Bugsy Siegel (y IV): la maldición del Flamingo

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Bugsy Siegel. Foto: DP.
Bugsy Siegel. Foto: DP.

(Viene de la tercera parte)

Durante muchos años los juegos de azar habían estado prohibidos en casi todo el territorio de los Estados Unidos. Esto, claro, no impidió que en muchos lugares continuasen existiendo de manera clandestina casinos ilegales de pequeño e incluso mediano tamaño, pero había impedido la existencia de ciudades con una industria del juego visible que pudiera entremezclarse con las campañas para atraer turistas. La situación cambió con la Gran Depresión de 1929, que provocó que en algunos estados se empezase a abrir de nuevo la mano con respecto al juego. El estado de Nevada legalizó el juego en 1931, confiando en que eso ayudaría a aprovechar el tirón turístico provocado por la inauguración de la nueva gran atracción del estado, la grandiosa presa Boulder (hoy conocida como presa Hoover), que en su tiempo fue considerada un prodigio de la ingeniería a nivel mundial. La pequeña capital del estado, Reno —que en realidad forma parte de un área metropolitana conjunta con la ciudad de Sparks— ya albergaba una bulliciosa actividad de juego clandestino, y tras la legalización el sector emergió para convertirse en uno de los más florecientes negocios locales. Situada a unas pocas horas de carretera de las grandes ciudades del norte de California, como San Francisco y Sacramento, Reno podía atraer a los habitantes del estado vecino que estuviesen deseosos de jugar en casinos sin preocupación por las redadas policiales. Reno empezó a florecer. Se abrieron algunos nuevos hoteles, una flamante nueva sede del servicio postal, un teatro, nuevas escuelas, incluso una base aérea militar que hoy es conocida como aeropuerto Stead. En menos de veinte años, el área Reno-Sparks dobló su población y aumentó mucho sus ingresos per cápita. Pero, ¿qué sucedía en el sur de Nevada?

El nacimiento de Las Vegas Strip

En el sur, aunque a un ritmo menor, Las Vegas también había notado el tirón de la legalización. Poco después de permitirse el juego en 1931, en la ciudad ya había varios casinos que en total sumaban unas cien mesas de juego y más de mil máquinas tragaperras. Puede parecer poca cosa en comparación con lo que la ciudad es hoy, pero por entonces tenía menos de diez mil habitantes, así que los casinos eran ya una parte sustancial de la generación de riqueza local. Durante los años treinta, el número de visitantes se fue incrementando, aunque no lo suficiente como para que las salas dejasen de ser modestas. Ofrecían, eso sí, espectáculos con música y chicas, incluso había algunas actuaciones de artistas conocidos, pero todo se producía a pequeña escala.

Las Vegas estaba bien comunicada. Situada en el cruce de dos importantes carreteras —la Ruta 95 y sobre todo la Ruta 91 (hoy autopista interestatal 15), que era una de las más importantes vías de tránsito del país— estaba a pocas horas en coche de las grandes ciudades del sur de California, en especial Los Ángeles. Pero los empresarios del juego ilegal en Los Ángeles, casi todos ellos mafiosos o asociados, tenían pocos motivos para mudarse a Nevada. Las autoridades locales, plagadas por la corrupción, hacían la vista gorda ante el juego. Así, aunque Los Ángeles tenía por entonces el doble de población que San Francisco, no necesitaba una «ciudad satélite del juego» en el estado vecino de Nevada, así que podía decirse que el potencial turístico de Las Vegas estaba poco aprovechado. Basta mirar un mapa durante unos segundos para entender lo idóneo de su posición estratégica, pero durante los años treinta no muchos inversores se habían dado cuenta de ello.

