Thompson dejasen escrito o dicho por ahí sobre si eran violadores de chiquillas, borrachos empedernidos o ladronzuelos de gasolina y cajas de cerveza: lo que les sacaba de quicio era no sacar tajada de todo ese espectáculo lucrativo que los medios de comunicación montaron con ellos. Es decir, la paliza se la dieron a Thompson no por describirles como forajidos apestosos de tres al cuarto, sino por considerar al autor como uno más de la legión de chupatintas y fotógrafos que estaban enriqueciéndose a costa de su (des)cuidada imagen.

Dos son los principios ideológicos sobre los que construye Thompson su visión del Ángel del Infierno. En ambos bebe de la reflexión de dos grandes autores: Henry Miller y Sören Kierkegaard, a los que cita honradamente. Del primero extrae un párrafo de un libro poco conocido El mundo del sexo, en el que escribe Miller que «si estuviésemos despiertos del todo quedaríamos aterrados ante los horrores que nos rodean… tiraríamos nuestras herramientas, dejaríamos nuestros trabajos, renunciaríamos a nuestras obligaciones, no pagaríamos impuestos, no respetaríamos ninguna ley…».

Este pensamiento refleja la desesperada fragilidad del individuo ante un mundo que le oprime y contra el que Miller se sorprende de que no haya una rebelión violenta. De Kierkegaard, Thompson extrae de sus Diarios una preciosa (por aguda) reflexión sobre la prensa a la que considera, literalmente, el principio maligno del mundo:

La capacidad de degeneración del periodismo —escribe el filósofo danés— es de una sutileza ilimitada puesto que siempre puede hundirse más y más en su elección de lectores; al final, inflamará a todas esas escorias de la humanidad que ningún estado ni gobierno puede controlar.

Al mezclar ambas enseñanzas, un hombre sucio, una escoria humana subida a una moto desaforada que se rebela contra un mundo que le oprime, y el uso sensacionalista que de su estética amenazante hace la prensa, ya tenemos servido el mito de los Ángeles motorizados aterrando a las buenas conciencias de Norteamérica.

Thompson sitúa el nacimiento de las bandas motorizadas en 1947, en el concurso anual de motociclismo de Hollister. Miles de motoristas se dieron cita allí y provocaron lo que se conoció como «el motín de Hollister», que en realidad fueron algunos altercados sin mucha importancia, pero que rebasaron por completo la capacidad de reacción del pequeño destacamento de policía. Por primera vez el fenómeno llamó la atención de los periódicos y del cine. Películas como Salvaje, protagonizada por Marlon Brando, fueron determinantes para fomentar, según el autor, «la creación de bandas de golfos dedicados a la violencia, adoradores de la movilidad y capaces de recorrer 700 kilómetros en un fin de semana sin darle la mayor importancia para armar una buena juerga con otras bandas de motoristas en un pueblucho del interior».

Se comenzaba a gestar la creación del centauro agresivo, un tipo desclasado, hijo y nieto de desclasados, que se emplea en invierno en trabajos eventuales, que adora su Harley Davidson («es lo único que tenemos»), que amenaza por su aspecto y por su capacidad de reunirse rápido en grandes manadas que van y vienen veloces por toda la costa Oeste. Son jóvenes a los que contratan para trabajos «que pronto harán en su lugar las máquinas» señala ácidamente Thompson, y que desde luego «saben que ya están fuera del campeonato». El campeonato es la lucha por los recursos económicos… los Ángeles contra el resto de millones de norteamericanos decentes, naturalmente. Escribe casi con saña:

Al contrario que el rebelde universitario que con un mínimo esfuerzo saldrá en su lucha con un certificado de estatus, el motorista forajido tiene ante sí un futuro que contempla con la mirada funesta del hombre que no tiene la más mínima posibilidad de ascensión social; en un mundo de tecnología creciente, los Ángeles del Infierno son unos perdedores evidentes y esto les fastidia.

Y añade Thompson que sucede que esa conciencia del fracaso, en lugar de hacerles sumisos, les rebela; y tal y como apuntaba ya el párrafo de Henry Miller, «los ángeles no se someten tranquilamente a su destino colectivo, sino que ese destino lo han convertido en base de una venganza social a tiempo completo».

