El dentista y el miedo

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Marathon Man, 1976. Imagen: Paramount Pictures / Robert Evans Company.

Estás sentado en un sillón que parece más cómodo de lo que es. De un lado hay una especie de pequeño lavabo circular, frente a ti un montón de instrumentos sospechosamente puntiagudos  y con cables. Desde arriba te apunta una fuerte luz que recuerda los interrogatorios policiales. Está claro, solo hay un sitio por donde se puede escapar, a tu derecha, saltando el brazo articulado. Entonces justo allí, se sitúa el dentista. Con una mascarilla que solo deja ver a sus ojos tras unas gafas de protección y unos guantes ideales para no dejar huellas, y cuando te está por dar un ataque de pánico, respiras y piensas lo que sabes de los dentistas. Te pueden venir dos ejemplos opuestos a la mente, el gilipollas que hacía Mathew Perry en Falsas apariencias o el sádico de La tiendita de los horrores.

Todas las encuestas coinciden. Las principales razones para no ir al dentista son los precios de los tratamientos  y el miedo (y no necesariamente en ese orden).

Tú que eres tan guapa y lista, tú que te mereces un príncipe o un dentista. («La lista de la compra», La Cabra Mecánica)

El miedo al dentista va de la mano con la realidad de una profesión asociada al dolor. Circulan historias nefastas sobre muelas rotas, extracciones dentales sin anestesia, nervios vivientes, sangre en los colmillos. Por si quedaban dudas, en 1996 el director de cine Brian Yuzna estrena El dentista, donde un odontólogo enloquece al ver a su mujer practicando sexo oral con el chico que limpia la piscina (hay que reconocer el profundo juego literario del guionista) y se transforma en un psicópata que persigue a una niña con ortodoncia que no se lava los dientes. Para colmo dos años después se verifica lo acertado de la propuesta que asocia en la gran pantalla «terror y odontología»: se estrena El dentista 2. Como bien sabemos, tener una secuela es el primer escalón para aspirar a ser el nuevo Freddy Kruger.

Como suele pasar, la realidad supera a la ficción. Cuatro años antes, en Argentina, el odontólogo Ricardo Barreda asesinó a sangre fría a su mujer, a su suegra y a sus dos hijas. El cuádruple feminicidio fue castigado con prisión perpetua. También cabe señalar que la profesión del asesino no tiene nada que ver con el crimen cometido. Una de sus hijas también era odontóloga. Pero conmocionó el crimen de un tipo conocido en su pueblo por su calma y su plácida inserción social. También circuló la historia de un dentista en Estados Unidos que, al serle detectado el virus del sida, intentó infectar a sus pacientes como parte un siniestro plan macabro. Conviene apuntar que no existe un solo caso de trasmisión del virus del HIV por tratamientos odontológicos.

Es innegable que culturalmente el dentista está asociado al dolor. Todos nos encogemos al recordar la escena de la tortura en Marathon Man, cuando un instrumento rotatorio silbaba sin anestesia en los dientes de Dustin Hoffman. O todos hemos visto dibujos humorísticos de un dentista con la pierna sobre el pecho de un paciente mientras tira con todas sus fuerzas intentando sacar una muela. A todo eso podemos sumarle las anécdotas que circulan en todas las familias: «dientes quitados con infección y sin anestesia alguna», «agujas ¡así! de enormes», y, como si de un dibujo animado se tratara, «me apoyó la rodilla en el pecho y tiró con fuerza hasta sacar una muela con raíces ¡así! de largas»…

(Permítanme un paréntesis. Soy odontólogo desde hace más de veinte años, di clases en muchas facultades de varios países, trabajé en muchas clínicas públicas, privadas, individuales y colectivas. Créanme que lo voy a afirmar casino admite excepciones. Está basado en mi experiencia y la de cientos de colegas, dejo por pura prudencia un breve espacio a alguna anécdota desconocida, minoritaria e indemostrable que no cumpla lo que a continuación les cuento).

