El día en que Suiza votó contra mí

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Propaganda en Lausana a favor y en contra del límite a la inmigración. Fotografía: REUTERS / Cordon Press.

Siempre he pensado que cuando uno vive en un país que no es el suyo la mínima deferencia que debe tener es leer la prensa. Sí, un ciudadano siempre ha de estar informado para ser considerado como tal, independientemente de dónde resida, pero precisamente por eso en un país en el que uno no cuenta (aún) con ese estatus, saber qué pasa alrededor de uno me parece a la vez una deferencia, una forma decente de ganárselo poco a poco y una necesidad de quien se encuentra ante un nuevo entorno. Por eso, porque leo la prensa suiza con cierta asiduidad, sabía desde hacía meses que el fin de semana pasado el país entero iba a emitir su voto en un referéndum vinculante sobre una propuesta para modificar la Constitución, incluyendo en la misma la necesidad de fijar límites a la inmigración. Y cuando abrí la web de Le Temps hacia las ocho de la noche, mientras metía algo de Lindt en mi boca a modo de amuleto inconsciente, vi que el país había votado a favor de la propuesta, y por tanto en contra de tener más gente como yo entre ellos. Mejor dicho: había votado en contra de tener a mucha más gente como yo. Solo una poca más. Medida. Contada. En la frontera.

Supongo que la reacción natural para muchos es sentirse atacado. Y sé que mucha gente se sintió así. Lo sé, entre otras cosas, porque lo vi en las paredes. A la mañana siguiente Ginebra amaneció con unas cuantas pintadas desperdigadas: «39% de fachas». Ese era el porcentaje de votantes a favor de la proposición en esta región. Yo, mientras andaba hacia el trabajo, no conseguí sentirme así, la verdad. Más bien me causaba una profunda curiosidad saber por qué un país que ha vivido y vive de la comunidad internacional, tanto de la que se encuentra dentro como de la que está más allá de sus fronteras, iba a votar en este sentido.

Día a día en el tranvía de Ginebra uno oye tanto francés como español, inglés, japonés o portugués. La mitad de la ciudad no nació en ella. Economistas y sociólogos, razonaba yo la mañana del lunes, llevan mucho tiempo insistiendo en que Suiza necesita inmigrantes para sostener su modelo económico y equilibrar el estancamiento demográfico. Hay decenas de estudios que demuestran que argumentos del tipo «nos quitan el trabajo» (es decir, la inmigración hace subir el desempleo) tienen poca base real. Más bien al contrario: genera crecimiento y supone una carga apenas perceptible para las arcas públicas, nos dicen los expertos. Y en el debate público suizo fui testigo de cómo absolutamente todo el mundo excepto el partido que propuso la reforma (los conservadores de la Unión Democrática de Centro) se ha pronunciado en contra de la misma. Sindicatos, asociaciones de empresarios, grandes capitalistas, asociaciones ciudadanas, el resto de partidos, el Ejecutivo federal y el Parlamento pidieron a los suizos por activa y por pasiva que votasen en contra, que dejasen las cosas como estaban. Pero no parecen haberles hecho demasiado caso. Y eso es algo raro: los suizos tienden a votar en los referéndums en el mismo sentido en que recomiendan sus poderes públicos. Así que, cuando llegué a mi despacho y me senté en mi mesa, la misma pregunta me rondaba la cabeza: por qué.

Cuando se trata de temas como la emigración y uno, como yo, tiene un prejuicio moderado a favor y no en contra de la misma, la primera respuesta que viene a la mente bien pensante es que los otros, los conservadores no saben. Simplemente, están equivocados, tienen ideas erróneas sobre los efectos de la emigración. La conocen desde lejos. Reconozco que algo así me pasó por la cabeza en un primer momento. Sobre todo después de saber que en las regiones (cantones, en realidad: Suiza se divide en veintiséis cantones que forman el Estado confederal más descentralizado del continente europeo) con más extranjeros, como Ginebra, había significativamente menos votantes a favor de tener menos inmigración. La interpretación simplista y estereotípica era que esos suizos rubios y conservadores que vivían rodeados de vacas y praderas estaban aterrorizados por la «invasión» que se les venía encima. No sé, pensé. Es este un país en el que hay pueblos donde para poder votar uno tiene que mostrar que dispone de una res y de un rifle. Es una reliquia de un pasado más duro, donde a los suizos se les requería mostrar que podían defender y alimentar a la comunidad para obtener la licencia para participar en sus asuntos. Lo mantienen como símbolo. Pero eh, menudo símbolo.

