In memoriam: Johan Cruyff

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Foto: Corbis.
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¿Tienen un minuto? Porque quiero hablarles del vals del minuto. Toda orquesta necesita un solista y un director. El fútbol ha tenido muchos solistas y muchos directores. Johan Cruyff fue ambas cosas, y en las dos triunfó. Como eso no le era suficiente, volvió a escribir las partituras con las que se juega. Hoy no hay música donde no resuene su eco; está detrás de todas las batutas, incluso las que sostienen otros. Pero, ¿cómo resumir una figura así? ¿Quién y qué fue Cruyff? Hay tantas respuestas como aficionados al fútbol; quien no sostiene una opinión sobre él es porque nunca ha terminado de entender este deporte. Se pueden decir tantas cosas que no bastarían un libro, ni dos, ni veinte, ni cien. Ya están las enciclopedias. Cada cual tendrá su idea preferida de Cruyff. En mi memoria, donde llámenme anticuado lo más sagrado de la historia del fútbol se escribe a pasos de gigante en los campeonatos mundiales, Johan Cruyff es aquel jugador que en el primer minuto del partido más importante del planeta se elevó sobre los veintiún jugadores restantes y gritó: estoy aquí para reinar. De Cruyff recuerdo, sobre todo, un minuto. Es el elogio más grande que se me ocurre para un futbolista. El que exista un minuto con el que resumir su figura.

La breve historia de aquel minuto es así: en la final del campeonato mundial de 1974 estaba en juego mucho más que una copa. El trono de fútbol había quedado vacío. O Rei Pelé, al borde de cumplir los treinta y cuatro años, pensaba en retirarse. No quiso acudir a la llamada de su selección y sin él, Brasil quedó fuera de la final después de un partido que tomó al orbe balompédico por sorpresa no por el resultado, sino por el olor a pólvora. Del choque trascendental entre dos filosofías, el mágico jogo bonito de los brasileños y el virtuoso fútbol total de los holandeses de la «Naranja Mecánica» se esperaba un fuego de artificio, un partido construido con materiales de museo. Sí, hubo fuego, pero desde las trincheras. El festival de patadas a golpe de hoz y codazos malintencionados dejó atónitos a los espectadores. Holanda sucedió a Brasil como el equipo preferido de casi todos, y eso que lo pasó mal. Estuvo a centímetros de recibir un serio golpe cuando los sudamericanos enviaron una envenenada pelota al arcén de la portería. Con todo, se impuso la lógica de los nuevos tiempos, y esa lógica era la de Johan Cruyff. El mejor jugador de Europa, y para muchos ya del mundo, decidió apenas comenzada la segunda parte que había llegado la hora de sellar el destino, acción exclusiva de los más grandes. Primero, desde la banda derecha, hizo un pase que con la debida suerte de los números uno, rebotó lo justo en un defensa como para que un hambriento Johan Neeskens lo desviase a gol. Minutos después, el propio Cruyff remató de forma acrobática para sentenciar un partido que, sin él, hubiese tenido otro final. El estadio, repleto de holandeses, estalló de júbilo. El seleccionador brasileño Mário Zagallo respondió a la derrota con acritud, levantando una mano para mostrar tres dedos: los tres Mundiales que Brasil ya tenía y en los que él, como Pelé, había estado. Era un gesto de frustración que de nada sirvió, porque Cruyff estaba decidido a escribir un nuevo capítulo. Era esa clase de futbolista, el que en mitad de la presión de un Mundial se dice: voy a dinamitar el partido. Y lo hace. Los holandeses, a falta de la final, ya eran los nuevos reyes. Cruyff había venido para ocupar el sitio de Pelé y nadie se lo podía discutir. Lo del título mundial era otra cosa. Todavía quedaba la República Federal de Alemania, un duro rival que además jugaba en casa. Eran al mismo tiempo luchadores, eficaces y afilados. Tenían orden y tenían pegada. Comandados por Franz Beckenbauer, conformaban una escuadra que daba miedo.

Cuando suena el silbato, los holandeses comienzan a mover el balón con su habitual parsimonia. Ha comenzado el vals del minuto. Realizan un pase horizontal detrás de otro. Los alemanes miran, como hipnotizados, el insólito ir y venir de los tulipanes. Dos jugadores se intercambian la posición mientras la pelota queda quieta. Es el nuevo fútbol, que confunde y maravilla, en el que Johann Cruyff ha crecido. Todavía en posesión del balón, los holandeses hacen un amago de atacar por la izquierda. No lo ven claro, y todavía con sus milimétricos pases, efectúan una precisa retirada. Los alemanes siguen con los ojos abiertos y sin balón. Pero, ¿dónde está la estrella holandesa mientras su equipo hace como que ataca? Pues está detrás, en el solitario círculo central, casi como si fuese el último defensor. Está contemplando. Dirigiendo. Es una actitud insólita para un delantero. Nadie diría que está a punto de romper el partido en dos.