Son mentiras. O medias verdades. Leyendas urbanas, si lo quieren  llamar así. Sobre todo algunos de estos puntos. El más evidente es lo de la rodilla en el pecho. Sacar una muela es una técnica donde apenas hace falta fuerza en algunos casos, pero ciertamente nunca se trata de tirar hacia afuera. Si existió esa forma de quitar una muela quizás haya sido en la época de los barberos, hace mucho más de un siglo, cuando un peluquero sin apenas nociones de anatomía quitaba muelas. El caso es que la odontología moderna no incluye esa técnica. Por otra parte son contados los colegas con la elasticidad necesaria para subir tanto una pierna mientras trabajan en la boca del mismo paciente. Lo mismo podemos decir del tamaño de las raíces. A todos los pacientes les parecen largas (¡así de largas!), suelen ser dos tercios del tamaño total de la pieza dental, o sea, como buenos soportes deben ser más del doble que lo que se ve del diente. Y dicho sea de paso, la mayoría de los pacientes, antes que las raíces de su propia extracción tienen el recuerdo de sus dientes de leche, cuyas raíces se «reabsorben» por el germen del diente permanente para que se pueda caer y ser remplazado fácilmente.  

Se da un fenómeno lleno de subjetividad con algunos tamaños de los instrumentos dentales, pero lo cierto es que la parte activa de los mismos suele ser muy pequeña, solo que al tener que llegar a zonas «lejanas» requieren un mango largo. Imaginen lo contrario, el dentista tendría que meter sus dedos en lugar de poder trabajar desde mayor distancia. La aguja larga («¡así de larga!») suele ser la usada para anestesiar el maxilar inferior, el punto donde se debe poner la anestesia está atrás y arriba del último molar. Si no fuera «¡así de larga!» no llegaríamos.

Otro mito muy popular, casi tanto como que el bebé le come el calcio de los dientes a la embarazada, es la extracción sin anestesia. ¿Por qué habríamos de hacer eso a propósito? Este tema es más complejo. Tiene más variaciones, en efecto la presencia de pus (ácido) puede afectar la efectividad del anestésico (básico). Por otro lado, la pieza en mal estado puede ser la causa de la infección y hasta que no se elimine esta no cederá del todo. Pero hoy el punto es otro, ¿de verdad creen que a un profesional de la salud le causa algo que no sea estrés tratar de resolverle el problema en la boca a alguien dolorido? Además convengamos, quienes hayamos sufrido una «odontalgia» (dolor de muelas), sobre todo por pulpitis (inflamación del nervio, esa que hace latir la cabeza y llega al oído), ¿hay peor dolor que ese?

«Daría lo que fuera por que hubiese un dentista en esta cueva», decía Tom Hanks en Náufrago mientras se «sacaba» un premolar con una piedra y un patín de hielo.

Mitos aparte, lo mejor para combatir el miedo es entenderlo. Y para entender lo mejor es ponernos de acuerdo en algunos puntos.

Ir a una consulta dental no es agradable. Una simple revisión implica que te metan dedos e instrumentos metálicos en la boca, que te echen agua y aire, que se explore en busca de enganches y defectos. También es cierto que los dientes tienen una red de sensibilidad nerviosa muy primitiva, todo estímulo es transformado en dolor (en diferentes grados), el calor, el frío, la presión. Si cada una de las treinta y dos piezas le mandaran al cerebro un estímulo diferente (el diente de arriba a la izquierda me pica y los de abajo a la derecha tiene algo metido en medio) sería difícil procesar la información. Por eso, la sabia naturaleza traduce cualquier estímulo en una señal dolorosa (un nervio simple, un cable con una arteria, una vena, un vaso linfático y muchas células metidos en una caja negra que guarda nuestro ADN ante cualquier accidente, incluso aéreo, pero que en algunos puntos puede tener contacto con el exterior, no necesariamente por caries). También debemos remarcar que la boca es… la boca. O sea, estamos hablando de una parte del cuerpo muy sensible, y vinculada a los afectos; desde el amamantamiento, pasando por los besos, hasta el sexo oral (que no me escuche el dentista de la película).

Ahora les toca a ustedes: muchas historias uno las cuenta para hacerse el valiente, muchos prefieren un «he aguantado el dolor» a confesar «no sentí nada». Tampoco son comunes las revisiones periódicas, las que evitarían «nervios latiendo», o muelas de difícil extracción.

Toco tu boca. Con un dedo toco el borde de tu boca. (Julio Cortázar en Rayuela)

Visita al dentista, 1946. Fotografía: Russell Lee / U.S. National Archives and Records Administration.

En España se gasta mucho en pasta de dientes, pero muy poco en cepillos. Nos gusta el olor a menta, el ambientador, pero eso no siempre es sinónimo de salud. Y la última confesión: consumimos demasiado azúcar refinado. Mucho más del que nuestra saliva puede neutralizar para que no se produzca ácido. Deja de echarle la culpa a la herencia de la saliva agresiva de tu padre.

