Los crímenes del Museo de Cera

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Julián Muñoz
¿Julián Muñoz?

El Museo de Cera de Madrid es uno de esos lugares de obligada visita en los recorridos turísticos de la capital que incluyen el Santiago Bernabéu y el no menos pedagógico Museo del Jamón. Aunque se ajusta a la tercera acepción del término “museo” del DRAE [Lugar donde se exhiben objetos o curiosidades que pueden atraer el interés del público, con fines turísticos], se trata más bien de un parque de atracciones del horror, en ocasiones involuntario.

Se encuentra situado en los bajos de tres edificios de arquitectura satánica (Centro Colón, Recoletos Colonial y Barclays) que ocupan la esquina entre el paseo de Recoletos y la calle Génova y que sobreviven a la sombra de las vecinas Torres de Colón, cosidas y convertidas en una gracias al enchufe verde de la cúspide reconocible desde cualquier punto alto de la ciudad. La ubicación del museo contribuye a generar inquietud al visitante incluso antes de entrar y encontrarse a bocajarro las figuras impávidas repartidas por oscuras salas según amplios criterios temáticos que generan extraños compañeros de escena. Parte del museo, en concreto la Galería del Crimen, está en la primera planta, pero no es visible en superficie salvo por dos carteles que indican sendas entradas por el paseo de Recoletos y la calle Génova y que dan acceso a una plaza bajo rasante, donde se encuentran las taquillas. En este entorno inhóspito y subterráneo discurren las galerías de la exposición; si la Plaza de Colón ya es caótica en superficie, es difícil imaginar por debajo de qué despachos circula el tren del terror.

En los últimos tiempos, esta singular galería ha sido noticia por ejercer de colaboradora espontánea de la justicia apostillando la imputación de Iñaki Urdangarin con su destierro a la sala de deportistas, vestido de calle, relegándolo al papel de jubilado espectador de obras, y expulsando a Isabel Pantoja del paraíso de la cera tras ser condenada por un juez de carne y hueso. Ignoramos si su destino es ser olvidada en un sótano o reciclada en velas con olor a azahar. Resulta paradójico que una empresa que exhibe a Hitler, Mussolini o Justin Bieber tenga reparos en mantener figuras con tachas legales, sobre todo si tenemos en cuenta la naturaleza de este tipo de exposiciones. La Pantoja, como autora confesa del delito de haberse enamorado de Julián Muñoz, bien merece un lugar de honor en la Galería del Crimen.

Recordemos que el origen de este tipo de museos está en una primera exposición que se realizó en Londres en 1835 por iniciativa de la emprendedora Madame Tussauds —cuyo nombre es marca registrada de varios museos de cera del mundo con figuras de cera procedentes de moldes de máscaras mortuorias hechas con cabezas decapitadas durante la Revolución Francesa, entre ellas la de María Antonieta. Se conservan hoy en día en la Cámara de los Horrores del Museo Madame Tussauds de Londres. Este espíritu morboso persiste en la mayoría de los museos de cera actuales que, si bien han derivado en bulevares de las estrellas, conservan su gusto por el crimen y el terror en particular y las cortinas de terciopelo y la oscuridad en general.

La maja vestida
La maja vestida.

También el cine ha incentivado la inquietud que generan estas colecciones de maniquíes. Las películas de terror que se desarrollan en un museo de cera son numerosas, aunque algunas son versiones sucesivas de Mystery of the Wax Museum (1933) de Michael Curtiz, cuyo argumento, curiosamente, gira en torno a la idea de un escultor que busca una modelo para dar forma a Maria Antonieta. El remake más famoso es House of Wax (1953) de André de Toth, protagonizada por Vicent Price y en la que Charles Bronson, con el nombre de Charles Buchinsky, interpreta a Igor, el ayudante del trastornado escultor. Mención especial merece House of Wax (2005) de Jaume Collet-Serra, en la línea de cualquier película en la que se junten como ingredientes una pandilla de jóvenes y su escasa capacidad de orientación, acabando en este caso rodeados de figuras de cera y sin un mechero a mano. La mención especial es por el papel de Paris Hilton y el estremecimiento que produce imaginar el desafío de convertirla en figura de cera. En 2013 se espera el estreno de Wax de Víctor Matellano, con Geraldine Chaplin y Jimmy Shaw, que se ha rodado tanto en el Museo de Cera de Madrid como en el de Barcelona.

La disposición al entrar al museo, con toda esta iconografía a cuestas, es de cierto reparo que se convierte definitivamente en escalofrío al conocer el precio de la entrada: 17 euros. Incluye un viaje en el tren del terror y otras atracciones de las que no puedo dar cuenta porque preferí abstenerme de tantas emociones. La buena noticia es que se puede visitar virtualmente y, aunque la captura es de 2012 y hay figuras que se han incorporado, desaparecido o cambiado de sitio, bien vale como guía para el lector.

