Jorge Bustos: La bendita levedad del ser

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No está claro si La insoportable levedad del ser es una novela ensayística o un ensayo novelado, pero no dudamos de que su condición limítrofe de relato erótico-político sometido a constante glosa filosófica deparó un clásico de la narrativa posmoderna que nuestro Javier Marías habría querido escribir, si Marías pudiera ser Kundera.

Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. Pero ¿qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandonarlo. ¿La persiguió él? ¿Se vengó? No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser.

He aquí el párrafo que da ese famoso título a la novela, título que a su vez lleva desde 1984 (año de la publicación) barnizando de culturalismo los artículos de los columnistas más amigos de la paráfrasis que de la lectura. El campo semántico de la obra entera está surcado con metáforas de peso y ligereza, de liviandad y gravidez, dentro del régimen simbólico que Gilbert Durand llamaría diurno o vertical. Durand fue junto a Northrop Frye uno de los grandes nombres de la mitocrítica, escuela que reaccionó contra los excesos cartesianos del estructuralismo para reivindicar el poder significante de la imaginación. Siguiendo a Jung, Bachelard o Lévi-Strauss, el sagaz profesor Durand sistematizó bajo el llamado «régimen diurno» de la imaginación un esquema de símbolos que se organizan en variedades excluyentes y antitéticas: luz-oscuridad, alto-bajo, fuerza-flaqueza, naturaleza-cultura, etcétera, dicotomías que el imaginario colectivo tiende a situar en ejes de positividad y negatividad. El método de Durand resulta de lo más útil para la crítica iconológica de cualquier obra de arte, y también para fijar eso que llamamos el «mundo propio» de un escritor en función de su preferencia por metáforas luminosas o sombrías, violentas o lánguidas, urbanas o selváticas y así.

El imaginario pesadez-levedad articula simbólicamente la novela dialéctica de Kundera. Los personajes padecen el sovietismo como carga, sueñan con aviones como una liberación, entienden el peso de la persona amada como ese cauce de dominación recíproca que es el acto sexual. Es un texto poco estructurado, que fluye en meandros alegóricos y se embalsa en lagunas de reflexión, y que pasa del tono cenagoso del existencialismo a los burbujeantes rápidos del humor procaz. Pero no se trata de una novela de tesis, sino de tesis (en plural). Al punto de que muchos de los breves y numerosos capítulos en que se divide cada parte del libro podrían funcionar perfectamente como ensayos autónomos, sobre la idea del eterno retorno nieztscheana o la ontología de Parménides de Elea, si bien sus conclusiones acaban reapareciendo luego para interpretar los giros imprimidos al destino de los personajes. Kundera es un novelista-filósofo, como lo eran Unamuno o Pirandello, y nos ofrece las coyunturas dramáticas de sus criaturas no para conmovernos sino para hacernos pensar. La pareja protagonista está formada por una mujer que no sabe responder a la opresión vital de la Praga soviética salvo con la entrega abnegada a su amado Tomás, un médico e intelectual disidente que acredita un coraje ético abstracto enfrentándose al régimen y siendo castigado por ello, pero cuya incapacidad empática lo convierte en un «mujeriego épico», un coleccionista compulsivo de amantes que no puede detener su carrera de infidelidades por mucho que sepa que están destruyendo a Teresa. La pareja de secundarios la forman Sabina, pintora de espíritu libre —tan libre que su propia ligereza acaba condenándola a la incapacidad para el compromiso, al aventurerismo de la traición constante, a la insipidez existencial que da título a la obra— y Franz, que en el picadero de la sofisticada y excitante Sabina se siente liberado de su insoportablemente convencional esposa Marie-Claudie.

Pero Sabina al año lo abandona, como hemos descubierto en el segundo párrafo. Y Franz no la persigue, sino que la idealiza todavía más, hasta terminar en Camboya empotrado en una caravana humanitaria de intelectuales sensibles al genocidio del Jemer Rojo, soñando que Sabina le mira con aprobación desde el firmamento. El liberalismo de Sabina y el donjuanismo de Tomás ilustran el fin del romanticismo, cuyo principal motor conceptual bautizó Harold Bloom como «la ansiedad de la influencia»: la psicosis de la originalidad, las ganas enfermizas de crear algo personal e irrepetible, la rebeldía contra la noción de mímesis que había vertebrado el paradigma artístico clásico. La hermosa rebelión byroniana desemboca en la conciencia de liquidez (Bauman) que caracteriza a la posmodernidad, cuando el péndulo de la historia ya no bascula sobre el polo de Parménides, con su deseo de ser, sino sobre el de Heráclito, con su constatación terrible de una fugacidad estructural, de una precariedad que fluye, de un río que ha arrancado los viejos anclajes de la patria, del trabajo, del amor, del Absoluto. Vivimos en el «planeta de la inexperiencia», donde ya no es posible la certeza, porque morimos y no hay un eterno retorno, una segunda oportunidad que disfrutemos evitando aquellas decisiones que necesitaron de toda una primera vida para revelarse como errores.

A simple vista parece que no hablamos de una novela precisamente optimista. Justo la que necesita un español de hoy. El hombre posmoderno vive en la ideología inane del fin de las ideologías, de la extinción del sentido religioso o político de la vida, apenas entretenido por el consumismo. Pero en la ambivalencia de la enseñanza central que propone el libro —la ligereza de una vida condenada a la levedad lineal— podemos sin embargo aislar una verdad liberadora que ya sabían los contemporáneos de Heráclito y de Parménides: los dioses inmortales nos envidian porque cada minuto de los nuestros, por insulso que parezca, podría ser el último. Lo cual debería bastar para desacreditar el tedio insoportable de la vida. Para proclamar la bendita levedad del ser.

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