Ahora solo nos queda ponernos de acuerdo, y créanme que hace falta. La odontología ha sufrido (y sufre) mucho a lo largo de su historia. Primero estando fuera de las universidades, luego siendo un apéndice de la medicina. Más adelante siendo objeto de un prestigio social muy bajo, asociado al dinero y no a su valor de servicio en la comunidad. Y actualmente, al ser campo casi exclusivo de la sanidad privada, sufrir el acoso del comercio, de las farmacéuticas, de las grandes cadenas, de los lobbies, de la educación privada, de las publicidades engañosas. Esto atrapó a la profesión en un sistema de mucha competencia, con pacientes que además de tener miedo dejan de percibir la salud como un servicio y pasan a exigirlo como un resultado. La odontología es una disciplina muy precisa, milimétrica, en pequeños espacios, húmedos, sensibles, claustrofóbicos, en donde se habla de dolor o de estética. En gabinetes dentales con poco personal, en un ámbito cerrado y de mucho estrés.

Este sistema trae como consecuencia un gran desempleo entre dentistas jóvenes, con innumerables casos de burn-out (síndrome de quemado, o sea gente que está hasta los mismímos) y por increíble que parezca, es una de las profesiones con más alto índice de suicidios a nivel mundial.

Para entender por qué sucedió esto trataré de ser breve (abra la boca, no le va a doler): el modelo que conocemos es el mismo para la medicina y la odontología. Está basado en el informe Flexner (1910- 1925), financiado por la Fundación Rockefeller y que estableció los criterios con que las universidades formarían, a partir de entonces, a los sanitarios. Tenía varios puntos (uno de ellos lo repetí a propósito durante todo este artículo): el dentista, —y no la— o sea, que apartó de los cargos a la mujer. Su sesgo, en forma de «recomendaciones» creó la llamada «Medicina y Odontología Técnico-Científica», y de allí sus características: ser curativa (la prevención es un aspecto secundario salvo para algunas vacunas que son un gran negocio), es unicausal y biologicista (entiende que la enfermedad tiene una sola causa y ella siempre es biológica, no toma en cuenta las causas psicológicas, ecológicas y sociales), es individualista (un profesional y su paciente, no considera grupos, ni a los pacientes como parte de ellos), es mecanicista (término que viene de la Revolución Industrial, considera al hombre una máquina que puede ser separado y estudiada en partes), y por ello es especializada y altamente tecnologizada (esto tuvo su parte buena, el desarrollo, pero la mala, el elevado costo). Además, la exclusión de prácticas alternativas y una de la que hemos hablado sin hablar: la «monopolización del saber» (tratar de desinformar a la gente para tenerla a merced del mercado sanitario).

Las sugerencias del informe Flexner (por ejemplo: quitar de las universidades los títulos auxiliares o instalar en las capitales los principales hospitales) estaban al servicio del sistema económico. O  sea, es el capitalismo salvaje el que te pone la pierna encima para arrancarte algo.

Ahora viene lo más difícil. ¿Qué podemos hacer? ¿Podemos alejar el miedo al dentista?

Para empezar, estadísticamente, cuando vayan a un dentista en vez de «el» será «la», y eso es siempre una buena noticia. El sistema no, pero el modelo ha sufrido variaciones. La gente tiene mejor salud bucal, aunque eso tiene que ver con el bienestar más que con la odontología en sí misma. La higiene personal, los cambios de hábitos, de dietas y hasta el culto al cuerpo, hace que la boca de las sociedades desarrolladas haya mejorado bastante. Hasta hace poco era excepcional (y objeto de burlas) llevar brakets. Hoy en un instituto es casi imposible encontrar una clase  que desconozca lo que es un tratamiento de ortodoncia.

Sin embargo, se sigue percibiendo al dentista con la definición que entre 1881-1906 encontrara  Ambrose Bierce para el Diccionario del Diablo:

Prestidigitador que introduce metal en la boca y extrae dinero del bolsillo.

Quizás un posible camino sería tomar todos los puntos del informe Flexner y buscarles el opuesto, enfocar más en la prevención, en la atención colectiva e integral, atender las causas sociales, el uso correcto de la tecnología. Incluso en este pequeño granito de arena que —ojalá—  hayamos puesto hoy. La confianza necesita educación, información, sinceridad. «Desmonopolizar los conocimientos», no es tan difícil, al fin y al cabo se trata de lavarse bien los dientes, cada ocho horas, lo que tarda una colonia de bacterias en madurar lo suficiente como para ser patógena.

