Byron Moreno, matón de esquina: quien a hierro mata, a hierro termina

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Moreno saca tarjeta a Zanetti en el partido de octavos del Mundial de fútbol de 2002 entre Italia y Corea del Sur. Fotografía: REUTERS.

En el minuto doce de la prórroga entre Italia y Corea del Sur, Francesco Totti recibe la pelota tras un rechace y queda uno contra uno en la frontal del área, de espaldas a la portería. En una maniobra propia de su talento, da la vuelta, deja atrás al defensor y se prepara para chutar. Ahí duda. El ángulo no es malo, pero la ventaja le permite pensar en otra opción. La opción del penalti. Si tira, puede ser gol o no. Si es gol, Italia se clasifica para cuartos de final y juega contra España. Si no es gol, hay que seguir jugando hasta que uno de los dos marque.

Ahora bien, si en vez de chutar, recorta, el defensa tiene que arrollarle. Pura física. Y si le arrolla, es penalti y si es penalti, Vieri o él se encargarán de acabar con esta broma.

Así que, en efecto, Totti recorta, o más bien se para un segundo de más, y justo antes del inevitable contacto, dobla un poco las rodillas y ensaya el grito para que quede bien claro. Luego, la inercia hace el resto: el coreano efectivamente le barre y el árbitro hace sonar el silbato. En Daejeon, de repente, todo el mundo calla. Decenas de miles de coreanos enfebrecidos, con sus pañuelos, sus tirantes y sus tambores a lo club de fans de Oliver Atom, se quedan mirando con cara de pánico al hombre fondón vestido de negro, que se acerca al área en apoteosis del trote cochinero, que diría aquel.

El hombre se llama Byron Moreno. Tiene treinta y un años y es ecuatoriano. Pese a su juventud y su evidente falta de forma física, la FIFA lo ha elegido no solo para pitar un Mundial sino para pitar el partido de octavos de uno de los organizadores. Moreno debería estar nervioso por el papelón que le viene encima: tiene que pitar penalti, ver cómo Corea pierde y salir de ahí como pueda. No necesita mirar al juez de línea porque lo ha visto claro. Él lo ha visto claro. Totti lo ha visto claro. Daejeon entero lo ha visto claro y hasta yo lo vi claro en la tele, aunque fueran las ocho de la mañana.

Moreno respira hondo, se acerca al tumulto, espera a que Totti se levante del suelo y le saca amarilla por fingir; la segunda, es decir, que le expulsa por recibir un penalti.

No es la primera y no será siquiera la última. En el minuto cuatro de partido pitó un penalti a favor de Corea del Sur a la salida de un córner. Siendo sinceros, aquello no fue ningún escándalo y además Buffon lo paró. Más rara quedó la permisividad con algunas entradas extremadamente violentas de los coreanos o el gol anulado a Tommasi, posterior a la expulsión de Totti, por un fuera de juego inexistente. Si uno se queda con el resumen del partido, puede que fuera un mal día. Malos días de los árbitros hay muchos. Si se ve el partido entero, falta a falta, es complicado explicárselo.

No fue un gran Mundial para Italia, en cualquier caso, que consiguió el récord de cinco goles anulados en tres partidos consecutivos, al menos cuatro de manera injusta. Sí lo fue en cambio para Corea del Sur, que se encontró de nuevo en cuartos de final, contra España, con otro amigo en forma de Al-Ghandour. Los medios españoles, que tanto habían celebrado el atraco a Italia, como solo en este país se puede celebrar un atraco a Italia o a Francia, clamaban setenta y dos horas después contra la FIFA. A buenas horas, mangas verdes.

Como saben, Corea del Sur ganó los dos partidos, se plantó en semifinales y ahí la Alemania de Ballack y Kahn fue demasiado. Tampoco convenía exagerar el asunto. Ahí acabó la historia de Corea en su Mundial. No así la de Moreno, que acababa de empezar.

