La movida pasa de Tino Casal

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Tino Casal. Imagen: RTVE.
Tino Casal. Imagen: RTVE.

En septiembre se cumplen veinticinco años del accidente de tráfico que —para los fans y muchos compradores de Yo fui a EGB— mitificó al vocalista Tino Casal. Tenía cuarenta y un años, cientos de noches y varias crisálidas a sus espaldas. «Prefiero que se diga que he muerto de sida que de un catarro», dejó dicho cuando le vincularon con la fatal pandemia en los ochenta. No se veía pasando al otro barrio desde la cama, como un viejo o un monarca. Mejor largarse antes de hora por la vía de la fatalidad, troquel instantáneo para la posteridad glam cañí y para una audiencia groupie que iba desde amas de casa con UHF hasta ejecutivos que hacían jogging con un walkman comprado en Ceuta. Lo raro es que no saliera en breve otro recopilatorio. Cómo no aprovechar el río de la efeméride. Agotadas rarezas y versiones, podrían lanzar un cofre con una salamandra autografiada, un fular atigrado, dibujos de tías en pelotas en sus cuadernos de la infancia, algún bastón retráctil con número de serie y, como metafórico combustible nocturno (y/o diurno), el polvo blanco que diseminaba la cementera sobre los tejados de Tudela Veguín, su asturiano pueblo natal.

En la industria musical hay aniversarios póstumos tan exhaustos que para algunos de mercadotecnia debe de ser como darle al play de una psicofonía o sacar de debajo de la cama la ouija de Aplauso y la Nochevieja de Viva 87. Casi todo está mercantilmente cantado, y tras el desastre binario, digitalmente manoseado. La nostalgia funciona, pero a veces es una ciénaga.

Tras tantos aniversarios, revisiones y reivindicaciones periódicas, aún no queda muy claro el trasfondo, la personalidad real, los claroscuros y la influencia artística de Casal. Hay libros enciclopédicos como el de Gerardo Quintana, Tino Casal: Más allá del embrujo (T&B Editores), en el que se repasa todo el animalario que pasó por su existencia (Paco Clavel, Las Costus, Manolo Cáceres, Mcnamara…), amén de detallar discografía y biografía con lupa. Hay documentales honestos, currados y sentidos, como el que José Antonio Quirós (paisano autor de la película Pídele cuentas al rey, 1999) filmó en 2006 Gran Casal, me como el mundo. Por esas cosillas de los derechos de autor (ay, la SGAE…) no hay tema que acompañe la narración, solo algún tarareo de maquetas del propio Tino en el estudio de grabación, lo que deja en sordina gran parte del discurso.

Haciendo historiografía de documentales, mitos y leyendas, no se apuesta si José Celestino Casal Álvarez fue feliz o atormentado, a quién realmente amó y cuál fue su influjo, si perteneció o no a la movida (y si tuvo conciencia de ella), dónde pretendía llegar profesionalmente (¿pintor?), y si su carrera musical ya estaba truncada —como argumenta el productor Miguel Ángel Arenas «Capi»— cuando se largó prematuramente de este mundo. Cualquier reseña se espolvorea de lugares comunes y clichés sobados: un adelantado a su tiempo, un icono, la transgresión necesaria en un país que despertaba tras décadas grises, el hombre que abrió las puertas de la modernidad de la electrónica, el primer neorromántico blablabla… Cada vez que su mirada pelirroja y su estampa de licántropo travesti se asomaba por programas como Entre amigos (del políglota José Luis Moreno y sus orgásmicas presentaciones), el zoom estilo Valerio Lazarov no da abasto ante tanto exceso. Lleva más de veinte prendas encima. Relojes, cadenas, pulseras, broches, semiponchos, capas… «Me odian porque me he adelantado con la chaqueta que ellos pensaban ponerse», dejó como despechada cita hacia el qué dirán. Y el sintetizador era lo más. Lo mismo te convertía en OMD o la Joy Division que te cardaba el pelo. La extravagancia de sus trazas opacaba injustamente el portentoso registro de su garganta. Se pormenorizaba el leopardo, el zarcillo corsario, el ojito pintado, la barba mefistofélica y la recargadísima inspiración de Bowie y Marc Bolan… Tanta vanguardia neobarroca acabó por vampirizar su principal activo, su voz, que realmente era extraña y cojonuda. A Javier Losada —amigo, productor, teclista y arreglista— siempre que se le pregunta subraya que a Tino no se le ha hecho justicia en ningún documental. Que el mundo de la música española tiene una deuda pendiente con el hombre que lo mismo producía el primer disco de Obús o de Vídeo («La noche no es para mí») que abría en Madrid la galería Tate Tate junto al artista Antonio Villa-Toro, para mostrar sus pinturas esotéricas, sus esculturas delirantes y «neopsicodélicas», terroríficas e invendibles.

