Los ojos sin rostro, una inolvidable película de terror

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Una escena de Los ojos sin rostro. Imagen: Champs-Élysées Productions / Lux Film / Versus Entertainment.

En el año 1962, Los ojos sin rostro se estrenó en Estados Unidos bajo el inexplicable y gratuito título de The Horror Chamber of Dr. Faustus. La película, que ya había debutado dos años antes en Francia con el título original de Les yeux sans visage, fue censurada, doblada al inglés y expuesta en un programa doble junto con The Manster (1962), en la que, como su propio nombre indica, los espectadores fueron partícipes de un cuestionable espectáculo en torno a un engendro mitad hombre, mitad monstruo. Algunos de ustedes se preguntarán, ¿cómo pudo acabar una película francesa emparejada con otra tan dispar, americana y de serie B, cuyo mayor aliciente no era más que una criatura de dos cabezas de escasa factura? Si bien es innegable que ambas eran polos opuestos, también lo es que las dos eran, fundamentalmente, películas de terror. No obstante, las similitudes entre una y otra eran tan remotas que la pregunta se antoja inevitable.

Dicho dato es muy indicativo de la volátil recepción que ha perseguido sin clemencia a Los ojos sin rostro, sujeta a numerosos equívocos por parte del público y la crítica casi desde que las cámaras comenzasen a rodar. Tanto en su país de origen como fuera de él, se trata de una película incomprendida durante largo tiempo, pero que a día de hoy permanece como una obra maestra indiscutible cuya influencia se percibe en películas como Halloween (1978) o La piel que habito (2011).

La película cuenta la historia de una joven llamada Christiane (interpretada por Edith Scob) cuya cara queda horriblemente desfigurada tras un accidente de coche. Su padre, un doctor sin escrúpulos (Pierre Brasseur), hará todo lo posible para devolverle la belleza a su querida hija, que desde entonces oculta su rostro tras una máscara. Ayudado por su asistente Louise (interpretada por la gran Alida Valli, el romance de Joseph Cotten en El tercer hombre), el doctor secuestra a mujeres desprevenidas sobre las que ejecutar malvadas prácticas de cirugía en su oscura mansión. Lo que puede parecer a priori un argumento trivial se transforma en manos de su director, Georges Franju, en una oscura y retorcida fábula cinematográfica.

Sumidas de lleno en la controversia generada por una película un tanto inusual para la época, las críticas tras su estreno oscilaron entre la tibieza y la más absoluta hostilidad. La prestigiosa Sight and Sound la calificó de «nauseabunda», mientras que una crítica inglesa en The Spectator llegó a describirla como «la película más asquerosa que he visto desde que comencé como crítica de cine». El periódico francés L’Express destacó cómo algunos miembros del público se cayeron «como moscas» al presenciar una de sus escenas más estremecedoras; otro crítico, después de admitir que le gustó la película, estuvo a punto de ser despedido. Durante su estreno en el Edinburgh Film Festival siete espectadores se desmayaron, tras lo que su director, Franju, dijo jocosamente «Ahora entiendo por qué los escoceses llevan falda».

Si había un nexo entre estas críticas es que la mayoría coincidía al considerarla una película de terror género de gran éxito entre el público y, en cambio, denostado por la crítica especializada, con lo que la opinión de muchos se vio claramente influenciada por tal prejuicio. En todo caso, hoy en día dichas reacciones resultan no solo superfluas, sino verdaderamente exacerbadas. Que en la actualidad el espectador medio, tan aguerrido como desensibilizado, quede traumatizado por una película como esta nos puede parecer un tanto inverosímil; algo, en suma, tan difícil de creer como las reacciones iniciales en torno a la escena de la ducha de Psicosis (estrenada el mismo año) o películas como Tiburón. Dicha afirmación no significa que la película carezca de tensión o de escenas mínimamente enervantes, que por supuesto tiene, sobre todo una en concreto; la cuestión es que a muchos de los críticos se les escapó el verdadero sentido de la película, puesto que Los ojos sin rostro era mucho más que una película de terror y, por tanto, obcecarse con sus elementos más inquietantes ignorando todo lo demás no era sino un gran desacierto.

Una escena de Los ojos sin rostro. Imagen: Champs-Élysées Productions / Lux Film / Versus Entertainment.

Lo cierto es que Los ojos sin rostro no es una película de terror al uso, y menos una del tipo que podría esperarse de finales de los cincuenta, década en la que personajes tan variopintos como Drácula, Frankenstein o la Criatura del Pantano pululaban a sus anchas por la gran pantalla en filmes de fluctuante calidad. Por otra parte, la película no guardaba relación alguna con aquellas de serie B que inundaban los drive-ins americanos sin fin aparente; poco tenía que ver con monumentos al camp como The Blob (1958), The Tingler (1959) o I Was A Teenage Werewolf (1957), por citar algunos ejemplos. Dada la temática y la trama, muchos podrían haberse esperado una película propia del shock cinema barato de entonces, repleta de tópicos, sustos convencionales y actuaciones poco convincentes; terror de cartón piedra, en definitiva. Apartada por completo de manidas proposiciones en cuanto al género, Los ojos sin rostro surgió como una anomalía cinematográfica de la época, una atípica película de terror cuya estética y planteamiento hicieron de ella algo mucho más intrigante.

