No se esfuerce, el arquitecto siempre tiene razón: cinco pecados de soberbia en arquitectura

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Haz que tu ego sea poroso. La voluntad no tiene apenas importancia, quejarse es nada. La fama es nada.

Rainer Maria Rilke

Dice William J. R. Curtis —y de esto sabe un rato— que en la absurda competición por el podio de la egolatría solo un escritor es más detestable que un arquitecto. Pues les voy a decir una cosa: no tiene razón. Los arquitectos siempre hemos estado a la vanguardia del pensamiento occidental, somos los más conscientes y más preocupados por las necesidades del ciudadano, somos los más estudiosos de la problemática social, sabemos de literatura, de música, de artes plásticas, cine, fotografía y fútbol. En definitiva, somos los mejores en todo. En todo. También en ego.

El radio de nuestro ego supera al de una luna de Júpiter y, con los años, adquiere la consistencia e impenetrabilidad de un búnker de la Segunda Guerra Mundial. Y que nadie ose llevarnos la contraria porque, como podremos apreciar en estos breves ejemplos que exponemos a continuación, un arquitecto nunca se equivoca.

1. Beauvais. La catedral imposible

Saint-Pierre de Beauvais. Foto: Jesper Wiking (CC).

Si el lema de los Juegos Olímpicos es «citius, altius, fortius», los arquitectos del gótico se adelantaron a su tiempo, si bien sustituyéndolo por un más sencillo «altius, altius, altius». Más alto, más alto, más alto. Más alto, coño, que así no vamos a llegar a entrar en contacto con Dios y, lo que es mucho más importante, no vamos a superar a la catedral del pueblo vecino.

Se supone que la arquitectura gótica pretendía, con la luz de las vidrieras y la esbeltez del espacio, poner al hombre frente a algo tan inaccesible como era la trascendencia divina. Pero no nos engañemos, en el fondo la cosa iba de ver quién la tenía más larga. Más alta, en realidad. Lo bueno es que esa competición trajo consigo los arbotantes, los pináculos, las bóvedas de crucería y un montón de avances en la comprensión constructiva y estructural de los edificios. Lo malo es que, por mucha ingeniería que apliques, hay un adversario al que no se puede superar: la gravedad.

En la Francia de principios del siglo XIII, y en apenas doscientos kilómetros a la redonda, se estaban construyendo tres catedrales que se iban a convertir en epítomes de la arquitectura gótica. Por la traza, por el espacio, por los conjuntos escultóricos y también por la altura. Las naves de Reims y Chartres alcanzaban los 38 metros y la de Amiens llegó a unos desafiantes 42,30 metros. El desafío le debió parecer una mandanga al obispo Guillaume de Grez, a la sazón responsable —que no arquitecto— de la catedral de Beauvais, porque dijo que para subir hasta los 43 metros que indicaba el dibujo inicial casi que no hacían nada. Así que ordenó añadirle otros cinco metros, llegar a 48 y que quedase claro que serían ellos quienes levantasen el edificio más alto de Francia.

El resultado fue que en 1284, con la catedral apenas empezada, la vibración resonante del viento provocó el colapso de dos contrafuertes del ábside y parte de la bóveda del coro. Repararon el desaguisado, añadieron más contrafuertes y las obras siguieron adelante. Eso sí, a un ritmo mucho menor y poniendo gran cuidado en el sistema estructural. Al menos hasta que en 1573 se derrumbó la torre sobre el crucero, seguramente porque no había manera de mantener la altura de 151,6 metros que alcanzaba en su cúspide. Tras este segundo desplome, la diócesis vio que ya llevaban más de tres siglos vaciando las arcas en una empresa imposible y decidió arrojar la toalla definitivamente, sin siquiera haber comenzado la nave principal. Que es como ha llegado la catedral de Saint-Pierre de Beauvais hasta nuestros días, en funcionamiento pero a medio construir. Y con un montón de apuntalajes metálicos colocados, retirados y vueltos a colocar ya en el siglo pasado porque nadie confía plenamente en la estabilidad del edificio. Como dijo José Pijoán en su Summa Artis de 1927: «En arte hay un onceno mandamiento: no imaginarás sin razonar. La catedral de Beauvais no es un límite hasta donde se puede llegar, sino un más allá por el que forzosamente se tiene que sucumbir».

