Peio Ruiz Cabestany: «Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando»

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Peio era un chaval donostiarra de diecisiete años que salía de casa a escondidas, con la bici, para disfrutar de unas horas de libertad y marcharse adonde le diera la gana. Un día, en el puerto de Andazarrate, se unió a un grupo de ciclistas y fue el único que resistió la rueda de Usabiaga, el campeón de Guipúzcoa. Lo ficharon para el equipo.

Peio es ahora una especie de chaval de cincuenta y dos años que sale de casa con su bici, ya sin esconderse, para disfrutar de unas semanas de libertad y atravesar Chile, Indochina o Etiopía a pedales.

Entre Andazarrate y Etiopía, Peio tuvo tiempo para ser Ruiz Cabestany, uno de los ciclistas más destacados del pelotón internacional en los años ochenta y principios de los noventa. Nos habla de algunas de las batallas más memorables de aquella época, de las tramas y alianzas ocultas de las carreras, del dopaje, de directores, médicos y ciclistas, de sus alegrías y sus agobios.

Ruiz Cabestany (San Sebastián, 1962) ganó carreras prestigiosas pero cree que si fue un ciclista popular se debió, sobre todo, a su manera de correr: atacaba, montaba emboscadas, daba sorpresas, intentaba jugar. Con apenas veintitrés años coronó escapado el col del Tourmalet y allí arriba, entre la niebla, atravesó quizá una línea divisoria: en el momento de diversión más pura, el director del equipo bajó la ventanilla y le ordenó pararse.

Aquella etapa pirenaica del Tour de 1985 se pone siempre como ejemplo de una estrategia perfecta, una jugada de pizarra. Tres grandes puertos, tres ciclistas del Seat Orbea en un ataque escalonado y triunfo de Perico…

Es gracioso cómo se vendió. Esa etapa pasó a la historia del ciclismo, se cuenta así, pero yo me escapé para ganar en Luz Ardiden. No para esperar luego a Perico Delgado y llevarle. A Perico nadie le mandó atacarme. Lo decidió él.

¿No lo teníais planeado?

Hombre, si quieres te digo que sí. Queda más bonito.

Delgado lo cuenta así en su libro A golpe de pedal: «Planeamos que José del Ramo atacaría en el Aspin. Luego atacaría Cabestany. Del Ramo le esperaría para llevarle hasta el Tourmalet. Cabestany tendría que mantener la ventaja y yo atacaría en la parte final del Tourmalet. Él me esperaría y me llevaría a rueda hasta las faldas de Luz Ardiden, la última subida».

Txomin Perurena es uno de los mejores directores que he conocido, pero no creo que nunca diga que planeó así la etapa. Salió de maravilla, parece que fue planeada, pues fenomenal.

¿Cómo ocurrió, entonces?

Del Ramo iba escapado en el Aspin pero perdía ventaja rápidamente, a pesar de que el pelotón subía tranquilo. A mí nadie me dijo nada, no había ningún plan: decidí atacar. Entonces no había pinganillos, los corredores podíamos improvisar. Yo salté y alcancé a Del Ramo. El hombre iba muy fundido, apenas pudo acompañarme un tramo. Me fui solo Tourmalet arriba.

¿Qué se siente subiendo escapado el Tourmalet?

Buaaaaah… [Sacude la cabeza, se queda un rato callado]. Es lo máximo. Sufría como un perro pero no sufría. Iba disfrutando tanto, saboreando semejante momento, escapado en un puerto mítico como el Tourmalet, en la montaña que yo veía de niño en las fotos de la revista Miroir du Cyclisme, el mismo escenario de los grandes campeones… Subí el Tourmalet como un niño, me sentía jugando. Se echó la niebla y yo subía por un pasillo de gente, entre el griterío, iba flotando. Allí estaban además mis padres y mis amigos.

Llevaba unos tres minutos de ventaja y los mantuve. La situación me favorecía porque el grupo de favoritos subía tranquilo: el líder, Bernard Hinault, iba tocado porque se había roto la nariz días atrás; el segundo, Greg Lemond, era de su equipo y tampoco iba a moverse; y al escalador más explosivo, Lucho Herrera, lo tenían en el redil.

Sí, fue el año en que a los colombianos pasaron de llamarlos «escarabajos» a «escarabajos peloteros», porque andaban al servicio de Hinault.

A ver, no es que Hinault comprara a Herrera. No es así. Lo que hizo fue un pacto: Lucho, tú no atacas desde lejos, no me revolucionas la carrera, subes a ritmo conmigo, y luego mi equipo te ayuda cuando saltes a ganar las etapas o los puntos de la montaña.

Lucho Herrera ganó dos etapas y la montaña. Fabio Parra ganó una etapa y el maillot blanco. Bernard Hinault ganó el Tour.

Pues eso. Son pactos legítimos, habituales, inteligentes.

Total, que subías el Tourmalet con tres minutos de ventaja…

y como detrás no se movía nadie, atacó Perico Delgado. A Perico nadie le mandó escaparse. Yo estaba ya coronando el Tourmalet, eufórico, emocionado, pensando que iba a recuperar fuerzas en la bajada y que luego iba a subir Luz Ardiden a muerte, a por la victoria…

y entonces vino el coche del segundo director del equipo, bajó la ventanilla, me dio un chubasquero para abrigarme y me dijo: «Peio, tienes que pararte, tienes que esperar a Perico, que viene solo». «¿¡Qué!?». «Que sí, que viene Perico, párate».

Me entró una llorera terrible. Bajé muy despacio, mirando atrás, sollozando como un niño. Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando.

