La gira más ruinosa de todos los tiempos

Publicado por
Portada de Parliament Live: P-Funk Earth Tour. Imagen: Casablanca Records.

Finales de 1976. Una nave espacial aterriza en mitad de un concierto. Es triangular, plateada, flanqueada por cuatro esferas. Desciende y se posa con suavidad sobre las tablas, su caída es amortiguada por unos brillantes y anaranjados chorros de propulsión. Una vez aposentada sobre el escenario, se abre la puerta para que su distinguido pasajero se presente ante los terrícolas. Una cortina de humo blanco deja apenas entrever la plataforma que lo eleva. Vestido de un blanco impoluto, aparece el auténtico rey de la noche: el Dr. Funkenstein. Con gafas oscuras, larga melena, un sombrero de piel y un hiperbólico sombrero hexagonal, contempla a los humanos con el aire de superioridad innata propio de quien sabe que derrocha carisma sin necesidad de mover un solo dedo. Empieza a sonar la canción que lleva su nombre. Desciende las escalerillas, balanceando el cuello como solamente él sabe hacerlo. Se acerca al micrófono y comienza su labor profética: «Dicen que cuanto mayor es el dolor de cabeza, mayor ha de ser la pastilla. A mí me llaman la Gran Pastilla». Sí, él viene a curarnos los dolores del alma, desde un planeta lejano. El planeta del funk. Una vez te conviertas no volverás a ser el mismo.

A mediados de los setenta nadie ha visto algo parecido. ¡Una nave espacial aterrizando en directo! Es un auténtico delirio, pero cuando termina la velada la audiencia sale del recinto extasiada. Semejante hazaña es producto de la calenturienta mente de George Clinton, el humano en quien a veces se encarna el Dr. Funkenstein. Lo ha conseguido. En la historia de la música negra, esta es la gira de todas las giras, el espectáculo definitivo, el que de verdad compite con las giras de los grupos blancos de rock. Quienes no pudimos asistir en directo a la eucaristía de Funkenstein durante su época clásica tendremos que conformarnos con los testimonios de quienes acudieron a uno de aquellos conciertos y regresaron a casa con su vida cambiada. Existen, claro está, filmaciones. Sobre todo de aquella noche en Houston. Y también está, claro, el disco Parliament Live: P-Funk Earth Tour, uno de los álbumes en vivo más mágicos de los años setenta. Vista desde hoy, aquella «gira terrícola» es parte indisoluble de la leyenda dorada de la música negra. Una de las cosas por las que George Clinton será recordado in eternum. Pero también fue lo que hizo añicos su universo. Porque, no cabía esperar menos de él, no pensó en el dinero.

Eran buenos años para la música negra. En 1976 las bandas especializadas en funk gozaban de gran éxito. Grupos como Earth, Wind & Fire, Commodores o los Ohio Players triunfaban entre todo tipo de públicos. Otros, como Kool & the Gang, arrasaban entre el público afroamericano, pero estaban a punto de dar el salto hacia la universalidad. Los había que experimentaban un éxito fugaz pero resonante, como Brick, Rose Royce o The Brothers Johnson. Incluso se estaban estableciendo las formaciones multirraciales como KC & The Sunshine Band o Wild Cherry. También los artistas de soul más tradicional continuaban en plena forma artística y comercial, caso de Stevie Wonder, Aretha Franklin, Marvin Gaye o los Jackson Five. Todos vendían muchos discos y sonaban continuamente en la radio. Pero a ninguno de ellos se les hubiese ocurrido intentar competir con la monumentalidad escénica de los grupos de rock, que eran los que seguían llevándose la mayor parte de la tarta discográfica y, sobre todo, los que atraían a mayores multitudes a sus espectáculos. Desde un punto de vista estrictamente económico, el rock era la auténtica primera división. Y los conciertos de rock eran intocables. El objetivo de cualquier gira era, como es lógico, ganar dinero. Los grupos de rock más famosos, todos ellos blancos, podían permitirse ganar dinero invirtiendo en grandes escenarios, equipos de luces e incluso efectos especiales. Llenando estadios, la inversión resultaba rentable. Los artistas negros, en cambio, debían cuidar mejor su bolsillo. Algunos llenaban recintos como teatros y auditorios, pero ¿campos de fútbol? Y aunque lo pudiesen hacer, para financiar una parafernalia escénica grandilocuente se necesitaba llenar estadios en muchos lugares y vender muchos, muchos discos. Imitar a los dinosaurios rockeros era impensable.