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16 comentarios

  1. Aventurero

    Buen artículo. Yo solo puedo decir cosas buenas de mis visitas al dentista.
    Eso sí, tengo un truco. Mientras estoy tumbado en el sillón y con tres o cuatro manos trabajando sobre mi cara, suelo imaginarme situaciones sexuales de alto voltaje.
    No llego a excitarme pero sí que se me pasa la consulta bastante más rápida!

    Una pequeña corrección: el síndrome de estar quemado en el trabajo tengo entendido que se llama «burn-out», no «burning» como escribe el autor.

    • Cabezaeperro

      en efecto el síndrome se llama burn/Out. …quizás «burning «se refiere a los casos o síntomas de los que lo parecen. ..en todo caso : quemados del mundo uníos!

  2. Acepto el enfoque del autor. Hay mucha leyenda urbana derivada de utensilios que parecen sacados del ajuar de Jack el Destripador junto con una posición del paciente de absoluta indefensión.

    Por otro lado, creo que es interesante analizar en el «burn-out». Echa el autor la culpa al stress provocado por el cambio de mentalidad del cliente, exigiendo un resultado inmediato. Siendo probablemente cierto, la realidad es que lo ha cambiado las reglas del juego son esas franquicias de dentistas las cuales pujan con las más grandes compañías de «retail» por las mejores localizaciones de las ciudades, encontrándonos con centros de ciudad en sitios eminentemente comerciales con locales de muchos m2 para ser amortizados por dentistas. Y es que curioso la degradación que están sufriendo algunas profesiones – me reitero en los dentistas – donde se ha pasado de unos profesionales quasi-místicos a tener que trabajar en cadenas de producción al estilo de la Ford pero dedicadas a los empastes. Lo que, en última instancia, nos indica nuevamente que el sistema educativo español está colapsado al estar enfocado, casi en exclusividad al paso por la universidad de tal forma que me atrevería a decir que el 60-70% de los estudiantes entran en una carrera por expectativas cortoplacistas actuales (los dentistas ganan mucho dinero, siguiendo el ejemplo) y no pensando en el futuro y, mucho menos, de forma vocacional.

    Me he liado con algo que no tiene nada que ver, perdón. Gracias por el artículo.

  3. Alejandro

    El capitalismo salvaje, basado en intercambios libres y voluntarios te arranca algo. El socialismo doméstico no, ese sólo te lo pide prestado

    • luchino

      ¿ Intercambios libres y voluntarios ? Y un jamón.
      Díselo a una camarera de hotel, que trabaja a 5 €/h., o a un licenciado en cualquier Filología, empleado en un Burger King, a poco más.

  4. Hola ..soy el autor ;) Gracias por los comentarios..en efecto el síndrome de estar quemado en el trabajo se llama “burn-out»..le rogaré a los amigos de Jot Down que reparen mi error (para eso son los amigos)
    Gracias
    No me dolió nada
    JDH

  5. luchino

    Mis experiencias con los dentistas no son malas, pero es cierto que lo más que me hago, hasta ahora, son raspajes/ curetajes, algo que en principio no duele – sólo si te tocan algún molar muy sensible – , aunque dista mucho de ser agradable, en efecto.
    Lo peor para mí es la diversidad de criterios: lo que para un profesional son 4 empastes necesarios, para otro son sólo 2 y otros 2 futuribles.

    • Maestro Ciruela

      Por desgracia, eso que le aflige, luchino, se hace extensivo a todas las especialidades médicas, e incluso añadiría que se puede ampliar a otras profesiones por no decir todas. ¿Se ha fijado en que no hay absolutamente nada en lo que todo el mundo esté de acuerdo? Es por eso que servidor, solo va al médico cuando ya no queda otra más que pudrirse.

      • luchino

        Es cierto, pero como para ir al dentista es preciso rascarse el bolsillo, cosa que no ocurre, en principio, con otras especialidades, pues ahí está el problema. ¿ Para cuando una extensión de los tratamientos dentales en la sanidad pública ?

        • Maestro Ciruela

          Pues tiene usted razón. Además, creo que mis comentarios han pecado quizá, de cierto elitismo. Saludos.

