Dime a quién votas y te diré a quién lees

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Fotografía: Matthew G (CC)
Fotografía: Matthew G (CC)

Está ampliamente aceptado que los medios de comunicación son un elemento vital para la (buena) salud de las democracias modernas. Pero la capacidad de crear opinión conlleva también algunos riesgos. Ya lo decía Alexis de Tocqueville en La democracia en América (1835): «Solo un periódico puede llegar a depositar al mismo tiempo el mismo pensamiento en mil mentes». ¿Y qué mayor responsabilidad que la de poder cambiar el pensamiento de mil ciudadanos —o electores? Sin embargo, ¿consigue realmente el mensaje dado por los medios modificar nuestra opinión? Planteado de otra forma, ¿determina lo que leemos en los medios lo que finalmente votamos?

Nos gusta pensar que, entre sus distintas funciones, los medios de comunicación actúan como cuarto poder o perros guardianes watchdog que investigan con el objetivo de revelarnos aquella información que necesitamos poder evitar un abuso de poder por parte de nuestro gobernantes. Confiamos en que, al acercarnos a un quiosco o abrir Twitter, no estamos consumiendo propaganda de los distintos partidos. Sin embargo, esta neutralidad de los medios de comunicación requiere que no existan relaciones de interés o dependencia entre la cobertura de las noticias y los políticos.

El concepto de «interés» no es sencillo de encuadrar. Si bien es cierto que tradicionalmente los medios han jugado un rol de cuarto poder, y que elementos como la libertad de prensa permiten a los sistemas democráticos presentar menores niveles de corrupción, no podemos olvidar que, al fin y al cabo, en la mayoría de casos, estamos hablando de empresas privadas. Empresas que, para subsistir, deben ser rentables. Una rentabilidad que vendrá de la venta de ejemplares, los ingresos por publicidad, o las ayudas públicas.

Pero, en general, más allá de este interés material o pecuniario, los medios persiguen otros intereses, como pueden ser la defensa de unas ideas concretas sobre el orden social, político y económico determinado, la promoción de unas políticas públicas concretas o marcar la agenda política. Respondiendo a este interés de naturaleza política, los medios podrían desviarse de una información neutral de los sucesos políticos, sesgando la cobertura de las noticias por razones ideológicas.

Si este fuese el caso, estaríamos hablando de un «sesgo de oferta» en la cobertura mediática, en la medida en que actuarían como proveedores de información en el «mercado de las noticias». Aquellos que se beneficiarían de esta cobertura no neutral serían unos políticos determinado cuando se publica noticias que les benefician, o se omite información que le afecta, como podría ser un escándalo de corrupción. Podrían ser también lobbies privados, o empresas que decidan invertir más en la publicidad de un medio a cambio de un trato preferente. O, incluso, el beneficiario puede ser el propio medio ya sea el propietario, el editor, o los periodistas, si consigue favorecer a un partido por el que tiene una cierta preferencia, o situar en el debate público un tema concreto.

Sin embargo, en aquellos contextos en los que además de una libertad de prensa efectiva existe un verdadero mercado competitivo periodístico, la existencia de este sesgo de oferta por parte de un medio puede encontrar serios correctivos y tener un coste reputacional importante para el medio que practica ese sesgo. La competencia entre los medios de comunicación debería llevarnos a una situación en la que desviarse de una cobertura neutral fuese una señal demasiado evidente de sesgo ideológico. Un buen ejemplo de ello son los documentos de Killian o Rathergate. Dos meses antes de las elecciones presidenciales americanas de 2004 la cadena de televisión CBS emitió en el programa 60 Minutes unos documentos que pretendían demostrar que el presidente George W. Bush había recibido un trato preferente durante su servicio militar para no tener que ir a la guerra de Vietnam. Posteriores análisis demostraron que estos documentos estaban realizados por máquinas muy posteriores a las de 1970. El Rathergate arruinó la carrera profesional de varios productores y directivos de la CBS y también la de su conocido presentador Dan Rather.