De todos las antologías, montajes por YouTube, reseñas y loas hacia el primera bestia parda y rara de nuestro pop, pocas inciden en cómo carajo cantaba el guaje, y otras directamente creen que lo más que merece es que sus herederos pidan derechos de imagen a los Locomía. ¿Pudo ser el nuevo Bruno Lomas, el Anticristo Superstar, el Nino Bravo del Naranjo de Bulnes bautizado en las negras aguas del Nalón? ¿Ocuparía el escalón inferior debajo de las alzas de Raphael o de Camilo Sesto? Nunca sabremos si eligió la dimensión de su grandeza —como Mágico González, que de no haberse echado tantas siestas hubiera sido bastante mejor que Maradona— siempre inmerso en una vida hedonista, generosa, caótica y consagrada a falsetes catedralicios y a esa denostada electrónica que en España no molaba demasiado a los que hacían listas sagradas. Muchos de los popes de la movida le meten en el saco de los polifacéticos estilo mamarracha, y nunca en la misma cuerda creadora o benefactora que Radio Futura, Nacha Pop, Derribos Arias, Parálisis Permanente o Alaska y sus Pegamoides. Sin embargo, visionando de nuevo el vídeo de «Embrujada» —obra del malogrado realizador José Luis Lozano, grabado en 1984— se percibe toda su frescura lírica almodovariana (¿realmente le financió Pepi, Luci y Bom…?), con cenicientas de Disney, cuartos oscuros y autobuses de la EMT que se largan dejando tirada a la protagonista. Un clasicazo. Afectadísimo, como todo lo suyo, pero indeleble a modas. Da la sensación de que todo el universo Casal se circunscribe a la definición global y difusa que dio Fabio Mcnamara cuando le conoció en Malasaña. «Era la más moderna».

Hipérboles y hagiografías cutres y escasos los análisis a su carrera vocal, como si el talento interpretativo fuera una anécdota complementaria oculta tras ese cortinaje barroco comprado en Carnaby Street. Si se bucea en Google hay forofos que ¡¡¡aseguran!!! que iba a sustituir al mismísimo Freddie Mercury, cuando en verdad el líder de Queen moriría dos meses después. La cosa no daba para tanto (y lo del nuevo Bowie era un desfase anfetamínico del club de fans), pero sí que resulta delicioso escucharle en ese «Lamento de gaitas» (mucho antes que los gaseosos experimentos de Hevia y Carlos Núñez) donde liderando el grupo Archiduques pasea entre el blanco y negro por la románica Santa María del Naranco. «Me siento tan triste, como aquella noche / en que tú te fuiste, de mi lado en Asturias / Por eso hoy, que solo estoy, y tú estas ausente / ante tu tumba estoy llorando tu muerte». El clip destila un molón regionalismo posmoderno, Tino está guapísimo y con un pelazo que ni los click de Famobil y la tonada con oscilantes galleos suena bellamente premonitoria. En el pueblo ya empezaba a ser la comidilla del bar Ortea, por las plataformas y las patas de elefante, generando más comentarios que los goles que Quini y Enzo Ferrero le endosan a Esnaola o Urruti.

Cualquier crítico con dos dedos de oído suscribe que Tino cantaba de puta madre, con un corolario amplísimo y un registro versátil intuido desde sus tiempos en Zafiros Negros. Le arrebataba la copla, la desmenuzaba, y le quitaba los trajes de sevillana a su hermana Conchita para paliar la negrura del valle y el vasto aburrimiento de la zona, más por razones escénicas que freudianas. Luego se largó a Madrid con Archiduques con la promesa a su madre Eufrasia —Frasi— de ir a misa cabalmente. Al tercer domingo el despertador no sonó.

A finales de los setenta, su carrera llamó la atención de los cazatalentos (Luis Cobos, estudio Scorpio, Phillips como discográfica) que ven en su porte y su timbre un cheque de ciento ochenta centímetros. Quedó segundo en el Festival de Benidorm de 1978 con el imperativo «Emborráchate», con una letra tremenda escuchada con los correctos oídos de hoy, en el que se insta a la mujer a hincar el codo para olvidar y perder el control «una vez más». Poco después y tras mamarse en Londres de vanguardia y mutar en un Billy Boy espídico (Julián Ruiz como pigmalión), regresa a España como si un remedo de Ziggy Stardust quisiera lavarse todo el tizne de la cuenca minera: champú de huevo para el pelo y tinte de camomila para el bigote. En la ribera del Tamésis estuvo siempre con Pepa, su escudera fiel y personaje que se habría asomado a muchos abismos del cantante, quizá quien mejor le conoció y quien más calló.