En ese momento fue como si le dieran al interruptor y me apagaran las luces. Yo iba pletórico, estaba en el centro del escenario, protagonista del Tour, y de repente alguien le da al interruptor y yo paso de ser una estrella a no ser nadie, paso de ser una figura a ser solo un ciclista al que pagan para obedecer. Me bajaron de golpe a la tierra.

No sé cuánto tardó Perico en alcanzarme, muy poco, pero a mí se me hizo eterno. Luego lo di todo. Lo tenía claro: el equipo era lo más importante, las órdenes había que cumplirlas y además Perico era amigo mío. Una vez que me ordenaron parar, yo sabía lo que me tocaba hacer. Bajé a tope, sin tocar el freno en las curvas, con Perico a rueda. Empezamos a subir Luz Ardiden y tiré a muerte, todo lo que pude. No sé cuántos kilómetros tiré de Perico pero me acuerdo perfectamente de la curva en la que reventé. Si me llevan ahora, la reconozco.

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Entre el Tourmalet y Luz Ardiden apenas hay terreno para que un ciclista ayude a otro.

Efectivamente: terminas de bajar el Tourmalet y empiezas a subir Luz Ardiden. No hay un metro llano. Pero el director aplicó la ortodoxia: no puedes tener a un ciclista de tu equipo escapado y a otro persiguiéndole. Perurena tenía que parar a alguno de los dos: parar a Perico, para que siguiera en el pelotón, vigilando a Lucho Herrera y compañía, cubriéndome las espaldas; o pararme a mí. Al tiempo pregunté a Perurena por qué me paró a mí: «Hombre, Peio, porque contigo tenía más confianza».

¿Ahí se enfrió tu relación con Delgado?

No, no. Yo me alegré de su triunfo en Luz Ardiden. Porque él era compañero de equipo y además amigo. Era un tipo con inquietudes, listo, dentro del mundillo ciclista era de los más interesantes. Nos entendíamos muy bien. Fuimos amigos verdaderos.

Además, con los roces de las carreras eres más tolerante, aceptas que alguna jugada te perjudique, lo asumes como parte de tu oficio. Yo me distancié de él con el tiempo, cuando ya dejamos la bicicleta. Me perjudicó dentro de Televisión Española. Los dos éramos comentaristas, allí dentro él decía cosas contra mí, cada vez que estaba con Perico me volvía a casa y me encontraba con un puñal en la espalda. Me decepcionó.

Pero ya está, sin acritud. Con los años, me quedo con la gente con la que estoy a gusto y no me apetece acercarme a quien me perjudica. Corto la relación y punto.

¿Cómo fue ese aprendizaje en el mundo profesional, con veintidós o veintitrés años? Fuiste un chaval que ganaba montones de carreras y que las ganaba jugando, atacando, contraatacando, inventando sorpresas. El ciclismo era divertido. Y de pronto te pagan un buen sueldo, debes respetar una jerarquía, cumplir órdenes…

Para mí, con quince años, la bici fue el descubrimiento de la libertad. De chaval practicaba natación, atletismo, competía en esquí de fondo, salía a la montaña, pero siempre dependía de que alguien me diera dinero para el autobús o me llevara. Con mi primera bici podía escaparme con los amigos, pasar la tarde por ahí, sin dar explicaciones a nadie.

Mi hermano Jordi competía en amateurs, luego pasó a profesionales. Le miraba con envidia, yo también quería competir, pero él me decía que ni hablar: «Ni se te ocurra andar en bici, que es muy duro». Además él tenía problemas con mi padre, porque dejó los estudios para ser ciclista. Y a mí en casa me prohibieron expresamente la bici. Yo me entrenaba a escondidas, pero tampoco era muy difícil: mi padre y mi madre trabajaban, nosotros éramos siete hermanos, nos buscábamos la vida, teníamos que prepararnos nosotros la comida… Así que era fácil escaparse.

Empezaste a competir por fin en juveniles.

Y en mi primer año como ciclista me seleccionaron para el Mundial de México de 1980. Para mí fue impresionante. De repente me llevan varias semanas a otro continente, con dieciocho años, a competir en carretera y en pista.

¿Y cómo te fue?

Me eché una novia: Lupita.

No, cómo te fue en el Mundial.

De las carreras no me acuerdo nada, la verdad. Me acuerdo de Lupita: era una chica que estaba de espectadora en el velódromo, me escribía cartas con corazoncitos. Sus padres pidieron permiso a Ramón Mendiburu, el seleccionador, para que me dejara salir con ellos de la villa olímpica. Entonces venía Lupita con sus padres, me recogían en el coche y me llevaban de excursión a un lago. Todos juntos, Lupita, sus padres y yo. Era todo muy casto.

En aficionados eras la estrella del equipo Orbea, junto con Jokin Mujika, y pasasteis en bloque a profesionales.

Fue un paso muy cómodo. El mismo grupo de chavales que corríamos en aficionados nos convertimos a la vez en profesionales: Jokin Mujika, Valentín Dorronsoro, Santi Izuzkiza… En el Orbea éramos una cuadrilla. Y ficharon a algunos un poco más veteranos como Felipe Yáñez o Imanol Murga, que me abrió los ojos en el ciclismo de élite. Era un tío muy especial.

¿En qué sentido?

Estaba chalado. Pero tenía la locura de una persona muy inteligente, la locura a la que llegas por una clarividencia excesiva. Murga me explicaba las tripas del mundo profesional, todas las barbaridades que ahora cuentan los ciclistas retirados en sus libros, los excesos, los desfases, todo eso me lo contaba con absoluta naturalidad. Él aceptaba ese mundo tal cual era y se metía a fondo, también se divertía.

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¿A qué excesos te refieres?

