Puro vicio: náufragos en el paraíso hippie

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Imagen: Warner Bros. Pictures.
Imagen: Warner Bros. Pictures.

«Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante» dijo sabiamente Paulo Coelho, quien sin duda se hubiera conmovido con el del director Jack Horner: que los espectadores se masturbaran furiosamente con su película, pero luego continuaran viéndola hasta el final intrigados por su argumento. En su camino se cruzó un joven portentosamente dotado llamado Dirk Diggler y la posibilidad de hacer realidad juntos ese bonito sueño es lo que nos contó Boogie Nights. Un brillante retrato de la industria del porno de los años setenta en California con el que Paul Thomas Anderson se dio a conocer y que le supuso ser comparado con el mismísimo Scorsese.

La manera luminosa y alegre con la que nos guiaba por un mundillo en principio sórdido nos mostraba su habilidad para la comedia, pero no conforme con ello también quiso reflejar el lado más oscuro y atormentado de sus personajes, el daño que se autoinfligían. Tras esa tragicomedia con la que se hizo un hueco en Hollywood, nuestro cineasta dejó de lado el humor (sobre Embriagado de amor mejor pasaremos de puntillas) para centrarse en el drama en sus películas posteriores, Magnolia, Pozos de ambición y The Master, que también lograron un notable reconocimiento. Pobladas por personajes afligidos por un vacío existencial, que fracasan estrepitosamente en sus vidas o que logran lo que se proponían pero a costa de perder tal cantidad de jirones en la alambrada que más les hubiera valido quedarse conde estaban. Ha tenido que ser un escritor tan peculiar como Thomas Pynchon el que nos permitiera recuperar al Thomas Anderson más desenfadado e hilarante de sus comienzos. El que retrata esa California viciosa y alucinada, un paraíso hedonista donde es posible llevar una vida completamente desnortada y, también, terminar sufriendo sus consecuencias.

La novela fue publicada en 2009 y ha sido el propio Anderson el autor del guion adaptado, que le ha valido una de las dos nominaciones al Óscar (la otra es por diseño de vestuario) que ha obtenido la película. La acción se sitúa en 1970 en la costa oeste, precisamente el año y lugar en que nació, de la misma manera en que Boogie Nights tenía lugar a finales de esa misma década y en ese mismo entorno. Como si todo ese mundo no le resultara ajeno pero por otra parte fuera demasiado pequeño como para haber sido partícipe en él. Llegó más tarde a la fiesta, escuchó las historias ya convertidas en leyendas e inevitablemente mitificó lo ocurrido, aunque desde luego fue una época y un lugar muy sugerente. Hay ahí buen material para muchas historias: el auge y caída del movimiento hippie, el cuestionamiento de la guerra de Vietnam y de todos los valores asociados a ella, la eclosión de nuevas formas artísticas, estilos de vida y reivindicaciones políticas, el creciente consumo de drogas y el negocio del narcotráfico que generó, inicialmente movido por pícaros y vividores (Ciego de nieve pide a gritos una adaptación al cine) y más tarde por profesionales del crimen, la aparición de toda clase de cultos y la paranoia social que generaron los asesinatos de Charles Manson así como la amenaza latente del comunismo.

Todo ello tiene cabida en la película, en la que el protagonista, Larry «Doc» Sportello, es un detective privado que se pasa la vida fumando marihuana en un estado perpetuo de abulia que no parece en principio la condición ideal de un detective… salvo cuando se le presentan casos como este, en el que su mente y la realidad que se va encontrando parece estar en la misma longitud de onda. Una exnovia acude a pedirle ayuda para que investigue la desaparición de un poderoso constructor cuya afición por el LSD le provocó un comportamiento cada vez más errático. Si Sam Spader llevara el caso al de treinta minutos se habría retirado sobrepasado y nos hubiéramos quedado sin película. Pero Larry va viendo impasible como desfilan ante él moteros nazis, miembros de la Black Guerrilla Family, prostitutas asiáticas, sectas de estética futurista, dentistas narcotraficantes y hippies a sueldo del FBI. No es de extrañar por tanto que Anderson diga haber encontrado su inspiración tanto en El largo adiós y El sueño eterno, como en El gran Lebowski y Agárralo como puedas.

