Imprescindibles: Buffy Cazavampiros

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En 1992 se estrenó una película un tanto peculiar. La protagonista era la chica más popular del instituto: capitana del equipo de animadoras, saliendo con el capitán del equipo de lo que en USA llaman football, un pelazo rubio que te cagas y sin necesidad de seguir ninguna moda porque ella es la que marca tendencia (eso sí, la moda adolescente de los noventa, así que tampoco debería creérselo mucho en ese sentido). Sin duda, un personaje altamente odioso, la protagonista de una película más de instituto, sin nada que aportar a un género que tampoco es que aporte demasiado. ¿Sin duda? Bueno, no lancemos las campanas al vuelo, porque nada es lo que parece en este mundo.

Esta chica, de apellido Summers, responde al nombre de Buffy. No lo sabe aún, pero es la Elegida de nuestra generación, y ella sola tendrá que defendernos de los vampiros y demonios que intentan destruirnos. Eso ya es más interesante. Vamos a ver el reparto… hum… Kristy Swanson, Luke Perry, David Arquette… no está mal. Rutger Hauer, que ha visto cosas que nosotros no creeríamos. Interesante. ¡Donald Sutherland! Es un gran reparto, la historia es convincente, a ver quién la firma… ¡Joss Whedon! Menudo cóctel explosivo puede suponer esa mezcla.

Lo fue, de hecho, pero no en el sentido positivo de la expresión: Sutherland hacía lo que le daba la gana, el estudio metía sus narices donde no le llamaban… De la idea original de Whedon a lo que vimos en pantalla hay un largo calvario tan duro que el director se desmarcó del resultado. No le gustaba lo que habían hecho con su proyecto y estaba cabreado. Tanto que decidió coger el toro por los cuernos y arreglar la situación. Se puso a trabajar y así es como nació, cinco años después, la serie de televisión Buffy Cazavampiros.

La historia es la misma, pero sin hacer referencias a la película, fuera del canon, y con la historia de orígenes de Buffy ya despachada. Comienza con la llegada de una nueva alumna al pueblo Sunnydale, después de que la cazadora, interpretada por Sarah Michelle Gellar, fuese expulsada de su anterior instituto por quemar el gimnasio. Luchando contra los vampiros, claro, a los que descubrió en cuanto recibió «la llamada», pero eso no quedaría muy convincente como excusa, claro está. Más aún si tienes que mantener tu don en secreto para no comprometerte. Ese don, esa «llamada» es lo que convierte a las elegidas en cazadoras de pleno derecho, pues cuando una muere, otra debe ocupar su lugar. Así, esta chica que había tenido una especie de sexto sentido toda su vida, lo que ella había creído intuición, se convertirá en una supermujer con una fuerza extraordinaria y una eficaz exterminadora de plagas sobrenaturales. Pero esto no es automático. La cazadora no nace sabiendo que algún día se convertirá en la defensora de la humanidad. No en estos tiempos, al menos. Antes, la elegida de cada generación crecía bajo la tutela de un Vigilante, miembro de un Consejo tan antiguo como la Primera Cazadora, que vela por la seguridad de estas chicas y ejerce como guía y entrenador personal. Porque, aunque tienen un talento innato espectacular, si no entrenan, si lo descuidan, pueden acabar lamentándolo. Pero los tiempos cambian y el Mal no se manifiesta con tanta regularidad como antes. Los vampiros han pasado a ser leyendas de antaño, cuentos para no dormir y la humanidad tiene que centrarse en cosas más importantes. Además, cada cultura es diferente y, en muchas ocasiones, el don no es tan bien recibido. Porque una chica de instituto como Buffy no tiene entre sus metas el salir a matar criaturas de la noche. Es más, en estas situaciones, en este tipo de historias, la chica rubia, animadora y popular del «insti» suele ser de las primeras en morir, o el último personaje en quien confiarías a la hora de salvar la situación. Pero el señor Whedon es un especialista en coger estereotipos y retorcerlos a su gusto (basta con echarle un vistazo a la magnífica The Cabin In The Woods, que tiene su sello, para convencerse de esto). Y en esta serie decidió que esa chica se convertiría en la heroína, la que pega las leches mientras hace comentarios ingeniosos hasta que llega su destino que muy a su pesar consiste en proteger a la humanidad.

Imagen: WB Television Network.
Imagen: WB Television Network.

Pues bien, como decimos, Buffy se debate entre recuperar su vida anterior o aceptar el camino que debe recorrer (o al menos, que pueda compaginar ambas labores) mientras llega a la pequeña ciudad. Un destino nada casual, pues aunque en principio parece anodina y sin nada malvado que combatir, en otros círculos a Sunnydale se la conoce como «la Boca del Infierno», uno de los puntos geográficos en los que el Mal se concentra con especial intensidad. Y el epicentro de esa boca se encuentra en el nuevo instituto al que «destinan» a Buffy. Todo muy conveniente. Tras conocer a Giles (interpretado por Anthony Steward Head), su nuevo Vigilante, comenzará su preparación para aniquilar a todo aquel que intente abrir la Boca del Infierno sin fracasar escolar y socialmente.