El vals del minuto termina cuando Cruyff vuelve a recibir el balón. La orquesta calla. Es el momento del solista. Cruyff empieza a avanzar con sus largos pasos característicos, con el balón atado al pie. Como si quisiera lanzarse pero dudase en cómo hacerlo. No es el arranque instantáneo y visceral de Maradona o Messi, cuyas jugadas individuales consisten en resolver los obstáculos conforme se presentan desde la primera décima de segundo. Lo de Cruyff es parecido, pero distinto. Primero, mira. Planea. Amenaza con arrancar. En esto sí se parece a Pelé. Así es el particular despegue del enjuto Johann, el despegue que toda Europa ya conoce. Después, bien lo saben los alemanes, vendrá un cambio de ritmo capaz de destruir a toda una defensa. ¿Podrá hacerlo en una final, frente al equipo más correoso del mundo, y en el primer minuto, con las piernas aún frías y el nervio aún caliente? ¿De verdad es tan bueno Johan Cruyff? Sí, de verdad es tan bueno. El equipo rival es orden y disciplina, pero él, después de cavilar durante unos instantes, ha visto una grieta. Desenfunda la espada para golpear justo donde la muralla es más débil. Atención, despejen: Cruyff acaba de alzar el vuelo. Un defensor intenta cortarle el paso, pero el capitán holandés ya está en velocidad de crucero y lo deja atrás con esa aureola inevitable que las jugadas históricas tienen incluso antes de terminar y confirmarse como históricas. Un segundo zaguero acude en ayuda del primero, que ya ha sido desahuciado para la videoteca, y también su esfuerzo es inútil. Con zancadas tan veloces que resultan difíciles de contar, irrumpe en el área alemana. Por delante de él, la portería. Puede ser un pase, puede ser un tiro; siendo Cruyff, ambas cosas resultarían letales. Los germanos, que ya solamente pueden detener su avance quebrantando la ley, cometen falta sobre él. Dentro del área. Pena máxima que Neeskens convierte cuando el reloj marca el segundo minuto de partido: 0-1. Los alemanes, anfitriones, todavía no han tocado el balón. Johann Cruyff ya ha dinamitado el partido. Sí, es así de bueno.

Quedan noventa y ocho minutos, pero algún alemán necesitaría marcar cuatro o cinco goles para arrebatarle al divino Cruyff el honor de ser nombrado mejor jugador del torneo. Lo cual, habiendo colgado Pelé su camiseta nacional y siendo los mundiales el escaparate que entonces eran, significaba que Cruyff se había convertido de manera oficial, oficiosa y heráldica en el mejor futbolista del planeta Tierra. Holanda, eso sí, perdió la final, porque a Alemania nunca se la ha vencido salvo con excepcionales arrebatos de epopeya. Cruyff, a la dorada edad de veintiséis años, no pudo levantar el único gran trofeo que le faltaba después de haber acumulado tres Copas de Europa consecutivas con el Ajax, una Eurocopa con aquella misma Holanda de Anticitera y dos de los tres Balones de Oro que terminarían adornando sus vitrinas. Aun así, aquella derrota fue tal únicamente en el marcador. La Holanda de 1974 permaneció en la memoria como el más venerado de los escuadrones sin título y Cruyff ascendió a un Olimpo del que ya nunca bajó.

