«Goodfellas» australianos

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Fotografía: Kenneth Freeman (CC).
Fotografía: Kenneth Freeman (CC).

La mañana del 13 de octubre de 1999, en una callejuela de Gladstone Park, un suburbio al norte de Melbourne, sonó un grito, cinco disparos e inmediatamente después los motores de dos coches que se alejaban hacia el centro comercial. No quedó nada en la calle, ningún cadáver ni apenas restos de sangre, solo el sobresalto de los vecinos al oír un disparo que sería el primero de la enorme carnicería que comenzaría en pocos meses y que acabó conociéndose como la Guerra de las Mafias de Melbourne. Duró unos diez años. Dejó algo más de treinta muertos. Aquella primera víctima en el lejano Gladstone Park fue Carl Williams y quien apretó el gatillo fue Jason Moran.

Carl Williams era un chaval grande y sonrosado de veintinueve años que cumplía ese mismo día 13 de octubre, y hasta el momento no se le conocía por más que por pertenecer a la familia Williams, por fabricar pastis y traficar con ellas y por algún crimen menor. Su hermano Shane había muerto de sobredosis y su chica, Roberta, era conocida por tráfico de drogas en todo Melbourne. Carl tenía una prensa para pastillas en la casa de su madre, Barb, que hacía la vista gorda con el mamotreto, ahí sentado en su garaje. Esa mañana de día 13 lo único que quería era que su hijo llegara a casa para celebrar su cumpleaños. Pero Carl se retrasaba. Se había citado con Jason Moran en el centro comercial de Gladstone Park para hablar de un dinero que Moran le debía. Jason Moran le compraba las pastis y luego las distribuía con una banda que trapicheaba por la zona oeste de la ciudad. Carl sabía muy bien que, después de venderle la mercancía, Jason inflaba los precios y se sacaba una buena tajada y digamos que no le sorprendía mucho. Pero tampoco le hacía gracia. Esa mañana sabían muy bien los dos que la poli les había colocado micros en los coches, alquilados por si acaso (no porque la policía les estuviera vigilando para trincarlos, sino para sacar su propia parte: Jason tenía un buen puñado de polis corruptos y Carl el suyo), y cuando llegaron al centro comercial decidieron ir a un sitio apartado y hablar del tema lejos de los coches. Se saludaron. Con más o menos mosqueo. Jason entonces tenía treinta y dos años y era un pelado de aspecto skinhead y bastante mala baba. Se la tenía jurada a Carl además desde meses atrás, cuando Jason le había pedido que le guardara nada menos que un piano y el piano desapareció no se sabe cómo. Acabaron a paliza limpia y ganó Carl a pesar de llevar el brazo en cabestrillo.

Así que esta mañana del 13 de octubre Jason ya venía calentito de casa y se trajo a su hermano Mark por si las moscas. Mark le preguntó a Carl si podía venderle los componentes en bruto para cocinar éxtasis y Carl le dijo que vale, pero que aún le debía sesenta mil dólares (australianos). Mark le replicó que eso era un robo, sabía que Carl los compraba por cinco mil y a Carl como que le dio igual. Llevaba una Glock 9 mm y eso siempre da cierto empaque. Se puso gallito, Mark se enfadó, le acusó de haber robado su casa y de pronto sacó una porra y le pegó a Carl en la cabeza. Empezaron a luchar en el suelo, y sonó un disparo. Carl levantó la cabeza y vio una 22 apuntando hacia él. «¡Métele un tiro en la cabeza!», gritó Mark. Jason disparó tres o cuatro tiros cerca de Carl, y el quinto le dio en el estómago. Según palabras de Carl, llevaba tal dosis de adrenalina por la pelea que no notó nada. Se levantaron, desarmaron a Carl de su Glock y, sorprendentemente, subieron los tres al coche y volvieron al centro comercial como si fueran a por leche. Carl condujo hasta la casa de su madre, donde le esperaban con una tarta de chocolate para celebrar su cumpleaños. Se fue directo a su cuarto. No quería ir al hospital porque sabía que al minuto y medio la policía se presentaría allí, pero su padre acabó por convencerlo. En el hospital descubrieron que la bala había llevado una trayectoria en zigzag, un ricochet, sin tocar nada serio. Pidió guardarla para colocarla en la barra de su bar, junto a unos guantes de Muhammad Ali, pero no se la dieron. Se la llevó la policía.

