Café Society, Woody Allen y los petit-suisses

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Imagen: eOne Films Spain.
Imagen: eOne Films Spain.

¿Recuerdan cuando de niños apuraban un petit-suisse o cualquiera que fuese su postre preferido? Esas últimas cucharadas que escarbaban con ansia los relieves internos del yogur nunca igualaban a la primera, inaugural, magnífica inmersión en la crema, pero poco importaba, ahí no se desechaba nada: uno nunca sabía cuándo tendría la oportunidad de catar ese manjar de nuevo, así que más valía disfrutar de su pálido reflejo, por si acaso. Los allenianos llevamos varios años acercándonos a la obra del maestro como un niño que se termina un petit-suisse, contentándonos con las escasas últimas cucharadas, las Conocerás al hombre de tus sueños, Magia a la luz de la Luna o Irrational Man y ansiando un buen cucharón, un Desmontando a Harry o unos Delitos y faltas que no acaban de llegar. Muchos pusimos el grito en el cielo tras las más duras pruebas (Vicky Cristina Barcelona, To Rome with Love) pero volvimos invariablemente a la cita anual, haciendo realidad el chiste inicial de Annie Hall, ese de las dos señoras que se quejan de la calidad de una comida de un restaurante: «Sí, y las raciones son tan pequeñas…». La filmografía del maestro (que ya repasamos aquí) devuelve últimamente obras en las que uno ya no se descubre rememorando gags memorables a la salida del cine, sino escogiendo sus razones para explicar la decepción. ¿Indiferencia del director? ¿Falta de pretensiones? ¿Desgana? Y preguntándose, como justificando la experiencia, si no habrá algo de sabiduría en el desapego por las cosas mundanas (empezando por su carrera) que Woody Allen transmite en esas películas llenas de ratos en los que pone el piloto automático, o resuelve la historia deprisa y corriendo en uno de esos giros decepcionantes de guion en los que uno se lo imagina en casa, sentado ante la máquina de escribir finiquitando a todo correr los últimos renglones antes de que empiece el béisbol en la tele. Quien siga esperando que el cineasta vuelva a reinventarse y a revolucionar la comedia con brochazos de ingenio y cine nuevo debería, quizá, empezar a seguir a sus herederos y renovadores, con gente como Louis C. K. a la cabeza. Hace tiempo que Allen no está a los experimentos formales, a los desnudos frontales, a los Zelig, Maridos y mujeres o Desmontando a Harry. Y pese a todo Café Society, su última película, ha sido para quien esto escribe una grata sorpresa.

Quien quiera lo tiene fácil para encontrar en Café Society los peores defectos de su obra reciente, ya saben, alguna escena que más parece ventilada que rodada y demás lugares conocidos. También se puede decir, como se lleva de hecho diciendo treinta años o más, que Woody se repite. Es cierto: abundan en la película los ecos, los déjà-vus y las ideas recicladas que seguramente funcionaron mejor en Días de radio, en Hannah y sus hermanas o en Balas sobre Broadway. Pero al mismo tiempo todo el reparto de la película brilla (empezando por Jesse Eisenberg, en quien Allen ha hallado su perfecto alter ego de voz atropellada y pantalones a la altura del ombligo), el hilo de la narración nunca decae (seguramente porque la parte predilecta de Woody parece ser aquí su tercio final) y la historia se cierra con ese poso de amargura melancólica, tierna y lúcida marca de la casa. La película es además un agradable paseo por el Hollywood dorado de los años treinta, superficial y temible, y por sus antípodas culturales: el Manhattan idealizado de la infancia del director. Todo ello fotografiado por Vittorio Storaro nada menos, que se ha pasado al cine digital y envuelve a las mujeres de la vida del protagonista en la luz con que se viste a las musas.

Hay además una novedad: la voz de Allen, que no aparece en pantalla pero ejerce de narrador, suena castigada y marchita. Es la voz de un señor de ochenta años que dejó hace tiempo de mirar el presente con pavor y ya solo rememora las dificultades pasadas con afecto y cariño. La voz con la que el cineasta comparte la mirada serena sobre las cosas que han definido su vida: un cierto tipo de música, una nostalgia por el cine que fue y por las mujeres que fueron; y al mismo tiempo una clarividencia sombría (sabia de un modo inquietante) sobre las relaciones amorosas, impregnada de un pesimismo que ya no es tanto un problema a resolver como una inevitable seña de identidad. Café Society es una película que embriaga varios sentidos mientras cuenta que la esperanza es de las primeras cosas que se pierden. Allen se reivindica, con un sutil desapego fácil de confundir con la desgana, como un romántico nihilista (pero romántico) que al fin y al cabo es lo que siempre ha sido.

A lo mejor no es tanto Woody quien se repite sino la propia vida la que se le repite ante los ojos, la que no le deja pensar de otra manera: Nueva York es maravillosa y Los Ángeles un vertedero; a la esperanza siempre le sobrevive la nostalgia, que nunca muere; las relaciones de pareja encubren un combate subterráneo entre sueños y realidad; y la proximidad de la muerte es una prueba de fe y de pragmatismo a un tiempo: si uno puede tomar un atajo de última hora adoptando una religión que prometa la vida eterna, pues oiga, tanto mejor. Allen desglosa con calma las mismas ideas porque no han cambiado, y porque no sabe no contar las cosas, fiel a su cita anual. Resulta admirable que a su edad el cineasta siga ejerciendo de portavoz incansable de esa invariable visión lúcida y melancólica de la vida, y este año por partida doble además, pues ha rodado para Amazon una serie de seis episodios de estreno inminente.

Por todo ello Café Society, sin ser una obra maestra, sí es una película entrañable, una pequeña joyita, uno de esos Allens tardíos que recordaremos con cariño cuando ya no esté. En el pasado Festival de Cannes el director se mostró admirado del espléndido estado de forma física que conserva a su edad, y recordó que sus padres vivieron cien años. Es una excelente noticia, pues tendremos nuevas enseñanzas de un artista que nos recuerda cada año que la vida es un pequeño desastre muy disfrutable. Nuevas entregas de un señor que se despedirá poco a poco deleitándose con el eco de sus batallas personales del pasado, paladeando la belleza de las lecciones aprendidas, luciendo media sonrisa al recordar que la vida se le ha convertido en las últimas, dulces cucharadas de un petit-suisse.

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20 comentarios

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