En una entrevista con Ciné Parade, Franju dijo que los productores de la película querían «una película de terror, pero nada de sangre; eso acarrearía problemas con los censores franceses. Nada de tortura de animales, porque nos traería problemas con los censores ingleses, y nada de científicos locos, que llevaría a problemas con los censores alemanes, ya que trae malos recuerdos». En esa misma entrevista recalca: «La mejor película de terror que jamás he visto no se suponía que tenía que dar miedo. Y por eso daba tanto miedo»Antes que una mera película de miedo, sin embargo, Franju definió Los ojos sin rostro como «una película de angustia», en la que el terror consiste en algo «más subyacente, más interno y penetrante. Es terror en dosis homeopáticas». Pese a sus palabras fueron muchos los que se rasgaron las vestiduras acostumbrados a ver a Franju como un director de un cierto realismo (vean si no su magnífico documental La sangre de las bestias, de 1949) y caracterizado por su fuerte compromiso social, a quien de repente y sin explicación alguna vieron adentrarse en un género en principio marginal. Incluso Godard aprovechó la ocasión para lanzarle alguna que otra pulla, aduciendo que se había distanciado conscientemente de todas las esperanzas puestas en él. En su defensa, Franju alegó que no era más que un intento por su parte de que el género de terror se tomase en serio, tal y como efectivamente merecía.

No fue hasta su reestreno en 1986, gracias a la retrospectiva sobre el director que organizó la Cinématheque Française (fundada por el propio Franju en 1936 junto con Henri Langlois), que la película comenzó a ganarse el reconocimiento del que goza hoy en día. En su ensayo para la maravillosa reedición de la Criterion Collection, David Kalat acierta al decir que Franju combina hábilmente fantasía y realismo, distanciamiento clínico y emoción histriónica, belleza y dolor. Estas impresiones no son baladíes, dado que Los ojos sin rostro es ante todo una película de contrastes en la que la yuxtaposición de lo brutal la tensa y célebre escena del trasplante facial con lo tierno la liberación de los animales al final del largometraje conforma el eje vital de su peculiar universo. Tal y como escribió Roger Ebert, se trata de una película en la que «los que gritan no son los personajes sino las imágenes».

El guion corrió a cargo de Pierre Boileau y Thomas Narcejac —el dúo de escritores tras las novelas en que se inspiraron clásicos como Las diabólicas o Vértigo—, quienes lo basaron a su vez en el libro homónimo de Jean Redon. Bajo su manifiesta superficie de horror, hay un elemento de poesía que con frecuencia insufla un sorprendente toque de lirismo a sus escenas, dando lugar así a una macabra belleza sobre la que se sustenta la película. El equilibrio que logra entre lo lírico y lo siniestro es quizá su principal seña de identidad, y gran parte de su evocadora estética se debe a la fotografía de Eugen Schüfftan; con un tono tétrico deudor del expresionismo alemán (fue, de hecho, el encargado de los efectos especiales de Metrópolis y creador del llamado Schüfftan process), Schüfftan dota a la película de una consumada precisión visual consistente en una efectiva unión entre el film noir de la época y el Jean Cocteau de La bella y la bestia. La música de Maurice Jarre, quien unos años después compondría las memorables bandas sonoras de Lawrence de Arabia y Dr. Zhivago, es otro de sus muchos puntos fuertes.

Hay una escena en particular que siempre me llama la atención, aquella en la que vemos a Christiane con su perturbadora máscara, impenetrable e inexpresiva, puesta por primera vez, esa máscara tras la que se oculta su rostro destrozado. Es una escena tan emotiva como inquietante, ante todo porque el espectador lleva con ansiedad esperándola desde un primer momento; es aquí donde se ve el sentimiento de pérdida y sufrimiento que acompañan a Christiane que, como un pájaro enjaulado, se ve irremisiblemente confinada en la cámara de los horrores de su obsesivo padre. En un primer plano, la cámara se centra en su máscara, pero sus ojos son lo que de verdad observa, haciéndonos sentir a nosotros, los espectadores, una mezcla de rechazo y compasión, emociones enfrentadas que la película nos suscita de manera constante. Al igual que los ojos de su protagonista, Los ojos sin rostro es una película inolvidable: un lúgubre poema en blanco y negro.

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4 comentarios

  1. Nunca me han dado miedo las películas de terror. No he conseguido traspasar ese muro que mi cerebro me recuerda continuamente de que son solo máscaras y jugo de tomate. Excepto en una ocasión, en la película They, aunque no estoy muy seguro de si es este el título o no. Recuerdo vagamente que alguno de los protagonistas quedaba encerrado en un armario o algo así. Ese momento y el de Siguorney Weaver entrando lentamente en el traje espacial.

    Todo lo demás es prosa: barata y mala.

  2. Joseph

    Las cintas de este género son mis favoritas, nuevamente, espero que al ver este film, me resulte tan entretenida como la revisión que de ella se ha hecho aquí.

    La última película que realmente me provocó inquietud fue «Sinister»…

    Las películas que insinúan, mas que las que ofrecen una lectura ya burda, se disfrutan mejor, creo yo.

  3. Altiplano

    De Franju he visto La cabeza contra los muros -interesante-, Los ojos sin rostro -excelente- y Judex -lamentable-, con lo que de momento me atrevo a considerarle un director tremendamente irregular.

  4. Pingback: Anónimo

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