George Clinton, sin embargo, no conocía el significado de la palabra «impensable». Era un visionario inagotable y entusiasta, un individuo atemporal, casi extramundano. Durante la primera mitad de la década había roto todos los moldes con sus dos grandes proyectos paralelos, Parliament y Funkadelic; dos bandas que en realidad eran la misma, aunque publicasen discos con distinto nombre y con estilos diferentes. El mundo, de hecho, empezaba a conocerlos sencillamente como «P-Funk», expresión que trascendía el concepto de grupo musical. Era más bien una comuna de músicos alucinados que no dejaba de producir material, siempre tutelados por el propio Clinton, cuyo torrente de creatividad como compositor, arreglista y productor parecía infinito, inacabable. Su filosofía era muy peculiar: él lo controlaba todo, pero no con mano de hierro, sino más bien dirigiendo un anárquico huracán de talento hacia la dirección que su instinto le marcaba. Incluso dejaba que sus músicos tomasen drogas —él mismo abusaba de ellas sin demasiado freno— para liberar sus impulsos artísticos con total libertad. Su batuta, en realidad, era más como una varita mágica que como la de un director de orquesta. Justo lo contrario de lo que habían experimentado algunos de sus músicos cuando habían militado en los JB’s, grupo de acompañamiento de James Brown. Los hoy legendarios Maceo Parker, Fred Wesley o Bootsy Collins habían padecido la disciplina militar del Padrino del Soul, en cuyo ejército nadie podía tocar una sola nota que el jefe no hubiese aprobado. Brown los multaba si cometían errores, descontándoles las notas equivocadas directamente del sueldo. Hastiados de aquella dictadura y atraídos por los cantos de sirena de George Clinton, huyeron a la comunidad P-Funk y cuando se integraron en ella casi no pudieron creer la libertad de que disfrutaban. Podían vestir como les diese la gana. Podían tocar las notas que quisieran. Clinton confiaba en ellos y en sus capacidades. Eran una comuna hippie con estética que iba de lo tribal a lo futurista, y creaban una música mestiza, a veces inclasificable, que los mantenía al margen de todo. Su calidad era tan inmensa que de aquella anarquía surgían piezas irresistibles. En el ecuador de la década sus himnos empezaron a ser tan pegadizos que las barreras cayeron y un público más amplio descubrió toda aquella maravillosa demencia musical.