2. La Sagrada Familia. La catedral insufrible

La Sagrada Familia, de Antoni Gaudí. Foto: Andrew Moore (CC).

Ya podía haber avisado Pijoán a Antoni Gaudí que el edificio que estaba levantando en el Eixample no iba por buen camino, porque aunque la Sagrada Familia es el monumento más visitado de España desde 2011, también es un espanto.

El problema no radica solo en el pastiche resultante de los sucesivos parones, reinterpretaciones y cambios de técnica y material acometidos tras la muerte del arquitecto barcelonés en 1926. El problema es que el propio Gaudí perdió la cabeza con la que consideró su obra magna. La comenzó en 1883, con treinta y un años, y trabajó en ella hasta el día de su muerte a los setenta y tres. Los últimos quince años de manera exclusiva. Y obsesiva.

Gaudí se consideraba el último maestro del gótico y hacía caso omiso a los avances espaciales, formales e incluso constructivos que brotaban en la arquitectura de las vanguardias. Esto no tendría especial importancia si hubiese mantenido su propia exploración modernista; si se hubiese fijado en los patios de La Pedrera o en los recorridos del Parc Güell. Pero es que la Sagrada Familia tiene la planta y la sección de una catedral gótica. Retorció los resultados de la maqueta polifunicular con la que planteaba la estructura para que se pareciesen a los de un edificio del pasado. De setecientos años en el pasado, concretamente.

Pero hasta este neoneogoticismo sería salvable si no fuese porque Gaudí era tan inquebrantablemente católico que quiso erigirse en campeón del mundo del catolicismo. Tal era el deseo por demostrar su fe que lo que acabó erigiendo fue una catedral del abigarramiento. Porque no buscó la espiritualidad a través del espacio o la luz, sino mediante toneladas y toneladas de decoración. Cada centímetro de fachada, cada rincón, cada columna y cada capitel de la Sagrada Familia está saturado de inscripciones y ornamentos y tallas y relieves. Una aglomeración de florituras que no da un solo momento de respiro. No hay jerarquías, no hay lugares importantes y lugares secundarios, no hay manera de apreciar el espacio porque todo está cubierto por un lodo escultórico insufrible. Porque todo acaba pareciendo igual.

Pero qué les voy a decir, si el cacharro recibe más de tres millones de visitantes cada año. Quizá a los turistas no les interese demasiado la integridad o la profundidad de la arquitectura y solo les apetece disfrutar de un espectáculo, por confuso y recargado que sea

3. El dedo de Frank Gehry dice que el 98 % de la arquitectura actual es una mierda

Hotel Marqués de Riscal, de Frank Gehry. Foto: Nicola (CC).

«¿Qué opina de quienes piensan que su arquitectura es espectáculo?», preguntaron a Gehry en 2014 cuando iba a recibir el Príncipe de Asturias. Respuesta: una peineta. Dedo corazón al aire. El símbolo internacional de que esos quienes se podían ir a tomar por el culo.

Vale que el arquitecto canadiense tenía ochenta y cinco años y un Pritzker. Como él mismo afirmó: «Soy demasiado viejo para sentirme intimidado». Hombre, tener fe en tu manera de entender la arquitectura es elogiable, lo que es más dudoso es fortificarse tanto en ese compromiso que acabes siendo impermeable a la crítica. Eso tiene más que ver con estar de vuelta de todo.

Y más aún cuando en la misma rueda de prensa dijo que «el 98 % de los edificios que se hacen hoy son pura mierda, carecen de sensibilidad, sentido del diseño y respeto por la humanidad». Es fácil coincidir en que la mayor parte de la arquitectura contemporánea —sobre todo la más convencional— es una mierda, pero quizá Gehry debería mirarse un poco a sí mismo. Está claro que sus edificios tienen un acusado sentido del diseño, ahora bien, lo de la sensibilidad y el respeto por la humanidad es bastante discutible. Sobre todo porque hace ya más de veinte años, mucho antes de ser viejo, que Frank Gehry hace siempre lo mismo: cáscaras onduladas y huecas. Quien crea que el Guggenheim es un edificio único no tiene más que buscar la Weatherhead School of Management de Ohio o el Hotel Marqués de Riscal en La Rioja y comprobará que las formas y las envolventes son extraordinariamente similares a las del museo bilbaíno.

No me atreveré a decir que su arquitectura es una mierda, de hecho es bastante mejor que un notable porcentaje de las obras que pueblan nuestras ciudades, pero de respeto por la humanidad van un poco justas. Porque a Gehry le da igual proyectar unas bodegas, una sala de conciertos o un espacio para el arte. Y lo peor es que a los clientes, sean públicos o privados, también les importa muy poco. No quieren un museo o una escuela o un auditorio, lo que quieren es un Gehry. Da igual que sea adecuado al uso o al clima o al terreno, que se ajuste al presupuesto o a las condiciones de habitabilidad; lo único importante es que se vea claramente que es obra del arquitecto de Ontario.

Visto así, tiene sentido considerar que la mejor obra construida por Gehry en los últimos tiempos sea la nueva sede de Facebook. Según la compañía, fue el mismo Mark Zuckerberg quien le dejó bien claro que no le gustaba la maqueta preliminar, llena de curvas y alabeos; quería un espacio cómodo para el uso que iba a darle. Es curioso, pero el mejor edificio de Gehry es el que no parece un Gehry.

4. Nos la metieron doblada con la Cidade da Cultura

Cidade da Cultura, de Peter Eisenman. Foto: José Luis Cernadas Iglesias (CC).

La maqueta que ganó el concurso de la Cidade da Cultura de Santiago no se parecía a ninguno de los edificios que Peter Eisenman había construido hasta el momento. Al menos no de una manera evidente. Todo lo más suponía una destilación de conceptos sobre los que el arquitecto norteamericano ya llevaba tiempo investigando. En efecto, el proyecto era enormemente sugerente: una serie de pliegues que se mezclaban con el propio terreno del Monte Gaiás, al sureste de la ciudad. A muchos nos gustaría decir que supimos anticipar lo que ocurriría, pero mentiríamos. Nadie vio venir nada. Todos nos quedamos deslumbrados por un una delicada maqueta de madera y un discurso que se apoyaba en el mismísimo Gilles Deleuze. Además, como los políticos suelen pasar de disquisiciones filosóficas, lo que compraron fue que la planta se parecía a la vieira jacobea. Una conjunción perfecta de palabrería intelectual y metáforas pedestres para que todo el mundo estuviese contento y la Xunta de Galicia abrazase con alegría su nuevo emblema urbano.

Porque era 1999 y la Xunta no estaba por la labor de examinar los problemas reales de la cultura gallega. Quería una construcción singular que atrajese a cientos de miles de turistas cada año. Quería su propio efecto Guggenheim. Porque sí.

Sin embargo, en 2013, y tras un torbellino de retrasos, modificaciones y controversias políticas y ciudadanas, las obras se paralizaron definitivamente. La crisis económica, unida a un magnífico despliegue de estupidez general, impactó en la línea de flotación de una obra que triplicaba su presupuesto. Y eso que solo se construyeron cuatro de los seis edificios planteados inicialmente. Habría que responsabilizar de parte de la catástrofe a quienes decidieron que la propuesta de Eisenman ganase el concurso. E incluso a la existencia del propio concurso, por absurdo e innecesario. Pero eran los tiempos anteriores a la burbuja y el fulgor de la prosperidad económica les cegó a todos. Nos cegaba a todos.

También podríamos señalar los tejemanejes que salpicaron las obras y que, entre otros disparates, obligaban a cubrir el edificio de una cuarcita que solo podía obtenerse en la cantera lucense de Muras. Una piedra verdaderamente especial. Tanto que la Fundación Cidade da Cultura encargó informes sobre ella un año antes de fallar el concurso de licitación. Curiosísimo, ¿verdad? Pues todavía más asombroso fue que, como era tan escasa, la cantera no pudo afrontar la totalidad del suministro y se tuvo que importar una piedra similar desde Minas Gerais, en Brasil. Paladeen conmigo la insensatez: piedra brasileña en Galicia.

Pero tampoco podemos exculpar completamente al propio creador, porque la Cidade da Cultura es un despropósito desde cualquier punto de vista. Incluido el puramente arquitectónico. Ya a los pocos meses de iniciadas las obras se veía que las suaves ondulaciones del terreno iban a ser más bien unos armatostes de escala monstruosa y construcción bastante peliaguda, que las sutiles hendiduras acabarían siendo grietas atiborradas de carpinterías imposibles de fabricar en serie y que la silueta orgánica integrada en el paisaje se convertiría en algo parecido a un decorado de cartón piedra.

Dieciséis años después de que Eisenman mostrase su maqueta, lo que se levanta en lo alto de Compostela son más de cien mil metros cuadrados infrautilizados y casi vacíos. Un muerto viviente que compite visualmente con la Catedral de Santiago y que aniquila gran parte del presupuesto cultural de Galicia. Todo porque nadie fue capaz de ver que la Cidade da Cultura era, desde su propio planteamiento, un edificio insostenible.

5. Si Frank Lloyd Wright dice que los soportes de la Johnson Wax se sostienen, es que se sostienen

Las oficinas de la Johnson Wax, de Frank Lloyd Wright, 1969. Foto: Jack E. Boucher / Library of Congress.

No era precisamente Wright un estandarte de humildad ni moderación. Siempre consideró a los maestros europeos como arquitectos menores en comparación con él mismo y, de hecho, dijo de Ronchamp, la formidable iglesia que Le Corbusier construyó en 1955 al noreste francés, que era «Una tarta agujereada a puñetazos. ¿O debería decir un trozo de queso suizo?». Es más, ante las críticas que recibió el Guggenheim de Nueva York temiendo que el propio edificio ensombreciese a las obras de arte que iban a exponerse en él, el arquitecto escribió: «Al contrario. El edificio y las pinturas crean una preciosa sinfonía ininterrumpida. Algo que nunca antes se ha visto en el Mundo del Arte». Con semejante lenguaje y ese énfasis en las mayúsculas, queda claro que Frank Lloyd Wright era un tipo la mar de modesto.

Así pues, no es de extrañar que cuando los inspectores de Wisconsin le advirtieron que la estructura de su proyecto para la Johnson Wax incumplía la normativa en materia de seguridad, el furioso creador dijese que quiénes eran ellos para dudar de su arquitectura y que él se pasaba la normativa por el forro de los pilares. Lo cierto es que los pilares no hacían ni puñetero caso a los códigos edificatorios de la época, y además ni siquiera estaban forrados. Eran columnas dendriformes de hormigón visto con una base de apenas 23 centímetros de diámetro que se iba ensanchando hasta alcanzar 5,5 metros en la parte superior, a la que Wright denominaba «nenúfar».

Pero como las metáforas vegetales no aliviaban nada el acojone que tenían los técnicos ante una esbeltez visiblemente contraintuitiva, le dijeron que o cambiaba los pilares o no le daban la licencia de obra. Como el ego de Wright también era de hormigón visto y tenía claro que su diseño no lo cambiaba ni Dios, les propuso un trato: él les demostraba que sus nenúfares eran capaces de sostener las doce toneladas que pedía la normativa y ellos le permitían construir el edificio.

¿Cómo lo hizo? Pues a lo grande, levantando uno de los soportes a escala 1:1 y cargándolo con sacos terreros hasta llegar a los doce mil kilos de marras. Aunque no hay documentos fotográficos que lo prueben, se dice que el propio arquitecto se caló su sombrero, cogió una escalera y se subió a lo alto del nenúfar de hormigón, posiblemente para verificar que también soportaba el descomunal peso de sus cojonazos. Al final, la cosa aguantó casi sesenta toneladas antes de colapsar bajo la atónita —y lejana— mirada de los inspectores, que seguían sin fiarse del todo. Pero le concedieron la licencia de obra.

El edificio de la sede central de la Johnson Wax se terminó en 1939. En 1974 fue incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos y en 1976 se le concedió la categoría de Hito Histórico Nacional, el mayor grado de protección de los Estados Unidos de América.

Y es que, algunas veces, la soberbia del arquitecto sí que tiene razón.

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32 comentarios

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