Todo eso iba a cambiar a partir de 1938. Aquel año Fletcher Bowron fue elegido alcalde de Los Ángeles. Se presentaba bajo una bandera reformista y, precedido por su reputación de hombre honrado, había prometido acabar con la corrupción. El juego clandestino se convirtió en uno de sus principales objetivos. Aunque el mandato de Bowron tuvo manchas oscuras —por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial sería fervoroso defensor del apartheid contra los ciudadanos de origen japonés—, es cierto que nada más llegar al cargo se esforzó por cumplir la promesa de limpiar la ciudad de casinos ilegales. Como consecuencia, quienes se dedicaban a ello empezaron a sentirse incómodos y volvieron la mirada hacia Las Vegas, donde podían hacer lo mismo sin sentirse perseguidos. Aunque trasladar allí sus negocios iba a requerir de una costosa inversión inicial para comprar o construir inmuebles, y aunque sus ganancias iban a ser más difíciles de esconder de los recaudadores de impuestos trabajando de forma legal, dedujeron que merecía la pena. Varios nombres importantes del juego ilegal angelino empezaron a desembarcar en Las Vegas. El mejor ejemplo fue Guy McAfee, hasta entonces conocido como el «Rey del Juego» en Los Ángeles. En 1939 se mudó a Las Vegas y compró uno de los locales abiertos durante la fiebre de 1931, el Pair-o-Dice Club, la primera sala de fiestas abierta a la vera de la Ruta 91, y lo renombró como Club 91, transformándolo en un casino y estableciendo allí su nueva base de operaciones.

Las Vegas, 1946. Foto: DP.
Las Vegas, 1946. Foto: DP.

Al año siguiente abrió un nuevo casino, el Frontier, que fue uno de los más importantes de aquellos años. También una sala de fiestas, la Mandalay Lounge. Después continuó adquiriendo locales que hoy forman parte de la leyenda: dos salas de fiestas, la Pioneer y la SS Rex, y el casino Golden Nugget. En 1946 McAfee ya se había labrado una sólida posición en la pequeña ciudad (además fue él quien bautizó Las Vegas Strip, en referencia a la avenida Sunset Strip de Los Ángeles), aunque como veremos su posición financiera no era tan boyante como podía suponerse. El sector del juego a nivel local no siempre resultaba tan lucrativo como prometía, porque la competencia por una misma clientela era grande y la oferta parecía estar creciendo más que la demanda. En 1941, tres años después de la elección del alcalde Bowron en Los Ángeles, en Las Vegas ya se había inaugurado el primer casino de mediano tamaño, El Cortez. Hubo otros, como El Rancho. Pero nadie parecía haber pensado que Las Vegas podía convertirse en algo más que una versión polvorienta y pueblerina de Reno.

A principios de los cuarenta, de hecho, el propio Siegel no parecía ver Las Vegas como algo más que un territorio para la expansión de su red de apuestas telegráficas. Cuando en 1941 planeó esta expansión ni siquiera se molestó en viajar allí en persona, sino que envió a su viejo amigo Moe Sedway, el mismo con el que durante su adolescencia había chantajeado a los dueños de puestos ambulantes del barrio. El hábil y según parece muy carismático Sedway, que era judío como Siegel, se abrió camino en Las Vegas al mejor estilo de algunos de aquellos viejos mafiosos sicilianos de Nueva York. Mientras establecía sus negocios, empezó a realizar donaciones a iglesias y escuelas, involucrándose en actividades caritativas o comunitarias de toda índole, en las que además de contribuir con dinero ejercía como una especie de líder cívico. Se hacía querer entre la gente, presentándose como un emprendedor honrado, exitoso y filántropo. Mientras, cerraba tratos ofreciendo a los casinos locales los servicios de la red telegráfica de Siegel, a cambio de una cuota fija. Las apuestas hípicas insuflaron nueva vida a la ciudad. Fueron los beneficios que producían aquellas apuestas los que, por ejemplo, salvaron las finanzas de Guy McAfee. Eso sí, dada la voracidad y agresividad empresarial de Siegel, casi era de esperar que pretendiese algo más que una cuota mensual. Empezó a apoderarse de participaciones en aquellos negocios a los que alquilaba sus servicios. Así, la telaraña telegráfica le servía para incrementar el control sobre empresarios locales del juego. Durante la primera mitad de la década, Bugsy estuvo muy ocupado extendiendo aquel imperio particular en California, Nevada y Arizona. Se estaban limitando a trasladar allí su modelo de negocio anterior. Hasta que un día empezó a entender que Las Vegas podía convertirse en algo grande.