En 1975 Parliament asaltaron por primera vez la escena nacional: el álbum Mothership Connection se convirtió en disco de platino gracias a la canción «Give Up the Funk», que alcanzó el número 15 de las listas. Todo un logro, desde luego, y una bienvenida inyección de dinero y popularidad. Pero nada comparable a los sucesivos bombazos que obtenían Led Zeppelin, Rolling Stones o Pink Floyd. Alguien más prudente hubiese esperado a tener más éxitos antes de embarcarse en un proyecto escénico que, para la tecnología y medios de la época, era faraónico. Pero George Clinton tenía poco de prudente. Estaba lanzando un mensaje al mundo y no iba a detenerse por algo tan prosaico como el dólar. En sus discos, por ejemplo, los negros ocupaban posiciones que entonces parecían impensables en la sociedad americana, incluyendo el sillón de presidente en la Casa Blanca. Incluso los alienígenas eran negros, como el Dr. Funkenstein, y venían a la Tierra para liberar los cuerpos y las mentes, para ayudar a la gente a ser feliz, promulgando las bondades de la música, el sexo y una pacífica pero irreductible actitud rebelde ante las convenciones y los tabús. Su mezcla de música y ciencia ficción —filosofía ficción— era mucho más que mera parafernalia. Encerraba mensajes profundos y punzantes. Y si en sus discos el Dr. Funkenstein bajaba a la Tierra, lo mismo debía suceder en los conciertos. ¿Por qué no iba a poder competir con las giras de los blancos? Una nave espacial, la nave nodriza «Mothership», aparecería ante el público. La jugada era de alto riesgo, pero, a ojos de Clinton, haber obtenido el disco de platino justificaba la realización de sus visiones. «Si no lo hago ahora, no lo haré nunca», se dijo. Solicitó a su discográfica, Casablanca Records, más de un cuarto de millón de dólares de presupuesto para el montaje de la gira, algo totalmente inédito para un artista de música negra. Contrató a Jules Fisher, que había diseñado escenarios para los Rolling Stones y también para Kiss, compañeros de discográfica. La petición era atrevida, pero el binomio Parliament-Funkadelic parecía estar despegando. El entusiasmo contagioso de Clinton hizo el resto. Increíblemente, los ejecutivos le concedieron la oportunidad de convertir su visión en realidad. Quizá quedaron cegados por su visión, y desde luego subestimaron su indiferencia por la faceta monetaria del asunto.

En lo musical hubo cambios. La anarquía reinante en el microcosmos P-Funk fue aparcada, en vista de la magnitud del proyecto. Abandonando su costumbre, Clinton hizo que sus músicos ensayasen el concierto una y otra vez; lo que hasta entonces había sido un caos controlado se transformó en un repertorio bien medido que debía ajustarse a las exigentes necesidades escénicas. Aquellos mismos requisitos obligaban a abandonar su acogedora sala de ensayos habitual —la misma en la que alguna vez se les había filmado tocando mientras, con ojos alucinados, flotaban en sustancias psicotrópicas— para trasladarse ¡a un hangar de aviones! En qué otro lugar, si no dentro de unas instalaciones de la aviación, podían poner a prueba su platillo volante.

Los ensayos dieron fruto, desde el punto de vista musical y escénico. Tal y como Clinton había predicho, la gira fue un éxito de público. El boca a boca funcionó y los recintos se llenaban de un público ansioso por ver a Parliament-Funkadelic en acción. Lo curioso es que no solamente era el número de la nave alienígena lo que atraía a la gente. De hecho, el aterrizaje ocupaba solamente un pequeño tramo del concierto. ¡El aterrizaje de un platillo volante, nada menos, y ni siquiera era usado como colofón! Esto demuestra la confianza que el grupo tenía en la espectacularidad de su música. Tanta, que cerraban el concierto sin grandes efectos especiales, limitándose a ejecutar una arrolladora «Give Up the Funk» que despertaba el delirio de un público al que ya se habían metido en el bolsillo.

El montaje era tan caro de mantener —nueve camiones repletos de material que iban de una ciudad a otra— que los conciertos, pese a la buena asistencia, no eran rentables. Los números no salían. Esto no parecía quitarle el sueño a George Clinton, que continuaba inmerso en su nube psicodélica, produciendo mil y una cosas a la vez cuando no estaba actuando, pero desde luego sí ponía muy nerviosos a sus subalternos. Cuando la gira se tomó un respiro a mediados de 1977, la situación llegó a un punto en que un miembro del personal recibió el embarazoso encargo de comunicar a los músicos que no iban a cobrar por sus servicios. El malestar en el seno del hasta entonces libérrimo y apacible universo P-Funk empezó a notarse. Varios de los músicos se marcharon para formar otros grupos; en algunos casos le guardaban tanto rencor a Clinton que publicaron canciones atacándole con mayor o menor disimulo. Fue el caso del grupo Quazar, o del proyecto Mutiny, cuyo nombre («motín») dejaba bien claro que la formación había nacido como una escisión rebelde. Es verdad que entre 1977 y 1979 los discos de Parliament-Funkadelic todavía vendieron bien gracias a algunos singles afortunados y también gracias a la valiosísima publicidad de aquellos mágicos conciertos que continuaban llenándose de gente, pero fueron un mero parche para la desastrosa situación financiera provocada por la nave nodriza. Las giras se alargaban para intentar recaudar dinero, pero cuanto más se alargaban, más engordaban los costes. Las deudas pesaban como una losa sobre el futuro de P-Funk.

