Jorge Bustos: La función fática en Roberto Fontanarrosa

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Roberto Fontanarrosa

A la mayoría de los españoles, por no hablar de las españolas, les fascina el habla argentina. Incluso aquellos que declaran su empalago mientras espantan a los repartidores de flyers de la calle Huertas reconocerán que hubo una época en que aceptaron todo chupito anunciado por boca de argentino. Por eso les darán ese trabajo, calculo. Al árido oído del castellano tiende a seducirle esa mezcla de musicalidad italiana y casticismo español que fluye en suaves pendientes, en graciosas cadencias, intercalando arcaísmos de evocación colonial y juramentos en teoría agresivos que suenan inevitablemente tiernos. La primera noche en que a uno le amenaza un argentino con cagarle a trompadas por pelotudo, no hay forma de sentir ese grato calor previo a la violencia. Más bien hay que esforzarse por no estallar en carcajadas y terminar invitando a copas al gaucho confundido.

A diferencia del español, que no tiene alternativa, el escritor argentino puede elegir entre el empleo de la variante dialectal —que es su código materno y cotidiano o el seguimiento de la norma académica a la hora de confeccionar su obra. O puede manejar ambas con idéntica pericia, alternando el uso del más alto castellano con la incursión creíble en la literatura gauchesca, como es capaz Borges en Hombre de la esquina rosada. Sin embargo, escritores como Borges, Cortázar, Sábato o Lugones sabían que atenerse a la norma académica les proporcionaría más lectores, más prestigio y más seguro pase a la inmortalidad que el desinhibido cultivo de su localismo natural. Correlativamente, los autores argentinos que han preferido expresarse en dialecto asumen el coste que siempre comporta la opción de lo particular.

A este segundo grupo pertenecía Roberto «Negro» Fontanarrosa (Rosario, 1944 – Rosario, 2007), quien no aspiraba a ganar el Nobel y cuyos cuentos, declaraba, no le van a cambiar la vida a nadie, dándose por bien pagado con que un lector le parara por la calle para decirle que «se había cagado de risa» leyéndolos. La exactitud es la más genuina de las modestias y efectivamente los cuentos de Fontanarrosa, que he pasado leyendo este verano, no me han cambiado la vida, pero sí me he cagado de risa con ellos. Así que Fontanarrosa es un artista honesto, aquel que da lo que promete, y eso es más de lo que logra la mayoría.

Meditando las razones de la comicidad de Fontanarrosa, escritor popular pero mejor dotado de lo que ese adjetivo presagiaría en España, he llegado a la conclusión un poco pedante de que su secreto artesanal consiste en la facilidad argentina para explotar una de las siete funciones del lenguaje listadas por Roman Jakobson: la función fática o de contacto. Ustedes recordarán de Lengua de COU que la función fática no acentúa el papel del emisor ni del receptor en el esquema estándar de la comunicación, y ni siquiera del mensaje, porque está vacía de contenido informativo algo muy argentino, por otro lado, sino que sirve únicamente para subrayar el canal, para asegurarse de que emisor y receptor están en condiciones de comunicarse antes de decirse nada en absoluto. El habla argentina es riquísima en elementos léxicos de función fática, desde vocativos injuriosos e interjecciones gratuitas a imperativos anhelantes o alusiones escatológicas: che, mirá vos, viste, boludo, te cuento, pará, oíste, y bueno, obvio, dale, loco, andá, no seas hijo de puta, la recalcada concha de la lora y otros muchos por el estilo. En sí mismas ninguna de estas expresiones aporta gran cosa a la conversación, y sin embargo los cuadros costumbristas de Fontanarrosa, que son básicamente escenas teatrales armadas merced a un agudísimo sentido del diálogo coloquial, no derraman arbitrariamente estos elementos que al lector español le parecen tan expresivos pero que para el argentino conforman la rutina de sus tardes de boliche. Y Fontanarrosa es una estrella de las letras argentinas, no lo olvidemos, colaborador durante dos décadas de Les Luthiers, viñetista antologizado y en sus mejores momentos un prosista bendecido por la gracia del ritmo y la inspiración verbal, un fenómeno de aparente pero brillante improvisación que recuerda al fraseo de Kerouac. Su breve pieza El monito, que dibuja la ensoñación de un oficinista calvo y gordo que aún fantasea con el gol mítico que nunca marcó en la competición que nunca jugó, no tiene nada que envidiar a Cortázar en el encadenado perfecto de frases poéticas y final redondo. Todo eso pesa, claro, pero sin su oído privilegiado canchero para el diálogo, el arte del rosarino no valdría gran cosa. De ahí que sus cuentos hayan sido llevados al teatro tantas veces en la escena argentina. Parecen estar pidiéndolo.

