La vida es sueño

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Blanca Portillo en La vida es sueño

La obra la conocemos todos: el rey Basilio, por temor a unas profecías que auguraban que las cosas con su hijo Segismundo no iban a salir bien en un futuro, pues sería un rey bastante nefasto, decide encerrarlo en una torre desde su nacimiento, alejado del mundo y con la única compañía de Clotaldo, lacayo del rey y encargado de la educación de Segismundo. Hasta que Basilio decide que ya está bien, que el chico debe tener una oportunidad de demostrar su valía. Pero claro, tras años de cautiverio preventivo no se podría esperar que Segismundo fuese a actuar de manera acorde a las expectativas, y tanto rencor acumulado acaba por condenarle a la torre de nuevo. Pero, para retorcer más la mente de nuestro protagonista, le hacen ver que todo no ha sido más que un sueño muy real. No es de extrañar que el muchacho no ande bien de la cabeza. Como tampoco es de extrañar que parte del reino, enterada de la existencia de un heredero, decida proporcionarle medios con los que vengarse de tantos años de soledad y prisión. A lo mejor Basilio debería haber profundizado un poco más en las profecías, pero eso ya es inútil. Estoy hablando, claro está, de La vida es sueño, la obra de Pedro Calderón de la Barca, una de las cumbres del teatro español y que tuve la oportunidad de ver en el Teatro Lope de Vega de Sevilla representada por la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Un director no se la puede jugar con estas obras, no puede hacer locuras —ataques de director, como los ataques de entrenador en el fútbol— y pervertir la obra. Afortunadamente, Helena Pimenta hace una magnífica labor y nos trae una puesta en escena majestuosa en la que todo está al servicio de la obra, desde los espectaculares decorados que en los momentos más críticos de la representación se transforman en un personaje más cuando se unen a la muy estupenda iluminación —memorable el asedio de los fieles a Segismundo—; el vestuario y el atrezo, sin alardes pero muy efectivos: convincentes armaduras, vestidos y harapos, armas muy realistas y un maquillaje soberbio; y, por último, la música, en directo, interpretada por instrumentos de la época. Todo para que el texto, el verdadero protagonista, pudiese tener la perfecta ambientación. Y para que la obra cobre vida de forma digna hace falta también un gran elenco. Y esta adaptación lo tiene.

Blanca Portillo ha encontrado en los papeles masculinos un reto, una forma de expresar emociones que casi hace pensar que se le da mejor hacer de hombre que de mujer. Ya la vimos interpretar a fray Emilio Bocanegra en la adaptación de Alatriste al cine, a Hamlet en la obra homónima y ahora encarnando a Segismundo. Portillo está soberbia. Le imprime al personaje un carácter muy singular, que va desde lo ingenuo y desdichado de quien nunca ha visto la luz del sol a la locura vengativa de quien se sabe engañado y traicionado pero no es capaz de discernir si la realidad es tal o es un producto de los años de soledad y cautiverio. Esa interesante mezcla impide que el espectador pueda sentir una total empatía hacia Segismundo, pues en un momento pasas de sentir pena por él a pensar “¡menudo cabrón!”. Pero no sería justo quedarse con la interpretación de Blanca, a quien destaco por ser la protagonista, ya que está rodeada de un elenco en el que no desentona nadie, lo cual es bastante difícil en obras de tal magnitud. Hasta Clarín, un personaje al que detesté bastante cuando leí la obra, me hizo gracia.

La representación, como deducirá el lector, me gustó bastante (“qué menos de algo que financia el Estado”, me dijo un amigo). Pero mi opinión no puede pasar como prueba del algodón para medir la calidad de un espectáculo. Durante el transcurso de la obra hubo un momento que ilustrará mejor la calidad de la misma. El riesgo de poner en escena obras de teatro clásico es grande, más aún si la obra en concreto es de las que tienen monólogos “estrella”, soliloquios que todo el mundo se sabe de memoria y que recitan al ritmo del actor como si de la canción emblemática de un grupo se tratase en un concierto. Juro que a mi alrededor en el patio de butacas podía escuchar a los asistentes acompañar a Portillo mientras iba diciendo aquello de “¿qué es la vida? Un frenesí / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son.”, todos sumidos en un éxtasis colectivo como solo el teatro puede provocar, es decir, silencioso, con la respiración contenida, hasta que un aplauso desprovisto de protocolo (ya saben, eso de no aplaudir hasta el final de la representación) destroza ese fervor silente.

La vida es sueño, de Calderón de la Barca
Adaptación de Juan Mayorga
Dirección de Helena Pimenta
Producida por la Compañía Nacional de Teatro Clásico

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3 comentarios

  1. Julián

    Genial! :)

  2. Galahat

    De Pimenta al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico espero mucho. «La vida es sueño» ha sido un primer paso, cauto y seguro, pero muy inteligente.

    Ahora, Helena, hay que echar a volar y llevar al teatro clásico español al lugar que se merece.

    Y Pimenta puede hacerlo, pero hay que acabar con el conservadurismo, romper ataduras y quitarse el miedo a actualizar los clásicos de una vez. Los británicos llevan décadas siendo fieles al texto y haciendo obras maestras de las adaptaciones de sus clásicos. «‘Tis Pity She’s a Whore», adaptada por Donnellan o «The Comedy of Errors» de Propeller son el camino a seguir.

    Por cierto, se echan de menos más entrevistas a gente del teatro en Jot Down. Es un filón muy enriquecedor por explotar.

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