«Un día habrá aquí un millón de personas»

Así que Benny Siegel empezó a trabajar en su propia empresa, un hotel y casino al que llamó Flamingo. En una ocasión había tenido una participación en el hipódromo Hialeah de Florida, donde vio grandes bandadas de flamencos rosas que anidaban en un estanque del circuito y que pronto se convirtieron en el signo más reconocible del hipódromo. Siegel vio ese pájaro como un signo de buena suerte y lo adoptó como símbolo. (M. Gosch y R. Hammer, El último testamento de Lucky Luciano)

Las Vegas convierte a las mujeres en hombres, y a los hombres en idiotas. (Bugsy Siegel)

No está muy claro en qué momento concreto empezó Bugsy a vislumbrar un horizonte en el que Las Vegas podía suponer mucho más que la mera expansión de su red telegráfica o la adquisición cuasi forzosa de participaciones en casinos ajenos. Dice la leyenda que fue durante un fin de semana que pasó allí junto a Virginia Hill y Moe Sedway, pero es tanto o más probable que su visión fuese tomando forma según se involucraba más en los negocios que tenía allí. Quizá no fue el único, pero sí uno de los primeros en entender que Las Vegas podía convertirse en un centro del juego de grandes dimensiones y desde luego el primero que empezó a pregonarlo. En 1945, sin duda, ya tenía esta nueva perspectiva en mente, porque propuso conseguir la propiedad del mayor casino que había por entonces en Las Vegas, El Cortez, con la intención de ampliarlo y convertirlo en un gran complejo de ocio. Lo compró a medias con Lansky, Sedway y algún otro de sus socios, pero su maniobra chocó con los reparos de los funcionarios municipales. No querían que Bugsy fuese propietario de un casino allí. Una cosa era que le dejaran proveer servicios de apuestas por cable, actividad que más o menos se desarrollaba bajo el radar, y otra distinta establecerse como propietario. Las autoridades de la ciudad, que como todo el país estaban muy al tanto de su fama como criminal, le impidieron dirigir El Cortez. Tuvo que revenderlo al año siguiente. Y empezó a considerar la opción de dirigir uno en las afueras, en terreno estatal, donde no llegase la jurisdicción del municipio.

La oportunidad llegó por sí sola a través de un hombre que se había atrevido a ir incluso más lejos. Billy Wilkerson era una importante personalidad en Los Ángeles. Había fundado la revista Hollywood Reporter y era empresario nocturno en Los Ángeles, donde tenía varias salas de fiestas. Además tenía contactos en el cine. Había sido sido el descubridor de la actriz Lana Turner, a la que cuando tenía dieciséis años había visto comprando un refresco, convenciéndola para intentar hacer carrera en el cine (pocos meses después, Zeppo Marx le consiguió un pequeño papel en una película). Por descontado, también conocía a Bugsy (aunque a veces se dice lo contrario). Wilkerson estaba convencido de que en Los Ángeles había clientela potencial para justificar la construcción de un ambicioso hotel-casino en Las Vegas, de gran tamaño, como el que Siegel también tenía en mente. Algo diferente a lo que ya había, más sofisticado. Compró un terreno algo separado del centro, a buen precio, pero se vio metido en problemas cuando el presupuesto inicial empezó a dispararse a causa de la escasez de ciertos materiales, provocada por la Segunda Guerra Mundial. Además, todo hay que decirlo, era muy aficionado al juego. Cuando se dio cuenta de que se había quedado sin dinero y todavía necesitaba unos cuatrocientos mil dólares (cinco millones de euros al cambio actual) para finalizar su hotel, empezó la búsqueda desesperada de nuevos inversores. Justo en el momento en que Siegel buscaba terrenos en las afueras.

La penuria de Wilkerson y los grandes planes de Bugsy coincidieron en el mismo lugar y momento. Wilkerson accedió a vender dos tercios de las acciones del hotel a Bugsy y sus socios, a cambio de que pagasen la finalización de las obras. También concedió que Siegel se encargase de decidir el diseño final de la parte correspondiente al hotel, mientras él se reservaba lo demás. La historia de que Wilkerson creyó que estaba tratando con «hombres de negocios de la costa este» no tiene mucho sentido; hay testimonios de que Wilkerson y Siegel se conocían desde tiempo atrás y habían sido amigos, o por lo menos Bugsy había sido un cliente habitual en los garitos angelinos de su nuevo socio. En cualquier caso, como es fácil suponer, resulta difícil creer en la posibilidad de que alguien como el fundador de Hollywood Reporter no hubiese sabido quién era Benjamin Siegel y no se hubiese cruzado nunca con él en alguna fiesta nocturna del ámbito cinematográfico.