Fue todo lo que se llevó porque Carl no abrió el pico (les dijo que iba paseando y de pronto oyó un tiro y se encontró con que le habían disparado). Ya se habían encargado los Moran de mandar un amigo, Lee Pescu, a decirle que si los delataba se llevarían por delante a toda su familia. Lo que no sabían los Moran era que la policía les había pinchado el teléfono y pocas horas después Mark se fue de la lengua hablando con sus colegas, diciéndoles que le acababan de dar a Carl una lección que no olvidaría. Ellos tampoco la olvidarían, ni Melbourne ni toda Australia, porque lo que siguió fue un reguero de sangre y cadáveres que tuvo en vilo a la policía y a Christine Nixon, la jefa de policía de Purana (Victoria), durante los siguientes diez años. Algunos relacionados directamente con Williams o Moran, otros no, todos escalofriantes. Si todo esto empezó muy mal, acabó de peor manera.

Casquillos de bala de una Glock (detalle). Fotografía: Macroscopic Solutions (CC).
Casquillos de bala de una Glock (detalle). Fotografía: Macroscopic Solutions (CC).

El 2000 arrancó con el asesinato de Frank Benvenuto, un frutero asociado con Victor Peirce (un muy conocido traficante de drogas de quien ya hablaremos). Le dispararon mientras estaba sentado en su coche. Los culpables directos fueron Mark Moran y Andrew «Benji» Veniamin (otro muy conocido traficante de drogas de quien también hablaremos). Esto ocurrió el 8 de mayo.

El 16 del mismo mes mataron a Richard Mladenich en el Hotel St. Kilda, de un disparo que se atribuyó a Mark Moran, antiguo socio suyo.

El 15 de julio, mientras se bajaba de su Holden blanco en el lujoso distrito de Aberfeldie donde vivía, Mark Moran recibió dos disparos mortales de mano de Carl Williams.

En octubre Dino Dibra, un trapichero de segunda y criminal de tercera, fue asesinado en West Sunshine. Cuatro meses después mataron a George Germanos.

El 1 de mayo de 2002, Victor Peirce estaba sentado en su coche frente a un mercado en el puerto de Melbourne cuando un Holden blanco se detuvo a su lado, intercambió unas palabras con los ocupantes y acto seguido recibió cuatro disparos que acabaron con su vida. Oficialmente Victor Peirce trabajaba en los muelles del puerto, pero estaba muy metido en el tráfico de drogas y pertenecía a la familia Pettingill. Aunque no se sabe quién encargó el asesinato, se cree que fue ejecutado por Andrew Veniamin.

El 10 de julio de 2002 Alexander Kudryavstev, un informante de la policía, fue tiroteado por un matón de Nik Radev (el Loco Radev) en su propia casa, mientras llevaba puesto un micro que registró el intento de asesinato.

El 16 de octubre de ese mismo año fue encontrado muerto en su cama el traficante de drogas Paul Kallipolitis, probablemente a manos de Andrew Veniamin según las investigaciones que siguieron, amigo suyo desde la infancia. Al día siguiente de (supuestamente) asesinarlo, Veniamin tomó el control del negocio de Kallipolitis.

El 15 de abril del 2003 cayó Nik Radev, conocido como «the Russian» aunque era búlgaro. Lo asesinaron de siete disparos mientras estaba sentado en su Mercedes en la calle en Queen St. Coburg. Aunque estaba avisado de que iban a por él, no pensó nunca que ni Veniamin ni George ni Carl Williams, amigos suyos, cumplieran sus amenazas, pero cualquiera de ellos encajaba con las descripciones de testigos del crimen. Nunca se descubrió al asesino a pesar de que dos compañeros de Radev se encontraban con él en el coche en el momento del asesinato.

El 4 de junio Shane Chartres-Abbott, un prostituto masculino de veintiocho años, fue tiroteado en su casa. Este asesinato se resolvió en 2007 y se descubrió que estaban involucrados dos detectives de la policía.

