In memoriam: Muhammad Ali

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Foto: Cordon.
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Muchos de nosotros todavía éramos niños cuando descubrimos ese maravilloso espectáculo llamado boxeo de competición, pero la disciplina vivía un momento extraño. Había perdido buena parte de su relumbrón. Excepto en el cine, donde las películas de boxeadores habían protagonizado una fugaz pero intensa moda. A veces, de hecho, me pregunto si aquella fiebre por el pugilismo cinematográfico no fue de alguna manera un arrebato de nostalgia hacia los aún recientes estertores del pugilismo clásico, una nostalgia provocada por la decadencia y retirada del último grande de la era del blanco y negro, que fue además el más grande. Era casi como si el público echase de menos las viejas gestas del cuadrilátero y se lanzase en tropel a recuperarlas en versión de celuloide. Más que ningún otro escenario deportivo, ese cuadrilátero producía epopeyas y héroes dignas de las más nobles páginas. No porque es un deporte duro, pues otros los hay también muy duros, sino porque es algo más que un deporte. El boxeo es cine, y sería cine aunque nadie lo hubiese filmado. El boxeo es literatura, aunque nadie hubiese escrito sobre ello. El boxeo es la vida, aunque quienes ignoran o desprecian la disciplina no consigan entenderlo.

En mi generación abrimos los ojos al mundo sin tener un gran campeón de los pesos pesados; a finales de los setenta la competición se había dividido en dos. No era la primera vez, pero sí la definitiva y también la más dañina; la corona mundial de los pesos pesados, diluida en una sopa de siglas, dejó de ser vista como la Excalibur de los deportes, la más alta distinción deportiva del planeta, que lo había sido durante todo el siglo. Esto cambió durante algunos años, desde el mismo momento en que un huracán llamado Mike Tyson se ciñó el cinturón de campeón. Pero no duró. El reinado de Tyson fue el canto del cisne de esa preponderancia. Para entonces ya habíamos aprendido que Tyson, la última leyenda universal de los pesos pesados, se había limitado a recuperar parte de la atención perdida tras la retirada del más grande de los colosos emergidos de la antaño inagotable mitología pugilística: Muhammad Ali, o Cassius Clay, como por costumbre lo llamaban todavía quienes lo habían visto emerger durante los años sesenta. Cuando los niños de aquella generación veíamos pelear a Tyson, terminamos comprobando que todas las comparaciones, favorables o desfavorables, incluían a Muhammad Ali como primer término. De repente, para toda una generación de aficionados novatos, un Ali al que apenas habíamos visto en fugaces secuencias de televisión se reveló como la medida de todas las cosas. Supimos que su ausencia de los cuadriláteros había ensombrecido el boxeo con el sordo pesar de la orfandad; que no importase cómo de grandes pudiesen llegar a ser las hazañas de sus herederos, su figura sería siempre incomparable. Muhammad Ali, como Bobby Fischer en el ajedrez o Michel Jordan en el baloncesto, ya no podría ser eclipsado. No se trata de que pueda surgir alguien igual o mejor en lo deportivo; eso es lo de menos. No puede haber otro Ali como no puede haber otros Beatles ni otra Marilyn Monroe. Ali había sido mucho más que un campeón. Trascendió su profesión y las glorias condensadas en el metal de unas vitrinas. No era solamente un púgil, como Einstein no era solamente un científico y Elvis Presley no era solamente un cantante. Muhammad Ali fue mucho más que un deportista. Fue un icono universal, una referencia cultural de primer orden, la clase de material sobre el que los demás escriben ensayos y novelas, ruedan películas o componen canciones. Y él creció con una extraña e inexplicable predisposición a la inmortalidad. Como cuando decía que había odiado hasta el último minuto de sus entrenamientos, pero se había motivado diciéndose «¡No lo dejes! Si sufres ahora, vivirás como campeón el resto de tu existencia». La inmortalidad, pues, fue su verdadera vocación. Desde aquella vez en que sin tener todavía un título mundial ceñido a la cintura osó proclamarse como «el más grande», el mundo debió haber entendido que sus hazañas no iban a pertenecer a los titulares de los periódicos, sino a los libros de historia.

