Un Dios cada vez más pequeño

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Fotografía: Tony Gentile / Cordon.

Dios se ha dulcificado. El dios que adoran la mayoría de occidentales se disgusta de vez en cuando por el aborto o el matrimonio homosexual, pero es un blandengue comparado con el Yahvé de la Biblia hebrea, un dios guerrero salvajemente tribal, profundamente inseguro de su estatus y dispuesto a perpetrar asesinatos en masa para alardear de su poder.

Así comienza Paul Bloom su reseña en The New York Times sobre La evolución de Dios, de Robert Wright. Este libro se publicó en los Estados Unidos en 2009 y ha sido traducido al castellano recientemente.

La tesis del libro de Wright es que Dios es una creación del ser humano y que según ha ido avanzando la ciencia y evolucionado la sociedad, hemos cambiado a nuestra conveniencia la idea de Dios. El autor deja claro que, a pesar del título, no es Dios quien evoluciona, sino nuestro concepto sobre él. En el pasado, la causa de los desastres naturales, sobre los que entonces no había una explicación científica, se atribuía generalmente a un castigo divino. En la antigüedad, Dios era todopoderoso y capaz de enviar al ángel exterminador para matar a los primogénitos de las familias egipcias o de castigar con epidemias y plagas a los enemigos de su pueblo. Hoy, gracias al progreso, se atribuye a la voluntad de Dios un tanto por ciento pequeño de la realidad. El concepto de Dios, y sus competencias, se ha ido reduciendo según la humanidad ha ido avanzando. Para bien o para mal, la intervención de Dios en nuestra sociedad es cada vez menor.

Desde un punto de vista sociológico (dejando a un lado la discusión sobre si Dios existe o no), y centrándonos en la religión católica, nos podemos preguntar sobre cuál es la dimensión de Dios a la fecha. El libro de Wright se publicó hace casi una década. Desde entonces el catolicismo ha vivido una época convulsa y llena de cambios; el principal, la llegada al papado en 2013 del argentino Jorge Mario Bergoglio con el nombre de Francisco. ¿Qué influencia está teniendo el nuevo papa en la idea de Dios?

A lo largo de la historia el ser humano siempre se ha comparado con Dios. Cuando en la antigüedad Dios era grande y poderoso, el humano era pequeño e insignificante. Con la modernidad la importancia del ser humano ha crecido y consecuentemente Dios se ha hecho menos presente; para algunos, menos necesario. Lo que parece imposible, mirando a la historia, es la convivencia de un Dios grande y poderoso con un ser humano autosuficiente y enamorado de su inteligencia. Vivimos la época del boom de las redes sociales, los móviles y la proliferación de relaciones líquidas (Zygmunt Bauman); la de hoy es una sociedad individualizada en que la identidad ha sustituido totalmente a la comunidad como refugio ante la inseguridad (Gustavo Bueno), aunque, si rascamos un poco, las identidades acaben siendo en su mayoría inconsistentes. Como consecuencia de lo anterior la dimensión del ego del ser humano del siglo XXI ha alcanzado niveles nunca vistos. ¿Qué papel dejamos a Dios?

¿Dónde estamos hoy?

En 2018, hasta el más creyente sabe que Dios no interviene en la llegada de un tsunami o en la erupción de un volcán. Solo los muy supersticiosos ven la mano de Dios en una buena cosecha agrícola o en que a uno le toque la lotería. Los milagros ya no forman parte de nuestra vida; de hecho solo cuando toca canonizar a algún aspirante a santo es el momento en que se buscan posibles sanaciones médicamente inexplicables que puedan ser debidas a la intercesión del candidato. Y cuando se anuncian los supuestos milagros que justifican la canonización siempre se pregunta uno por qué no fueron conocidos antes del fallecimiento del santo. Más hoy, cuando los medios de comunicación están desesperados por encontrar noticias sobre sucesos paranormales, que son las que, junto con los ecos de sociedad, traen más visitas o más televidentes.