El problema es que los suizos rubios y conservadores tenían a su disposición tanta información como los francófonos, más morenos y con la misma cantidad de vacas per capita, que habían votado menos en contra. Y que los suizos italianos del Ticino, la zona con más voto antiinmigrante de todo el país. Tampoco parece existir una correlación entre nivel económico o educativo y preferencia de los habitantes en este tema. No se trataba, en definitiva de una masa de suizos pobres, ni de pobres suizos, llevados a engaño. Esto no lo iba a entender con estereotipos facilones. Así que no quedaba otra opción, concluí: sabían lo que hacían. Pero qué hacían.

Tras una mañana de pensamientos, lecturas y conversaciones con suizos de mi entorno se me antojó que hacían dos cosas. Por un lado, protegerse. Y por otro, expresar sus preferencias no estrictamente económicas.

Cualquier cambio en el statu quo de una sociedad tiene, hablando rápido y mal, dos tipos de consecuencias económicas: primero, cambia el tamaño de la tarta. Afecta al crecimiento agregado, vamos. Ya he dicho arriba que, por el momento, el consenso de los expertos es que la inmigración tiende a ser de neutral a buena en este sentido. Pero también cambia la distribución de la tarta. Suiza es un país muy rico gracias, en gran medida, a su relación con el exterior. Pero parece que también una parte de esta relación ha estado afectando negativamente a los salarios de las capas más altas. Concretamente, hay datos que indican que el porcentaje de inmigrantes cualificados, como los que vinimos de Europa, hayamos mantenido los salarios de los suizos con educación por debajo de donde tenían que estar. Esto casa bien, pensé, con el hecho de que en muchas regiones ricas donde la inmigración alemana (sí, los alemanes también migran cuando se van a un lugar más rico que su casa) es considerable. Pero no podía explicar por sí mismo la victoria del «sí». Además, lugares como Zurich, núcleo importante de recepción de alemanes cualificados, habrían votado masivamente a favor del límite. Y precisamente Zurich votó en contra.

Entonces fue cuando me acordé de algo que se me olvida a ratos: no soy economista, y eso es útil a veces. Durante la campaña de la iniciativa, cada vez que alguna instancia, universidad, medio, político o ciudadano decía que «los extranjeros son la base de nuestro crecimiento», había alguien que respondía del otro lado que crecer no lo era todo. Las preocupaciones expresadas iban, y van, desde el incremento de densidad en núcleos urbanos y en el uso de transporte público provocado por los inmigrantes hasta cuestiones más intangibles, como valores, cohesión social o religión. Quizá aquellas partes del país más acostumbradas a lidiar con altos índices de inmigrantes eran quienes habían votado en contra porque siempre habían vivido así. Lugares como Zurich o Ginebra tienen una larga tradición de ciudades de frontera que contrarresta con el resto de un país que era esencialmente agrario hasta no hace tanto tiempo. Es esa otra parte del país la que está sufriendo un mayor shock (déjenme ser dramático) ante la llegada de migrantes. No justifico su postura, solo la explico: hay una considerable diferencia entre las expectativas de los habitantes de estas zonas y aquello que la modernidad les ha traído a sus puertas, mucho mayor que para alguien de otro núcleo más densamente poblado o más acostumbrado a convivir con extranjeros. Una parte nada despreciable de su conservadora reacción podría venir precisamente porque es una forma, en sus cabezas, coherente para minimizar la diferencia entre lo que pasa y lo que ellos esperaban que pasase a su alrededor. Simplemente, filtrar y medir a cuántos como yo dejan entrar.

En resumen, además de la cuestión de la competencia en los salarios medio-altos y altos, tal vez simplemente quienes votaron a favor de la reforma prefieren una Suiza más homogénea y menos densa. Por descontado, esto es algo que se puede discutir. Probablemente, se debe discutir. Demonios, yo lo quiero discutir, aquí y en mi país de origen, donde también tenemos inmigrantes y también ponemos ciertas barreras y no otras. Pero reconozcamos que resulta mucho más difícil convencer a la otra persona de que cambie de opinión porque no se trata de mostrarle que está equivocado, sino convencerle de que sus preferencias personales deberían ser otras. Esa ya no es una discusión sobre datos y sobre crecimiento, sino sobre lo que cada uno espera del mundo a su alrededor, de cómo se va a sentir más cómodo. Todo se vuelve más turbio. Y las buenas intenciones de partidos, sindicatos y empresarios a la hora de insistir en que nosotros somos necesarios para la economía del país se quedan en eso, en buenas intenciones.