Respecto al reparto como de costumbre en él hay varios actores que han repetido y son todos ellos muy conocidos: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Owen Wilson, Reese Witherspoon o Benicio Del Toro. Aunque personalmente me dejó más aturdido de lo que ya suelo estar habitualmente Katherine Waterston, increíblemente guapa. Quien por cierto es hija del actor Sam Waterston, el protagonista de Los gritos del silencio. En resumen, una película fascinante, lisérgica, muy divertida aunque también a ratos oscura, capaz de evocar un mundo que ya no existe y por el que te acaba contagiando cierta nostalgia.

Más información aquí.

Imagen: Warner Bros. Pictures.
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6 comentarios

  1. La hora de Ving Rhames

    A mi «Puro Vicio» (Qué traducción tan desafortunada!) me parece un desastre de película, en la que se intuyen buenas ideas que no terminan de hilvanarse. La trama es tan absurda y confusa que salvando los minutos iniciales y finales, el montaje podría alterarse de forma aleatoria y nadie notaría la diferencia, salvo el autor de la novela. Cuando salga el DVD prueben a ver los capítulos al azar, el resultado es el mismo.

    Para dejarse llevar con una película autoparódica que no sabe hacia dónde va y le da igual, ya tenemos «El Gran Lebowsky», que por cierto parece su secuela temporal de los puntos que comparten ambas películas.

    No tardarán en salir los gafapastas y hipster de turno (esta película es muy hispter, por cierto) diciendo que la enrevesada secuencia de escenas que compone esta cinta es «deliberada para recrear la nebulosa mental y anímica en la que se encuentran los personajes y bla bla bla», que no digo yo que no, pero incluso para hacer esto se podría haber echo mejor y me consta que PTA tiene talento de sobra.

    Una recomendación, si se animan a verla hagánlo en versión original; el doblaje de Josh Brolin que he visto en el trailer español es horrososo.

    —————————-

    A favor: La preciosa fotografía y algunos gags como el del restaurante asiático.
    La secuencia incial es espléndida, y debería estudiarse en las escuelas junto a «Alien» en el apartado «como asentar la atmósfera de una película desde el primer minuto».

    En contra: La falta de ritmo, guión y lógica. Owen Wilson y su colgante labio inferior. La autocomplacencia de un director que no sabe acotar la historia en detrimento de las ganas de epatar.

    • Javier C.

      No puede decirse ni más claro ni mejor.

      Película fallida hasta los tuétanos.

      Y es una lástima, porque el director es absolutamente fantástico.

      Pero la película carece tanto de sentido como de vida (y de gracia, si se me apura). El libro lo leí en su momento y creo que no hay modo de adaptarlo al cine de manera que resulte satisfactoria.

      • TODAS las peliculas deberian ser vistas ( y escuchadas) en VO. EL doblaje es un fraudee, para mi incomprensible. El sonido original es, siempre, original y las voces de los actores son su voces y no las de los dobladores de turno. En España, al menos, hay un solo doblador que pone las voces de vaios actores, lo cual lo hace, todavia, mas ridiculo y absurdo. Se dice que en España «se dobla muy bien»..o sea, se defrauda muy bien. En casi todos los ámbitos, me temo. Aunque la perlicula sea húngara, rusa, vietnamita o greco-chipriota. Me da igual. Es un fraude. Se suele hacer en paises subdesarrollados culturalmente, supongo. He dicho.

  2. No me fío de esta película. La temática, el escenario y la época me atraen mucho pero reconozco que la novela de Pynchon no me entusiasmó. Adjunto un enlace a la reseña que escribí sobre ella: http://queraroestodo.blogspot.com.es/2011/06/inherent-vice.html

    • La hora de Ving Rhamesº

      Excelente reseña literaria; perfectamente aplicable en sus virtudes y defectos a la adaptación cinematográfica.

  3. Pingback: Can: cuando Alemania desafió el imperialismo anglosajón del rock con música hecha por telepatía - Jot Down Cultural Magazine

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