Jorge Bustos: Gatsby, o amar por encima de nuestras posibilidades

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el gran gatsby

Cuando Hemingway leyó la obra maestra de su mellizo de Generación Perdida, registró su asombro —y un punto de envidia en la memoria primero, y más tarde en el manuscrito póstumo de París era una fiesta: “Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro todavía mejor. Entonces yo no conocía a Zelda, y por consiguiente no tenía idea de las terribles desventajas con que luchaba Scott”. En ese mismo libro de memorias algo noveladas, el granítico Ernest anota la incomprensible fascinación que sobre Francis Scott Fitzgerald ejercían los ricos:

Ellos son diferentes, Ernest.

Sí, Scott. Tienen más dinero —reducía drásticamente el escritor aventurero.

Creo que el Gatsby de Luhrmann hoy en boga de cartelera y recensión capta perfectamente esa fascinación plutocrática de Fitzgerald, y sabemos que la semántica de lo fascinante reúne la antítesis entre repulsa y atracción, entre el premio del triunfo y la maldición de la insania. DiCaprio brilla como el magnético timador de Atrápame si puedes y más tarde se colapsa como el neurótico Hughes de El aviador. Bajo el envoltorio pulimentado por unas mistificadas maneras oxonienses habita la psicología rudimentaria de Tony Montana: In this country, you gotta make the money first. Then when you get the money, you get the power. Then when you get the power, then you get the women”. No otro es el programa vital de James Gatz, devenido Jay Gatsby por la misma neoyorquina razón que años después Dick Whitman usurparía la identidad de Don Draper, con la diferencia de que Gatsby es un romántico genuino: le mueve la conquista de la inasible Daisy, a la que ama literalmente por encima de sus posibilidades y bajo el prisma cristalizado del ideal con que Stendhal describió el enamoramiento.

Acudí escéptico al cine porque Baz Luhrmann hace el cine opuesto al que uno le gusta, porque uno es alérgico al género musical y a la pirotecnia frívola de un arte afeminado antes que femenino. Pero acudí. Durante la primera hora del metraje Luhrmann imponía su estilo manierista, festivo, epidérmico, de un barroquismo abigarrado como de pared de habitación adolescente. Pero según avanzaba la película ocurría algo formidable: Fitzgerald resurgía como un espectro alcoholizado bajo el carmín y las gasas y agarraba al trivial Luhrmann de las solapas, obligándole a contar con respeto la tragedia de Jay Gatsby. El cineasta formalista acaba entregándose con milimétrica exactitud argumental a la honda fábula moral que encierra la gran novela de la Generación Perdida. Ahora que ese tétrico concepto acuñado por la señora Stein Lost Generation regresa a algunos de nosotros como si fuésemos barcos a contracorriente incesantemente arrastrados hacia el pasado, conviene discernir bien lo que Gatsby tiene de Fitzgerald para adivinar el posible desenlace personal de esta jodienda que nos toca vivir.

En la peripecia de El gran Gatsby yo advierto un potente simbolismo que se articula en torno a tres ejes dialécticos: la vulgaridad del nuevo rico frente al linaje excluyente de los ricos de familia; el trauma de la Gran Guerra frente a las burbujas de Wall Street; y el Sueño Americano frente a la inminente némesis de la Gran Depresión. Estas tres dicotomías temáticas se resumen en una, tan eterna como el hombre: el pasado frente al presente. Gatsby no logrará nunca desembarazarse del Gatz de extracción ominosa que lo habita, y Daisy es precisamente la piedra de toque diamantina que resquebraja su falsa seguridad de exitoso self-made man. Daisy no puede amarle porque, sencillamente, Daisy es de otra pasta que el dinero no puede imitar. Todos hemos conocido mujeres así lo confesaba dolido Jabois en una columna reciente: ese irresistible aire de insatisfacción, ese efímero afán de aventura, ese retorno inevitable a la estabilidad áurea de una inalcanzable posición social. “Tom y Daisy eran descuidados e indiferentes; aplastaban cosas y seres humanos, y luego se refugiaban en su dinero o en su amplia irreflexión, o en lo que demonios fuese lo que les mantenía unidos, dejando a los demás que arreglaran los destrozos que ellos habían ocasionado”, glosa Nick Carraway, el narrador testigo no puede haber un Aquiles sin su Homero, un héroe sin su cantor, al final del libro. En su novela Fitzgerald se desdobló, distribuyó al escritor en Nick y al próspero juerguista de la era del jazz en Gatsby, y en la sutileza analítica psicoanalítica de Nick trató Fitzgerald de redimir esa otra parte suya de Gatsby que él tenía y que Zelda devoraba. Si en El Crack-Up desnudó su decadencia con honestidad suicida, El gran Gatsby ofrece una cierta indulgencia autobiográfica del autor consigo mismo, sobre todo cuando hace gritar a Nick, dirigiéndose a su fatalmente enamorado vecino:

¡Tú eres mejor que ellos!

Mejor que Daisy, sí, a la que la película dota de mayor realce del que tiene en la novela, porque precisamente en sus momentos de mayor lucidez Fitzgerald comprendía la distancia antropológica que le separaba de una mujer tan adinerada como vulgar, cuya ligereza sofisticada no merecía una abnegación amorosa como la de Gatsby. Pero cuando la autosuficiencia del artista superdotado comenzó a abandonarle a medida que el alcohol a anegarle, ya sólo pudo juzgarse a sí mismo como el mero arribista de Princeton con todo el futuro por detrás. Hemingway le radiografió con su estilo característico: “Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo”.

