Defensa en cinco puntos de The Matrix Reloaded

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Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.
Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.

Nadie dice lo contrario, así que no se escandalice. Las continuaciones de The Matrix desmerecieron mucho a la película original y relegaron a los hermanos Wachowski, otrora grandes promesas de lo suyo, a la condición de one hit wonders. En eso estamos de acuerdo, porque solo faltaba que nos volviéramos todos locos. Donde no lo estamos es en meter la segunda y la tercera película en el mismo saco, como se suele al glosar el derrumbe estrepitoso del fenómeno Matrix. ¿Acaso no hace The Matrix Reloaded méritos para distinguirse de aquella calamidad titulada The Matrix Revolutions? ¿No merece la segunda entrega figurar en la lista de las peores secuelas de la historia del cine, vale, pero quizá con un asterisco? Porque no hay catálogo de estas catástrofes en el que la segunda cinta de la trilogía no comparta su deshonra con el Batman de Joel Schumacher, Instinto Básico II o La reina de los condenados, por ejemplo. Y de verdad que no nos parece para tanto.

Es precisamente lo que aquí vamos a razonar, no para intentar descubrir a estas alturas las carreras de carretillos sino porque desde 2003 ha llovido lo suficiente como para templar los ánimos, que The Matrix Reloaded prendió como ningunos desde lo de Star Wars. Por eso y porque, pese a patinar en algunos puntos, la película consiguió elevarse muy bien en otros y darle continuidad con dignidad al universo de Matrix, una historia que sin universo se queda en nada. Si es usted de aquellos que solo rescatan de la cinta sus secuencias de acción y aquella fabulosa persecución por la autovía, le pedimos que haga un esfuerzo y que se quede, porque The Matrix Reloaded también ofrece aquello de lo que presumía la primera: algo de chicha en las referencias filosóficas —y solo algo, porque esto es cine y los olmos tampoco dan peras— y mucha simbología. Y además era muy bonita de ver, qué carajo. Ya verá que, con solo un pequeño esfuerzo, es una película más sencilla de perdonar que de condenar.

Merovingio y Morfeo o Hume vs. Santo Tomás

Para empezar, porque esta segunda entrega no solo obra en continuidad con la aplaudida parábola cosmogónica que la primera planteó, sino que le pone solución. Parece que no, porque los Wachowski situaron este desenlace filosófico en la segunda película y después hicieron una tercera vete tú a saber por qué, pero así es.

Recordará el lector lo que es la conjunción constante, pero por si acaso lo resumimos en un momento —y le recomendamos este resumen de Francesc Llorens, que está muy bien—. Según Hume, el filósofo que observó el fenómeno y acuñó el término para designarlo, esta conjunción constante es la relación de causalidad aparente —y solo aparente— que une dos acontecimientos, haciendo que percibamos uno devenido del otro cuando en realidad no tiene por qué serlo. Se trata de una crítica empirista a la causalidad, descrita siglos antes por Santo Tomás en sus célebres cinco vías y elevada a lógica cosmogónica por la teología, que reza —y estamos resumiendo mucho, vaya eso por delante— que todo lo que acontece en la existencia son efectos de unas causas, cuya causa primera es necesariamente Dios.

Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.
Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.

Les sonará. Es el mismo debate que sostienen el Merovingio y Morfeo en The Matrix Reloaded, por supuesto expresado de forma muy concisa y necesariamente cinematográfica:

—Solo hay una constante, una sola verdad universal, es la única certeza real: causalidad. Acción, reacción. Causa y efecto —sostiene el Merovingio.

—Todo comienza con la elección —replica Morfeo.

—No. Error. La elección es una ilusión creada entre aquellos que tienen poder y aquellos que no.

El giro político que adquiere así el discurso del Merovingio no es gratuito, ya que esta crítica de Hume a la causalidad  y su idea de la conjunción constante sería retomada más tarde por ciertos pensadores marxistas para depurar su concepto de la alienación, una idea ubicua en The Matrix. Por esta misma razón es también lo propio que un programa como él —el opresor— encarne precisamente la opción escolástica de la causalidad, mientras que el ser humano —el oprimido— defiende la capacidad de decisión y el libre albedrío que garantiza el empirismo: convicciones aparte, al programa le interesa expresamente que el ser humano crea en la causalidad, ilusión que obra su sumisión a Matrix.