Bueno, las cosas que hacía en los hoteles, en las concentraciones, no me atrevo a contártelas. Él las cuenta con toda normalidad, pregúntaselas y te lo dirá. Es difícil que te cuente una anécdota que no sea macabra o excesiva. Son cosas suyas, eso ya sería meterme…

pero en las carreras, por ejemplo: si estábamos preparando la llegada para nuestro esprínter, en la última curva Murga se tiraba al suelo y organizaba una montonera tremenda, para eliminar a los rivales y que ganara nuestro compañero. Muy bestia.

Dentro de esa locura excesiva, de él aprendí algunas cosas muy buenas. Murga siempre estaba contento, feliz, le divertía todo. Yo procuraba compartir siempre habitación con él. Porque te levantabas una mañana, veías que diluviaba, que hacía frío, que soplaba un vendaval, que tenías por delante un infierno de etapa, te entraba una depresión… y Murga pegaba gritos de alegría: «¡Hoy la vamos a liar! ¡Hoy estará todo el mundo jodido!». Y así era: empezaba la etapa, los demás ciclistas solo pensaban en aguantar el día como mejor pudieran, y Murga y yo empezábamos a atacar una y otra vez, gritábamos y nos reíamos bajo la lluvia, y los demás nos miraban alucinados. Para Murga el ciclismo era un juego.

Para ti también.

Sí, yo en el ciclismo me divertía. En aficionados salía a divertirme en todas las carreras, a atacar, a meterme en todas las escapadas, a liarla… Pero eso fue decayendo, en una evolución normal: en profesionales te pagan, te exigen, tienes que cumplir unas reglas, entras en un mundo de tramas complejas… Aun así, yo procuré seguir divirtiéndome todo lo que pude. Y creo que el público enganchó mucho conmigo, más de lo que sería esperable por mis resultados deportivos, porque de verdad me divertía. Tú ves a un deportista que se divierte, a Carlos Vela en la Real Sociedad, y da gusto. En el ciclismo actual es muy difícil que un ciclista improvise, que sorprenda, todo está muy controlado con los dichosos pinganillos.

También empezaste a conocer a otros personajes clave del ciclismo. En la estación pirenaica de Font Romeu, durante la concentración invernal del Orbea en 1985, apareció un médico joven que llegaba en su Porsche y que empezaba su trayectoria en el ciclismo: Eufemiano Fuentes.

¿Entonces tenía ya un Porsche?

Un Porsche Carrera.

¿Sí? De eso no me acuerdo. Eufemiano es ahora un demonio, un monstruo, pero yo tengo buen recuerdo de él. Me pareció un hombre muy correcto, muy inteligente y respetuoso con el ciclista.

Yo de joven era absolutamente reacio a los medicamentos. No tomaba una aspirina ni aunque tuviera la cabeza a punto de reventar. Me interesaba el asunto de lo natural, la agricultura orgánica, quería ser ingeniero agrónomo, esas cosas. Ahora vuelvo a ser así, evito los medicamentos… Hombre, durante una época de mi vida tuve que aparcar esas ideas, tuve un lapso de varios años [se ríe].

Pero yo llegué a profesionales y solo tomaba el famoso Prevalón, que eran unos sobres de complemento vitamínico, y alguna cafiaspirina [un analgésico con cafeína]. Suena a tópico pero es así: no tomaba nada.

Mi primera conversación con Eufemiano fue muy clara: sé que estoy en el ciclismo profesional, me pagan, tengo que cumplir, y si debo tomar algo, vale, pero que sea lo mínimo posible. Le planteé unos límites y ya está.

¿Cuáles eran esos límites?

Yo no quiero dar positivo ni tomar cosas que me destruyan la vida. Si tengo que dejar el ciclismo, lo dejo, pero no quiero mierdas. Quiero que me cuides médicamente. Si tengo que tomar algo en una vuelta, para recuperarme, vale, pero que no sea perjudicial.

Eufemiano siempre decía que él buscaba mejorar el rendimiento de un deportista dentro de las posibilidades que le dejaba la ley. Yo no sé si luego otros ciclistas le pedían «dame todo lo que tengas». Y él, con el paso de los años, entró ya en unos temas que… Yo creo que se le fue la olla. El problema es que hubo médicos que empezaron a ganar más dinero que los mejores ciclistas. Eso fue grave. Aparecían médicos que manejaban mucho presupuesto y que tampoco tenían tantos conocimientos, pero venían al olor del dinero del ciclismo y te ofrecían de todo. Tenían que justificar sus sueldos con victorias, su prioridad no era la salud de los ciclistas. Venían y te lo ofrecían con una naturalidad que a mí me dejaba flipado. «Tengo esto, esto y esto otro». Yo decía: «¿Pero tú sabes que eso está prohibido y que es peligroso?». «Bueno, es de uso común». «Pues será de uso común, pero yo no quiero saber nada». Una vez entró un médico en mi habitación con una jeringuilla, para convencerme de que me la pinchara, porque me iba a recuperar muy bien, porque iba a andar mejor al día siguiente, pero sin decirme lo que era. Lo eché del cuarto.

¿En qué equipo?

Eso fue en años posteriores. Nunca diré qué médicos eran ni qué ofrecían. Por eso digo que Eufemiano es el demonio oficial, pero yo he conocido a cada médico que me cago en la leche… Lo injusto es que metan a todos en el mismo saco, porque también he conocido médicos honrados, muy buenos, que se preocupaban por tu rendimiento y por tu salud.

El problema no sería solo la codicia de los médicos.

No, claro. No es tan sencillo como decir «es que lo organizaba el médico» o «lo organizaba el director». Los ciclistas también tienen mucha culpa. Cuando se sienten débiles, cuando ven que otros de repente andan más que ellos, van a buscar al médico y algunos le piden lo que sea.