El museo está dividido en tres zonas: Galería de la Historia, Galería Principal y Galería del Crimen. La de la historia está en estancia separada de las otras dos y comprende: Imperio Romano, Visigodos, Al-Andalus, Austrias, Borbones y edad contemporánea. La Galería del Crimen está sobre la principal y se accede directamente a través de ella. Algunos personajes están presentes en dos galerías, como es el caso de Juan Carlos I, que está tanto en la Galería de la Historia junto al general Franco —reconocible por el uniforme y las pistas como en el vestíbulo de la Galería Principal dedicado a la familia real: un espacio amplio en el que están juntos los reyes y los príncipes, a su derecha están las infantas, solas y vestidas de fiesta, y a su izquierda está la figura de Mariano Rajoy, que lee un discurso y cuyo mayor parecido con la realidad es que no admite preguntas.

Es con estos personajes actuales con los que el visitante comienza a cuestionarse el parecido con sus modelos por tener los referentes más frescos. Bien es cierto que se encuentran sorpresas gratas, como es el caso de George Clooney (la mejor figura de todo el museo), Antonio Banderas, Tom Cruise o una impecable Marilyn Monroe, pero, en general, el recorrido es un paseo entre figuras grotescas dispuestas en escenas imposibles. Algunas de ellas están provistas de mecanismos de movimiento para simular la respiración (como es el caso de la maja vestida de Goya, que infla y desinfla unos enormes pechos mientras produce un silbido de difícil diagnóstico) o para dar vida al toro Islero (en este caso para simular que asoma por un toril al quirófano en el que Manolete está de cuerpo presente) mientras al otro lado de la sala un toro anónimo clava su cuerno en el ojo de un torero tendido en el suelo mientras Ernest Hemingway y Elisabeth Taylor observan la escena sonrientes desde la barrera y Jesulín de Ubrique levanta dos orejas a su lado. Todo esto sin haber pasado por la sala del terror, donde te encuentras con Alaska en transparencias, la última incorporación a la plantilla.

Manolete
La Fiesta.

El museo cuenta con 450 figuras expuestas, lo que da idea del grado de hacinamiento que se produce en algunos escenarios. Si bien hay personajes que gozan de espacio amplio, como la familia real o Miguel de Cervantes, que disfruta de despacho propio con vistas a los campos manchegos, otros escritores se ven recluidos en una pequeña sala denominada Café Literario en la que Azorín se ha tenido que aupar a un poyete perdiendo totalmente la compostura. Peor suerte ha corrido Harrison Ford, con atuendo de Indiana Jones, subido al caballito de un carrusel en movimiento junto a Heidi, el pollo de Angry Birds y Harry Potter, componiendo una de las escenas más dantescas del museo.

La sala Estrellas del deporte también acoge un gran número de figuras, entre las cuales se encuentran los mayores desatinos. Carlos Sainz, Pau Gasol, Rafael Nadal y Fernando Alonso son probablemente los más agraviados.

Los temas Historia contemporánea, Personajes de la política, Circo y Far-West se exponen en una sala común, circunstancia que produce una confusión visual propia de una pesadilla al hacer coincidir en escasos metros a Angela Merkel con Hitler y Fidel Castro mientras Mary Poppins, colgada del techo, se balancea de forma siniestra y Anthony Quinn duerme en un banco, con respiración asistida por mecanismo y silbido incluido.

Evidentemente, cuando se llega a la Galería del Crimen donde además de Freddy Krueger encontramos la escenificación de crímenes, torturas de la inquisición y figuras de bandoleros y criminales famosos se llega curtido y curado de espanto.

Para ser justos, hay figuras muy fieles y con detalles muy cuidados. El proceso de elaboración es minucioso, según relata el propio museo: para la escultura de barro de la que se sacará el molde se toman previamente numerosas fotografías y medidas, los ojos son fielmente reproducidos por un protésico ocular, los dientes son igualmente encargados a un protésico dental y se utiliza pelo natural para la cabeza, barba y cejas (hasta 500.000 son introducidos uno a uno y posteriormente cortados y peinados al estilo del personaje). Teniendo en cuenta que hay figuras del hombre lobo, Chewbacca y la desterrada Pantoja, tampoco parece un exceso.

Es de agradecer que sea un lugar en el que puedes tocar, fotografiar y pasear sin la injerencia de los vigilantes. Gracias a ello puedo dar fe de que George Clooney tiene el pelo suave y de que los cafés del Café literario son de verdad pero están fríos.

Visitar el Museo de Cera es viajar en el tiempo, no tanto por su intención histórica como por su anacronismo, pero hasta en los museos más serios siempre resulta una actividad lúdica encontrar gazapos, y este es una mina. En otoño se incorpora Cristiano Ronaldo, habrá que estar alerta.

Galería completa aquí.

Reading is sexy
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20 comentarios

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