Rubén Díaz Caviedes: ¡Es una estampida!

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Foto: Juan J. Martínez.
Foto: Juan J. Martínez.

Qué carreras, oigan, y qué brincos por las escaleras. Parecía el salto de la reja, no me digan que no. De no ser porque la mitad galopaba partiéndose el culo jovialmente por los pasillos del Congreso hasta parecería que había entrado en la cámara, qué sé yo, Tejero. O los monos de Jumanji. O José Bono declamando en verso sus memorias, esas tan nutridas que vienen en tres tomos como tres cajas de campurrianas. Así salían los diputados el otro día del Congreso de los ídem, sin dejar siquiera que Jesús Posada le diera finalmente al martillito, cloc, y levantase formalmente una sesión que más parecía golfa que integrada por altas dignidades del Estado. Era jueves por la tarde, el viernes había puente y sus señorías se iban de allí con poco señorío y mucho viento fresco, que perdían el avión o el AVE o aquello que pierdan normalmente los parlamentarios en estas situaciones, aparte del recato. Echando virutas, como quien dice, y poco menos que atropellándose los unos a los otros. Como verán en este vídeo, algunos hasta votaron de pie y dando saltitos en el escaño, como quien se está haciendo mucho pis, para poder coger carrerilla y salir corriendo de allí como salía el correcaminos, brlú mic-mic, dejando tras de sí una nubecilla. Otros no se anduvieron con tanta leche y se fueron antes de la estampida y sin votar, directamente. Total, para qué.

Pongámonos estupendos. Se acordarán, digo yo, de aquello que le pasó a la pobre Pompeya Sila, la segunda mujer de Julio César, según las Vidas paralelas de Plutarco. Cuando Pompeya ofició en su casa la ceremonia anual en honor de Bona Dea se le coló en las celebraciones un hombre, extremo prohibido en aquella liturgia en particular, que para más escándalo resultó ser el joven benjamín de un influyente linaje de los Claudios cuyo cognomen era Pulcro, que significa «apuesto». No fue culpa de Pompeya y el hombre hasta resultó absuelto de la acusación de querer comerle el tigre a la esposa del primer hombre de Roma, pero César se divorció a raíz del escándalo aduciendo aquello tan famoso de que, incluso siendo inocente, «la mujer de César no debe estar ni siquiera bajo sospecha». Caesaris uxor non satis honeste, etiam ut videretur, que dice el aforismo latino que cuajó a colación de esto y al que se recurre con frecuencia para hablar de ejemplaridad. La mujer de César no solo debe ser honesta, sino que además debe parecerlo.

Y hablando de parecer cosas. Según el último barómetro de opinión del Centro de Investigaciones Sociológicas, de septiembre de este año, el 47% de los españoles califica la situación política del país como «muy mala», un colectivo que sumado al de los que creen que es «mala» a secas rebasa el 80% de los encuestados, cuatro de cada cinco ciudadanos. Para esos mismos ciudadanos los peores problemas de España, después del paro y la economía, son «la corrupción y el fraude» y «los políticos en general, los partidos y la política» —a diferencia, por cierto, de «el Gobierno y partidos o políticos concretos», algo que resulta preocupante para una proporción reveladoramente pequeña de los encuestados—. Para los ciudadanos, en otras palabras, unas siglas específicas o quien mande puntualmente en las instituciones no supone ningún problema, sino que este es inherente a la condición política española. Y es muy gordo, además, porque preocupa ya solo por detrás del paro y la economía, posición récord en toda la historia de la democracia que hasta hace unos años, para hacernos una idea, ocupaba el terrorismo. Dos décadas atrás, y ahí está el CIS por si quieren verlo, la corrupción y el fraude preocupaban bastante menos y los políticos apenas aparecían en las primeras diez posiciones del triste ranking.