El 21 de julio Jason Moran y Pasquale Barbaro, su mano derecha, fueron tiroteados mientras estaban dentro de una camioneta azul viendo un partido de fútbol infantil. Fueron testigos dos de sus hijos y tres niños más, que vieron cómo el asesino, Victor Brincat, salía huyendo hacia un coche aparcado al otro lado del campo de fútbol.

El 21 del mes siguiente Willie Thompson, trabajador en un nightclub local y traficante de drogas a tiempo parcial, fue tiroteado mientras estaba, cómo no, sentado en su coche.

Ese mismo verano Carl Williams secuestró a Mark Mallia y lo llevó, ayudado de otros compinches como Veniamin, a un almacén donde lo torturaron con el fin de que les dijera dónde escondía el dinero que lavaba. Poco después se encontró el cadáver quemado de Mallia dentro de una alcantarilla.

Housam Zayat, socio de Nik Radev, fue encontrado en un prado con varios disparos en la cabeza el 9 de septiembre.

El 20 de octubre Steve Gulyas, también amigo de Radev y propietario de una agencia de citas, fue asesinado junto con su mujer en Sunbury.

El 25, un vendedor de perritos calientes y éxtasis, Michael Marshall, fue tiroteado a la puerta de su casa.

El 17 de noviembre Carl Williams fue arrestado por amenazar de muerte a un detective del cuerpo de policía de Victoria y a su novia. Salió bajo fianza dos semanas después.

Y, para acabar el 2003, Graham Kinniburgh, conocido como «the Munster», fue tiroteado frente a su familia en su casa de Kew. Kinniburgh era conocido como uno de los mayores criminales de Melbourne, especializado en abrir cajas fuertes. Se sospechó de Carl Williams y Andrew Veniamin.

El 23 de marzo de 2004 Andrew Veniamin recibió un disparo mortal mientras almorzaba con Mick Gatto en el restaurante La Porcella, donde tuvieron una fuerte discusión. Mick Gatto se libró de la cárcel al alegar legítima defensa.

El 31 de marzo, Lewis Moran, padre de Jason y padrastro de Mark, fue asesinado a plena luz del día por dos hombres con pasamontañas frente a un bar en Brunswick. Los dos hombres, los hermanos Goussis, habían sido pagados por Carl Williams.

El 16 de mayo Terrence Hodson, informante de la policía, y su novia Christine aparecieron muertos en su casa de Kew. Una semana antes se había hecho público por la radio que Lewis Moran había pagado a Hodson para que matara a Carl Williams, sin conseguirlo.

El 9 de junio la policía de Purana arrestó a Carl Williams por conspiración criminal. Se le acusó de los asesinatos de Lewis Moran, Jason Moran, Mark Mallia y el intento de asesinato de Mario Condello. La pena fue de treinta y cinco años.

El 2006 comenzó con la muerte de Mario Condello, el 6 de febrero, un día antes de asistir a su juicio por el intento de asesinato de Carl Williams.

El 15 de junio de 2009 Desmond Moran, hermano de Lewis Moran, fue asesinado en su casa de Ascot Vale.

El 19 de abril de 2010, Carl Williams murió en la cárcel de Barwon donde cumplía sentencia a consecuencia de los repetidos golpes que recibió en la cabeza con la barra del asiento de una bicicleta estática del gimnasio de la prisión. El asesino, Matthew Johnston, cumplía la perpetua por varios asesinatos. El mismo día 19 había saltado a la prensa la noticia de que la policía estaba pagando los estudios de la hija pequeña de Carl, se supone que a cambio de información que este les suministraba.

Glock 9 mm. Fotografía: Cordon Press.
Glock 9 mm. Fotografía: Cordon Press.

***

1999 fue también un año negro para John Higgs, el mayor importador de anfetaminas de la historia de Australia y probablemente del mundo entero. A Higgs se le han pillado alijos de toneladas, una vez por el valor de ciento veintidós millones de dólares. Y cocaína, y cannabis y armas. Empezó bien joven, cuando lo enchironaron por matar (aunque no fue él quien apretó el gatillo) a un pobre granjero de gallinas, en 1970. Esa noche iba un poco colocado y nunca quedó claro lo que ocurrió allí en la granja. Tenía veintiséis años. Salió en el 78 y entonces fue cuando se metió en harina. John Higgs era miembro fundador de los Black Uhlans, un grupo de moteros muy conocido por distribuir anfetas por todo el país. Todo iba sobre ruedas hasta que en el 84 la policía recibió un soplo de Peter Hill.