La primera vez que fui al Tour, justo después de ganar la Vuelta al País Vasco y de andar disputando el triunfo en la Vuelta a España, las pasé canutas hasta para ir en el pelotón. Yo no entendía nada, cómo volaban así. Pero nunca me gustaba pensar que si alguien andaba más que yo era porque se dopaba. Porque entonces entras en un círculo… Quiero pensar que en el Tour están los mejores del mundo en su mejor momento de forma, quiero pensar que no todo el mundo se mete de todo, quiero pensar que el dopaje es una ventaja pero tampoco tan crucial… No sé. Es lo que quiero pensar. Hombre, la historia muestra que casi todos los que han andado muy bien han recurrido a ayuda farmacológica prohibida, en mayor o menor cantidad.

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Tú fuiste sancionado una vez por dopaje, en la Vuelta a Asturias de 1990.

Me sancionaron dos veces. Una en aficionados, otra en profesionales. En aficionados fui al Campeonato de España, pillé un catarro y el médico de la Federación Guipuzcoana, Eduardo Escobar, me dio un jarabe normal y corriente. Digo el nombre del médico porque él mismo salió a reconocerlo: fue un error suyo, se equivocó, me dio un jarabe que tenía efedrina y me sancionaron. Me sentí fatal viendo mi nombre en los periódicos por un asunto de dopaje, me dio mucha rabia, me planteé dejar el ciclismo. No toqué la bici durante unos meses. Ramón Mendiburu, el seleccionador, y Peli Egaña, fundador del equipo Orbea, me convencieron para seguir. Fui a la Vuelta a Sevilla de aficionados y los ciclistas se cachondeaban de mí, me gritaban en el pelotón: «¡Cabestanyyyy, pero cómo eres tan gilipollas, pero cómo das positivo con efedrina! ¡Si te pillan, que sea por lo menos con anfetaminas!». Gané aquella vuelta. Por pura rabia.

El positivo en profesionales fue con la ONCE: terminé segundo la Vuelta a Asturias, los jueces decidieron que pasara control pero nadie me avisó. Llegué a meta, me fui al hotel, me duché y como teníamos varias horas antes de coger el avión, salí a dar una vuelta con una amiga asturiana. Cuando aparecí en el aeropuerto, vinieron todos los del equipo, histéricos, gritándome: «¡Peio, que te buscan, que tienes que pasar el control!». Me subí a la moto de Enrique Cima, periodista, antiguo ciclista, y fuimos volando a buscar a los jueces a la estación de tren. Estaban a punto de marcharse a Madrid. Compré un billete y me subí con ellos al tren, viajé hasta Madrid para pedirles que me dejaran mear, que me hicieran el control. Me dijeron que no, que ya no podían abrir las neveras con las muestras. La mañana siguiente fui a la Federación, pedí que me hicieran un control, lo pagué yo y dio negativo. Pero ya no valió, estaba fuera de tiempo y me lo contaron como positivo.

Cuando pienso en aquello, siempre me acuerdo de cómo salió Gómez Navarro, secretario de Estado para el deporte, a defender a Perico Delgado cuando aquel positivo del Tour que al final no fue positivo. O cómo han salido federativos, ministros y hasta algún presidente a defender a deportistas cuando estaban bajo sospecha, como Marta Domínguez o Contador… Y a mí en la Federación no me dejaron ni mear y me sancionaron sin dudarlo, nadie me defendió. Cada vez que pienso en aquello, me entra una rabia…

Y quiero pensar que lo del equipo fue un despiste, que realmente se les olvidó avisarme, que no lo hicieron adrede.

¿Adrede?

Bueno, no creo que fuera adrede.

Luego hablamos de tu historia tormentosa en la ONCE. Pero la sanción de 1990 fue un mes sin correr y doscientas mil pesetas.

Sí, entonces las sanciones eran leves, pero me jodió muchísimo. Yo di dos positivos absolutamente injustos. Te lo digo como también te digo que igual alguna vez pasé otros controles en los que podía haber dado positivo.

¿Tenías que haber dado positivo?

No lo sé. Puede que sí.

Más enseñanzas del ciclismo profesional: en el pelotón se teje una trama enrevesada de alianzas, deudas, favores y leyes no escritas que el ciclista debe conocer. Y que el espectador a menudo no conoce.

Yo ya sabía cosas por mi hermano Jordi, que tuvo que dejarse ganar una etapa de la Vuelta de 1980 por un intercambio de favores. Jordi corría en el equipo FlaviaGios. La víspera, su compañero Elorriaga se metió en una fuga de doce ciclistas, pero no prosperaba porque con ellos iba José Luis Laguía, del Reynolds, bien clasificado en la general. Reynolds aceptó que Laguía se descolgara voluntariamente de la fuga. Entonces el pelotón dejó de perseguirlos, los escapados llegaron a meta y ganó Elorriaga. Al día siguiente se escapó mi hermano y se le pegó Dominique Arnaud, que era… del Reynolds. El equipo Flavia tenía que devolver al Reynolds el favor de la víspera, así que mi hermano recibió la orden de dejarse ganar. Por eso se llama ciclismo profesional: te pagan y tienes que obedecer.