¿Cómo podríamos definir Buffy, Cazavampiros? La salida más sencilla sería decir que es una serie de instituto al uso en la que vemos cómo la protagonista hace amigos, genera las envidias y desprecios de las chicas populares, trata de aprobar y se enamora del chico misterioso y atractivo, pero con el añadido de peleas impresionantes contra monstruos de todo tipo.

La respuesta compleja sería decir que esta serie comienza con la definición anterior pero con una evolución extremadamente rica y muy espectacular, tanto en el desarrollo de personajes, en los arcos argumentales de las temporadas, en las historias de los episodios, como en la parte técnica, los efectos especiales, el presupuesto, etc. Whedon nos presenta un pequeño universo lleno de personajes que ganan importancia o la pierden, situaciones que se recuperan con acierto en episodios posteriores, nuevas perspectivas para entender algunas criaturas o leyendas; decíamos antes que el director es muy dado a pasarse los clichés por el forro, y en esta serie lo hace mucho: Halloween es el día en que los fantasmas, monstruos, vampiros y demás NO hacen nada, hay demonios a los que ni les va ni les viene eso de matar o conquistar el mundo, o el Bien tampoco es tan puro…

Todo eso para crear una mitología que conquistó rápidamente a las audiencias y que hizo que la serie entrase por méritos propios entre las cincuenta mejores series de todos los tiempos. Una mitología que no se detuvo con el final prematuro (por causas que explicaremos más adelante) de la serie de televisión, pues siguió en cómics que Joss Whedon sacó adelante para cerrar las dos últimas «temporadas» de la historia de Buffy.

Así que dejamos claro que la serie no es moco de pavo.

¿Por qué caló tan hondo esta serie? Quizás el motivo principal sea que era una serie «para cualquier sensibilidad»: los que buscaban acción la tenían a raudales; aquellos que deseen una serie que se preocupe de la profundidad de sus personajes también podían verse satisfechos; los que querían entretenimiento lo tenían garantizado, al igual que quienes buscasen tramas profundas e historias bien construidas. La serie ofrecía tramas amorosas interesantes, como la de Xander (Nicholas Brendon), el amigo payaso de Buffy, uno de los personajes más queridos de la serie, y la exdemonio de la venganza (una movida muy larga) Anya (Emma Caulfield); la relación mágico-lésbica entre la adorable y, posteriormente, terrible, Willow (Allyson Hannigan) y Tara (Amber Benson); o la anterior relación de Willow con Oz (Seth Green), un rockero que termina siendo un hombre lobo. Aunque, evidentemente, los amoríos más importantes son los tres que implican a Buffy: el primero, con Angel, el vampiro que más tarde tendría su propio spin-off (bastante inferior a esta serie), un romance muy tortuoso por varias razones: Angel es un vampiro maldito que recuperó su alma (imaginen qué terrible sentir remordimiento por todas las vidas con las que terminaste a lo largo de tus doscientos años), constantemente deprimido, pero irremediablemente enamorado de la cazadora de vampiros, destinada a aniquilar a esa especie. Luego está Riley (Marc Blucas), un estudiante interno en el departamento de Psicología de la Universidad de Sunnydale y que, en sus ratos libres, es el miembro de un proyecto militar secreto, La Iniciativa, que combate a todas las criaturas mágicas hostiles, por lo que sus caminos se cruzarían inevitablemente. Y, por último, la más complicada de todas, con el mejor personaje de toda la serie: Spike (James Marsters), un vampiro conocido en su día como William el Sangriento, uno de los peores enemigos de Buffy, pero que, a causa de un chip desarrollado por La Iniciativa que le fríe el cerebro si trata de hacer daño a los buenos, se convierte en un antihéroe sin escrúpulos, capaz de ayudar a los protagonistas en unos episodios o venderlos al mejor postor si así obtiene algún beneficio. Buffy y Spike protagonizan una de las relaciones amor-odio más literalmente brutales que se recuerdan.

Imagen: WB Television Network.
Imagen: WB Television Network.