Foto: DP.
Foto: DP.

Siegel puso dinero de su bolsillo, mucho, para cerrar el trato. También pidió dinero a sus socios mafiosos. En total un millón de dólares, más del doble de lo que Wilkerson había estimado necesario. Pero es que los planes de Bugsy iban mucho más allá que los de su copropietario. Empezó a describir a sus colegas sus visiones sobre una futura gran ciudad del juego en la que abundarían los grandes casinos y hoteles, repletos de lujos y atracciones, y donde habría cientos de miles de personas. Aquello, desde luego, excitaba la imaginación de los implicados. Por entonces Las Vegas tenía algunos casinos, sí, pero apenas había dejado de ser una pequeña ciudad polvorienta que de hecho seguía teniendo el Viejo Oeste como uno de los temas publicitarios más recurrentes en sus campañas para captar turistas. El propio nombre de algunas de las más importantes salas era una buena muestra de ello: Last Frontier, El Rancho, El Cortez. Lo que Wilkerson estaba construyendo se salía de esa corriente de temática vaquera y apuntaba más al refinado estilo europeo. Siegel vaticinó que esa tendencia no se limitaría a su proyecto: «Algún día habrá aquí un millón de personas». Recibió el dinero que quería para hacer del complejo algo todavía más impresionante. Era la primera piedra de su soñada ciudad del vicio.

El agujero negro

El tándem que formaba con Wilkerson empezó a deteriorarse con el paso de los meses. Siegel no soportaba que solamente una parte del proyecto estuviese bajo su supervisión. Al final, ante la presión de Bugsy, Wilkerson tuvo que retroceder y contentarse con ejercer como accionista sin voz ni voto en el proceso de edificación, que quedaba por completo en manos del gánster. Fue por entonces cuando Siegel decidió bautizar el hotel como Flamingo, (flamenco(. Circulan varias historias sobre el origen del nombre. Según algunos, era así como llamaba a Virginia Hill por la longitud de sus piernas. Aunque la explicación más probable, según quienes le conocían, es que vio una bandada de estas aves en Florida y pensó que se trataba de un buen augurio. Bugsy, esto no era ningún secreto para nadie, era un tipo muy supersticioso.

Bugsy despidió al equipo que supervisaba la construcción y el diseño, incluidos el arquitecto jefe y el interiorista principal, y fichó a otros para remodelar el complejo a su gusto. Decidió pagar muy bien a todos los empleados, incluso los obreros, como una forma de garantizar un buen resultado. Pero pronto se encontró con los mismos inconvenientes que había afrontado Wilkerson. Determinados materiales resultaban difíciles de obtener por culpa de la escasez. En vez de conformarse con alternativas más baratas, se empeñó en conseguirlos a toda costa. Los compraba en el mercado negro, pagando un precio muy elevado. Cuando no, los conseguía sobornando a algunos cargos públicos, lo cual implicaba también un gasto suplementario considerable. Su empeño por usar primeras calidades hasta en el último detalle del hotel pudo más que la prudencia presupuestaria. Es más, su perfeccionismo obsesivo llegó a alcanzar cotas de insensatez. Por ejemplo, ordenó sustituir un sistema de desagüe común para las habitaciones de cada planta del hotel —un sistema que ya estaba instalado— por otro individual para cada habitación, con el sobrecoste que se pueden imaginar.

Los cambios sobre la marcha y una tónica general de improvisación empezaron a reinar mientras Sieger ampliaba y perfeccionaba cada rincón del complejo. Las cosas terminaron de empeorar cuando dejó en manos de Virginia Hill la elección de determinados elementos decorativos. Ella, lejos de intentar hacerle entrar en razón, demostró la misma alegría a la hora de gastar. También quería lo mejor, con independencia del coste. Un problema añadido, y severo, era la total inexperiencia de Bugsy como constructor. Los proveedores, a pesar de la temible aureola de Siegel, no tardaron en descubrir que no tenía la más remota idea sobre cómo funcionaba una obra, así que comenzaron a estafarle de manera continuada. Entregaban sus materiales por la mañana y cobraban la entrega; por la noche regresaban para retirarlos con sigilo y volverlos a traer durante la jornada siguiente, cuando los volvían a entregar, cobrándolos de nuevo como si fuesen otros. Así, sin sospechar nada, Bugsy pagaba varias veces por una misma cosa. Hasta los suministradores de plantas para el jardín se unieron al carro. Cada cosa que se compraba era susceptible de generar varias facturas. Y después, claro, seguían quedándose cortos los suministros, así que había que comprar más.