Fotografía: Fuzheado (CC).

Cuando la música funk empezó a perder público debido al empuje de la música disco, George Clinton se negó a subirse al carro de las modas, renunciando, quizá, a la única posibilidad de salvar los muebles. Pero sus ideas eran sus ideas, y no estaba dispuesto a traicionarlas. No quiso grabar música disco. Incluso publicó una canción («The Undisco Kid») en la que atacaba al nuevo género, que consideraba artificial y prefabricado, un producto pensado para ajustarse al gusto del público blanco. No le faltaba razón; incluso quienes disfrutamos con aquella música disco tenemos que reconocer que fue un invento cuidadosamente calculado, aprisionado por estereotipos sonoros, que copiaba algunos elementos del funk pero estaba muy alejado de la visceralidad heterogénea de este. Clinton iba a contracorriente. Otros artistas fueron más prudentes y varias bandas de funk se pasaron al disco, o por lo menos abrazaron un sonido más similar a lo que triunfaba. Kool & the Gang, por ejemplo, gozaron de su época de mayor popularidad cuando el funk setentero ya había pasado de moda. George Clinton primó la pervivencia de su visión, de la autenticidad de su galaxia psicodélica, por encima de los requerimientos comerciales. Su música estaba evolucionando también —por otros derroteros, los que marcarían el funk más sintético de los ochenta—, pero las ventas decrecían. Situación que en otras circunstancias quizá hubiese podido salvarse. Pero su barco ya no podía sostener el peso de aquella nave espacial. En cuanto al espectáculo en sí mismo, Parliament-Funkadelic habían plantado cara sin problemas a las grandes bandas de rock y habían obtenido un triunfo artístico resonante, histórico. Las cuentas… eso era otro cantar.

Casablanca Records, que había sido comprada por Polygram, no podía continuar financiando aquel agujero negro. Tras una década triunfal, las cosas se estaban torciendo. Algunas de las estrellas más vendedoras del sello, como Donna Summer o Village People, decidieron firmar por otras compañías. Los famosísimos Kiss no se marcharon hasta más tarde, pero ellos sí podían justificar sus gastos y tenían seguramente la imagen de marca más efectiva en el negocio musical, así que no suponían un problema. Kiss nunca daban un paso sin pensar en el dinero. Pero ¿George Clinton? Había dilapidado verdaderas fortunas mientras perseguía sus visiones. El masivo consumo de drogas empezó a hacer mella en él, y para el último disco de aquella etapa de Parliament dejó que sus subordinados se hiciesen cargo del timón. Parecía tener ya la cabeza en otra parte. Una maraña de entuertos legales y financieros había consumido todos sus recursos. Su fama de derrochador le estaba cerrando muchas puertas. En 1980 decidió disolver Parliament y Funkadelic. Continuó con los músicos que todavía le eran fieles, aunque los años de gloria habían quedado atrás.

La nave espacial del Dr. Funkenstein quedó como icono de la adorable insensatez de Clinton, del mesiánico empeño por ofrecer al público una experiencia única, a costa de hacer trizas los libros de contabilidad. Todavía me asombra ver la filmación de uno de aquellos conciertos, contemplar el descenso de la nave sabiendo que el aterrizaje suponía un suicidio financiero. Pero, ¿eh?, nadie se lleva el dinero a la tumba. George Clinton tuvo su nave espacial, y el Dr. Funkenstein emergía de ella ufano, orgulloso, feliz, ante un público que estaba viviendo una de las noches de su vida.