No esperar ganar nada, pero tampoco tener nada que perder, es el fundamento idiosincrático del motorista-forajido y que Thompson entiende que es tan peculiar de EE. UU. como el jazz, «eran como una resaca de los tiempos del salvaje Oeste, aunque en otro sentido era tan nuevo el fenómeno como la televisión». Lo que no quiere decir que su visión entronque con la percepción estética del americano medio. Muy al contrario:

El  joven Hunter S. Thompson
El joven Hunter S. Thompson.

«La primera vez que uno ve a un grupo de Ángeles por la autopista tiene la idea de que es algo que ofende las ideas habituales de este país… parecen una alucinación espantosa» describe el autor, y esto es así por la imagen tan agresivamente cuidada, donde «la moto es un instrumento de anarquía, un medio de desafío e incluso un arma». Nada que ver con el centauro cándidamente introspectivo que represente Robert M. Pirsig, o el casi remilgado Lawrence de Arabia que usaba su Brough como un instrumento de íntima liberación..

Los Ángeles del Infierno ponen en su estética el mayor de los énfasis. De hecho les obsesiona. Su aspecto es sucio pero es una suciedad muy estudiada tanto la de su indumentaria como la del aspecto salvaje de sus Harley-Davidson, a las que llaman cariñosa y descriptivamente «cerdos». Según Thompson «los ángeles huelen mal, y si se les dice se enfadan, pero en lugar de entrar en una tienda y robar un desodorante, procuran ser más sucios aún». El poderoso hedor, esa exacerbación de sus cualidades viriles, es una de las características básicas de su aspecto, y arranca en el rito de iniciación mismo. Un escatológico Thompson lo explica:

Todo aspirante al ingreso en un club de Ángeles aparece en la ceremonia de iniciación con unos vaqueros nuevos y una cazadora a juego con las mangas cortadas (…) la característica de la ceremonia en todas las asociaciones es la de ensuciar el uniforme nuevo del iniciado. Durante la ceremonia se recoge un cubo con boñiga y orines y luego se vierte sobre su cabeza en un bautismo solemne.

Esas prendas empapadas de la mierda y los orines de sus compañeros serán las prendas originales del iniciado y le deberán acompañar hasta que se le caigan a pedazos por la carretera. «Los vaqueros los llenan de grasa y los dejan debajo de la moto durante la noche» con el objeto pringoso de que se empapen con las exudaciones del cárter. En fin, que no se puede decir que estos forajidos no se currasen finamente el look. Despreciaban la protección que brindan las ropas de cuero porque eran tipos duros que no temían perder dos kilos de carne del muslo o la espalda abrasándosela en una caída sobre el asfalto. Vaqueros, barbas, chalecos de dril y, si acaso, gafas de sol.. y alguna desconcertante simbología nazi (algo que abordaré más adelante: nunca dijeron nada claro sobre su amor por la esvástica, excepto ambigüedades como que era una forma de llamar la atención).

No llevaban casco por la misma razón que no usaban ropas de cuero, porque, según el autor, «no querían dar la impresión de que no querían correr riesgos (…) todos han pasado alguna vez por el pabellón de urgencias, algo que cuentan siempre con un desdén caballeresco por el daño físico».

Más importante o tanto como la ropa era naturalmente la moto. Debía ser grande, preparada para hacer ruido… y que fuese una americana Harley-Davidson. A Thompson casi le zurran cuando propuso comprarse una Triumph (marca inglesa) al perder la suya en un accidente del que se jacta largamente. La Harley es el objeto de sus vidas, lo que les convierte en forajidos, y debía ser enorme, lo que llamaban un «cerdo rebanado» que no era otra cosa que una Harley-Davidson 74 a la que habían desguarnecido de casi todo lo accesorio para ganar caballos en la relación peso-potencia. Es toda una mística la que rodea esas motos grandes, desprendiendo siempre la virilidad consecuencia de «llevar al límite la estructura de esas máquinas».

Veteranos Angeles del Infierno posando en una foto reciente.
Veteranos Ángeles del Infierno posando en una foto reciente.