Yo también aprendí rápido esos juegos de intereses. En mi primer año como profesional, en la Vuelta a España de 1984, quedé segundo en el prólogo, detrás de Francesco Moser. A los pocos días, Moser montó una coalición con otros equipos italianos, atacaron a la vez, nos pillaron despistados a Gorospe y a mí y perdimos unos cuantos minutos. Más adelante, en la etapa de Santander, llegamos un grupo pequeño a los últimos kilómetros y yo calculé la situación: el mejor esprínter del grupo era Moser, pero no llevaba compañeros, tampoco había otros equipos organizados, así que ataqué y abrí hueco. Sabía que Moser no podía tirar a por mí y luego ganar el sprint del grupo. Llegando ya a meta, miré atrás convencido de que podía levantar los brazos… pero venían lanzados y me pasaron a veinte metros de la llegada. Ganó Moser. Él había convencido a dos italianos de otros equipos para que me persiguieran. No necesitó pagarles, no los compró. Simplemente les pidió un favor o les reclamó alguna deuda pendiente. Yo asumí pronto que el ciclismo profesional no es un campo abierto para que gane el mejor. Hay muchas tramas. A veces te perjudican, a veces te favorecen. A mí me tocó negociar muchas veces, porque hablo francés y el director me mandaba a proponer pactos a otros.

Aprendiste rápido. En la siguiente Vuelta, en 1985, te aliaste con un equipo rival para atacar por sorpresa en una zona de avituallamiento. Eso se supone que está feo…

Se supone que en el avituallamiento hay una tregua, pero eso es discutible. La carrera está abierta desde la salida hasta la meta, cada uno ataca cuando quiere. El año anterior varios equipos atacaron en el avituallamiento y yo perdí el segundo puesto. Esos pactos implícitos se respetan hasta que dejan de respetarse: si lo quiebras, puede empeorar tus relaciones con el resto del pelotón, eso tienes que tenerlo en cuenta.

En cualquier caso, aquel ataque se coció entre directores: lo organizaron Txomin Perurena, nuestro director en el Orbea, y Luis Ocaña, del Fagor. Mientras los demás frenaban para coger las bolsas de comida, nosotros arrancamos en tromba: seis ciclistas del Fagor, tres del Orbea Zúñiga, Perico Delgado y yo y dos rusos. El problema de atacar en el avituallamiento es que te quedas sin comida para el resto de la etapa y te puede entrar una pájara. Entonces estaba prohibido dar comida desde el coche, solo se podía dar bebida. Pero Ocaña y Perurena eran muy zorros. Se acercó el coche del equipo, Perurena me pasó un bidón por la ventanilla y me dijo: «La comida está dentro». Habían cortado los bidones por la mitad, habían metido la comida y los habían cerrado de nuevo con esparadrapo. Quité el esparadrapo, abrí el bidón y saqué la comida. Al final nos cazaron, pero la persecución duró setenta y cinco kilómetros, yo llegué a ser líder virtual y le pegamos un buen susto al líder, Robert Millar.

Y dos días más tarde, tu compañero Pedro Delgado ganó la Vuelta de la manera más rocambolesca.

En el ciclismo nunca ha vuelto a ocurrir una cosa así. Y ya es imposible que ocurra. Era la última etapa de montaña. Perico estaba sexto, a más de seis minutos del líder, sin ninguna opción en la general. Atacó desde lejos porque quería ganar la etapa en Segovia, en su casa. En teoría solo optábamos a la Vuelta los tres primeros: el escocés Millar, el colombiano Pacho Rodríguez y yo, que estábamos separados por pocos segundos. Subimos el alto de los Leones, el último puerto de la Vuelta, repartiéndonos hachazos. Pero llegamos los tres juntos a la cima. Ya solo quedaba bajar hasta Segovia. Me acerqué a Millar y le felicité, le estreché la mano, le dije que ya había ganado la Vuelta… Mientras tanto, Delgado iba por delante con Pepe Recio, llevaba cuatro minutos de ventaja, luego cinco, luego seis… y Millar seguía tan tranquilo, no se enteraba. Su director tampoco.

En la tele se vio el momento en que yo charlaba con Millar. Luego se contó que lo hice para entretenerle, pero en ese momento ni se me ocurría que Delgado pudiera llevarse la Vuelta. Solo me interesaba que la carrera ya no se moviera, para que Delgado ganara en Segovia.

De repente avisaron a Millar y se puso a tirar él solo, desesperado, pero ya era demasiado tarde. Delgado le ganó la Vuelta por medio minuto.

Tú te quedaste sin podio.

Hombre, y me pareció fantástico. Caí del tercer puesto al cuarto, a cambio de que Perico ganara la Vuelta. Ninguna duda.

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¿Cómo viviste eso de convertirte en una figura tan popular? Porque en 1985 hiciste esa Vuelta a España tan buena, un mes antes habías ganado una Vuelta al País Vasco espectacular contra campeones como Lemond, Lejarreta, Delgado o Kelly, eras el ciclista de moda y solo tenías veintitrés años.

La Vuelta al País Vasco tuvo una repercusión enorme. Era mi segundo año como profesional, gané en casa a los mejores del mundo, los aficionados lo vivieron con locura. Te podría decir que no me cambió, que no me hizo creerme nada… pero me veía en las portadas de los periódicos, los aficionados me rodeaban en las salidas, me llamaban de todas partes, entrevistas, reportajes, celebraciones. Te ponen los focos y es inevitable que eso te marque, que te sitúes en otro plano.

Y pusiste la guinda ganando una etapa en el Tour de 1986. Una victoria agónica, con el pelotón pisándote los talones, sin tiempo ni para levantar las manos…

Es que si levanto las manos, me pasan. No había visto esas imágenes en más de veinte años, y cuando me las pusieron, sentí angustia: que me pillan, que me pillan… Hice el último kilómetro a bloque, con los esprínteres lanzados a por mí, pero no calculé bien. La llegada picaba un poco para arriba. Hay un instante en que ya no puedo sufrir más, reviento, me siento en el sillín. No llego a meta. Me pregunto cómo pude ir todavía un poco más allá de ese límite del sufrimiento, cómo conseguí apretar otra vez hasta la línea. Fue un triunfo explosivo, angustioso, la gente lo vivió con mucha intensidad. Y a mí me costó asimilarlo.