Ante semejante desbarajuste, sorprende poco que el presupuesto inicial de un millón de dólares (unos doce o trece millones de euros actuales) que Siegel había considerado suficiente para la terminación del Flamingo empezase a aumentar con el paso de los meses. Primero se disparó hasta dos millones. Luego hasta tres. Siegel empezó a rascar fondos de donde pudo, incluyendo sus propios bienes, pero al final tenía que recurrir una vez más a sus socios de la mafia. Los socios criminales de Siegel se encontraron con un dilema. Tenían un lujoso hotel-casino a medio construir, y dejarlo a medias suponía perder lo invertido. Terminarlo implicaba invertir todavía más. Al final consideraban que la segunda opción era el mal menor, ya que siempre estaba la posibilidad de que el Flamingo se convirtiese en un gran negocio, como había sucedido con las apuestas hípicas. Por otro lado, Bugsy continuaba insistiendo en que Las Vegas, con el paso de los años, iba a convertirse en un centro nacional del juego y que quienes llegasen primero iban a llevarse la mejor parte del pastel. Los jefes mafiosos continuaron apoyándole, a disgusto, pero también con la expectativa de que de alguna manera se recuperase lo invertido.

Foto: DP.
Foto: DP.

Sin embargo, su paciencia no podía ser infinita. Acercándose el tramo final de 1946, la parte del casino estaba terminada, pero el hotel adjunto continuaba en obras y el sobrecoste presupuestario ya multiplicaba por cinco la inversión inicial. El único motivo por el que Bugsy continuaba al frente de la construcción del Flamingo era quizá su amistad con Charlie Luciano, que acababa de salir de la cárcel y, pese a estar exiliado en Cuba, continuaba manteniendo una posición de privilegio en el crimen organizado. Los demás jefes todavía respetaban a Luciano, como a su mano derecha Meyer Lansky. Pero había que hacer algo, así que hubo cambios en el calendario previsto. La apertura del Flamingo, que en principio estaba prevista para 1947, se fijó en la Navidad de 1946. Así empezaría a producir beneficios cuanto antes. Además, coincidiría con una importantísima cumbre mafiosa que iba a celebrarse en La Habana, donde los principales bosses de los Estados Unidos, invitados por Luciano y Meyer Lansky, se encontrarían para tratar diversos asuntos de importancia, como las nuevas vías para importar heroína. Desde allí podrían comentar lo que sucediese en Las Vegas. Bugsy, pues, se afanó en la tarea de organizar una fiesta de organización por todo lo alto para la Navidad, citando a varias de sus amistades en Hollywood, confiando en que una apertura triunfal disipase algunas de las dudas que había en torno a su gestión. Irónicamente, la campaña publicitaria hacía hincapié en que el nuevo complejo había costado cinco millones de dólares, lo cual constituía el núcleo de todos sus problemas.

Lo que Bugsy no sabía era que su torpeza como constructor no era lo único que preocupaba a sus amigos gánsteres. A la vista de que el Flamingo tragaba cantidades ingentes de dinero, era de esperar que los mafiosos vigilasen las actividades de Bugsy. Y las de su nueva novia, Virginia Hill, a la que varios de ellos conocían y tenían por inteligente y ambiciosa. Descubrieron que Virginia Hill había estado viajando a Europa con frecuencia, incluyendo elocuentes visitas a un banco de Zurich, Suiza. Estaba depositando mucho dinero en una cuenta bancaria secreta, y ese dinero tenía que provenir del presupuesto del Flamingo. Siegel quizá era cómplice de este desfalco, o quizá no, pero el hallazgo prometía desatar una tormenta. El 22 de diciembre de 1946, unos días antes de que el hotel abriese sus puertas, comenzó la famosa «Conferencia de La Habana». Mientras Siegel continuaba ocupado en Nevada, sus socios discutían acerca de qué hacer con él. La mayoría votaron a favor de una ejecución sumaria, aunque no sin antes escuchar la opinión de Meyer Lansky, en atención a que Bugsy era su mejor amigo. Lo que Lansky hizo puede interpretarse como una astuta defensa de Siegel, o quizá como una demostración más de su famoso espíritu pragmático. Admitió que era muy probable que Siegel hubiese estado robando, y aceptaba la idea de que por lo tanto merecía morir, pero al final les convenció de que estando tan cercana la inauguración del hotel —era casi cuestión de horas— lo mejor era no estropear el negocio levantando una polvareda policial a causa de un asesinato. Sería mejor esperar para ver cómo iba el hotel. Matar a Bugsy antes de que el Flamingo estuviese dando dinero quizá no era una la idea. Todos sentían respeto por el criterio de Lansky, así que, pese a lo votado, decidieron aguardar acontecimientos.