Igual que en la primera película los Wachowski expusieron las condiciones platónicas y racionalistas de su fábula —recordemos la caverna de Platón o que los enchufes con los que los humanos se conectan a Matrix parecen conectarse a la glándula pineal, aquella en la que se conjugan res cogitans y rex extensa según Descartes—, en la segunda los cineastas escenifican el progreso mismo de la filosofía y encarnan el debate que sostienen la escolástica y la moderna filosofía empirista a partir del siglo XVII. Suena muy pomposo pero así es, y lo es para conferir un valor singular a la cinta: sin ella, sabríamos cuál es el concepto que los cineastas tienen del mundo pero no cuál es la solución política que proponen. Y ahí es cuando entra el Arquitecto.

El Arquitecto y la parte contratante de la primera parte

Viste de blanco, tiene el pelo y las barbas beatíficamente canas y es tan soberbio como solo podría serlo un dios o un gilipollas. ¿Es Dios, acaso? ¿Es el Demiurgo del que habló Platón? ¿Es el Gran Arquitecto del Universo que la masonería recicló de Pitágoras? Un poco los tres y seguramente más el último que los otros dos, o no se llamaría como se llama ni se jactaría de haber creado un mundo que es «una armonía de precisión matemática».

El Arquitecto creó Matrix después de varios intentos fallidos —incluyendo aquel que Smith menciona de pasada en la primera película, un edén de felicidad del que el «primitivo cerebro» humano, sin embargo, «intentaba despertar»—, igual que el mundo conoció varias edades del hombre antes de alcanzar la actual, según la mitología griega. Cinematográficamente, tan divino es este demiurgo que lo ve todo, como Dios, a través de sus monitores. Hasta la detención del protagonista en la primera película, aunque entonces nadie se diese cuenta. ¿Les suenan estas pantallas?

Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.
Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.

Muchos espectadores no entendieron el discurso que da este Arquitecto cuando se entrevista con Neo en el clímax de The Matrix Reloaded, pero eso tiene una explicación: es precisamente lo que quieren los Wachowski. Que no le entendamos y nos demos cuenta de que entre las máquinas manda un programa cuya inteligencia es muy superior a la nuestra, o si no a ver de qué iban a estar ganando la guerra. «Tienes muchas preguntas», le dice a Neo al arrancar su conversación, «y aunque el proceso ha alterado tu conciencia sigues siendo irrevocablemente humano, ergo entenderás algunas de mis respuestas y otras no las entenderás». Los directores no podían dejárselo más claro al espectador, que es tan impepinablemente humano como el propio Neo. Eso y que las enrevesadas palabras del Arquitecto van a ser de naturaleza fundamentalmente filosófica. Ese «ergo» tan oportuno no está ahí por nada.

Lamentablemente solo es una ilusión. Buena parte del discurso del Arquitecto es mero palique salpicado de latinajos y tecnicismos matemáticos, morralla sin un mensaje ulterior destinada solo a que nos perdamos. ¿Podría ser de otra manera? Quizá no. No al menos sin violar los códigos cinematográficos y repetir el debate que mantuvieron Morfeo y el Merovingio. De hecho, el Arquitecto aparece para zanjarlo cuando nos explica cómo consiguió crear un Matrix viable después varios fracasos, algo que la primera película de la trilogía cita pero cuyo desarrollo se deja en el tintero. Cerrando muy bien esta cuestión, resulta que la naturaleza técnica del Matrix y su naturaleza filosófica tienen ambas la misma solución.

Según explica el Arquitecto, el Oráculo, «creado inicialmente para investigar ciertos aspectos de la psique humana», descubrió que «cerca del noventa y nueve por cierto de los sujetos aceptaba el programa siempre y cuando tuvieran una elección, aunque solo supieran de esta elección a un nivel subconsciente». En Matrix, en otras palabras, no impera ni la causalidad ni la elección, sino ambas. Y la inmensa mayoría de los humanos recurre a su poder de decisión —a su libertad— para elegir, contradictoriamente, la causalidad —la esclavitud—. Solo introduciendo esta doble naturaleza el Arquitecto consiguió que su realidad artificial se pareciera a la verdadera, y solo pareciéndose a la verdadera consiguió que los seres humanos sobrevivieran en ella. La idea que los Wachowski tienen de la esencia del mundo queda muy clara. Y también el pobre papel que los humanos jugamos en ella.