Eso sí: me dio galones. Si ganas una etapa en el Tour, en el pelotón te tratan con un respeto especial. Eso se nota. También se crean unas expectativas altas, empiezas a sufrir cada vez más presión. Tienes buenos contratos, te exigen resultados, la prensa y los aficionados están pendientes…

¿Te pesó mucho esa presión?

A veces sí. En la Vuelta de 1986 me daban como favorito, todos me decían que la iba a ganar, me pasé el año preparándola, y en los días previos sentía pánico por decepcionar. Pensaba que si flojeaba un solo día, en un solo puerto, lo perdería todo. Estaba muy nervioso, no dormía. Además ese año el Orbea tenía dos líderes: Marino Lejarreta y yo. Teníamos que demostrar quién de los dos merecía que trabajaran para él. Aprecio a Marino, es un hombre muy honesto, serio, recto, pero teníamos caracteres muy diferentes, no éramos cómplices.

Yo ya no salía a la carrera a divertirme, a atacar, despreocupado. No hice mala Vuelta: terminé sexto. Marino fue quinto. Pero a mitad de Vuelta me sentí fatal. Iba muerto, no podía seguir al pelotón y le dije al director que me retiraba. Me convenció desde el coche, me dijo que terminara la etapa como pudiera, que luego me llevaría al hospital. Fui, me hicieron unas pruebas y no tenía nada. Me dijeron que era una crisis de ansiedad. Los aficionados no conocen esas cosas: terminé sexto, una buena posición, pero nadie supo lo fatal que lo pasé.

Hay ciclistas muy buenos que no llegan a campeones porque no soportan esa presión. Es un deporte en el que basta un solo momento de debilidad para perder todo el trabajo de varias semanas o de todo el año. Indurain fue un grandísimo campeón por su físico extraordinario pero también porque tenía una coraza: no le afectaba nada. Era muy tranquilo, tenía una cabeza de ciclista privilegiada, nunca perdía la concentración en las carreras y todo lo demás le resbalaba.

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En el Tour ganaste una etapa y participaste en algunos episodios legendarios. Por ejemplo: en 1986 fuiste testigo de lujo en una de las escapadas más raras de la historia. Lemond lleva el maillot amarillo. Su compañero de equipo Hinault va tercero y ataca en la bajada del Galibier, acompañado por Bauer, también de su equipo. Lemond salta a por sus dos compañeros… y tú te metes en aquella guerra interna del equipo La Vie Claire.

Lemond arrancó cuesta abajo, a tope, yo le seguí y nos quedamos solos persiguiendo a Hinault y Bauer. Teníamos por delante un tramo llano hasta el inicio de la subida a la Croix de Fer. Entonces Lemond me ofreció dinero por darle relevos en la persecución. No recuerdo cuánto, pero era en dólares…

Seguro que te acuerdas.

… en el mundillo yo no tenía fama de que me pudieran comprar así. No era raro que un ciclista te pidiera ayuda para perseguir a un rival, a cambio de devolverte el favor más adelante. O en última instancia te podía ofrecer dinero, eso tampoco era frecuente, pero lo puedo entender. Lo que me dejó alucinado es que un ciclista me ofreciera dinero para perseguir a otro de su propio equipo.

Dijiste que sí.

Pues sí, porque yo iba a tirar de todas maneras. Sabía que en el Tour no podía hacer nada, que no iba a ganar esa etapa, pero disfrutaba muchísimo de estar metido en el ajo, de participar en la batalla más gorda de aquel Tour, de estar en una escapada histórica. Yo quería seguir allí.

Al final cazasteis a Hinault y Bauer. Así que subiendo la Croix de Fer ibais en cabeza los tres ciclistas de La Vie Claire que andaban atacándose y tú.

Sí, era una escapada alucinante. Bauer fue el primero en descolgarse. Yo intenté aguantar a Hinault y Lemond, pero a la mitad de la Croix de Fer reventé. Me da mucha pena porque, con todo lo que pasó después, me habría encantado seguirles al menos hasta el pie de Alpe d´Huez. Mientras ellos se disputaban el Tour, yo hubiera ido a rueda como un espectador. Qué pena, me habría encantado vivirlo. Lo intenté, sufrí como un perro, pero no pude.

Hinault y Lemond subieron juntos Alpe d’Huez. En la meta se abrazaron, sonrieron, celebraron la victoria. ¿Qué pensaste, cuando viste esas imágenes más tarde?

Me reía en la habitación del hotel. Pero tampoco creas que me escandalizó tanto. ¡Te hablo de una época en la que se compraban y vendían equipos enteros! Venía un equipo holandés a la Vuelta a España, dejaba escapar a un ciclista y cuando ya tenía una buena ventaja, se ponían a tirar a por él. Querían que fueras adonde ellos, a ofrecerles dinero para que dejaran de tirar. Eso ya no ocurre. Ahora los patrocinadores son firmas muy importantes, es impensable que inviertan tanto dinero y que luego sus ciclistas trabajen para otro equipo a cambio de un sobresueldo. Ya no se toleraría. Claro que hay acuerdos entre ciclistas, pero los equipos no se venden así.

¿Y cómo se saldaban luego esas deudas? ¿Lemond fue a tu habitación con un sobre, mandó a alguien o cómo funcionaba eso?

Lemond no me pagó nunca.

¡No te pagó!

No, no, no. Alguna vez me comentó algo, más tarde… Pero al final nada.