¿Cuál era la alternativa? ¿Que el Dr. Funkenstein apareciese desde detrás de un telón de felpa? ¡De ninguna manera! A la gloria eterna no se le puede poner precio, ¡qué demonios!

Si te ha gustado este artículo ¡Haz un donativo online!

Donar una cantidad personalizada

Información personal

Credit Card Info
This is a secure SSL encrypted payment.
Detalles de facturación

Total de la donación: 5,00€ One Time

13 comentarios

  1. weller

    Gra6

  2. Las giras de finales de los setenta de Bob Marley y los Wailers no tenían mucho que envidiar a los citados dinosaurios del rock.

  3. Aventurero

    Cabe añadir que en los 90, el P-Funk vivió un seudo revival, gracias al G-Funk, esa variación del gangsta rap prácticamente inventada por Dr. Dre, con samples y rapeos que remitían directamente al trabajo de George Clinton.
    Así fue como lo descubrí yo, aunque, anteriormente De la Soul ya había sampleado a Parlament/Funkadelic en Me, Myself and I.
    La simbiosis entre el P-Funk y el
    G-Funk fue tal que George Clinton se animó a sacar en el 96 un greatest funkin’ Hits com remezclas y colaboraciones de lo más granado del rap de la época: Snoop, Ice Cube, Q-Tip, Ol Dirty Bastard o los propios Digital Underground, que fueron, creo, los primeros en reivindicar desde el hip hop la figura de George Clinton

  4. Pingback: La gira más ruinosa de todos los tiempos

  5. No hay nada más ilusionante, apasionante, dramático y terrible que los visionarios (de lo que sea), nada más adictivo ni desesperante, y hay poca cosa más admirable. Me ha encantado (a pesar de la dosis pelín subidita de desolación).

  6. luchino

    Me ha llamado la atención una frase, copio y pego: “Abandonando su costumbre, Clinton hizo que sus músicos ensayasen el concierto una y otra vez” .
    O sea, por lo visto lo normal es que los músicos de rock no ensayen. Claro, así luego sale lo que sale…

    • te recomiendo afinar un poco de comprensión lectora, se refiere al grupo, que no ensayaban.

      • luchino

        Eso es lo que he entendido, los músicos no ensayaban. ¿ Dónde he dicho lo contrario ?
        Te aseguro que mi comprensión lectora está perfectamente. No digo nada de la tuya.

        • Isobel Pantoha

          No, si lo quadicho es quel grupo osea los musicos que nonsayaban. Aver si ponemos orega.

      • Alejandro

        efectivamente, Parliament-Funkadelic era una gran jam session por donde se presentaran. Caso parecido a los Dead, que en otro género también hacían que cada interpretación de una misma canción fuese única por la improvisación

    • Manuel

      “ensayasen EL CONCIERTO”

  7. José Fernández Miragaya

    A ver, creo que aquí la clave está en el concepto “enclaquetado”. Usease, hay conciertos que por lo que se considera que son necesidades de coordinación se preparan para que cada canción siempre dure lo mismo. En un show en el que intervienen cosas como artilugios mecánicos y todas eses trucos que necesitan del esfuerzo conjunto de los roadies y otros tipos de técnicos es muy habitual que todo se calcule al segundo para que la maquinaria vaya engrasada desde el primer concierto de la gira. ¿Quiere eso decir que los grupos que no llevan un planeamiento tan restrictivo no ensayan? Por supuesto que no.

    En todo caso, grande George Clinton.

  8. Brenda Gómez

    Muy fan de vos, Emilio. Disfruto de cada articulo. Un dato interesante es la exigencia de JB con sus músicos. Increíble! No lo sabia.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies