Ustedes van a morir

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Foto: Guadalupe de la Vallina.
Foto: Guadalupe de la Vallina.

Ustedes van a morir. Creo que en eso estamos todos de acuerdo, ¿no? Las predicciones de bolsa fallan y la meteorología nos traiciona pero que ustedes y yo vamos a morir es una de las pocas certezas, si no la única, que tenemos de cara al futuro. Y esta es una forma de decir que todo es insoportablemente limitado. Yo muero, esta tela se ensucia, el agua de esta botella se acaba. Ni siquiera la satisfacción de beberla dura lo que me gustaría: paso de la sed al hartazgo en 33 cl.

La siguiente certeza quizá sea la primera que percibimos, aunque sea de forma inconsciente. Se trata de la belleza absurda de la realidad. Desproporcionada. No era necesario que el mundo fuera tan hermoso para que funcionara bien. Y no me refiero solo a unas proporciones adecuadas, sino a la presencia imponente de las cosas. Les propongo un experimento, para hacerme entender. Paren un momento. Levanten la vista de la pantalla y fíjense en un objeto, cualquiera, aunque sea feo. Un libro. Las gafas. El ridículo bolígrafo en miniatura de Paradores que tengo a la izquierda del teclado. Lo que sea. Fíjense unos segundos en ese objeto y contémplenlo. Miren cómo la luz se refleja —o no— en la superficie. La sombra que proyecta. Caigan en la cuenta de que ese objeto está existiendo a la vez que usted, no es el decorado. Tiene un peso. Piensen en todos los elementos del mundo: los coches, las enredaderas, las cuevas, las columnas, los rinocerontes, los peces abisales, los gatos y, con una imponencia innegable, las personas con sus rostros que interpelan —piensen en rinocerontes, columnas y rostros concretos— existiendo a la vez que nosotros, que usted mientras lee y que yo antes, escribiendo. Existiendo con tal intensidad que solo eso bastaría para justificar el Big Bang. Y no es filosofía. Bueno, claro que es filosofía, pero es el desarrollo algo torpe de una evidencia inmediata, más o menos explícita según la sensibilidad particular: la belleza de la realidad, que exige en su manifestación que el objeto no deje nunca de existir.

La tercera certeza es un mashup de las dos anteriores: nacemos inmersos en un conflicto entre la evidencia de la muerte (el límite), y la tensión a lo infinito que manifiesta la belleza de la realidad. Existencialmente hablando estamos en una situación más bien ridícula. Y ningún avance tecnológico nos ha resuelto un milímetro de este conflicto, lo aclaro para que nadie albergue esperanzas sobre el futuro: somos esto, no se cura.

Por eso miro con incredulidad cómo la gente organiza su vida cotidiana al margen de estas evidencias, construyendo un auténtico andamio para sortear al gran elefante que ocupa toda la estancia. Que haya que poner cortinas, comprar verduras, cortarse el pelo y desatascar el váter lo entiendo, no todos están hechos para vivir sobre una columna. ¿Pero asumir que el mantenimiento de toda esta realidad, con su finitud exasperante, es el argumento de la obra? Eso, ESO me escandaliza. Me hace sentir como un extraterrestre con amnesia. Alguien que fue arrojado a este planeta y perdió la memoria en el impacto. Que no sabe de dónde viene pero tiene una intuición imborrable de que no pertenece a esta especie fatalmente interesada en conversaciones de ascensor. Y que, de vez en cuando, encuentra objetos imposibles —restos del choque de la nave, para darlo todo con el símil— que le confirman su auténtica pertenencia.

Uno de estos objetos, el último que encontré, es un libro. Brevísimo: Esto es agua, de David Foster Wallace. La conferencia que impartió en la ceremonia de graduación de la Universidad de Kenyon en 2005. Lo leí en el asiento trasero de un Citroën C2, luchando contra el mareo y leyendo párrafos en voz alta a un niño de tres años con entonación de cuento, para distraerlo: cualquier cosa con tal de acabarlo. Nada podía interponerse entre ese libro y yo porque me estaba dando la vida. Dentro de esa conferencia el escritor habla de la rutina frustrante del adulto que, tras un trabajo agotador, tiene que ir al supermercado porque su nevera está vacía. Describe lo irritante que llega a ser ese proceso, desde el legendario carrito con la rueda torcida hasta la cajera que le desea «»Que tenga un buen día» con una voz que es sin lugar a dudas la misma voz de la muerte». «Pero así será» —continúa unas páginas más adelante—, «después de redundar en el hastío que generan algunas necesidades de la vida adulta —y habrá muchas más rutinas espantosas, irritantes y aparentemente absurdas—. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que es precisamente en esas chorradas nimias y frustrantes como la que os acabo de contar donde entra en juego la tarea de elegir». ¿Elegir qué? Cómo me relaciono con la realidad. En qué fijo mi atención, qué tengo en cuenta. Esas tareas de mantenimiento, poner cortinas, comprar verduras, cortarse el pelo, desatascar el váter, acudir a eventos, saludar a los vecinos, incluso tareas gratas, pasar el día con amigos, elegir una película, la primera cita con el hombre del que se ha enamorado, hasta acontecimientos que no son tareas y cuya promesa de felicidad es tan imponente que convierte su finitud en algo mucho más doloroso; todas estas cosas no son el argumento de la obra, pero de cómo las miramos, dice Foster Wallace (y yo aplaudo entusiasta mientras lo leo) depende cómo vivimos. Puede ser con la conciencia de «algo no solo lleno de sentido sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad última de todas las cosas» (¡y habla del supermercado!). «La alternativa es la inconsciencia, la configuración por defecto, la competitividad febril: la sensación constante y agobiante de que has tenido algo infinito y lo has perdido» (negritas mías). Así que en esto consiste la verdad de cada momento. «La verdad con V mayúscula (…) tiene que ver con llegar a los treinta años, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza». Y con su propio final el autor confirmaba hasta qué punto tenía razón, cómo esa y no otra es la cuestión fundamental.

Así que cierro el libro a mitad del viaje, sin aliento. ¿Y después? Uno termina de leer estos textos, tener ciertas conversaciones, mirar a ciertas personas, escuchar ciertas canciones… esas cosas que relegamos a anécdota de la vida privada burguesa. Pero son esas cosas que en realidad contienen una descarga eléctrica que nos llena de lucidez durante unos momentos fragilísimos, en los que basta una llamada telefónica para hacerlos parecer ridículos e irreales. Uno termina de leer estos libros y decide si tomarse en serio esa epifanía privada y convertirla en el criterio último de las decisiones vitales, es decir, también las banales: dónde vamos de vacaciones, qué hacemos esta noche, qué trabajo busco, en qué gasto el dinero. O bien seguir con la inconsciencia, la configuración por defecto, dedicando todos nuestros recursos a silenciar la agobiante y constante sensación de que hemos tenido algo infinito y lo hemos perdido. Que nunca desaparecerá, como sabía Rosalía de Castro.

Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.

Si ha llegado hasta este último párrafo puede que usted también sea de mi planeta. Quién sabe, quizás también lo sea toda esa gente y solo nos diferencian grados de amnesia.

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59 comentarios

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