Perséfone o el cielo en un infierno cabe

Perséfone es el tercer gran secundario en The Matrix Reloaded, aunque por su número de palabras no se diría tal cosa. El guión no le reserva demasiadas funciones ni un papel memorable, pero sí una identidad que reviste de significado el universo simbólico de toda la película, que no es poco. Y resulta que este universo del que Perséfone es clave no es exactamente el mismo que aquel que los Wachowski construyeron con gran aplauso en la primera cinta. Se parece, pero no es igual.

Recordarán que en la mitología griega Perséfone era la diosa reina del inframundo, raptada por Hades para convertirla en su esposa y liberada después del infierno aunque solo seis meses al año —los que corresponden a la primavera y el verano, cuando su madre Deméter hace florecer la naturaleza—. La Perséfone de The Matrix Reloaded, del mismo modo, es un programa exiliado en Matrix junto a su marido, el Merovingio, que ejerce como virtual gobernador de la realidad artificial, nunca mejor dicho lo de virtual. Él es un «traficante de información», recurriendo a sus propias palabras, y uno de los programas más antiguos que existen en Matrix, recurriendo a las del Oráculo. Ella no se sabe muy bien a qué se dedica pero lleva el vestido de látex bien prieto y compone un bonito florero en las comidas de negocios de su marido. Será también quien nos dé un pequeño paseo por la château del Merovingio y quien nos presente algunas de las furias de este infierno figurado, entre ellas un par de hombres lobo que, cuando los protagonistas encuentran, estaban viendo una película de vampiros. Hay quien ha querido detectar aquí un homenaje a la primera cinta en la que Monica Bellucci y Keanu Reeves compartieron secuencia, por cierto.

Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.
Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.

Cuando The Matrix Reloaded salió en cines algunas mentes calenturientas afines al MIAM —la especulación fallida del Matrix in a Matrix, que proponía que Zion y el mundo real eran una segunda simulación, tan virtual como el propio Matrix— encontraron un filón en Perséfone o, dicho con más precisión, en las lecturas infernalistas a las que invitaba su presencia. Hasta que aparece, el mundo parido por los Wachowski se dividía en una primera realidad aprehensible —Matrix— y una segunda y opuesta —Zion y el mundo real— que presentaba un grado mayor de realidad, ya que revestía las mismas propiedades que el mundo de las ideas platónico o la res cogitans cartesiana: era inaprehensible, pero era la verdadera.

Desde que irrumpe Perséfone, en cambio, Matrix tiene por seudorreina a la diosa del infierno griego y resulta que a su lado todos los demás personajes —el Merovingio como Hades y sus matones de cualidades sobrenaturales como sus furias— adquieren esa misma dimensión, que además confirman con sus papeles. Un infierno metafórico se opone necesariamente a un cielo, que es Zion, pero tiene su mismo grado de realidad, ya que ambas son instancias de la ultratumba y se oponen a una tercera dimensión, el mundo de los vivos.

¿Estaban los Wachowski reelaborando la parábola? Ojalá, pero no, como sabrá cualquiera que haya visto la trilogía completa y que conozca su final, que descarta esta teoría del MIAM y tira por un final espantosamente convencional. Estaban dándole vueltas y confiriéndole magnitud al Matrix más allá de las lecturas vertidas en la primera película, que trataban más sobre la naturaleza del mundo y su doble cosmogonía que acerca de la simulación en sí. Y eso era necesario para trazar el camino de Neo, que por cierto ya no es un camino: ahora es un descenso.

Neo u Orfeo en los infiernos

A lo mejor no ha caído en la cuenta, pero en el infierno se baila y no de cualquier manera. Al menos en los infiernos metafóricos, donde el baile suele ser en multitud y juntando mucho los cachetes, los pechitos y los ombligos. Se bailaba así en aquel que dibujó Camus en Orfeu Negro, por ejemplo, en el parisién de Moulin Rouge! o en Orphée aux enfers, la ópera bufa de Offenbach, entre otros. Muchos de los autores que han recurrido en sus tragedias al prototipo del héroe órfico —aquel que acomete una catábasis, un descenso a los infiernos, para rescatar a alguien y fracasar de forma absurda en el último momento— lo han hecho evocando los símbolos del mito original, el de Orfeo y Eurídice, para vincular expresamente su obra con el referente heleno. La inmersión del pseudo Orfeo en una gran rave es uno de los más frecuentes y no solo porque esta escena de lujuria y desenfreno pinte un infierno reconocible para el espectador; también porque evoca a las bacantes que acabaron con la vida del músico en el mito y las liturgias que posteriormente ritualizaron esta muerte mediante la orgía, como las bacanales romanas.