Tanto cuidado en su aspecto no podía sino provocar comentarios que les relacionasen con tendencias sexuales fuera de lo común. Pero ellos contestaban, con gallardía incluso, a esas consideraciones. El autor recoge una naturalista confesión de un Ángel del Infierno al respecto: «Yo me la dejo chupar por diez pavos (…) la otra tarde sentado en la barra de un bar un marica me los ofreció por chupármela (…) pedí un whisky doble y lo único que tuve que hacer fue sonreírle al camarero y no perder la calma«.

También hubo sobre este tema comentarios más científicos en la prensa, como el realizado en 1965 por el doctor Bernard Diamond, criminólogo de la Universidad de California, para el que «la moto es, evidentemente, un símbolo sexual, un símbolo fálico locomotriz» lo que ya es, más que pensar, correr con las palabras.

Lo que queda claro es que un Ángel del Infierno a pie, privado de su moto, confiscada por multas o perdida en un accidente, sería como un forajido del salvaje Oeste sin su Colt ni su caballo,»…un ser bastante estúpido (…) inaguantable en sus torpes bromas y sus conversaciones insustanciales (…) una vez asimilado el elemento exótico, su mundo cotidiano es tan tedioso como un baile de disfraces para niños locos» se mofa sin sutilezas el autor.

Estos comentarios revelan de nuevo la inquina que sazona las consideraciones de Thompson alrededor de los Ángeles: parece que le hicieron daño de verdad, lo que no quita un ápice de interés, incluso literario, a su libro. Incluso lo incrementa, porque a la vez que le machacaron (también emocionalmente) sin duda le llegaron a fascinar con su alarde de marginalidad violenta, con su patetismo existencial trufado de un romántico e indomable anhelo de libertad.

El poeta Allen Ginsberg salta feliz en un encuentro hipter.
El poeta Allen Ginsberg salta feliz en un encuentro hipster.

Acerca del romanticismo que parece desprender ese anhelo irreductible por ser libres quisiera no pasar por alto la historia de la seducción que provocaron los Ángeles del Infierno entre los grupos de intelectuales beatniks o hipsters, como les llama Thompson. Significados poetas como Allen Ginsberg, autor del célebre poema Howl (del que recientemente se estrenó una magnífica película homónima) o escritores como Ken Kesey, padre de la fructífera novela Alguien voló sobre el nido del cuco, establecieron una relación de íntima camaradería con los motoristas… y estos se dejaron seducir por el LSD que les ofrecieron masivamente los hipsters; el ácido fue consumido por los Ángeles de forma incontinente y gozosa, aunque con resultados dispares.

Pero aparte de la estética libérrima del forajido galopando en la pradera ¿qué podían aportar estos motoristas radicalmente incultos, hijos de hogares radicalmente incultos, a unos intelectuales de izquierda exquisitos como Ginsberg o Kesey? Pues nada. Thompson se detiene en la conformación mental de los forajidos motorizados: «…son anticomunistas rígidos, tienen unos punto de vista políticos que se reducen al mismo tipo de patriotismo retrógrado del Ku Klux Klan, incapaces de comprender que son caballeros andantes de una fe de la que ya han sido excomulgados». ¿Y cómo veían los Ángeles a estos poetas hipsters como Ginsberg que tanto amor (y LSD) les daban sin pedir nada a cambio excepto su compañía? Pues en palabras del mítico líder Sonny Barger, los hipsters eran «unos cagainas… algo que nunca habían visto antes, gente que consideraban venida de otro mundo» precisa el autor.

La luna de miel entre forajidos motorizados e intelectuales progres duró tres meses. Todo saltó por los aires cuando los Ángeles del Infierno agredieron a unos manifestantes hipsters contra la guerra del Vietnam, procedentes del campus de Berkeley, delante del centro de reclutamiento de Oakland. ¡Se pusieron de parte de la policía, la misma policía que les perseguía, multaba y golpeaba cada vez que tenía ocasión! Allen Ginsberg se espantó: no comprendía nada y se esforzó por convencer a los motoristas para que no se pusieran al lado de los que enviaban a la juventud a morir en una guerra injusta. De hecho les compuso un poema titulado A los Ángeles, del que no me resisto a reproducir alguna significativa estrofa:

Estos son los pensamientos —angustia— de los angustiados manifestantes / Que los ángeles les atacarán / por divertirse, o por conseguir publicidad por quitarse de encima la paranoia del acoso policial / o por ganarse la buena voluntad de la policía de la prensa o del dinero de la derecha…

Y añade más adelante «nadie quiere rechazar las almas de los ángeles del infierno, ni hacerles cambiar, SOLO QUEREMOS QUE NO NOS ZURREN» (en mayúsculas, en el original). Estaba muy claro: se habían dejado seducir por unos palurdos con moto que no llamaban a engaño cuando mostraban su amenazante simbología nazi… por mucha explicación ambigua que diesen cada vez que se les preguntase al respecto.