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Su inmensa fama, sus títulos, sus gestas deportivas, eran solamente una parte de su inmensidad. Es verdad que fue el rey de los pesos pesados más célebre desde Joe Louis. Es verdad que su técnica y su estilo lo situaban entre los mejores púgiles de todos los tiempos. Es verdad que volvió de un retiro impuesto, cuando técnicamente era ya una sombra del virtuoso innovador que había sido durante sus primeros años, y todavía fue capaz de ganarle el pulso a aquel Joe Frazier con el que parecía disputar los rencores de alguna vida pasada. Es verdad que cuando era ya una sombra de su sombra, pudo vencer a aquel gigante joven y poderoso llamado George Foreman. Es verdad que recuperó la corona tres veces, algo por entonces nunca visto entre los pesos pesados. Todo esto y muchas más cosas son verdad. La carrera deportiva de Muhammad Ali fue una ejemplar combinación de talento, coraje, determinación y espíritu ganador. Pero no fue solamente esto lo que le convirtió en lo que ahora es. Hubo más. Pero, ¿con qué palabras podríamos expresarlo?

En las listas clásicas de mejores boxeadores, Ali solía aparecer por detrás de Sugar Ray Robinson, el hombre sobre quien había modelado su estilo y al que muchos consideraban el púgil de mayor talento técnico que había existido nunca. Es decir, no por necesidad hemos de considerarlo el mejor. Tampoco se retiró invicto como Rocky Marciano. Pero eso no impidió que en otra clase de listas, las que enumeraban a los deportistas más importantes del siglo XX, apareciese siempre como el número uno. Esto no lo explican sus triunfos. Es que Muhammad Ali era una fuerza de la naturaleza en todos los sentidos. Siempre admitió que nunca había sido «el niño más brillante de la clase», pero sus genialidades verbales conseguían quedarse marcadas a fuego en la memoria de los aficionados. Era el Bob Dylan del trash-talk, el Sergio Leone de las provocaciones previas a cada combate. Su verborrea inagotable era casi siempre pueril, pero también brillante; una de las tantas facetas que lo convirtieron en el Napoleón de la explosión mediática de finales de los sesenta y principios de los setenta. Llegó, vio, habló y venció. No se trata ya de aquella su más famosa frase, «flota como una mariposa, pica como una abeja, y sus manos no podrán golpear lo que sus ojos no ven», que pronunció, irónicamente, cuando la edad ya no le permitía volar sobre la lona (fue antes de su combate con Foreman, que ganó, sí, pero no cual mariposa, sino cual Maquiavelo de la estrategia pugilística). Antes de cada combate siempre tenía una declaración sensacionalista preparada. Sus poemas, casi siempre nefastos pero hilarantes, se convertían a veces en fragmentos líricos de un homérico infantilismo: «Me he peleado con un cocodrilo», dijo una vez, «he forcejeado con una ballena. Le he puesto esposas a un relámpago y he metido al trueno en la cárcel. La semana pasada asesiné a una roca, herí a una piedra, metí a un ladrillo en el hospital. Soy tan duro que hago enfermar a la medicina». Como pueden comprobar, Herman MelvilleJoseph Conrad y un bocazas fanfarrón, todos ellos combinados en una misma cita. Con él, imagino, había que tener siempre el cuaderno bien a mano, sobre todo cuando se acercaba una pelea. A veces caía en el insulto pueril, pero otras veces dejaba tras de sí perlas que resonaban con el nervioso roce de docenas de lápices apuntando con afán lo que iba a convertirse en el penúltimo titular y, con suerte, en una futura referencia enciclopédica. Muhammad Ali no quería ser un campeón, quería ser un gigante, y leyendo su propia época con la clarividencia de quienes nacen con el gen de la grandeza, entendió que los medios de comunicación eran la manera de conseguirlo. Modeló su personaje con tanto cuidado que se metió al mundo entero en el bolsillo, incluso a quienes le habían odiado. Muchos, en sus inicios, se habían burlado de las payasadas constantes de aquel excéntrico aspirante al título al que, no sin razón, apodaban «el loco de Lousville». El único personaje con el que se me ocurre establecer un paralelismo justo es Salvador Dalí. Qué más da que te conozcan por pintar cuadros o por posar junto a la cabeza de un rinoceronte; lo importante es que te conozcan.