Los acontecimientos hablaron por sí solos. La noche de inauguración fue un completo desastre. Para empezar, el clima. Llovió con intensidad sobre Las Vegas y el entorno del Flamingo, situado en las afueras, se convirtió en un barrizal, haciendo poco atractiva la opción de desplazarse hasta allí. Para colmo, el mal tiempo en Los Ángeles impidió que despegase el vuelo privado que Siegel había contratado para llevar a varias celebridades a su fiesta (aunque otras, como George Raft, ya estaban en el hotel). Ni siquiera el cartel luminoso de la entrada funcionó. Una espléndida fuente en forma de cascada que debía impresionar a los asistentes tampoco funcionó, aunque al respecto se cuenta una curiosa anécdota: dicen que cuando la fuente estaba todavía apagada, Siegel vio en el interior una gata que acababa de dar a luz varias crías. Pensando que desalojar a los animales le hubiese traído mal fario, decidió dejarlos allí y no activar la cascada (otra versión, más prosaica, dice que el sistema hidráulico se bloqueó a causa de las fuertes precipitaciones). Además del clima y los problemas técnicos, Siegel cometió el error de concebir la fiesta de inauguración como un acto de etiqueta. Los naturales de Las Vegas o los turistas habituales tenían pocos motivos para acudir a una noche de gala, que suponía el gasto de alquilar o comprar un traje o un vestido. Así, la gran noche del Flamingo resultó ser un acto desangelado en el que un disgustado Siegel vio el lujoso hall del hotel vacío, con casi más empleados que visitantes. La deprimente estampa se repitió durante varios días más. Al cabo de dos semanas, se cerró el hotel para proceder a terminar las obras y lanzar una campaña publicitaria que permitiese atraer un público más amplio. Quizá en primavera, con un clima más benigno, las cosas irían mejor.

La suerte está echada

Siegel, no cabe duda, debía de comprender que unos cuantos jefes mafiosos querían verle muerto. Quizá no sabía que le tenían por ladrón, pero aun así debía mucho dinero y no parecía sentirse seguro. Pasó los meses siguientes supervisando las obras —cuyo coste llegó a alcanzar los seis millones, frente al millón planeado meses atrás— y se ocultaba a menudo en el despacho fortificado que había construido en la última planta de Flamingo. Allí, además de puertas blindadas, disponía de un ascensor privado con el que podía acceder al garaje, donde le esperaba un coche preparado para emprender la huida en situación de emergencia. Durante las veinticuatro horas del día había chóferes haciendo turnos, por si acaso. Los dos únicos motivos por los que quizá mantenía la esperanza era confiar en que la segunda inauguración del Flamingo sí fuese exitosa, y también que sus amigos Lansky y Luciano le defendiesen todavía ante los socios más enfurecidos. Pero las cosas estaban peor de lo que él imaginaba. Como recordaría después el propio Lucky Luciano, hasta Meyer Lansky, su mejor amigo, se sentía traicionado. También Lansky creía que Siegel se había quedado dinero y que Virginia Hill no había actuado sola. Estaba convencido de que en algún momento Bugsy trataría de salir de los Estados Unidos. No parece que Lansky o Luciano quisieran verle muerto, pero según las reglas mafiosas, pensaban que la ejecución resultaba inevitable. En otras palabras: lo supiera Bugsy o no, ya nadie en la mafia le apoyaba.