Con esa idea me fui a almorzar a las dos, horario español. Por eso comí solo. Para entretenerme eché cuentas: solo la mitad de los suizos con derecho a voto lo ejercieron, pensé. Y la mitad de esta mitad votó a favor de la propuesta. Eso dejaba a un mero cuarto del país apoyando la iniciativa. Me dio por pensar entonces que tal vez el problema era el mecanismo de decisión. Que quizá la democracia directa nos había metido en este lío al permitir que una parte minoritaria del electorado pudiese capturar el proceso para decidir lo que más le convenía en contra de la mayoría. Esta parte, fuese por razones de competencia salarial o de preferir una Suiza más Suiza, se había aprovechado del sistema. Un sistema en el cual las iniciativas populares para modificar la Constitución solo necesitan cien mil firmas, una barrera ridículamente baja. Es tan fácil de saltar que un grupo bien organizado aunque minoritario y extremo con respecto a la posición general sobre un asunto dado podría dar un «pequeño golpe de Estado» en una política pública particular. La UDC, de hecho, puso todos los medios necesarios y toda la carne demagógica en el asador para movilizar a la población particularmente conservadora, particularmente adversa a todo lo que tenga que ver con acercarse al mundo. Al fin y al cabo su programa se centra precisamente en eso: que Suiza sea más Suiza. Tienen los medios y la base popular para llevar adelante el golpe, aprovechándose del sistema popular.

Suiza cumpliría así la peor pesadilla de James Madison, padre fundador de los Estados Unidos y dueño de una de las plumas que más ha influido en todas las Constituciones modernas: que una parte de la población sea capaz de dictar sus intereses, de imponerlos frente al resto. Por eso él y el resto de arquitectos de la democracia americana se encargaron de hacer de ella una república federal en la cual los poderes estuviesen bien separados los unos de los otros, el Legislativo se constituyese por un grupo de representantes electos competidores entre sí para atemperar «las pasiones y los intereses» de los votantes y facilitar la construcción de consensos entre facciones enfrentadas, y la organización territorial y política fuese eminentemente federal para favorecer la existencia de una Unión lo suficientemente heterogénea como para que ninguna mayoría, o minoría organizada, pudiese «secuestrar» al Estado. Lo opuesto a la tan a menudo tiránica o caótica Atenas, la Roma republicana como inspiración.

Los «padres fundadores» suizos copiaron buena parte del esquema americano, pero al mismo tiempo le añadieron un sucedáneo de la democracia directa ateniense cuyo encaje con el modelo republicano fue, cuanto menos, difícil a la hora de evitar el peligro de pequeñas dictaduras temáticas. Resulta que los suizos llevaban más o menos desde el 1300 con un sistema asambleario confederal de asambleas por aldeas en las que participaban todos los hombres. Luego las asambleas se reunían por regiones, tomaban decisiones que debían ser confirmadas al menor nivel de nuevo, esto es, con referéndum. Al construir un Estado moderno no estaban dispuestos a perder este elemento en la toma de decisiones, y por eso mantuvieron la puerta bien abierta para que la unión de suficientes ciudadanos permitiese plantear una modificación de las leyes y de la Constitución. Eso sí: el poder legislativo y el ejecutivo mantuvieron un cierto poder de veto, así como (para el Parlamento) la capacidad de ofrecer una contrapropuesta a cada iniciativa popular, lo cual en realidad se traduce en que los propositores suelen acabar negociando el contenido de lo sometido a voto. Además, si un grupo de personas está pensando en que su iniciativa sea aprobada en referéndum han de tener en cuenta la campaña previa y sus costes, entre los cuales se cuenta pelear con la más que probable contracampaña que surgirá, apoyada por determinados partidos políticos. Por último, dado que estas iniciativas han de ser aprobadas al mismo tiempo por la mayoría de la población y por catorce de los veintiséis cantones, el consenso resultante no es desdeñable. El equilibrio resultante es definido de manera francamente optimista por Corina Casanova, actual canciller federal de Suiza (si me aprecian, no me hagan explicar qué significa ese puesto) como un esfuerzo «por resolver los conflictos a través del consenso y el compromiso». Pero la verdad es que esto solo es medio cierto.

