El paraíso estaba en el sur

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El volcán Popocatépetl, en México. Foto: Russ Bowling (CC)

Me encontraba en Argentina como en mi propio país, me sentía un poco vuestro hermano y pensaba vivir largo tiempo en medio de vuestra juventud tan generosa. (Antoine de Saint-Exupéry)

América Latina ha sido desde siempre tierra de escritores. Borges, Cortázar, García Márquez, Neruda o Sábato son solo algunos ejemplos de una tierra prolija en todos los géneros de la literatura que puede presumir de haber dado a luz a seis premios Nobel. Pero no solo los autores locales le han declarado amor eterno a Latinoamérica. Su desbordante pasión por las letras, su belleza y una riqueza cultural única han hecho que escritores de todo el mundo se sintieran seducidos por esta porción del continente americano y plasmaran en sus obras su experiencia en esta parte del planeta.

Antoine de Saint-Exupéry, fundador y primer piloto de la Aeroposta Argentina, llegó a este país el 12 de octubre de 1929 y recorrió desde el aire la cordillera de los Andes, los bosques, la estepa, los valles y las costas patagónicas. Su historia de amor con Argentina fue un flechazo y, al poco de llegar, ya aseguraba sentirse como en casa. En una carta a su madre reflejaba la fascinación que sentía por los paisajes de la Patagonia: «¡Qué bello país y cómo es de extraordinaria la cordillera de los Andes! Me encontré a 6500 metros de altitud, en el nacimiento de una tormenta de nieve. Todos los picos lanzaban nieve como volcanes y me parecía que toda la montaña comenzaba a hervir…».

Y fue en Argentina donde, además de conocer a su primer amor, Consuelo Suncín —él la invitó a subir a su avión y al atardecer sobrevolaron el Río de la Plata—, escribiría Vuelo nocturno, inspirándose en sus experiencias aéreas sobre Tierra de Fuego, muchas de las cuales tenían lugar de noche. Tras quince meses de estancia en Argentina, Saint-Exupéry se tomó un descanso y regresó a Francia, donde se casó con la salvadoreña Consuelo. Durante su ausencia, Aeroposta Argentina se declaró en quiebra y el escritor ya nunca más volvería a pisar el país al que tanto quería. Sin embargo, Argentina marcaría a Saint-Exupéry para siempre y así lo dejaría claro en su obra más célebre: El principito. ¿Quién no recuerda la ilustración sobre una boa que se traga un elefante? Aunque los dibujos del autor francés invitan a hacer volar la imaginación del lector, es cierto que la imagen recuerda a la silueta de la Isla de los Pájaros, ubicada en la salvaje costa de la Patagonia argentina.

Los seguidores de Saint-Exupéry pueden rememorar los vuelos del autor francés a bordo del Laté 25 si se acercan al Museo Nacional de Aeronáutica de la localidad de Morón, en la provincia de Buenos Aires. Tras cuarenta años de abandono, el avión, un monoplano que podía transportar una tonelada de mercancías y recorrer una media de cinco mil kilómetros, fue restaurado en el año 2000 y desde entonces se expone al público.

También el escritor austríaco Stefan Zweig soñó con Argentina, pero, tras dos viajes a este país, optó por instalarse en la vecina Brasil, convencido de que allí se hallaba la tierra prometida que tanto anhelaba. Para Zweig, que huía del régimen nazi, Brasil era entonces un país joven que vivía ilusionado por los nuevos tiempos; nada que ver con una Europa que cada vez se le hacía más pequeña.

El intelectual austríaco, miembro de una adinerada familia judía de Viena, se sintió fascinado por Brasil desde el primer momento por la cordialidad de la gente, la ausencia de prejuicios raciales, la belleza de sus paisajes y el encanto de las ciudades coloniales, y volcó todas estas impresiones en el ensayo Brasil, país del futuro, una de sus últimas obras.

Recorrió San Pablo, Minas Gerais, Bahía, Pernambuco y Pará y, finalmente, se instaló junto a su esposa, Charlotte Altmann, en la Rua Gonçalves Dias de Petrópolis, donde leía y releía clásicos de Tolstói y Goethe, y revisaba su libro sobre Balzac. Días antes de decidir poner punto final a su vida, Zweig y Charlotte donaron todos sus libros a una biblioteca, quemaron en el jardín documentos que guardaban en casa y escribieron numerosas cartas de despedida. La casera de los Zweig fue quien los encontró muertos sobre la cama el 23 de febrero de 1942. Consumieron barbitúricos y esperaron juntos la llegada de la muerte, convencidos de que los nazis acabarían dominando el mundo entero.