El Flamingo volvió a abrir las puertas en marzo de 1947, con otra filosofía más dirigida a un público más amplio, aunque el personal conservara la apariencia elegante y la suntuosa sofisticación continuase siendo un reclamo distintivo. Esta vez el hotel sí atrajo un buen número de visitantes. Dos meses después había arrojado ya unos beneficios que superaban el cuarto de millón de dólares. A ese ritmo, la inversión podía ser amortizada en unos cuatro o cinco años. El hotel, pues, era un éxito incluso teniendo en cuenta su elevadísimo coste. Siegel comenzó a sentirse más seguro. Regresó a Los Ángeles. Es probable que pensara que sus problemas iban a terminar, cuando el 20 de junio fue tiroteado por un francotirador a través de una ventana.

Virginia Hill. Foto: DP.
Virginia Hill. Foto: DP.

Es difícil determinar con exactitud qué había estado sucediendo entre bastidores. Se sabe que dentro de la mafia todos pensaban que Bugsy les había robado, aunque quizá no tenían pruebas fehacientes. También se desconoce quién dio la orden o quién apretó el gatillo, aunque varios hombres afirmaron después haber sido el misterioso francotirador. Uno de los que recibieron más crédito era Eddie Cannizzaro —apodado «Eddie the Catman» por su costumbre de recoger gatos abandonados y llevárselos a su casa—, un antiguo soldado de la mafia que estuvo a las órdenes de Jack Dragna. Su historia cuadra, porque en diciembre de 1946, cuando la ejecución de Siegel fue aplazada, Dragna era el hombre que había recibido el encargo de organizar la ejecución (no es raro, todos sabían que Dragna detestaba a Siegel). Parece ser que durante los últimos años de su vida Cannizzaro le contó a varias personas que él había matado a Siegel por orden de Dragna.

Hubo versiones alternativas. Por ejemplo, su testimonio fue contestado por un ejecutivo de Nevada llamado Warren Hull, quien aseguró a la NBC que el asesino había sido un antiguo veterano de guerra llamado Robert MacDonald, que murió apenas tres meses después que el propio Bugsy. Una versión algo menos redonda, pero también posible. En fin, hay más historias similares pero en ningún caso se ha aportado pruebas o indicios, y algunas ni siquiera se pueden descartar, así que se trata de la palabra de unos contra la de otros. En la prensa se ha publicado de todo, incluso que el asesinato fue provocado por un «triángulo amoroso». Usando la lógica, y teniendo en cuenta que Luciano era poderoso cuando Bugsy murió, sí cabe descartar que alguien se atreviese a matar a Siegel por motivos personales sin contar con el beneplácito del que todavía era el capo di tutti capi. Hubiese o no motivos personales detrás (como los que tenía Dragna) a Bugsy lo mataron porque pensaban que había estado robando cientos de miles, o incluso millones de dólares, del fondo común de la mafia.

Dicen que Virginia Hill, que estaba en París cuando todo sucedió, se desmayó al escuchar la noticia de que Bugsy había muerto. Había ido a Francia con el propósito de comprar un cargamento de vino para el hotel (aunque parece que tenía un amante allí). Decidió no regresar a los Estados Unidos, temiendo que ella sería la siguiente, pero un sicario de Luciano la localizó mientras paseaba por la capital francesa y la obligó a hablar por teléfono con su antiguo novio Joe Epstein, quien le «aconsejó» que se comprometiera a devolver su parte de la deuda como pudiera. Poco más tarde, Virginia Hill se casó con un esquiador austríaco y en 1950 tuvo su primera hija. Parece que continuó trabajando para la mafia y se quedó de manera definitiva en Europa por una deuda con la Hacienda estadounidense. Se separó, desarrolló un fuerte alcoholismo y pasó varios años pidiendo dinero a sus antiguos amigos gánsteres. En 1966 la encontraron sentada junto a un árbol, bajo la nieve; llevaba dos días muerta, su abrigo estaba colgado de una rama y junto a ella había una nota que decía «estoy cansada de vivir». La autopsia reveló que había ingerido veinte pastillas somníferas. Aunque se especuló mucho sobre su muerte, nadie demostró que se hubiese tratado de un asesinato. El informe policial decretó que había sido un suicidio.