Foto: Corbis.
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Ese era el Cruyff jugador, el que barrió Europa, destelló en un Mundial y vino a España para continuar asombrando con su perspectiva del fútbol. Era como un comandante que tuviese todos los planes en la cabeza, pero que en el momento menos pensado se transformaba en un anárquico artista dispuesto a pulverizar esos mismos planes a base de acrobacias. Piernas y cerebro. Instinto y entendimiento. Ese era. El mismo que asimiló el sistema de Rinus Michels hasta hacerlo más suyo que de nadie, cuando era jugador, almacenándolo en su memoria hasta que llegase el día de aplicarlo en otros. Como en sus jugadas, Cruyff miraba, planeaba y solamente después ejecutaba. El mismo Cruyff que como entrenador demostró una aguda inteligencia traduciendo aquel esquema a otro tiempo y circunstancia, siempre con su propio acento futbolístico incluido, cómo no, ese simpático e irresistible deje con el que cambiaba las vocales últimas de las palabras castellanas y con su inigualada capacidad para combinar pragmatismo y arte. Cuando Cruyff vino como jugador a España no nos veíamos europeos. Pero él se quedó, y con el tiempo, se trajo también la más valiosa lección del Ajax, su equipo natal: la escuela lo es todo. Sin escuela no hay estilo. Sin estilo no hay gloria. Cruyff lo sabía bien; era el hijo de una limpiadora del estadio del Ajax, que respiró fútbol desde muy pronto, y desde muy abajo. Sabía asimilar las lecciones primero, y olvidarlas después, sobre el campo, cada vez que el instinto le compelía a protagonizar un minuto mágico. Lo mismo hizo como entrenador. Desde el banquillo revolucionó el Barcelona lo que hizo con la mentalidad de ese club es algo que se estudiará durante mucho tiempo, pero también revolucionó el fútbol entero. En su profesión era un genio. No hay duda. Genio es el que gesta cosas nuevas y demuestra que sus ideas, aunque parezcan extrañas, funcionan. Discutido, sí, como todos los genios; solamente los manufactureros que trabajan con los viejos moldes son lo bastante monótonos como para no convertirse en objeto de discusión. Aunque holandés hasta la médula para algunas cosas, fue también mediterráneo o sea, excéntrico en su arte, como lo hemos sido los españoles durante nuestro insano siglo XX. Cruyff fue más Picasso, Dalí o Buñuel que Vermeer. Nadie discute a Vermeer, porque la belleza de su obra es evidente siempre, canónica y clara. Por contra, todavía hay quien no comprende a Picasso.

El fútbol español ha respirado Cruyff desde entonces. El fútbol mundial también. De Cruyff puede decirse algo imposible de aplicar a otras figuras del fútbol: lo cambió todo. ¿Qué otro hombre ha podido dejar una huella similar en este deporte? Pelé era uno más el mejor, el más completo, pero uno más entre los muchos poetas del fútbol tropical que poblaban la Canarinha. Maradona fue demasiado inédito como para entenderse a sí mismo; su sistema era él, pero no tenía sistema, y nunca demostró fuera de la cancha la visión que tenía dentro de ella. Messi es un gigante, pero sus melodías nos suenan familiares, como ese músico excepcional que, con toda su brillantez, interpreta melodías de otros en un fútbol donde a nivel de estilo ya se ha inventado todo. Beckenbauer era demasiado severo, como jugador y como entrenador, como para crear desde la nada, y era más fácil de imaginar como general que como compositor. A Michel Platini o a Zico, que sí componían poemas, les faltó bautizar una era con sus nombres. George Best o Garrincha vivieron más de la cuenta en los márgenes, como carrileros en la vida además de en la cancha. Van Basten fue breve. Ronaldo fugaz. Roberto Baggio demasiado inconstante, y se quedó a un mal penalti de la historia. Otros muchos jugadores han padecido la injusticia de haber existido solamente en blanco y negro.

Cruyff llegó para reinar con el tecnicolor, y desde entonces no hizo sino inventar nuevas maneras de conseguir una imagen más nítida en el fútbol. Él sí puede ponerle nombre a su época, y se la puso. También ha puesto nombre a la época que ha seguido. Miren los periódicos; gente del fútbol que sabe mucho más que yo concuerda en que Cruyff lo cambió todo. Fue un río de cuyos afluentes el fútbol sigue bebiendo hoy. Nadie en su sano juicio niega su papel fundamental en el desarrollo del fútbol moderno. Sería como negar el papel de Einstein en la física. Dentro de un siglo no sabrán cómo ubicar a Pelé, Maradona o Messi dentro de un marco teórico, más allá del hecho palpable de que han sido jugadores de inmenso talento que han sobresalido por sobre todos los demás. Pero con Cruyff, el jugador y el entrenador, que ambas facetas forman parte de una sola cosa, nuestros descendientes podrán dibujar un esquema, podrán seguir una lógica histórica y podrán decir: «ah, es gracias él que ahora jugamos de esta manera».

Si algo estamos aprendiendo durante 2016 es que resulta difícil cumplir los setenta. Pero morir es la única señal inequívoca de haber vivido. En el fútbol, Johan Cruyff lo vivió todo y lo fue todo. Su relevancia no puede ser exagerada. Inventó muchas cosas, y las que no inventó él, las pintó con su propio barniz. Cruyff le puso su nombre a las cosas. En cualquier disciplina humana, es esto lo que otorga la inmortalidad. Cruyff es inmortal; lo supe cuando vi el primer minuto de aquel partido. Un minuto que ha resultado durar para siempre.

Descanse en paz.

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