Hill era un biker de los Hells Angels y además era un niño bien, el hijo de un banquero que fue a California a conocer a los Angels de Oakland. En Oakland le llevaron a la cárcel para que conociera a Kenny Walton, quien le enseñó allí mismito a cocinar anfetas. Cuando Hill volvió a Melbourne, los Hells Angels se hicieron con todo el tinglado de facturación, con la enorme ventaja de que en Australia el P2P, básico para cocinar speed, es completamente legal. Todo parecía ir de perlas hasta que, a finales de los ochenta, los Hells Angels le expulsaron del grupo y en venganza Peter Hill vendió la receta del speed a Higgs y a los Uhlans por mil dólares. Cuando la poli recibió el chivatazo de Hill, fueron a por Higgs, pero Higgs era perro viejo: nunca hablaba por teléfono, lo hacía en código, y su banda estaba formada por tipos que se subían y se bajaban del carro constantemente. Mucha gente por poco tiempo, así era como funcionaba su cartel. Traían cocaína de América, armas de Filipinas y cannabis de Nueva Guinea. La policía calcula que entre 1982 y 1993 pasaron por sus manos 1 773 500 dólares.

En algún momento intentó tirar por algo menos ilegal y contrató a un constructor para las obras del Crown Casino. Compró los permisos. Luego resultó que había varios policías corruptos también metidos en el ajo. Aunque quizás su mayor intento de reformarse fue lo que peor salió. Higgs era muy amigo de Jimmy Krakouer, un jugador de fútbol que andaba ya de capa caída en 1994, así que Higgs le propuso que invirtiese en un concierto de rock que montó para la Semana Santa de ese mismo año. El concierto fue un fracaso, y para no dejar a Krakouer tirado lo metió en un tinglado todavía más feo. Le ofreció un porcentaje si llevaba a Perth unos cinco kilitos de anfetas en un Nissan. Cuando Krakouer estaba descargando la mercancía en un garaje, la policía llegó y le pilló con las manos en la masa. Le cayeron quince años. A Higgs, sin embargo, no le pasó nada de nada, montó una empresa tapadera de exportación de leche en polvo a Vietnam y de importación de heroína. Cada tres días lavaba unos doscientos mil dólares en Hong Kong.

A mediados de los noventa la policía estaba tan harta de Higgs que infiltró a un empresario con el nombre en clave de E292 para ver si lo pillaban de una vez. Y lo que descubrió E292 fue algo no muy limpio: que la policía, para poder pillar a Higgs de alguna manera, le había estado suministrando los productos químicos con los que cocinar el speed. A Higgs esta vez sí le trincaron. Pero a los pocos días de su detención asaltaron las dependencias de la policía donde se guardaban las pruebas de su caso (luego se descubrió que había varios polis metidos en el asunto). Aun así, al final pudieron detener a Higgs. ¿Y qué pasó? Pues que la calidad de las anfetas en Melbourne cayó tanto después de ser detenido que casi dejó de consumirse. (Recordemos que eran anfetaminas indirectamente cocinadas por la policía. Así es la vida).

Higgs entró en prisión en junio de 1999. En diciembre de ese año un número indeterminado de sordos entró en su casa y mataron a su hijo, sordo, en un siniestro intento por recuperar un dinero que su padre debía. Cuando Higgs salió, en el 2004, volvió a la carga. En 2007 se alió con Pasquale Barbaro, de la mafia calabresa australiana, y el 28 de junio de ese año mandaron traer de Nápoles, en el MV Mónica, un cargamento de latas de tomate que contenía 4,4 toneladas, el peso de nada menos que quince millones de pastillas de éxtasis (la especialidad calabresa). Con un valor aproximado de cuatrocientos cincuenta millones de dólares en venta callejera, supone a día de hoy el mayor alijo de éxtasis de toda la historia mundial.

Les pillaron, de la manera más tonta, cuando una empleada de aduanas, en lugar de llamar al número de teléfono (falso, de Barbaro y compañía) de la empresa que aparecía en los documentos para confirmar la llegada de la mercancía, buscó el número de la empresa en Google. Cuando la empresa dijo que no esperaba la llegada de ningún cargamento de latas de tomate ese día, la empleada alertó a la policía. La policía, sabiendo que los que se ocupan de descargar la mercancía son delincuentes de poca monta, sustituyó el éxtasis por pastillas falsas, pinchó algunos teléfonos y siguió la pista hasta conseguir arrestar a treinta y tres personas involucradas, entre ellas Barbaro y Higgs, quienes se habían reunido en la suite 609 del Hotel Pacific International para celebrar la llegada del mayor alijo de la historia mundial de éxtasis. A Barbaro le pillaron en la casa de su amante, Sharon Ropa, donde guardaba unos cuantos kilos de cocaína por ahí, varias pistolas enterradas entre los aligustres y treinta teléfonos móviles. Le cayeron treinta años. A Higgs, dieciocho. El pasado mes de julio de 2016 pidió que se le rebajara la pena si destapaba los nombres de los policías involucrados en el asunto. Está por ver.

Fotogrfía: sfbaywalk (CC).
Fotogrfía: sfbaywalk (CC).

Hay algo que Higgs siempre negó y fue pertenecer a los Black Uhlans, una de las bandas moteras o bikers más conocidas en Melbourne, cuando en realidad fue uno de los miembros fundadores al ofrecerles en la ciudad el local de encuentro o cuartel general de la banda. En el 2014 se confiscó a los Uhlans un arsenal que contaba un lanzallamas (¿lanzallamas?) y ballestas (¿¿ballestas??) entre otras armas un poco más convencionales, además de alijos de muchos kilos de anfetaminas. El tráfico y manufactura de ice, anfetas y metanfetaminas parece ser la especialidad de los Uhlans, aunque rivalizan muy de cerca con los Hells Angels y con la media docena de bandas moteras que hay solo en Melbourne entre las que los Bandidos y los Nomads se llevan la palma en cuanto a tráfico, extorsión, lavado de dinero, asesinatos y vamos a parar de contar. Australia, quizás por sus proporciones, es el país del mundo con mayor número de bandas y mayor número de asesinatos entre bandas, treinta y cinco en solo cinco años, en peleas entre los Hells Angels y los Bandidos, o entre los Bandidos y los Comancheros, como aquella que dejó seis muertos en una sola tarde en la ciudad de Milperra en 1984. La policía además a veces tiene vínculos raros con las bandas, suelen conocer a moteros en gimnasios de culturismo (últimamente muy utilizados por las bandas en lugar de los bares de carretera, gimnasios a los que tienen acceso los nuevos miembros musulmanes que no beben alcohol) y empieza a ser frecuente que, una vez infiltrados en la banda, no vuelvan a salir jamás. Les va la marcha. Así que ahora, además de anfetas, los moteros también trafican con GHB y esteroides.

El cannabis en cambio suele ser patrimonio exclusivo de los italianos, más exactamente de los calabreses, quienes controlan el 80 % de la producción de una marihuana que suele venir de la ciudad de Griffith, donde solo en el 2011 se quemó una plantación por valor de unos veintitrés millones de dólares. La llamada «Mafia de la hierba» comenzó en los setenta en esta ciudad desde donde Robert Trimbole la suministraba al resto del país, hasta que en el 77 se cargó a Donald Mackay por hacer campaña antidroga y huyó del país para venirse a España, donde murió en el 85 en Benidorm. El resto de las catorce familias son todas calabresas, de la ‘Ndrangheta, y de entre estas familias destacan los Barbaro. Recordemos que Pasquale Barbaro era el socio de John Higgs en el asunto del enorme alijo de éxtasis que pillaron en el 99. Consecuencia directa fue que los calabreses, en Calabria, esperaban que se les pagara la mercancía y Barbaro tuvo que volar a Italia para negociar una nueva venta. La policía le tenía ya pinchados los teléfonos y acabaron trincándole a él y a Frank Madafferi, otro de la ‘Ndrangheta. De la ‘Ndrangheta se calcula que hay treinta y una familias que operan en Australia (los Benvenuto, Trimbole y los Romeo, entre otras). Comenzaron en los años veinte, con el control del mercado de fruta y verdura de Melbourne. Pero también hay otras familias italianas no calabresas, como los Carlton Crew (Mario Condello, Alphonse Gangitano) y la Sunshine Crew, una mezcla de italianos y griegos que crecieron en el barrio del mismo nombre de la ciudad. Por supuesto, no tienen ningún prejuicio a la hora de colaborar con colegas de otras bandas, sean los Williams o los Moran.

Fue un Farrugia quien en su momento echó un cable a Judy Moran, la «Godmother», una Madrina de armas tomar. Judy Moran ahora ronda los setenta años, pero en sus buenos tiempos era una rubia como una jaca de grande que trabajaba como showgirl en el Tongo Bongo, un programa de los sesenta, y aún hoy viste y peina como una jequesa en Marbella. Judy primero se casó con un tal Johnny Cole, al que mataron en una pelea por un asunto de drogas en el 82 y con quien tuvo un hijo, Jason Moran, a quien recordemos se cargó Carl Williams. Judy después se puso de novia con Lewis Moran, al que mataron en el 2004 y tuvieron un hijo, Jason Moran, muy metido con la Carlton Crew, y a quien mataron en el 2003. Así que solo era cuestión de tiempo que en algún momento Judy agarrase una pistola y se llevara a alguien por delante. Eso fue lo que hizo en el 2009. Encargó a Geoffrey Armour y a Frank Farrugia que le pegaran un tiro a su cuñado, Des Moran, porque según ella le debía (mucho) dinero. Los llevó en coche hasta un café en Ascot Vale y allí mismo le pegaron media docena de tiros, Armour y Farrugia, cubiertos con pasamontañas y a plena luz del día. Ella negó estar implicada en los hechos (alegó que jamás llevaría un chándal rosa, tal como se vio que llevaba la conductora del coche en los vídeos de las cámaras de los comercios cercanos), pero encontraron en su casa un arma y una peluca que acabó por delatarla. Terminó en la cárcel, probablemente recordando cuando a los doce años trabajaba cosiendo uniformes de policía.

Quien seguro hizo fiesta el día de la detención de Judy Moran fue Roberta Williams, la entonces mujer de Carl Williams. Roberta, al contrario que Judy, sí ha estado desde muy joven metida en tráfico de drogas, incluso antes de conocer a Carl. Hay quien dice (los Moran) que la guerra de bandas que empezó en el 99 fue culpa de una infidelidad de ella. Morena, fuertota, de rasgos grandes, ha cumplido condena dos veces por tráfico de cocaína y éxtasis y es conocida por su violencia física, llegó a liarse a tortas con una peluquera amante de su marido durante el funeral de Carl, para quien encargó un féretro chapado en oro que recorrió la iglesia de Santa Teresa al ritmo de la canción de Tina Turner «Simply the Best». Carl Williams descansa ahora en el cementerio de Keilor, junto a su madre Barbara, quien acabó suicidándose después de ver cómo su hijo Shane moría de sobredosis y su hijo Carl era asesinado en la cárcel. Roberta Williams aún debe los diez mil dólares de la lápida.

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Detalle de la portada de Big Shots: Carl Williams & the Gangland Murders, de Adam Shand, en la que se ve el flamante féretro dorado de Carl Williams. Imagen: Penguin Books.