Otro personaje que montaba batallas, otro personaje importante y polémico: Manolo Saiz, director de la ONCE. Nos ha quedado pendiente un comentario tuyo, receloso con este equipo.

Manolo Saiz era un director peculiar, muy moderno, innovador, rompió muchos esquemas. Tenía una capacidad de trabajo impresionante y abarcaba todos los aspectos del ciclismo: no solo era un director deportivo que fichaba corredores, además se encargaba de la preparación física, de las bicicletas, preparaba al detalle las estrategias de carrera… Llegaba a un punto de obsesión. Era un gran director pero demasiado personalista, a menudo se llevaba el protagonismo de las victorias por encima de los corredores. Luego otros imitaron ese estilo.

Manolo diseñaba los planes de entrenamiento de todos sus ciclistas. En el primer año de la ONCE, en 1989, yo también los seguí. Pero luego preferí volver con José Luis Pascua Piqueras, que había sido mi entrenador muchos años. Se lo expliqué a Manolo Saiz: «Mira, que prefiero seguir con Pascua…». Y él me dijo: «Pues vale». Nada más. Yo no me di cuenta de su tono pero se ve que le molestó y que me la guardó.

¿Por eso vivisteis una Vuelta a España tan tensa?

La Vuelta de 1990 fue una consecuencia de todo esto. Manolo no me dijo nada de frente, yo no me enteraba, pero de pronto empecé a notar cosas raras. Me puse líder pero el equipo no defendió mi maillot amarillo. En la etapa de Ubrique se marchó aquella famosa escapada con muchos ciclistas, entre ellos Gorospe y Giovanetti, y por lógica le tocaba a la ONCE tirar del pelotón para controlar la fuga. Pero Manolo decidió que no tiráramos. Gracias a aquella ventaja, Giovanetti acabó llevándose la Vuelta. Yo gané una contrarreloj a dos días del final y me quedé a veinticuatro segundos del italiano, pero ya había visto que el hombre preferido de Manolo en el equipo era Anselmo Fuerte, no yo. Llegué a pensar que Manolo prefería perder la Vuelta que ganarla conmigo.

Hombre, imagino que si me hubiera puesto de amarillo en esa crono, no habrían tenido más remedio que apoyarme. Pero al día siguiente pagué los esfuerzos, lo pasé mal en la subida a Abantos y Manolo ordenó que adelante, que siguieran apretando. Me descolgaron. No me ayudó nadie del equipo, me dejaron solo en los kilómetros hasta meta, preferían meter a Fuerte en el podio que a mí. Perdí tiempo y acabé cuarto.

¿Te fuiste de la ONCE por eso, porque apostaban por otro ciclista?

En realidad me echaron. Al acabar la Vuelta me fui del pico en una entrevista con José María García: me puso el micrófono y yo dije que mi equipo no me había defendido, no sé qué cosas dije. Entonces vino Manolo Saiz: «Me ha llamado Miguel Durán [el director general de la ONCE] y me ha dicho que te eche inmediatamente». Tuve una reunión con Manolo y con Pablo Antón, el mánager del equipo. Les pedí perdón, les dije que me iba a portar bien… Me bajé los pantalones. Es que, si no, me quedaba en la calle en mitad de la temporada. Pero bueno, me han echado de tantos sitios…

Saltaste de equipo en equipo.

Bueno, pero de los equipos no me echaron. El Kas desapareció. En el Clas me dijeron que iban a fichar a Rominger y que me daban la baja para ahorrarse mi ficha, me parece bien, estaban en su derecho. En el Gatorade tuve una experiencia estupenda, había muy buen ambiente, compartía equipo con campeones como Fignon o Bugno y además en Italia yo estaba mucho más tranquilo. Ni la prensa ni los aficionados andaban ya tan pendientes de mí. Y además hice algunas cosas bonitas: fui líder de nuevo en la Vuelta, gané una etapa en la Euskal Bizikleta… Cumplí dos años con ellos y pensaba retirarme ya.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 6

Entonces nace el equipo Euskadi, en 1994, y tú corres con ellos tu última temporada. Eso qué fue, ¿como las figuras del fútbol que en el último año se van a Qatar, a buscar un buen contrato final?

No. Era una historia bonita, un concepto novedoso en el ciclismo: un equipo que no se financia con un patrocinador sino con pequeñas aportaciones de empresas y de socios, de aficionados que ponen dinero y montan un equipo del país. Luego eso cambió, claro, el equipo funcionó con patrocinadores, como todos, y con ayudas públicas. Pero en el principio la idea era original. Buscaban un ciclista vasco con nombre, para liderar el primer año del equipo, y me llamaron. Yo dije que sí, acepté rebajar mucho mi ficha, porque me parecía bonito.

Aquel año no me sobró como ciclista pero tuvo sus claroscuros. Había varios grupos que querían controlar la Fundación Euskadi. Al final el director fue Miguel Madariaga. Pero al principio también estaba Jaime Ugarte, que controlaba el ciclismo guipuzcoano, y se enfadó mucho conmigo. Se enfadó porque ese año no corrí las Seis Horas de Euskadi, una prueba que él organizaba. Justo en esas fechas Madariaga me mandó a correr la Vuelta a Mallorca y Ugarte me exigía que me plantara, que le dijera a Madariaga que yo tenía que correr las Seis Horas. Oye, y yo qué le voy a hacer, si a mí me paga Madariaga… Pues Ugarte me puso la cruz: «Te voy a cerrar todas las puertas en el ciclismo en Euskadi». Así me lo dijo.

De la bici pasaste a la tele.