Zweig era un gran admirador de Goethe y quién sabe si también decidió cruzar el Atlántico influenciado por los diarios y poemas del autor alemán, entre ellos Canción de muerte de un prisionero brasileño, que Goethe escribió a partir del ensayo de Montaigne De los caníbales.

Tras las huellas de la generación beat en México

Además de Argentina y Brasil, México ha sido también foco de atracción de intelectuales, algunos de los cuales le han otorgado a este país un lugar en su propia leyenda. Es el caso de la denominada generación beat. «La ciudad de México me gustó desde el primer día que llegué… en 1949 era un lugar barato para vivir, con una gran colonia extranjera, burdeles y restaurantes fabulosos, riñas de gallos, corridas y todas las diversiones imaginables. Un soltero podía vivir bien por dos dólares al día», escribió W. S. Burroughs al poco de pisar por primera vez la tierra de los mariachis y el tequila.

Licor y drogas baratas, burdeles… esas podrían ser las razones por las que aquella generación de autores que floreció en la década de los cincuenta se sintió atraída por México, pero fue mucho más que eso lo que les llevó a volver una y otra vez; para ellos, México simbolizaba el paraíso de la libertad.

Burroughs se instaló con su familia en la Ciudad de México en 1949 y escribió a Kerouac en varias ocasiones para que los visitara. Un año después, Kerouac y su amigo Neal Cassady planearon un viaje a México —el primero de muchos—, inmortalizado en la célebre novela En el camino, que pondría de moda el road trip. Al llegar a la Ciudad de México y tras excesos con la marihuana y las prostitutas, Kerouac contrajo disentería y se quedó en casa de los Burroughs, en la colonia Roma, mientras Cassady decidía regresar a Estados Unidos. En Cerrada de Medellín (ahora José Alvarado) 37, Kerouac escribió el poema Blues de la Cerrada de Medellín.

No obstante, fue en otra dirección de la misma colonia, en Orizaba 210, donde, entre bocanadas de marihuana y chutes de morfina, plasmaría en varios textos su visión más romántica del mágico sur. En aquella casa de mosaicos de color rosa, epicentro de los beats en el D. F., Kerouac escribió a mano la novela Tristessa y el maravilloso poemario Mexico City Blues. En Tristessa, su única obra centrada exclusivamente en México, narra su relación con una prostituta mexicana adicta a la heroína y destaca el bullicio de la plaza de Garibaldi y los puestos de comida: «Camino por la plaza Garibaldi, donde la policía acecha, bizarros tumultos de gente se aglomeran en las angostas calles alrededor de apocados músicos que tocan débilmente sus trompetas cerca de las banquetas… Las marimbas resuenan en los grandes bares… Confundidos entre hombres ricos y pobres con sombreros de ala ancha salen por las puertas de dos hojas a escupir pedazos de cigarro y con sus enormes manos se golpean los genitales como si fueran a arrojarse a un arroyo helado…».

Su siguiente viaje a México, en 1952, estuvo marcado por la tragedia. Llegó poco después de que Burroughs, en una casa de la calle Monterrey 122, matara a su esposa emulando —borracho— a Guillermo Tell. Ella se puso una manzana sobre la cabeza y él disparó. Y falló. Aquel accidente lo llevó a la cárcel de Lecumberri y marcó para siempre la vida y obra del escritor. Mientras, Kerouac, además de perderse entre bares de putas, mercados y callejuelas, terminó sus memorias, Doctor Sax.

El rey de la generación beat volvería a México hasta en seis ocasiones más, siempre disfrutando del pulque —«la mejor bebida del mundo»—, el olor de la comida callejera, la música, las iglesias, los pícnics en Chapultepec y la belleza de sus tierras. Kerouac idealizaba México y lo veía como un país donde todo transcurría más lentamente y sin las presiones de la industria literaria norteamericana.

Otros autores norteamericanos como Jack London o británicos como D. H. Lawrence se sintieron también cautivados por México y escogieron este país como escenario de sus novelas. El mexicano es el título de una casi desconocida novela corta de London, creador de best sellers como La llamada de la selva, Colmillo blanco o El lobo de mar. El escritor, que ejerció de corresponsal en Veracruz, vivió con pasión la Revolución mexicana, a la que dedicó esta pequeña historia, donde narra las vivencias de un boxeador que financia el movimiento revolucionario con sus triunfos sobre el ring.