El habla argentina se advierte igual de bien en las películas de Ricardo Darín se antoja especialmente diseñada para el intercambio frenético de diálogos tan chispeantes como vacuos. Y sin embargo esa vaciedad, esa voluntaria elección de la función más ligera y menos útil del lenguaje contiene en su propia nube un mensaje cargado de vida de barrio, de rutina gris salvada en la amistad inercial de la cuadrilla, cuya única épica dable es la que proyectan en sus remembranzas futbolísticas en torno a la mesa del café, a poder ser evocando a jugadores de Rosario Central. Rafael Sánchez Ferlosio, esta vez desde la sequedad de la parla mesetaria, se sirvió del mismo recurso en los interminables y anodinos flujos dialécticos de El Jarama para transmitir al lector el prosaísmo inenarrable de la vida de posguerra. Se puede probar a oceanografiar el tedio, como hizo Eugenio D’ Ors; o se puede zambullir a los lectores en él. El talento del humorista rosarino consistía luego en no dejar nunca que la conversación flotase a la deriva, sino en dirigirla suavemente hacia un final imprevisto, como mandan los cánones del relato literario. Como madrileño desprovisto de entonación no puedo dejar de celebrar el acento divertido, sabiamente expuesto y por ahí modestamente lírico de Roberto Fontanarrosa.

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29 comentarios

  1. Jose Meto

    Se echan de menos unas citas para animarnos a leerlo.

  2. Mitsuhirato

    Lo de los argentinos y su particular expresión oral no es un mito valdanesco. Maradona, que salió de un barrio muy humilde y que no destaca por sus finos modales es capaz de sacarse de la manga frases espontáneas como: ‘Porque se equivoque uno no tiene por qué pagarlo el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha’ o ‘Si al fútbol se jugase sin porterías, España sería siempre campeona del mundo’. ¿Os imagináis a Güiza o David Villa pariendo frases así?

  3. Unicornio vomitivo

    Después de leer el artículo he buscado información sobre el autor y este cuento ha sido el primero que he leído: http://latorredebabel.wordpress.com/2010/06/18/relato-de-un-utilero-por-roberto-fontanarrosa/
    Sencillamente fantástico.

    • Gustavo

      Les recomiendo “El ocho era Moacyr”, “La degradación de Utte Rumenigge” y “El mundo ha vivido equivocado”. No se van a arrepentir…

  4. Pingback: La función fática en Roberto Fontanarrosa | ¡A los molinos!

  5. Habla de Central, del negro, de esta forma de hablar… daré difusión sin dudar!

  6. “Como madrileño desprovisto de entonación”. Perdón, pero no hay nadie desprovisto de entonación. Ocurre que una entonación (un acento) solo es perceptible desde otra entonación.

  7. Uruguayo

    Hace pocos años Alfaguara editó (que yo recuerde) dos libros llamados Fontanarrosa Cuentos Reunidos, volumen 1 y 2. Os recomiendo que los compréis. A mí tampoco me cambiaron la vida pero me la hicieron mucho más llevadera, especialmente en los momentos más jodidos. Para mí, Fontanarrosa es uno de los escritores en lengua castellana más entretenidos de todos los tiempos. Lengua castellana pasada por el filtro rosarino. Porque el acento del que habla este artículo no es argentino, sino de distintos sitios del Río de la Plata.
    Lean al Negro, che. Lo van a pasar genial.

  8. Quique

    Para aquellos que quieran escucharlo a Fontanarrosa, pueden ver su participación en el III Congreso Internacional de la Lengua Española (Rosario, 2004): http://www.youtube.com/watch?v=agm_RdyuOqA

  9. Para ejemplificar este honorable artículo que evoca a El Negro Fontanarrosa (sé que no me ven, pero me puse de pie para nombrarlo), yo recomiendo su escrito titulado “Puto el que lee esto”, donde hace alarde de ese lenguaje que aquí se elogia con justa argumentación (y que yo secundo con énfasis) pero también se desprende del escrito que recomiendo el conocimiento literario que poseía, en un relato relativamente corto, donde pesa por igual su cultura (enorme, gigante) y su lenguaje coloquial (más o menos del mismo tamaño). De hecho el título “Puto el que lee esto” confiesa habérselo encontrado en un baño público, si mal no recuerdo.
    Háganme caso. No soy argentino pero soy uruguayo, es casi lo mismo.

  10. Angelito

    Hay una antología de cuentos suyos bastante buena: “El mundo ha vivido equivocado”

  11. Fulgencio Barrado

    Enhorabuena al autor por el artículo magníficamente escrito. No me extraña que Messi nunca vaya a llegar a ser el ídolo en Argentina que es Maradona; ser un argentino callado y parco en palabras es como ser un torero vestido con un mono azul.

  12. “A diferencia del español, que no tiene alternativa, el escritor argentino puede elegir entre el empleo de la variante dialectal —que es su código materno y cotidiano— o el seguimiento de la norma académica a la hora de confeccionar su obra.”

    Eso no tiene mucho sentido. Hay más variedad dialectal en la península, proporcionalmente, que en la América hispana, como hay más variedad en Gran Bretaña que en la América angloparlante. La elección de escribir en un español neutro y común o uno local responde a la decisión de cada escritor, y su repercusión a las decisiones de editoriales o agencias nacionalistas.

  13. Roberto

    “A diferencia del español, que no tiene alternativa, el escritor argentino puede elegir entre el empleo de la variante dialectal —que es su código materno y cotidiano— o el seguimiento de la norma académica a la hora de confeccionar su obra. ” “Como madrileño desprovisto de entonación…” Esas dos aseveraciones me hacen creer que el autor se ha creido unos cuentos que no resisten cinco minutos de análisis.

    Todos los escritores españoles que conozco emplean su dialecto y jamás un “neutro” que difícilmente exista. Sus personajes usan coche, comen patatas y tratan de vosotros a grupos de interlocutores. Puede que la confusión provenga de la falta de Esp. en miles de palabras del diccionario de la RAE o de la creencia de que lo que se habla en España es el idioma original y el resto de dialectos son sus descendientes.

    Reescribamos:

    A la mayoría de los americanos, por no hablar de las americanas, les fascina el habla española. […] Al árido oído del rioplatense tiende a seducirle esa mezcla de musicalidad europea y casticismo que fluye en suaves pendientes, en graciosas cadencias, intercalando arcaísmos de evocación colonial y juramentos en teoría agresivos que suenan inevitablemente tiernos. La primera noche en que a uno le amenaza un español con atizarle unas ostias por chulo, no hay forma de sentir ese grato calor previo a la violencia. Más bien hay que esforzarse por no estallar en carcajadas y terminar invitando a copas al petazeta confundido.

    El habla española es riquísima en elementos léxicos de función fática, desde vocativos injuriosos e interjecciones gratuitas a imperativos anhelantes o alusiones escatológicas: tío, coño, y tal, que te cagas, ya te digo, la reputa ostia, oiga, y es que, pero que muy mucho, cabrón, macho, ya te vale, hijo de puta, que te folle un pez, me cago en la leche y otros muchos por el estilo.

    • Claro que existe un español neutro: es la koiné literaria, usada a ambos lados del Atlántico. Igual ocurre con el inglés: se estudia Shakespeare y la literatura inglesa, en las escuelas de EEUU, Canadá, Australia, etc, como se hace con Fitzgerald o Hemingway en Gran Bretaña. Y lo mismo con Irlanda. Pocos escritores asturianos escriben en asturiano, o andaluces en andaluz. Reverte, por poner un ejemplo obvio, no escribe en panocho, sino en un español en el que la mayoría de las fuentes son textos. La mayoría de los escritores quieren ser leídos más allá de su pueblo.

      • Roberto

        No exactamente, es imposible escribir textos extensos en castellano sin delatar el dialecto. Ni “ustedes” ni “vosotros” son tenidos por neutros por quienes usan la otra opción, por mencionar la más ubicua de todas las diferencias. Luego viene el uso de los tiempos, ciertas preferencias sintácticas y mucho léxico.