«El Justiciero» ha llegado ya a la ciudad

La FIFA, la misma FIFA que le había designado para el partido y que le había hecho debutar como internacional con veinticinco años, le expulsó del torneo y prometió iniciar una investigación que acabó como empezó, es decir, en nada. A su vuelta a Ecuador, Moreno descubrió que se había convertido en un héroe, la típica historia del lugareño que cruza los mares y le da una lección a todo el mundo. Aquel inútil, apodado «el Justiciero» por su facilidad para sacar tarjetas rojas —pitó durante ocho años y mantuvo un promedio de una por partido—, era justificado en todos los medios por el único mérito de «ser de los nuestros».

Tanta efusividad le llevó a dar un paso adelante y presentarse a concejal por Quito. Su lema «saquemos la tarjeta roja a la corrupción» era burdo pero podía ser efectivo. Hablamos de política al fin y al cabo. En medio de la campaña le fue asignado un partido entre Liga de Quito y Barcelona de Guayaquil, dos de los principales equipos del país, que andaban jugándose el campeonato. Partido en Quito con un candidato a concejal por Quito arbitrando, curiosa coincidencia. Después de pitar un penalti por bando, Moreno decidió que había que añadir seis minutos a los noventa reglamentarios. Barcelona ganaba 2–3. Pasaron los seis y Barcelona seguía ganando. Pasaron siete. Pasaron ocho. A los nueve y medio, Liga consiguió empatar. Pasaron diez. Cuando estaban por cumplirse los once, Liga de Quito marcó el 4–3.

No se llegó a sacar de campo. Ni corto ni perezoso, Moreno puso en el acta que los goles habían llegado en los minutos ochenta y nueve y noventa. Poner cien y ciento dos habría sido un poco escandaloso. La Federación le suspendió durante veinte partidos, no por los trece minutos sino por no saber redactar un acta. Para rematar, perdió las elecciones.

Moreno pasó unos meses explicando que no había nada de irregular, que los seis minutos había que jugarlos enteros, a tiempo parado y no corrido, algo sorprendente en el fútbol. Luego se cansó de explicar nada y se fue a Italia, apenas seis meses después de la que había liado en Daejeon. La RAI, siempre comprometida con el periodismo de calidad, estaba por entonces emitiendo un programa llamado Stupido Hotel. En España, Telecinco hizo algo parecido: se llamó Hotel Glam, pero al menos no metieron ningún árbitro. Eso lo hicieron en Gran Hermano VIP.

Obviamente, Moreno duró poco en el reality, aunque el viaje mereció la pena: fue el mejor pagado de todos los participantes. De vuelta a Ecuador, esperó a que se cumpliera la sanción y cuando pudo pitar de nuevo expulsó a cuatro tíos y se ganó una nueva suspensión. «Me siento perseguido», dijo Byron, y decidió dejar el arbitraje.

Paseando un traje de heroína por el JFK

A partir de este momento, la vida de Byron Moreno se hace algo confusa de relatar: funda una academia de árbitros, luego la cierra, colabora en la radio y después se hace fijo en la televisión, primero en la RTS; luego, definitivamente en Canal Uno, comentando partidos. Mantiene una cierta fama y popularidad, al menos lejos de Guayaquil, pero su vida empieza a descomponerse rápidamente: su hijo enferma y le detectan un soplo en el corazón. Tras una operación a vida o muerte, el niño queda con daños cerebrales irreparables y muere pocos meses después.

Esta es la época en la que empieza a viajar asiduamente a Estados Unidos, o, más que asiduamente, periódicamente: en 2006, una vez; en 2007, otra; en 2008, otra más. Ir y volver. Moreno, según cuenta en una entrevista de 2011, aún más gordo, descuidado, coleta grasienta, va adquiriendo más y más deudas. Deudas que no puede pagar la televisión ni la radio ni la Rai 2 porque Italia es campeona del mundo y quién se acuerda del hombre este ahora. Deudas que tendrían que ver con el tratamiento de su hijo o con el aborto espontáneo de su mujer de otro niño varón a los cinco meses de embarazo, no queda claro.