¿Significa esto que la clase política es el tercer problema del país? No, ni mucho menos. Significa que lo parece, que es bastante distinto y menos grave, pero no inocuo, especialmente si no está el horno para bollos. Después de que la gente pierda la confianza en los políticos —no en sus políticos, sino en los políticos— sabemos todo lo que viene: la apatía y la abstención electoral o peor aún: el voto delirante a los políticos que dicen que no lo son, de los que en España todavía no hay muchos, pero todo se andará. Por eso hacen mal los diputados nacionales si creen que además de serlo no convendría que lo parecieran, en particular cuando nadie ya da un duro por ellos y muchos electores estarían dispuestos a darle su voto a quien fuera con tal de quitárselos de en medio —incluyendo a otros peores que ellos que, sin embargo, parecieran mejores y cuidasen más las formas—, dejándonos seguramente a todos —a todos— en una situación peor que la actual. Por eso nótese que no decimos que «les» convendría, sino que «convendría» a secas. Porque convendría a todo el mundo, y no solo a ellos.

Por esa razón, creo yo, los ciudadanos haríamos mal en no censurar este tipo de meadas fuera del tiesto, por más que digan quienes lo dicen que son cuestiones superficiales, para empezar muchos de los propios diputados, pero no solo ellos. Iñigo Sáenz de Ugarte, por poner un ejemplo, explica en una columna de opinión que «las pullas e insultos recibidos por los diputados no fueron más que otra andanada de la antipolítica y del resentimiento de los ciudadanos por los privilegios, tanto los reales como los de ficción, de los que gozan los diputados», añadiendo que «lo que debería importar es lo que hagan los diputados mientras estén en el Congreso, no la dignidad del cargo, expresión patéticamente antigua muy empleada tras ver estas imágenes» y que «la reputación de un sistema político no se puede medir por esos treinta segundos» de estampida en el Congreso, «sino por lo que ocurrió en las diez horas anteriores». Con todo lo que esto tenga de verdad —de hecho todo salvo lo de las «pullas e insultos», porque digo yo que habrá también espacio para quien repruebe estas cosas sin recurrir a las burradas—, cabe hacerse una pregunta, que siempre es algo muy sano, y plantearse qué fue primero, si el huevo o la gallina. Si debemos ser comprensivos y consentir este tipo de escenas para no incurrir en la antipolítica, una forma de pensar inquietantemente pujante en nuestro país, o si debemos censurarlas precisamente porque este tipo de imágenes deterioran gratuitamente la imagen de la política, cimentando y contribuyendo a esa misma antipolítica.

Ante la duda, yo voto por lo segundo y por que los diputados practiquen esa criticada «dignidad del cargo» que, por más que suene propósito en sí mismo, no deja de ser un comportamiento que simplemente consiste en evitar su contrario. Cuando un político no abandona el Congreso con dignidad lo hace, como el otro día, saltando por encima de sus compañeros y corriendo como los fraggles cuando venían los goris, una situación donde lo relevante en sí mismo no es que haga lo primero, sino que no incurra lo segundo. Por eso importa, o me importa a mí, la dignidad del cargo: porque no consiste en hacer algo concreto o comportarse virtuosamente de cara a la galería, sino simplemente en no hacer todo lo contrario. Parece justo, o en todo caso inevitable, que un partido pierda la confianza de los ciudadanos si incumple sus promesas electorales tras llegar al poder o que lo haga otro, pongamos que en la oposición, por instalarse en la inacción. Por lo que verdaderamente importa, vamos. Pero que unos y otros quemen la confianza que en ellos depositan los españoles, tan escasa como valiosa cuando caen chuzos de punta, en escenas tan gratuitas como la del otro día, es, o me lo parece a mí, simplemente inaceptable.

Foto de portada: Juan J. Martínez

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8 comentarios

  1. Daniel Cañueto

    Creo que es de sentido común asumir que a un empleado, si por poco tiempo puede perder un medio de transporte y tiene que esperar varias horas al siguiente, se le permita abandonar unos minutos antes el puesto de trabajo si su labor en estos últimos minutos no es necesaria.

    Es de malos árbitros querer una sanción innecesaria para compensar faltas anteriores no sancionadas de estos mismos empleados o para compensar sanciones injustas al equipo contrario (el trabajador “normal”).

    • Nathan Jessep

      Depende. Si un empleado está calentando asiento, y contando los minutos porque nadie entra en la tienda, no recibe el correo o, sencillamente, está esperando a que acabe su jornada, pues normal que al acabar la jornada, se le caiga el bolígrafo (o el martillo o lo que se tercie) y baje persiana.