Por su parte, David Herbert Lawrence viajó a México entre 1923 y 1925, periodo durante el que recorrió la república de Sonora hasta Oaxaca. Visitó reservas naturales, conoció el mundo de los apaches y subió al volcán Popocatépetl. Fruto de esos viajes surgió La serpiente emplumada, una aproximación a la cultura azteca, y los relatos de viaje Mañanas en México. Aunque sus obras desencadenaron eternas polémicas, D. H. Lawrence contribuyó, sin duda, a que lectores de todo el mundo —fue traducido a numerosas lenguas— se interesaran por el pueblo y la cultura mexicana.

El viaje imaginario de Julio Verne

Y, si todos ellos escribieron sobre México tras recorrer el país, Julio Verne demostró que es posible escribir sobre un lugar, y hacerlo bien, sin haber estado nunca allí. Con tan solo veintitrés años, Verne era un auténtico desconocido y México era el primer territorio que pisaba —literariamente hablando— al publicar en una revista francesa una novela breve sobre los primeros navíos de la Marina mexicana. Nunca sospechó que aquella historia, que años después se publicaría bajo el título Un drama en México, supondría el inicio de su exitosa carrera literaria. El contenido de la novela está basado en una historia real, el amotinamiento de los navíos El Asia y El Constante, la deserción de su tripulación y su anclaje en las costas del Pacífico mexicano, el 11 de junio de 1825. Aunque su viaje a México fue imaginario, la obra muestra un gran conocimiento del país por parte del escritor francés, que ya mostraba en su ópera prima un interés por islas y volcanes, por la relación entre el hombre y la naturaleza.

Ernest Hemingway, Witold Gombrowicz, Enrique Vila-Matas… Sería interminable la lista de autores que en algún momento de su trayectoria literaria han bebido de América Latina y le han dedicado parte de su producción literaria. Algunos de ellos viajaron al sur de América y se quedaron para siempre, otros decidieron volver y unos pocos ni siquiera llegaron a cruzar el charco: les bastó con soñarlo o imaginarlo para que Latinoamérica quedara inmortalizada en su obra.

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4 comentarios

  1. Pingback: El paraíso estaba en el sur – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Francisco Tostón de la Calle

    Hola, amigos. Hay que seguir viajando al sur, antes de que se acabe. Todo va muy rápido y lo peor del consumismo también ha afectado estas tierras. Pero Colombia es todavía un país por redescubrir, explorar, vivir y amar. Y todo bastante al alcance de la mano. Sus magníficos escritores y poetas han producido hermosos frutos literarios pero el tema es inagotable, como las historias de sus gentes, los valores de sus culturas, la belleza de sus paisajes. También los extranjeros han escrito cosas de interés (ha habido otros buenos escritores, además del sabio catalán que se menciona en «Cien años de soledad»), pero son sobre todo sus nacionales los que han narrado y lo siguen haciendo, historias prodigiosas, novelas apasionantes, poemas llenos de vida y sugestión. Después de García Márquez, ha surgido una verdadera pléyade de buenos escritores y periodistas que mantienen el interés y el prestigio de estas hermosas tierras, donde, como dice William Ospina, «el verde es de todos los colores».

  3. Una persona que mata a su esposa por emular a Guillermo Tell merece que caigan sobre sí todas las calamidades del Universo. Por gilipollas. Pido disculpas por el exabrupto, pero no lo puedo expresar de otra manera. Conozco la anécdota desde hace mucho, y alguien, en algún momento, tenía que decirlo. Yo mismo.

  4. Tengo la impresión de que hace mucho, cuando los viajes eran tan largos, tan difíciles y tan poco frecuentes, todo parecía apenas descubierto: el mundo era gigantesco. Los ideales también. Las corrientes eran las marinas, las otras, las ideológicas, llegaban como tornados, cambiándolo todo brevemente, y devolviéndolo luego a una idiosincrasia recalcitrante que las recordaba entre la nostalgia y el desdén y se ufanaba de su inmutabilidad y ansiaba más de lo que fuese que existiese más allá. Los aventureros de entonces no se hacían demasiados selfies, pero intentaban inmortalizarse buscándose a sí mismos, escribiendo anecdotarios, grabándose en las vidas ajenas. La misma fatuidad disfrazada o la misma entereza mal vestida, depende. Pero eso sí, leían mucho más y, en general, aunque fuese emulando, escribían bastante mejor.

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