Epílogo

La ciudad no tardó mucho en convertirse en lo que Bugsy había soñado, aunque él no vivió para verlo. Durante los cincuenta y sesenta estuvo asociada al glamur; la mafia, como él había previsto, consiguió ganar una fuerte presencia y ganó mucho dinero allí. Más tarde se impuso otro enfoque y empezó a predominar un turismo masivo animado por grandes corporaciones. Se han celebrado conciertos memorables y legendarias veladas de boxeo. También sucedieron muchas cosas entre bastidores, sobre todo cuando los antiguos amigos de Siegel se hicieron con el control. En 2016 el municipio tiene unos seiscientos mil habitantes censados —sesenta veces los que tenía cuando Bugsy construyó el Flamingo, y el doble de los que tiene la capital del estado, Reno— y el total del área metropolitana bordea los dos millones. Por Las Vegas pasan cuarenta millones de turistas al año, más de la mitad de los que recibe todo el conjunto de España en el mismo periodo. Hay más de cuarenta rascacielos que superan los cien metros de altura. Si una persona durmiese cada noche en una habitación de hotel distinta, le costaría noventa años pasar por todas las que hay disponibles en Las Vegas Strip. La ciudad ofrece ciento cincuenta mil habitaciones de hotel. Se levantan más cuarenta casinos solamente en Las Vegas Strip, y más de cien en el conjunto urbano. La industria del juego mueve unos siete mil millones de dólares al año. También hay unas treinta mil prostitutas.

Detrás del renacimiento y transformación de la ciudad está la historia de aquel gánster que anunció a sus colegas lo que aquella población de diez mil vecinos podía llegar a ser. Bugsy no fue el primer en construir un casino en Las Vegas, pero sí entendió, en el momento de mayor clarividencia de su vida que habría otros muchos más grandes, más lujosos. Hoy solamente existe un monumento conmemorativo de su figura, situado donde estaba el Flamingo original, pero nada más. Y sin embargo, su leyenda se resiste a desaparecer. Los monumentos erigidos en su recuerdo no están hechos de piedra. Son libros, películas, y las insensatas historias de fantasmas en que algunos turistas aseguraban haber visto a Bugsy guiñándoles un ojo en algún pasillo del viejo Flamingo, o en el jardín. Son las palabras que Hyman Roth —sosias de Meyer Lansky— pronuncia sobre Moe Greene —sosias de Bugsy Siegel— en la película El Padrino II:

Estaba este chaval con el que crecí. Era más joven que yo. Era más o menos como yo, ya sabes. Hicimos nuestro primer trabajo juntos, trabajamos para salir de las calles. Las cosas iban bien, sacamos buen provecho. Durante la Prohibición llevábamos melaza a Canadá y ganamos una fortuna. (…) Tanto como cualquiera, yo le quería y confiaba en él. Después tuvo la idea de construir una ciudad en el desierto, en un lugar de paso para los militares que van a la costa oeste. Su nombre era Moe Greene, y la ciudad que inventó era Las Vegas. Era un gran hombre, con visión y agallas. ¡Y no hay una placa, ni una señal, ni una estatua suya en esa ciudad! Alguien le metió una bala en el ojo. Nadie sabe quién dio la orden. Cuando oí lo que había pasado, no me enfadé. Conocía a Moe. Sabía que era cabezón, que hablaba mucho y decía cosas estúpidas. Así que cuando resultó que estaba muerto, lo dejé estar. Y me dije: este es el negocio que hemos elegido. No pregunté quién había dado la orden, ¡porque eso no tiene nada que ver con los negocios!

Foto: DP.
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5 comentarios

  1. Jose Vinent

    Mi mayor agradecimiento a E.J. Rodríguez por este estupendo artículo en cuatro entregas. Realmente, a pesar de las series, los libros y películas sobre la Cosa Nostra que hemos podido disfrutar, seguimos fascinados por hurgar en las cloacas de la mafia…

  2. Faithnomore

    Otro sobre sam giancana, sobre Sinatra, sobre el rat pack, sobre … más, por favor. Con artículos así da gusto pasar el sopor de agosto. Tendríais q cobrar suscripción, va en serio. No puede ser que sea gratis esto y que vuestra revista sea tan difícil de localizar y a precio alto. Un punto medio, anda!

  3. menta verde

    Muchas gracias por el artículo

  4. Petrit

    Vale la pena que E.J. Domínguez publique esas grandes crónicas de la mafia en un libro.

  5. Pingback: Casino | elcriticoabulico

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