Por un lado, es verdad que no resulta sencillo echarle la culpa solo a los mecanismos de democracia directa. La iniciativa popular contra la inmigración en masa es lo que el periodista Fabio Pontiggia llamó una «iniciativa fotocopia». De hecho, ningún otro aspecto se ha presentado (y, por tanto, fallado) tantas veces en votación: 1963, 1970, 1974, 1977, 1988 y 2000. Es decir: es un asunto que lleva décadas en la agenda pública, que se ha debatido desde todos los ángulos posibles y en todos los contextos imaginables en los últimos cincuenta años. No parece un calentón de ciudadanos cabreados por la crisis. Ni asustados por lo que se les acaba de venir encima desde el sur. En diversas formas y sabores ya habían rechazado esta idea. Y es que solo una de cada diez propuestas sometidas a votación han sido aceptadas alguna vez. Además, insisto: en rara ocasión votan los suizos de manera distinta a la recomendación recibida por el Ejecutivo y el Legislativo. No son muy de llevar la contraria. Pero con esta propuesta lo habían hecho. Todo parecía indicar que la preferencia suiza por limitar la inmigración se había consolidado pasando un número considerable de barreras.

Pero por otra parte esta medida no había logrado más que el apoyo de un partido dentro del sistema suizo. El partido más votado del Parlamento, con un 26,6% de los votos, sí. Pero también está al extremo del espectro en cuestiones migratorias. Hubiese sido sencillamente imposible que esta misma organización sacase adelante una ley similar por la vía ordinaria, de la democracia representativa. Necesitó emplear, y más de una vez, la vía «popular», la temida por Madison porque daba rienda suelta a pasiones e intereses. Al parecer, el domingo pasado algo sí los pudo dar, por mucho que llevasen décadas macerando en la bodega nacional.

En lógica se diferencia entre condiciones necesarias y condiciones suficientes para que un hecho suceda. Pareciere que la presencia de democracia directa en Suiza ha sido una condición necesaria para que esa ficción tan peligrosa y a la vez indispensable que es el pueblo decida que quiere acoger a menos extranjeros en su seno. Pero no hay nada que nos haga pensar que ha sido una condición suficiente. Al final de la historia hacía falta que los suizos, simplemente, quisiesen que esto pasara. Y un número grande de ellos lo deseaba tanto como para discutir, preocuparse, ocuparse y finalmente ir a votar. Otra porción estaba tan indecisa o tan desinteresada como para quedarse en casa. Además, el factor determinante para mover o detener a todos ellos no era la economía, o no era solo la economía. Había un elemento de preferencia por la homogeneidad, por la baja densidad y el «espacio cómodo para uno», que escapaban al mero razonamiento de «es que te conviene, hombre». Y, siendo emigrante cualificado y contento con un salario no español, no parecía absurdo pensar que estaba ayudando a mantener los sueldos a un nivel moderado. Argumentar que mi presencia allá generaba un crecimiento para todos superior a la hipotética porción de la tarta que me llevaba por delante tenía pocas probabilidades de calar. Menos aún las tenía una hipotética discusión en la cual yo defendiese la «riqueza» cultural y social que aportábamos a la —ahora más homogéneo que hace doscientos años— Confederación Helvética. Pero sin duda lo más difícil sería tan siquiera intentar convencer a nadie de que sus palancas de democracia directa podían no ser una idea tan fantástica para la democracia como creían. Y bueno, ya con la boca vacía, sonreí. Porque yo, como decía hace unos párrafos, lo quiero discutir.

Con esto terminé mi comida tardía de lunes y mi razonamiento. Enfilé las escaleras hacia el despacho, dirigiendo mis cavilaciones hacia los artículos académicos por leer que me aguardaban en la mesa. Pero antes pensé por un instante que me tenía que poner con el alemán más temprano que tarde. Porque si no cómo demonios iba a explicarles a los suizos por qué nos necesitaban a Madison y a mí más que a su genuina identidad nacional y que a su antigua democracia directa. Y, sin lograr sentirme personalmente atacado ni por un instante, no pude ni quise evitar volver a sonreír.

B
Carteles en Berna contra la reforma constitucional. Fotografía: REUTERS / Cordon Press.

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