Puede pensarse que el tema de Gatsby es el amor romántico o el dinero sucio. Pero en realidad es una novela sobre la autoestima: una feroz disección del hombre incapaz de amarse a sí mismo cuando los focos de la fiesta se apagan y sólo queda “ese callejón trasero bien iluminado donde uno tiene las citas consigo mismo”, como bellamente escribe la gran Joan Didion en un agudo, dolorosamente agudo ensayo sobre el amor propio. Para Didion, la autoestima emana de una paz interior, “un tipo de reconciliación privada”, y fluye en forma de carácter, que no es otra cosa que “la voluntad de aceptar la responsabilidad de la propia vida”, no de esa cuidadosa escenificación que representamos para los demás. “Si tienes ese sentido del valor intrínseco de ti mismo que constituye el amor propio, se puede decir que potencialmente no te falta nada: ni la capacidad de discernir ni la de amar ni la de permanecer indiferente. Si no tenemos amor propio, por un lado estamos obligados a despreciar a quienes tienen tan pocos recursos como para confraternizar con nosotros y tan poca percepción como para no ver nuestras fatídicas debilidades. Por otro lado, nos encontramos peculiarmente sometidos a todo lo que vemos y extrañamente decididos a encajar —dado que la imagen que tenemos de nosotros mismos es insostenible— en las falsas nociones de nosotros que tienen los demás”.

La obstinación de Gatsby por construir un presente tan brillante como inconfesablemente amasado no la justifica el amor, pero no porque el amor no tenga ese poder, sino porque no es amor sano al otro el que no parte de la propia aceptación. De haberse querido, James Gatz no habría incurrido en un amor vedado, contra natura de la edad y de la posición, del tiempo y del espacio. Y la soberbia de amar más allá de las posibilidades naturales siempre se castiga con la autodestrucción, cuyo opuesto, el amor a uno mismo, es el único modo de caminar hacia delante en esta vida.

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14 comentarios

  1. Antonio

    Me descubro.

    ¿Donde se puede encontrar el ensayo de Joan Didion que cita?

    • Galahat

      El ensayo se llama «On Self-Respect». No es difícil de encontrar en Internet.

  2. Flavia

    Excelente!

  3. Felicidades muy buen artículo: graciasss!!!

  4. Patricia

    Tremebundo: «con todo el futuro detrás». Que magnífica relectura del Libro. Gracias.

  5. Francesc Miró

    Gatsby no se quería lo bastante a él mismo. Fitzgerald tampoco. Luhrmann se quiere demasiado.

    No es su película una adaptación hecha «con milimétrica exactitud argumental a la honda fábula moral que encierra la gran novela de la Generación Perdida» a mi parecer. Está realizada a la medida de los gustos por el soap-opera y el romanticismo exacerbado, así como la estética videoclipera de su director.

    Y esto, pesa terriblemente el relato fílmico. La novela de Fitzgerald llegaba al lector con la fuerza de las palabras escritas con saliva para hacerle ver el peligro que entrañaba el individualismo, el carpe-diem y el dinero por el dinero. Los desmanes de la clase alta arrasban en su novela con todo y con todos. Así que debíamos andar al acecho.

    http://www.filmaffinity.com/es/user/rating/642475/373234.html

  6. Acabo de releer la novela, incitado por esta película -no creo que vaya a verla, Lurhmann me marea- y me ha parecido mejor que la primera vez. Es un relato redondo y repleto ee lecturas y sugerencias, además de escrito con un lirismo muy personal. Bien visto lo de la autoestima, no había pensado en eso. En el fondo, tiene algo de novela decimonónica, con esos personajes -Nick y Gatsby- luchando por abrirse paso y trepar.

  7. Pingback: Gatsby, o amar por encima de nuestras posibilidades | ¡A los molinos!

  8. Pepote

    Muy buen artículo

  9. Pingback: De Gatsby y su puto amor | Si Rajoy puede, yo también

  10. Pingback: mio | Annotary

  11. ortega

    Hecho en falta la mención al, para mí crucial, cambio en el narrador entre la novela y la película. Y así, mientras que en las primeras líneas de la novela, el padre aconseja a Nick que no juzgue a los menos afortunados que él, en la película el consejo es: que no juzgue. Crucial diferencia entre el mundo de Fitgerald y el nuestro, con sus ‘valores’ y su relativismo.
    Y así, el mundo que Luhrmann es capaz de reflejar es un mundo de fantasía, de bubujas freixenet, en el que los personajes carecen de ninguna realidad fuera de él, al contrario de Fitzgerald, que hablaba del mundo de su tiempo.
    De este modo, la respuesta implícita a la última línea de la novela: «So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past», es, naturalmente, ¿por qué no?

  12. PERSEO GUTEMBERG

    Siempre se dice de Gtasby que pretendía trepar; y es falso, quien ha leído la novela sin prejuicios sabe, que en el fondo las aspiraciones de Gatsby eran de otra índole; que estaban enlodadas por su pasado pero que se habían depurado por eso que él creía, era el amor. Se había superado de una manera cruel en medio de su soledad para llegar a la autodestrucción. esa es la poética subyacente en la novela y que el narrador trata de expresar de una manera insuperable. esa es la magia del Gran Gastby algo que esta más allá de lo material, algo que se impone sobre lo vulgar y nos puede llevar al sacrificio. El espejismo de un sueño devenido en la estrellad contra el muro de la realidad.

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