A modo de conclusión, Ginsberg sí que retrataría lo mejor de los Ángeles cuando, en ese mismo poema, les entronca estéticamente con una raíz muy profunda de América, nada menos que con uno de sus más grandes poetas, al decir que «la gran imagen, la que todos pueden aceptar, es vuestra propia Imagen Ideal, el alma libre de Whitman, el camarada, también en ruta por un Camino Abierto».

Lawrence, Pirsig y Thompson representan tres modos de entender la motocicleta, tres modos de aprovechar su potencia, su belleza y su velocidad. Aunque cada uno corre y reflexiona con ella en direcciones aparentemente opuestas, los tres tienen en común el amor por la carretera y la apuesta por la huida como una forma de evadirse del acoso de sus demonios íntimos, de vivir intensamente una personal y subversiva realidad.

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14 comentarios

  1. Cossack

    La velocidad, el sentirse libre pilotando una moto o un coche descubierto, son una experiencia inefable para la que el lenguaje no está capacitado. Eso es todo.

  2. Iñaki

    ¡GRACIAS!
    ¡Cuánto añoro mi Honda! casi tres años parada…pero volveré a montarte, seguro que volveré. Y volverán los buenos tiempos.
    V’ssss

  3. José Angel

    No renuncies a tu Honda, Iñaki.

    Y Cossack, no puedo estar de acuerdo contigo: aunque hay algo en común, el relato épico de la moto nunca será comparable al drama muelle y burgués que siempre supne subirse al coche.. aunque sea sin capota.. porque si llueve se la pones, ¿o no?

    • Miquel Àngel

      Totalmente de acuerdo!

    • Cossack

      Si es Vd. capaz de colocar la capota de un coche antiguo inglés o italiano en menos de dos minutos, mis respetos. Muchas veces no compensa ponerla porque te vas a mojar igual.

  4. Pollomike

    Ya lo dijo Kevin Schwantz:Lo más divertido que se puede hacer con la ropa puesta.

  5. Ethan

    Un día jodido en el trabajo, bajo en el coche la rampa del garage y allí está, insinuándose en la penumbra, la miro y todo cambia…
    Muy bueno José Angel

  6. José Angel

    Pollomike, no sabría decir qué me gusta más de esas dos cosas..

    Gracias Ethan, Con la moto nos sentimos protagonistas (buenos) de nuestra propia película. Los malos son siempre los del taller.

  7. Enlacemos con una de las series favoritas de Jot Down: en el tercer episodio de la cuarta temporada de Mad Men, el británico Lane Pryce cena con Don. En un momento dado, le dice que le recuerda a un hombre al que conoció en el ejército y que terminó falleciendo en un accidente de motocicleta. Le habla de cómo todos le seguían, atraídos por su carisma, y añade ‘ensimismado’: «y sin embargo él ni siquiera se daba cuenta de nuestra presencia». Siempre lo tomé como una referencia a T.E. Lawrence.

    • José Angel

      Un ensimismamiento (siempre andaba un poco con aire de abstraído) propio de Lawrence. Así aparece retratado muy bien por David Lean y por uno de sus biógrafos, Jeremy Wilson.

  8. Esther

    Perdón, pero… ¿el de la foto de arriba podría ser Clint Eastwood? Es que no lo acabo de reconocer, pero desde luego, se asemeja bastante.

    • José Angel

      Es Hunter S. Thompson en una de sus más famosas poses.. para vender su libro. Quizás te lo recuerde el revólver. Thompson se fotografió mucho con armas, botellas y motos.

  9. Paloma

    Me ha encantado el artículo. Los tres centauros son fascinantes.

  10. Pingback: 11/04/13 – Dispara a la cabeza caliente del motorista ensimismado | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real

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