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9 comentarios

  1. Pingback: «Goodfellas» australianos – Jot Down Cultural Magazine | BRASIL S.A

  2. La ballesta es un arma que, aunque pueda parecer incluso cómica en estos tiempos, ofrece unas características que la convierten en una alternativa a la pistola.
    La principal ventaja es que es muy silenciosa y no deja huellas. Todas las armas de fuego dejan casquillos en el suelo, y éstos llevan a su vez marcas que provoca el mecanismo de la pistola. Cada pistola crea sus propias marcas en los proyectiles, lo que facilita su rastreo (máxime si el arma está registrada), cosa que seguramente desee evitar el portador de dicha pistola. Sin embargo la ballesta solo deja una flecha, y es prácticamente imposible saber qué ballesta efectuó el disparo. En las manos adecuadas puede ser devastadora. Cuando te quieres dar cuenta de lo que está pasando resulta que estás frente a San Pedro, el cual te manda gustosamente al infierno, lugar en el que suelen acabar los personajes que protagonizan este artículo (si es que creen en Dios)
    Sus principales desventajas son obviamente su menor alcance y poder de penetración que un arma de fuego (lógico) y el tiempo de recarga, pues al no llevar un cargador las flechas deben ser cargadas una a una.
    Por tanto la ballesta es un arma ideal para una operación rápida que pille al rival desprevenido gracias a su silencioso disparo, un «hit and run» o un asesinato premeditado.
    En definitiva: el arma ideal si estás un poco mal de la azotea pero sigues conservando grandes cantidades de astucia y sigilo y quieres innovar en el noble arte de la eliminación del prójimo.
    En cuanto a los lanzallamas no se puede sacar ninguna conclusión lógica: el sujeto que se presenta a un tiroteo entre bandas con semejante artilugio denota un avanzado estado de locura y un absoluto desprecio por la vida, tanto la suya propia como la del resto de sus congéneres. En definitiva, un peligro para la especie.
    Buen artículo.

    • anonimo

      Muy interesante artículo sobre la criminalidad australiana.

      Sobre el lanzallamas, no tiene porqué ser para llevarlo a peleas. Puede ser muy intimidatorio si tienes secuestrado a alguien, supongo. Pero sobre todo, es muy útil para arrasar cosas enemigas, y para limpiar las pruebas de crímenes ya cometidos. En todo caso, es muy inquietante.

  3. pacodetorres

    El lanzallamas se utiliza para hacer salir al enemigo de los blocados o trincheras, es un arma que rompe el frente del enemigo y lo disgrega, vamos te presentas en el bar de los motoros y lo rocías de fuego y los haces salir.
    La ballesta, las flechas y los cuchillos en realidad, tiene un comportamiento físico diferente que las balas, atraviesan el Klevar como la tela que es, luego inutilizan los chalecos antibalas y los sacos terreros. Además son silenciosas, apuntas disparas y si el virote no da al objetivo, igual este ni se entera que era un blanco y puedes recargar y disparar. Util para eliminar centinelas. Si estas en campo abierto, en choque frontal, debería utilizarse como arma de saturación y se apunta «mas o menos» en la dirección del enemigo y tus fuerzas deberían ser como mínimo una cuadrilla, así una pareja dispara, la otra apunta. Una ballesta tienes igual precisión que un arma corta, pongamos hasta los 25 metros, y no la pierde con el uso intensivo como ella (el calor deforma el anima del cañon).
    De todas maneras el uso correcto de estas armas solo es posible por tropas entrenadas, disciplinadas, que aguanten, no se dejen flanquear, decididas y con un plan de acción (el cual no sobrevivirá al primer choque con el enemigo), vamos: soldados.
    Los elementos criminales no están disciplinados, ni entrenados, ni tienen demasiado espíritu de sacrificio, consiguen estatus a base de temeridad, estupidez y se refugian en el garantismo de las libertades, que debe ser la base de los sistemas políticos, o en la corrupción de estos (Inevitable). Vengo a decir que no creo que estas pandillas de descerebrados tuviesen las armas con un plan determinado en mente sino solo por que….¿Por que molan?, ¿Para acojonar?.
    Y si, he hecho la mili y todo esto que te cuento lo explicaba el subteniente, morado perdido de vino peleón.

  4. No os molestéis, hijos de las calles. Esto es para miss Marple, no para chuletas ni para machotes ni para frikies ni para pirados, ni, por supuesto, para ladies comme il faut. Sólo ella está tiene las neuronas aseguradas contra la sensatez…

  5. Chochona

    La ballesta sobre todo, es muy práctica para ir protegido mientras paseas con ella y las flechas por las calles que se han puesto imposibles últimamente. También para ir en metro a hora punta e incluso para la disco, que hay algunas a las que va gentuza y nunca sabes cuando vas a necesitar pegarle un flechazo a alguien.

  6. Entretenido artículo, gracias por la tremenda recopilación!

  7. Manitu69

    A quien le haya gustado esta historia, la primera temporada de Underbelly, una serie australiana la cubre por completo. Las temporadas dos y tres también están muy bien.

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