Cuando no estaba inventando ripios para humillar a sus contrincantes, estaba batallando por tener el derecho de defender sus ideales. Se convirtió al islam, se cambió el nombre y escandalizó a casi todo el país, incluida su propia madre. Empezó a dejarse ver como el gran trofeo del más hábil proselitista de la Nación del Islam, el carismático Malcolm X. Parecía evidente que la inteligente e inatacable retórica de Malcolm X había deslumbrado al nuevo campeón. Pero Ali era algo más que una marioneta. Respondía con coherencia y una afilada eficacia cuando le preguntaban por sus ideas. Es cierto que repetía muchas ideas del brillante Malcolm X, pero no menos de las que Malcolm X tomaba de su líder sectario, Elijah Muhammad. Por lo demás, Ali sabía construir su propio discurso, algo en lo que pocos habían confiado. Era más fácil burlarse de él o calificarlo de radical peligroso que atacar algunos de sus argumentos, sobre todo en lo referente a la cuestión racial. Contra todo pronóstico, la marioneta se reveló como un ideólogo. Cuando decía que no tenía nada en contra de los vietnamitas porque «ninguno de ellos me ha llamado negrata» estaba poniendo el dedo en la llaga, una herida nacional cuyo reguero de sangre muchos de sus compatriotas se empeñaban en ignorar. Mientras estaba en lo más alto de su carrera aceptó con entereza la posibilidad de acabar en la cárcel («hemos estado en la cárcel durante cuatrocientos años; podría afrontar tener que ir cuatro o cinco años más»). Se vio despojado de sus títulos, apartado de la profesión para la que se había preparado con tanto esfuerzo desde que era un adolescente. A nosotros, los espectadores, se nos arrebataron varios grandes combates del más exquisito peso pesado defensivo que viera el siglo, pero a él le partieron la carrera deportiva en dos y le privaron de su principal fuente de ingresos. Todo por no querer alistarse, aunque no le hubiesen hecho pelear fuera del cuadrilátero. Todo para no «matar gente pobre mientras los negros en Louisville no disfrutan ni de derechos humanos básicos». Muhammad Ali, el deportista más famoso del mundo, estaba paseando las vergüenzas de su propio país. Un país racista donde la guerra era un requerimiento estándar de la política exterior, una guerra a la que iban quienes no tenían dinero para comprar la posibilidad de no morir casi imberbes, o de no pasar años en una celda de cañas en mitad de alguna selva.

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Ali no era perfecto. Cuando denigraba a Joe Frazier llamándolo «Tío Tom», estaba siendo cruel, injusto y además desagradecido, pues Frazier, pese a tener ideas políticas muy distintas, le había defendido y ayudado. Cuando ante los congoleños presentó a George Foreman como un esbirro de los malvados blancos —en el Congo, claro, no habían olvidado la sanguinaria frialdad del imperialismo belga— estaba siendo incluso más injusto. Pero sus acusaciones no dejaban de tener un tinte de referencia a la realidad. En sus hirientes ataques expresaba una rabia nueva, la de querer, pretender, necesitar romper con la vieja dinámica de agradar al hombre blanco pareciéndose lo más posible a él. Antes de Ali, la mayoría de los campeones negros habían peleado por la dignidad de su pueblo presentándose como individuos de imagen intachable. Joe Louis o Floyd Patterson. Y los que no, como Sonny Liston, habían cuando menos evitado meterse en jardines. Lejos quedaba ya el recuerdo del primer campeón de los pesos pesados, Jack Johnson, cuyo sistema de reivindicación era tan valiente que podía calificarse como suicida; Johnson se acostaba con mujeres blancas y sonreía mientras decenas de miles de espectadores blancos le deseaban la horca y él no tenía manera de saber si no acabarían invadiendo el cuadrilátero para, en efecto, lincharlo. Muhammad Ali era más Johnson que Louis, pero aportaba algo revolucionario. Su imagen era más poderosa que intachable, quizá, pero sus reivindicaciones estaban expresadas de forma política y con un enorme poder de convicción. Él ya no pensaba que hubiese que agradar a los blancos. Por ello, fue el campeón idóneo para su generación. El primer peso pesado que lo era también cuando salía de entre las doce cuerdas.