  6. Maestro Ciruela

    Me planté con más de cincuenta años (53, creo) sin haber experimentado jamás un problema bucal. Ni una sola caries en mi historial, ningún dolor, nada. Una dentadura perfecta, casi como la de Burt Lancaster en Veracruz y que era la admiración de familiares y conocidas. Entonces, un día, me pareció que alguno de mis dientes se movía. Es una sensación rara, crees incluso que es una ilusión tuya y tu mente tiende a rechazar la posibilidad pero la realidad se impuso y tuve que acudir al dentista. Primero fui a una de esas franquicias en la que me dieron el tenebroso diagnóstico de periodoncia, esa que aunque tus dientes estén impecables, están condenados a caer por falta de soporte en las encías. Como la solución que me brindaban, era quitarme todas las piezas defectuosas (2, creo) sustituyéndolas por una prótesis metálica de las que se ponían y sacaban a discreción, decidí salir pitando de allí en busca de mejores perspectivas.
    Llegados a este punto, he de decir que jamás he sentido miedo alguno hacia el dentista; para mí está muy claro que hace ya mucho tiempo que dejamos atrás las extracciones sin anestesia que vemos en films del Oeste, en los que un buen trago de whisky era el único lenitivo.
    Pues bien, me busqué una clínica muy cara especializada en implantes y con la solvencia suficiente como para depositar mi confianza. Aunque, como valoro mucho la estética en general, debo decir que lo que inclinó la balanza en su favor, además de la estricta puntualidad con mi hora de visita sin jugar con mi valioso tiempo en esperas interminables y el trato exquisito (no hubiese faltado más, con esos precios) fue el lugar en sí, el buen gusto en decoración, luces, mobiliario, distribución de las estancias. Todo pensado y muy bien por cierto, para lograr que la posible ansiedad del paciente se transformara en relax. De hecho, me hubiera mudado a vivir allí sin demasiados remilgos, de lo bien que se estaba y se está. A veces, tengo la sensación, no de hallarme en la consulta del dentista, sino en algún otro sitio, no sabría decir cuál pero muy agradable de cualquier modo. Las intervenciones hasta ahora han sido todas satisfactorias y mantengo una limpieza bucal cada 4 meses. Las relaciones con los doctores y el personal son más que buenas. Con decir que mi higienista de cabecera (una mujer estupenda) y yo, casi hemos de esforzarnos por dejar de reir y no contárnoslo todo, como si estuviéramos en el psicoanalista. El doctor cuyo apellido da nombre a la clínica, es un tipo muy simpático y muy hábil psicológicamente. Estoy casi seguro de que cuando alguien nuevo llega a él, trata de averiguar lo más posible sobre el paciente a través de internet; esa sería la explicación más plausible para su audacia y acierto en conectar con mi sentido del humor, algo atrevido y a veces extravagante para ciertas personas, sobre todo en una primera impresión. Pero él lo utilizó como lo hubiera hecho yo si hubiéramos intercambiado los papeles y además, me hizo la primera extracción de forma totalmente indolora. Como debe ser y de hecho, es. Y esto lo rubrico solo para alivio de pacientes preocupados con el tema.
    Todo este “rollo”, Sr. D’Holdan, ha venido dado por las sensaciones que he tenido al leer este interesante artículo escrito por un profesional odontólogo, el cual me ha hecho pensar en que a mí, personalmente, ¡me encanta ir al dentista! Eso sí, lo doloroso y mucho, han sido las abultadas minutas que han pasado de mi bolsillo al suyo.
    Saludos.

  7. No comenta del ruido odioso de los instrumentos. Sin uno no tuviera que escuchar el chirrido estridente de los aparatos que usan, tal vez podría relajarse uno.

  8. Maestro Ciruela

    Pues verá usted, la verdad es que el primer comentario de Aventurero me ha hecho sonreír porque algo de su técnica sobre imaginar situaciones sexuales para abstraerse del posible ruido, empleo yo también. Con la ventaja para mí, de la edad, la cual me permite mantener el decoro a salvo de erecciones inoportunas. Aunque para ser sincero, creo que alguna vez y con determinado personal de la clínica, hubieran sido bien recibidas. También es posible que yo esté delirando, algo que convendría no descartar.

  9. Sergio

    Buenísimo el artículo, enhorabuena….también soy dentista, por cierto. :)

  10. Transepto

    http://www.grafitoeditorial.com/shop/cazador-de-sonrisas/
    El cazador de sonrisas. Comic con dentista de protagonista.

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