Así aterriza Tino en Barajas, como la nueva rara avis del panorama musical español. Se populariza aún más cuando «Pánico en el Edén» (1984) suena encima de las escaladas de José Luis Laguía o los demarrajes de Marino Lejarreta. La jugada del sintetizador se repetía de nuevo, puesto que Unipublic había dado en la diana con con electrónicos Azul y Negro y sus pegadizas «Me estoy volviendo loco», y «No tengo tiempo», en los años 1982 y 1983 respectivamente. El tema se incluyó en el disco Hielo rojo, y en Etiqueta negra destacan «Los pájaros», metáfora sufriente de la horda aún metida en el armario, y «Póker para un perdedor», que trataba de dar carpetazo a su Asturias, al pasado enlutado y mediocre del que se ve atrapado entre sus raíces y los cantos de sirena de la gran ciudad. El bingo supremo llegó en 1987 otra vez con Julián Ruiz —amiguísimo productor y aún metido a blogger futbolístico— quien le brindó la versión ibérica de «Eloise» de Barry Ryan para reventar las listas y codearse con el despachadísimo Descanso dominical de Mecano. «Eloise» era «Embrujada» envejeciendo mal, con los pechos caídos sin nitroglicerina que los levantara. Como en casi todos sus discos, en el LP abundan las letras que aluden a facilones juegos florales de sexo, instintos, drogas escapistas, alhajas, fulgores decadentes, parejas mutadas en animales que se devoran… El diseño de las portadas, loquísimo. Con toda la impostura que se quiera y con el sonrojo del paso del tiempo, pero el menda desplegaba un magnetismo en escena que hasta el más estólido se dejaría engañar por mirada tan embaucadora. Y vendió una barbaridad…

Ya estaba subido al coche, reina de la noche, que le conducía por el Madrid de los Austrias, por Malasaña, y que le devolvía al Paseo del Rey donde viviría a todo trapo (literalmente) con vistas a la Casa Campo. Fueron noches sin días, y días a base de pastillas para un esguince fortuito y automedicado tras un traspiés en un concierto en Pachá Valencia. Por eludir la prescripción, se le necrosó la cabeza del fémur. Acabó su corpachón en silla de ruedas y con una cojera que apagó las ganas de bailar. Una convalecencia penosa que tiene traslación en algunos de sus deprimidos cuadros, brochazos desde las entrañas. El mundo cambiaba (el muro, los Simpson, el bótox, Tiananmen…) y él publicaba Hysteria (también con sello de Julián Ruiz) que es un disco directamente malo, con alusiones al hastío que le producía frecuentar los templos del mal como la Joy, Nairobi o Voltereta donde tan estupendamente se lo pasó. «Quemamos el ozono con pintadas de sprays/ ¿Subversivas tal vez?/ No, no fuimos héroes/ Ya todo estaba escrito». Ruiz jura y perjura que la letra de «No fuimos héroes» cinceló el epitafio de la movida, más aún cuando ese mismo año morían las Costus; Juan, por causas derivadas del sida, Enrique, de pena.

En el año de la EXPO y los Juegos de Barcelona, mucho antes de que la Gran Vía mutara en Broadway de pacotilla, Casal estaba en todas las quinielas para el musical de Lloyd Weber El fantasma de la ópera. Un monstruo minado en su salud, un barroquismo tenebroso, un chantajista del amor… Que ni pintado para relanzar personaje. También había proyectos en Japón, vivero de cualquier marcianada. Pero una maldita farola del Puente de los Franceses bajó el telón. El pintor Antonio Villa-Toro iba junto a él en aquel Opel Corsa blanco. Rememora con horror cómo le agarró la mano antes de soltar un terrible alarido, el más agudo jamás proferido, previo a su adiós en un helicóptero sobre el amanecer de Madrid. Hoy una calle de Tudela Veguín, que irónicamente circunda y atraviesa toda la cementera, lleva su nombre, una factoría cuyo traqueteo industrial le arrullaba de crío. El emigrado, el pájaro que metamorfoseó en Londres, el artistaza manierista que se embozó en mil movidones madrileños, sin esa maldita cadencia nunca nunca pudo conciliar el sueño.

«Mil gaitas sonaban, con triste dulzura / de pena por verme con gran amargura / me siento my solo, me siento muy triste / por eso pido a Dios, que me dé la muerte».

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