Cuando pudo volver a pelear ya no era el mismo y, sin embargo, en ese retorno produjo sus más memorables noches de boxeo. Impulsado más por el hambre de eternidad que por una condición de favorito a la que por cuestiones físicas ya no podía optar, recuperó la corona, la perdió, y la obtuvo por una tercera vez, excitando la pluma de escritores, periodistas, historiadores del deporte. Muhammad Ali era el sueño de todo narrador. Por ejemplo, la película que se rodó en torno a su combate con George Foreman, Cuando éramos reyes, es probablemente el mejor documental deportivo de todos los tiempos. Ahí vemos al Muhammad Ali de los años de retorno en todo su esplendor. Ni siquiera esa película puede resumirlo, porque Ali es imposible de resumir, pero sí demuestra que sus combates de boxeo no eran eventos deportivos, sino sucesos que por motivos intangibles estaban destinados a adornar las estanterías de todo buen amante de la epopeya. ¿Cómo lo hacía? Siempre pensé que cuando Ali olfateaba la gloria se dejaba el alma para superar sus limitaciones. En África se dejó acorralar por un Foreman que a usted y a mí podría habernos matado de un único golpe, pero al que Ali consiguió agotar con una táctica que dejó boquiabiertos incluso a los más expertos analistas. En Filipinas, frente a Frazier, fue él quien se dejó agotar hasta poner en peligro su vida, pero no sin que antes se hubiese desplomado Frazier. No fueron sus mejores combates, ni mucho menos, pero sí los más importantes. Y él lo sabía. Es lo único que puede explicar la manera en que se condujo en ellos. Los bautizó, claro, con ripios sencillos y sin esplendor (Rumble in the JungleThrilla in Manilla) que ahora sin embargo nos suenan a gesta, a títulos de romance medieval, a grandeza. Muhammad Ali tenía el instinto de un novelista para entender qué episodios de su carrera eran los que iban a cimentar su leyenda, y entendía que la elegancia del nombre que les puso es lo de menos. Pero debían tener un nombre. Lo habitual es que los deportistas hagan cosas y los buenos cronistas las conviertan en fascinantes historias. En el siglo XIX, un cronista británico bautizó el boxeo como the sweet science of bruising («la bella ciencia de hacer moratones»), una feliz expresión que revivió después de la Segunda Guerra Mundial. Pero Muhammad Ali lo convirtió en la bella ciencia de hacerse inmortal. Siempre daba sus historias ya hechas.

Desde que nos ha dejado, los periódicos de medio mundo están repletos, más que de ninguna otra cosa, de las declaraciones del propio Ali. Como en un Evangelio, es en sus palabras, y no en las nuestras, donde está el auténtico mensaje. Él sin duda sabía que el día en que muriese todos nosotros terminaríamos ejerciendo como simple caja de resonancia de su genio. Porque Ali fue un genio como boxeador, pero también como artista. Su propia vida fue su principal obra de arte. Nos dejó las citas, los hechos, las gestas, los fracasos, como quien hace regalos de Navidad: en un montón de cajas que quienes alguna vez hemos escrito sobre boxeo abrimos con el entusiasmo de un niño. Todo lo que Ali tocaba lo convertía en historia. Todo cuanto le sucedía, bueno o malo, lo terminaba acuñando en una moneda con su propio rostro. La suya fue una biografía increíble, un tesoro que dentro de mil años alguien encontrará, para descubrir con pasmo el argumento inigualable del ascenso al Olimpo cultural de este nuestro gladiador moderno. Parafraseando a Gandhi: primero se rieron de Ali, después trataron de acabar con él, después quedaron asombrados por sus hazañas, después empezaron a respetar sus ideas y finalmente le terminaron venerando como a un héroe. Díganlo sin miedo, porque los siglos les darán la razón: fue el más grande de todos los iconos del deporte. Hay figuras que nunca desaparecerán de la memoria colectiva, y Muhammad Ali es una de ellas. Ya no puede haber otro Ali, como no puede haber otro Ulises, como no puede haber otro Quijote.

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