Hablando de Spike, otro de los atractivos de la serie es la gran variedad de enemigos principales: desde el Amo, uno de los vampiros más poderosos y temidos de su raza, hasta el Mal puro y duro que representa el Primero, pasando por el mencionado Spike, la inestable dualidad conocida como Glory o el siniestro alcalde y «fundador» de Sunnydale Richard Willkins, Adam (o el moderno moderno Prometeo psicópata zumbado) o los menos carismáticos nerds que deciden convertirse en supervillanos gracias a su dominio de la tecnología, la magia negra o las referencias a películas de ciencia ficción o cómics (especialmente los de Marvel, donde Whedon parece tener algún tipo de influencia o algo así). Salvo estos últimos, los villanos tienen una grandísima fuerza, no solo como entidades poderosas malvadas, sino como personajes. Cada uno representa tipos de terrores muy concretos, una heterogeneidad que provoca que disfrutes con cada enemigo y que, aunque los eches de menos de una temporada a otra, no es porque el de la siguiente temporada sea un fracaso, salvo la temporada de los nerds. Y si grandiosos son los enemigos principales, no podemos olvidarnos de los secundarios, aquellos que aparecen en uno o pocos episodios, pero que dejan una huella imborrable. El primero que se me viene a la cabeza es el sacerdote Caleb, interpretado por Nathan Fillion en la última temporada. Un cura de una fuerza sobrehumana que, en lugar de hacer el Bien, decide interpretar la Biblia a su manera para exterminar tanto al pecado como al pecador. Aunque el concepto de pecado no sea el más ortodoxo, claro. Pero en esta categoría reinan The Gentlemen, unas criaturas sacadas de cuentos infantiles que aparecen en uno de los mejores capítulos que ha dado la serie: «Hush». Lo que les hace tan terribles es, además de su escalofriante aspecto (extremadamente delgados, de un color enfermizo, mirada enloquecida y una perenne sonrisa de lo más aterradora), que roban las voces de todos los habitantes de las ciudades a las que van. Ese capítulo es, efectivamente, sin diálogo.

Pero lo que más beneficia a la serie es, sin duda, la voluntad de su creador de hacer llegar al público sus propias aficiones de una forma atractiva. Ya hemos hablado de la influencia de los cómics. Hay miles de referencias a los cómics más importantes de la Casa de las Ideas o a las películas de La guerra de las galaxias. Si hay alguna temporada en la que más se note la influencia comiquera es la cuarta, la de La Iniciativa, que en ocasiones recuerda a la agencia S.H.I.E.L.D. Y no solo se dedica difundir cosas así.

Una de las obras más conocidas de Joss Whedon es Dr. Horrible (Sing Along Blog), que protagonizaban Neil Patrick Harris, Felicia Day y Nathan Fillion. Y, ¿qué es esto? Un musical. ¿Adivinan cómo es uno de los episodios de la serie? Efectivamente: un musical. Y, además, uno de los mejores episodios: «Once Again, With Feeling», la otra cara de la moneda que forma con «Hush». En este, un demonio provoca que cualquier situación cotidiana se convierta en un espectacular número musical protagonizado por gente que acaba on fire. Literalmente.

Imaginarán que, para realizar un episodio tan arriesgado, Whedon debía tener la confianza total de los productores. Y así es. Una confianza que se ganó a lo largo de las siete temporadas que duró la serie, en la que tampoco había puestas demasiadas esperanzas y que pasó a tener un gran presupuesto por el impacto generado. La muestra más significativa es la frecuencia de la mítica forma en que los vampiros mueren cuando les clavan una estaca, un efecto digital que convierte al vampiro rápidamente en un esqueleto que estalla en una nube de polvo. Por lo visto era carísimo, y había muy pocas muertes así en pantalla (se suplía con el efecto sonoro fuera de plano). Esto cambió, evidentemente, así como la mejora de las transformaciones de los vampiros o las criaturas generadas por ordenador.

Pero, lamentablemente, la serie llegó a su fin demasiado pronto. No es algo que ocurriese de la noche a la mañana, pues la séptima temporada nació como la última que se grabaría de Buffy, Cazavampiros. Por varios motivos. El principal tiene nombre y apellidos: Sarah Michelle Gellar. Siete temporadas encarnando a la protagonista deben cansar, y conforme avanzaba la serie, si al personaje de Buffy se le notaba de forma convincente el cansancio era porque la actriz se sentía igual. No quiso continuar en un papel del que se siente orgullosa, pero que la agotó. Ella misma dijo que no se trataba de perseguir una carrera cinematográfica o explorar otros papeles, sino que necesitaba un descanso. Además, la cadena que emitía la serie, la WB Television Network iba a cerrar. En estas circunstancias, Whedon se vio obligado a escribir toda una temporada de despedida en la que Buffy se enfrentaba al Primero, con la ayuda de todas las futuras cazadoras. En esta temporada entraron nuevos personajes, se despidieron algunos y se cerraron algunas tramas que habían quedado abiertas para usarlas en el futuro. Pero, sobre todo, se ponía punto y final a la versión audiovisual de las aventuras de Buffy. Porque la serie termina con un final muy abierto que, como hemos señalado, Whedon concluyó con dos «temporadas» de cómics, más de una treintena. Se habló durante años de una posible película, pero se antoja imposible, sobre todo teniendo en cuenta lo atareado que está Joss con el universo Marvel. De todos modos, no hace falta.

PD: Y sería bastante imperdonable que volviese antes algo de Buffy que de Firefly.

Imagen: Dark Horse Comics.
Imagen: Dark Horse Comics.

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