La trilogía presenta varias secuencias de este baile pseudoinfernal, entre ellas aquella de la primera película en la que Neo y Trinity se encontraron por primera vez y aquella otra en The Matrix Revolutions que acontecía en un club reveladoramente llamado «Hel». La película que nos ocupa cuenta con la que resulta estéticamente más infernal de las tres: la de los habitantes de Zion bailando como descosidos en una inmensa cueva mientras Neo y Trinity consuman a cámara lenta para que no parezca que como conejos. Fue uno de los puntos que menos gustó a los espectadores y con razón, porque la secuencia es espantosa. En Entertaiment Weeekly, para hacernos una idea, la describieron como «un videoclip de Lenny Kravitz dirigido por Bob Guccione». Y con más razón que un santo.

Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.
Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.

Cualquiera que solo haya visto la primera película de la trilogía diría que le estamos buscando los tres pies gato, que los símbolos que reviste Neo hablan de su paralelismo con Jesucristo y que cualquier parecido con el músico legendario es solo de rebote. En The Matrix Reloaded, sin embargo, la historia de Neo comienza a presentar los giros del mito de Orfeo. Su entrevista con Perséfone y Merovingio es el más evidente, y no solo por el papel que juegan —el uno de rescatador de un tercero, los otros de reyes—. También porque, al igual que en el mito, es el rey quien niega al rescatador su solicitud y la reina quien se lo concede, haciéndolo además con una condición: Perséfone le pide a Neo un beso igual que la diosa homónima le pedía a Orfeo que no se volviese para contemplar a Eurídice.

En The Matrix Revolutions, las referencias al mito continuarán cuando Neo atraviesa una estación de metro que lleva del mundo de las máquinas a Matrix y se las tiene que ver con su particular guía y guardián –el Ferroviario–, como Orfeo tuvo que conmover al barquero Caronte  para atravesar la laguna Estigia y acceder al Hades. Y por si el paralelismo no era evidente, esta estación aparece solo caracterizada con la leyenda «Mobil Ave». «Mobil» es un acrónimo de «limbo», una instancia de la teología cristiana a medio camino entre lo terrenal y lo sobrenatural, asociada a veces con el cielo y otras con el infierno. En la Divina Comedia, por ejemplo, Dante describió el limbo como el primero de los nueve círculos concéntricos del inframundo, el primero que hay que atravesar para acceder al infierno.

Así las cosas, ¿The Matrix Reloaded convierte la de Neo en una historia órfica? Tampoco. La reviste con sus símbolos pero se queda en la intentona. Aunque los referentes puedan variar y lo puedan hacer incluso los sexos involucrados en el cuento, los términos estructurales de la narración —que muchos paleolingüistas e historiadores creen haber rastreado también en otros textos teológicos de origen indoeuropeo, por cierto, como el Poema de Gilgamesh y el Mahábharata hindú— están muy claros: chico conoce a chica, chica muere, chico acomete una odisea sobrenatural para rescatarla, chico triunfa sobre los rigores más elementales de la existencia pero chico fracasa al final de la forma más tonta porque el mundo —y esta es la moraleja necesaria del mito— es una mierda. La historia de Orfeo es el cuento nihilista por excelencia y si no hay fracaso absurdo al final, no hay mito de Orfeo. Para que así fuese, los Wachowski debieron haberlo dejado en este punto y que Neo triunfase aparentemente pero que fracasase al final de una forma estúpida, y además sobreviviendo.

No fue así, como todo el mundo sabe, y la trilogía se quedó solo una historia ornamentada bellamente con los símbolos de lo órfico, pero no órfica en última instancia. Los cineastas decidieron prolongar la narración, hicieron una película más cuando no hacía falta y la cagaron de una forma más bien tonta al final, je, como el mismo Orfeo. Como dijo Morfeo en la primera película, «el destino no está exento de cierta ironía».

Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow.
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