Empecé como comentarista de ciclismo en Televisión Española. Pero enseguida se acabó, porque no quise soltar la guita a la mafia. Tenía que renovar el contrato por intermediación de una gente que andaba allí en la tele, tenía que darles una parte y yo me negué. «A mí que me contrate directamente el productor de Televisión Española». Entonces cerraron la carpeta de un golpe, delante de mis narices, ¡plas!: «¿Ah, sí? Pues tú mismo. Hasta luego».

¿Quiénes eran esos intermediarios?

Pregunta cómo funcionaba Televisión Española en aquellos años, pregunta. Aquello era una cosa… Y se ganaba mucha pasta, eh. Si hubiera pasado por el aro, si me hubiera tapado la nariz… Pero así funcionaba todo, no es un asunto del ciclismo. No sé cómo será ahora en Televisión Española, ¿eh? Yo te hablo de 1995.

En Eurosport duraste más.

Estuve nueve años de comentarista pero también me echaron. Por hablar mal de un esquiador de fondo. Dije que no tenía nivel para estar en una prueba de la Copa del Mundo. Corrió dos pruebas, quedó último en las dos y yo dije que era un milagro que ese esquiador estuviera compitiendo allí, que era algo extraño que lo llevaran. Pues resulta que el esquiador no era un fontanero: era un guardia civil. Me llamaron al día siguiente y me dijeron que a ver cómo se me ocurrió hacer ese comentario. No sé, yo conozco a muchos guardias civiles esquiadores, coincido con ellos entrenando en Candanchú, pero aquel… pues no sé. Alguien importante debió de hacer una llamada para que me echaran.

Trabajaste dos años en la dirección administrativa del Tour y luego te ficharon como jefe de prensa en el equipo Festina en 1998: el epicentro del mayor escándalo.

Yo estaba en la salida del Tour con el equipo, en Irlanda, cuando detuvieron al masajista Willy Voet en la frontera francobelga con el coche lleno de sustancias dopantes. En los días siguientes, ya en Francia, detuvieron al director, a los ciclistas… los detuvieron a todos en pleno Tour. Nos quedamos el de logística y yo, sin saber ni qué hacer, con toda la plantilla en comisaría. A partir de ese momento, un abogado de París me mandaba los comunicados oficiales del equipo, yo los fotocopiaba y los repartía a la prensa.

Pero tú debías de conocer lo que pasaba en el Festina.

A mí me fichó Bruno Roussel, el director del equipo, un tío cojonudo. Acabó en la cárcel y lo pusieron como a un demonio, pero a mí me pareció un director muy bueno, honrado. Él vio que los ciclistas se le dopaban todos, que cada uno se lo montaba por su cuenta, y entonces les puso un médico para controlar un poco aquello. Le acusaron de dopaje organizado y acabó en la cárcel.

Yo tenía conversaciones con Rijkaert, el médico del Festina. Él decía que su trabajo consistía en aplicar la medicina hasta el límite en el que no le pillaran; yo le respondía que había que conseguir que los ciclistas no recurrieran a productos. Luego supimos que la policía nos vigilaba hace tiempo, que nos grababan esas conversaciones, y de hecho la policía a mí ni me buscó, sabían lo que yo opinaba y sabían que yo no pintaba nada en aquel jaleo.

Más tarde te metiste en La selva de los famosos, aquel reality show en pleno Amazonas, con cantantes, deportistas, actrices…

Es que me apunto a un bombardeo, me gusta salsear en otros mundos, y el programa me gustó. No era morboso como otros, estaba bien, me lo creí. Y claro, me quedé sorprendido con el dinero que pagaban.

Para mí fueron unas vacaciones pagadas y una experiencia muy interesante en el Amazonas. Sobrevivir con lo mínimo, buscar la comida, andar por la selva con el machete y las pirañas… Es una situación más o menos controlada, sí, te dan el agua mineral, vale. Pero algunos participantes sufrían mucho, sufrían de verdad, había situaciones límite y riesgos reales. Porque veías las serpientes y pensabas: desde que me muerde, hasta que llega el médico… Me pregunto cómo no pasaron cosas graves.

Ahora viajas una vez al año con la bici y las alforjas. Y a menudo tú solo. Has recorrido Etiopía, Chile, Centroamérica, Indochina… ¿Por qué viajas así?

Los primeros días siempre me pregunto qué carajo hago allí, con lo bien que estaba en casa, con todas las comodidades a mano. Pero luego pasan los días y me encuentro en una vida muy sencilla y muy libre: estoy solo, pedaleando a mi aire, buscando un sitio donde acampar, feliz de la vida.

Con la bici el viaje es mucho más interesante. Me dijeron que ni se me ocurriera meterme por unos caminos costeros de Nicaragua, que me iban a asaltar, que estaba loco… Llegaba pedaleando a los pueblos y venían los chavales a curiosear, a hablar conmigo, la gente me llevaba a comer, me buscaba sitio para dormir… Si hubiera llegado en coche, ni se me habrían acercado. Viajar solo también ayuda: vas más vulnerable, más dependiente, más humilde. Y con más ganas de hablar, de acercarte, de preguntar. La gente acoge con mucho cariño a un ciclista que viaja solo.

Otra vez llegué al último pueblo de Laos, una aldea perdida en las montañas, camino de Vietnam. Me quedaba un buen tramo hasta la frontera, sin pueblos ni nada de nada, y en aquella aldea pregunté a unos chavales si había algún sitio para comer. Se rieron. Me dijeron que les siguiera y me llevaron a una chabola. Allí estaba la familia entera, sentada en el suelo, con la bandeja de arroz en el medio y comiendo todos con la mano. Me sentaron con ellos y a comer. De la bici me quedan recuerdos así, que llevo conmigo para siempre.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 8

Fotografía: Juan G. Andrés

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