Aunque la teoría nos dice que el sesgo mediático lo deberíamos encontrar únicamente en contextos donde no existe una verdadera competencia entre los medios, la realidad demuestra que nos siguen faltando piezas en nuestro análisis. No hace demasiados años que se realizan estudios académicos sobre la posible existencia de sesgos mediáticos en la cobertura de noticias políticas. Sin embargo, la mayoría apuntan en la misma dirección. Contando el número de veces que los medios americanos citan a varios grupos políticos y thinks tanks, se observa una clara relación entre la frecuencia de estas citas y la ideología de cada medio. Incluso si lo que consideramos son las expresiones específicas utilizadas por cada medio vemos que frases del tipo «guerra contra el terrorismo» eran utilizadas por medios republicanos mientras los demócratas hablaban de la «guerra de Iraq».

Si a los lectores y espectadores solo nos importase la precisión con la que los medios nos informan de los acontecimientos políticos no deberíamos encontrar ningún sesgo ideológico en contextos donde los medios compiten entre ellos. Sin embargo, si en Estados Unidos, un país en el que esa competencia es feroz, existe este sesgo mediático, ¿qué mecanismos están fallando?

Fotografía: Nicolas Alejandro (CC)
Fotografía: Nicolas Alejandro (CC)

Más allá de las razones que nos explican el sesgo ideológico por el lado de la oferta —la que viene de los propios medios—, debemos considerar también lo que ocurre con la demanda de noticias. Es decir, nosotros como audiencia. Si el objetivo de los medios es el de vender más ejemplares, ¿por qué no darle a su lectores aquello que realmente quieren? Si lo que buscamos al abrir un periódico no es tanto informarnos como entretenernos es probable que no queramos encontrarnos noticias que nos informen de que nuestro candidato, aquel que votamos y defendemos, se ha visto involucrado en algún escándalo político. Los psicólogos denominan a esta conducta «disonancia cognitiva». Por otro lado, si la información hace referencia a algún político de una ideología contraria a la nuestra, el conocimiento de ese escándalo nos reafirmará en la convicción de que nuestra opción es la buena. Se trata de ver nuestras creencias confirmadas en aquello que leemos o escuchamos.

La existencia de este sesgo cognitivo nos llevará a elegir un medio de comunicación que tenga una línea ideológica similar a la nuestra; a comprar aquel periódico que sabemos nos va a ratificar en la convicción de que nuestras ideas son las buenas. Sería, por tanto, este sesgo ideológico desde el lado de la demanda el que llevaría a los medios a publicar más noticias positivas sobre aquellos partidos que interesen más a sus lectores, y menos sobre los temas que puedan incomodarlos.

Esta disonancia, a la que tantas referencias encontramos en la obra del psicólogo y premio nobel de economía Daniel Kahneman, es la que podría explicar la falta de precisión u objetividad de los medios al informar sobre acontecimientos políticos. Si deben ganarse el sueldo vendiendo ejemplares, no deberíamos sorprendernos de encontrar coberturas sesgadas por parte de los medios de comunicación. Los periodistas, más que mentir —algo que hemos visto puede acarrear serios costes personales y reputacionales buscarán enmarcar la información de tal manera que potencie nuestras creencias y eviten las disonancias cognitivas que no estamos dispuesto a aceptar. En realidad, si esto es lo que realmente ocurre, la competencia, más allá de evitar los sesgos ideológicos, potenciaría la especialización de los medios en aquellos lectores con ideologías más definidas.

Volviendo al caso americano, que es donde más y mejor se han estudiado estos comportamientos, vemos que este sesgo cognitivo de los lectores es el que mejor explica la existencia de una cobertura mediática no neutral. Si analizamos los casos de corrupción, vemos que los periódicos leídos por un público conservador publican menos información de escándalos republicanos, y a la inversa en el caso de los demócratas. En España parece intuirse una tendencia similar. Esto permitiría corroborar la percepción de que medios como El País, en respuesta a la ideología mayoritaria de sus lectores, estaría publicando más noticias sobre escándalos del PP que otros periódicos conservadores como El Mundo o el ABC. De la misma forma que estos últimos, asimismo en respuesta a las preferencias político-ideológicas de sus lectores, publican más noticias sobre escándalos del PSOE y otros partidos progresistas de izquierda.

Si esta explicación desde el lado de la demanda a la falta de neutralidad política de los medios fuese acertada, podríamos decir entonces: dime a quién votas y te diré a quién lees.

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