        Cualquier cuento de Borges delata su origen argentino o, en el más complicado de los casos, americano. Otro tanto ocurre con Miguel de Unamuno o cualquier otro de los escritores más relevantes en nuestra lengua.

        Saludos.

        • Eso es algo dudoso: cuentos de Borges como “Odin” o “La biblioteca total”, por poner un par de ejemplos, no delatan origen nacional alguno. Igualmente, muchos poemas de Borges o Rubén Darío están desprovistos por completo de americanismos, muchos de Machado o Bécquer de andalucismos, etc. En una “cata a ciegas” de muchos textos, dudo que se supiera el origen del escritor. Ejemplos los hay de todas clases, pero evidentemente existe una koiné literaria.

          • Roberto

            Bien, yo probé con Emma Zunz después de comentar y tenía algunas pistas, ahora probé con La biblioteca total y no hallo ninguna. Seguramente escribí muy a la ligera y pido disculpas por eso.

            Pero incluso si existe esa koine literaria, el sr. Jorge Bustos afirma que los españoles no tienen la posibilidad de optar entre su dialecto y el neutro, porque ya hablan en neutro.

            • En eso estoy completamente de acuerdo con usted, como en lo que escribió en su primer comentario sobre la gran cantidad de elementos léxicos de función fática en español peninsular. Es uno de los grandes errores del artículo, junto con el ya comentado por otros sobre la “ausencia de entonación del madrileño”.

  14. Ulises

    El artículo estaba perfecto hasta que leí eso de: “Como madrileño desprovisto de entonación…”. Jajajaja! Qué bueno! Esa ingenuidad (o ignorancia) ombligo-centrista es enternecedora.
    En cualquier caso, te felicito por el artículo. Muy interesante.

    • Jajaja. Buena observación. Alguien de Madriz no tiene acento ni particularidades :)

    • Dudo mucho que pensar que en Madrid se habla sin entonación tenga que ver con el ombliguismo o el centralismo (qué fijación, de verdad). Lo dice un madrileño que, ingenuamente, pensaba lo mismo antes de salir de Madrid hace unos años; y es que sí estoy más de acuerdo con lo de la ingenuidad.
      Por otro lado, me ha gustado mucho el artículo

  15. No solo prosa. El Negro Fontanarrosa, como le conocemos en Rosario, ha sido un gran autor de ‘comics’. Recomiendo Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso. En cuanto al léxico argentino creo que hablamos mucho porque somos sentimentales como los italianos. Si uno va a Roma se dará cuenta de que pasa algo parecido.

  16. Amigos, lo de “madrileño sin entonación”… es una ironía del autor que está confesando su subjetividad manifiesta durante todo el artículo. Tanto argentino aquí mandando fruta y no lo pillan…

  17. Sí, sí, claro, claro

    Sí, sí, ironía. Un clásico recurso del expuesto en el error. De hecho el autor del artículo dogmatiza durante todo el artículo.

  18. Magnífico artículo, Bustos. Comprendo y comparto esa fascinación por lo argentino, que empieza por la entonación y parece descarrilar por la impaciencia cuando vives allá un tiempo… antes de devenir incurable cuando la incomprensión se convierte en familiaridad.
    Y estoy de acuerdo con el comentario de Blopa: el uso (y abuso consciente) de la autoironía es muy de Bustos.
    Una gran parte del encanto del artículo consiste en reconocer la fuente de la fascinación en esa subjetividad que se muestra nostálgica de algo inasible pero tan real como la poesía: el acento argentino es un mundo posible, a la vez extraño y tremendamente familiar.
    Matices lingüísticos aparte (muy interesantes, y lo digo sin ironía, de verdad), lo importante es enamorarse como un gilipollas de Soledad Villamil.

  19. José Luis Sanchez de lamadrid

    Felicito a Jorge Bustos por su estilo, por su finísima ironía, porque se sitúa, con estas armas entre las mejores plumas de la Literatura actual, y porque la lectura de sus glosas provoca un deleite comparable al que proporcionan nuestros mejores clásicos, desde Quevedo a Julio Camba (a quienes admira), y a los mejores pensadores desde Baltasar Gracián a Eugenio D`Ors, con más sentido del humor. Impecable su prosa.

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