Mientras, sigue en Canal Uno, muy serio, muy justiciero aunque cuando se apague la luz roja de la cámara, se venga abajo. Le están amenazando, dice. Quieren matar a su hijo, Dylan, el único que le queda, aunque en realidad no es suyo sino de su pareja. Le amenazan con matar al niño si no acepta hacer de «mula» en uno de sus viajes a Nueva York. Y, claro, Byron acepta. Una vez que uno se pone a aceptar cosas, seguir aceptándolas es de lo más natural. Si han visto Breaking Bad sabrán de lo que les hablo.

El 20 de septiembre le envuelven de heroína. Diez bolsas con 6,2 kilos rodeando el cuerpo de Byron, quien, pese a todo, pasa el control en Guayaquil como si nada, pero al llegar al JFK se muestra nervioso, agitado, sudando como un pollo. La policía le para, le pregunta, le cachea. Todo lo que tocan es acolchado. Un cuerpo acolchado por encima de un cuerpo fofo. Byron ya no tiene treinta y un años ni tiene cara de niño pelota. Ronda los cuarenta y su pelo engominado no es señal de nada bueno en Estados Unidos. Inmediatamente, se da cuenta de que le han vendido —«tú venías caído», le dicen en la cárcel—, que es el regalo que los narcos entregan a la DEA para que se consuelen con algo, que probablemente alguien haya reducido su condena gracias a este chivatazo y que a él le espera un tiempo muy largo por delante en el que pensar muchas cosas.

Byron Moreno, tú estás peor, tú estás en

La noticia llega a Ecuador como llega a un pueblo que se aburre, esto es, con estrépito. Grandes titulares en varios colores y música tremendista. Byron Moreno es famoso, sale en la tele y por lo tanto se merece un tratamiento así. Por otro lado, todos saben quién es realmente Byron Moreno y tampoco conviene cebarse. Donde no hay, no hay, así que se finge un cierto escándalo y se pasa a otra cosa. Algunos hablan de cadena perpetua, otros de diez años, pero el juez lo deja en treinta meses.

Es un tiempo asumible, un tiempo que tiene que pasar en Estados Unidos, recluso, junto a otros traficantes de los que se hace amigo inmediatamente. Puede que Byron Moreno fuera el símbolo de algo para mucha gente. No lo sé. Puede que esas amistades no tuvieran que ver con su fama mundialista sino con sus aficiones peligrosas. En cualquier caso, decide portarse bien y que todo pase lo antes posible. Su pareja sufre otro aborto, se refugian en Jesucristo. De él venimos y a él vamos. El juez considera que su conducta es ejemplar —Jesucristo está bien considerado en el sistema penitenciario estadounidense; Jesucristo no es, pongamos, Marilyn Manson— y deciden reducirle la condena diez meses. Ya ven, hay gente que alarga y gente que descuenta.

Moreno sale de la cárcel pero no sabe dónde ir. Piensa en quedarse en Estados Unidos pero el dinero está en Ecuador. El dinero y su hijo. El dinero, su hijo, su pareja… y los peligros y las viejas amistades y la imposibilidad de mantener un trabajo cara al público. ¿Quién sacará la tarjeta roja al contrabando en la próxima campaña electoral? Se pasea por entrevistas propias de Callejeros, consigue que una Ana Rosa Quintana local le invite para una charla íntima.

El Byron Moreno que nadie conoce. El Byron Moreno que no es «el Justiciero», no tiene amigos en altas esferas, no decide partidos a su antojo y no trafica con heroína. Un perfil vacío. Una silueta en blanco dibujada en el suelo de una habitación rodeada por una banda de plástico rojiblanca. «Me vendieron», insiste una y otra vez, quizá porque sabe que reconocer, sin más, que le compraron quedaría mucho peor. El hombre con el que Italia no contaba, reducido a escombros.

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