      Sin embargo, si estás en medio de una reunión, en medio de un diseño, en medio de algo, digamos, IMPORTANTE y que constituye el meollo de tu trabajo, por mucho que suenen las campanas, te quedas. Y ya saldrás más tarde, te comerás el atasco, o, como viene siendo costumbre, te j*deras y bailarás.

      Porque, aunque no se mencione en el artículo, lo que se votaba no era baladí, sino las enmiendas a la reforma unilateral del sistema de pensiones español que hizo el PP.

      Vamos, que hay que distinguir cuándo algo es una chorrada y te puedes largar, y cuando es importante, y te tienes que quedar.

      • Daniel Cañueto

        Quizá me equivoco pero, que yo sepa, el voto estaba hecho; lo que se necesitaba saber era el resultado. Ahí ya no eres necesario y puedes consultar el resultado en cualquier momento durante el viaje.

    • Victor

      ¿Varias horas? Mira como corrían los catalanes, y AVEs a Barcelona sale uno cada hora. ¿Solución? Cuando haces la reserva, no apures al límite, cúrate en salud y reserva para más tarde para evitar problemas, aunque tengas que tomarte un café para hacer tiempo. Imaginad que en el colegio hacéis lo que sus “ilustrísimas”. La bronca que te comías era de las finas.

    • PorComentar

      Si ese empleado es responsable de un paro del 26%, responsable de cometer u ocultar delitos, responsable de que el 50% de la poblacion entre 20-35 años este en el paro o inmigrando, si ese empleado tiene prebendas que quienes les pagan el sueldo no tienen ni tendran jamas, si es culpable (por accion u omision) de la evasion de cientos de millones de euros, si…
      entonces ya no es de sentido comun

  2. Fulgencio Barrado

    Esta esta gota malaya que sirve para seguir minando la moral de la población. Y no estamos ya para muchas.
    El artículo creo que viene a decir que aunque solo fuese para evitar aumentar el cabreo del personal, mejor se van mirando este tipo de cosas.

  3. España es ese país experto en quedarse con lo superfluo mientras obvia descaradamente lo importante. Abonados al cabreo continuo, nos horrorizamos viendo a sus señorías correr para no perder un tren o un avión tras una jornada que comenzó a las nueve de la mañana y terminó a las siete de la tarde.

    ¿Qué fue lo que se decidió en esa sesión? ¿Que medidas se adoptaron y de qué forma nos afectan? Eso nos da un poco igual. Lo que nos importa, lo que verdaderamente nos cabrea y nos indigna, es ver a sus señorías corriendo.

    Pues muy bien, vamos por el buen camino.

  4. Parece que hay más sentido común en la mayor parte de los comentarios de este artículo que en su propio texto.

    Claro que estos no buscan aprovecharse de una situación determinada y con un contexto muy concreto, aunque sea para dedicarle unas palabras jocosas sin importar si su justificación atiende a razones de sentido común o tan solo a motivaciones de otra índole.

    La razón por la que hubo personas que corrieron a toda velocidad después de haber cumplido con TODAS sus obligaciones constitucionales, no era la pérdida del avión o el AVE. Sino que esas pérdidas acarreaban, en algunos casos, no poder ver a sus familiares hasta el día siguiente, por ejemplo, o 5/6 horas más de estancia en la capital llegando pasada la media noche a su circunscripción. Y sí, aunque algunos puedan pensar lo contrario, tienen en ese aspecto el mismo derecho que el resto de ciudadanos a estar con sus seres queridos lo antes posible una vez finalizada su obligación.

    Por supuesto, con el total conocimiento de los profesionales de los medios que conocen la realidad del día a día parlamentario y que poco o nada han hecho por difundir esta versión de los hechos.

    Y es que hay que ser muy honesto, muy valiente y muy íntegro hoy en día para escribir algo que vaya en contra de ese sentir general que reflejan las encuestas y, por lo tanto, el interés de los medios por atraer lectores, aunque lo que se escriba tenga mas matices, otras lecturas, otras consecuencias y, sobre todo, otros fundamentos.

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