Dios no está presente en la vida cotidiana de la mayoría de los mortales. Solo quien dispone de una vida interior orientada a la religión se pregunta a veces qué es Dios para él. Pero Dios y su dimensión sí es un asunto relevante para los que podríamos llamar religiosos profesionales. Sacerdotes, obispos, cardenales y teólogos tienen la obligación de orientar al resto de los católicos (1285 millones en todo el mundo según el último recuento) sobre los contenidos y los límites de la vida cristiana. Y a partir de aquí entramos en terreno minado. La cuestión está justo ahora en el mismísimo centro del campo de batalla de una guerra fratricida. Una contienda sorda y callada, pero a brazo partido, en que dos sectores de la Iglesia luchan sin descanso: a un lado están los partidarios del papa Francisco (más «liberales», por ponerles un apelativo) y al otro los defensores de la ortodoxia, los miembros de los grupos más conservadores del catolicismo. En apariencia es una guerra por el poder, pero lo que se está debatiendo, en esencia, es hasta donde debe llegar la Iglesia controlando la conducta del católico de a pie y dónde empieza su libertad.

Francisco: renovarse o morir

El papa Francisco y Benedicto XVI, 2014. Fotografía: Max Rossi / Cordon.

En 2013, el papa Benedicto XVI, consciente de su impotencia para reformar la Iglesia y meter en cintura a la curia romana, renuncia al cargo y se elige al cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como nuevo sumo pontífice. Las mentes pensantes de la Iglesia saben que es urgente un golpe de timón, que la situación es insostenible. El nuevo líder de la comunidad católica tiene muy claro desde el primer minuto de su mandato que las resistencias con que se va a encontrar serán numantinas, que debe actuar con firmeza y que los cambios se tienen que realizar en poco tiempo. El hecho de que elija el nombre de Francisco es el primer aviso a navegantes: san Francisco de Asís es símbolo de rebeldía, de vuelta a los fundamentos del Evangelio y de denuncia de la vida opulenta de la curia.

El papa Francisco ha nombrado más cardenales, en menos tiempo, que ninguno de sus antecesores. En los cuatro años que lleva de pontificado ya ha designado a cuarenta y nueve nuevos purpurados, una cantidad similar a la de su predecesor, Benedicto XVI, solo que este los nombró en el doble de tiempo. Pero hay otra diferencia: casi todos los nuevos nombramientos son «periféricos», es decir, no europeos y abiertos a nuevas formas de enfocar la religión. Francisco sabe que como no aproveche el tiempo en cambiar a la curia y, principalmente, a los que decidirán quién será su sucesor, las fuerzas de la reacción, los conservadores, volverán las aguas a su cauce y las reformas quedarán en la historia de la Iglesia como algo anecdótico.

Francisco ha colocado a sus peones en los puestos clave para tenerlo todo controlado y, conseguido esto, se ha puesto manos a la obra para lo más importante: definir qué debe significar Dios a partir de ahora para los cristianos.

El papa y la libertad

El papa Francisco se declara amante y atento lector del escritor ruso Fíodor Dostoyevski. Este autor, en el capítulo 5 de su obra Los hermanos Karamazov (publicada en 1880), compuso, bajo el título de «El gran inquisidor», un relato que visto en retrospectiva es una de las críticas más incisivas que se han hecho nunca a la curia romana y al cristianismo reaccionario. En la narración de Dostoyevski, Jesús ha vuelto al mundo quince siglos después de morir crucificado, ha hablado con la gente, ha curado a algunos enfermos y el inquisidor lo ha detenido y encarcelado. La víspera del retorno de Jesús, el gran inquisidor ha quemado en la hoguera a cien herejes y, en una visita a la celda en que mantiene encerrado a Jesús, le asegura al recién llegado que hará lo mismo con él. Y lo hará «por amor a los hombres», porque lo peor que ha ocurrido a la humanidad es la libertad que Jesús les otorgó para elegir entre el bien y el mal (libre albedrío). Le dice que si hubiera aceptado lo que el Diablo le ofreció en el desierto (se refiere a las tres tentaciones que relata Mateo en su evangelio), se habría convertido en un Dios poderoso y hubiera quedado claro para todos los seres humanos que el Misterio es más importante que el Amor y que la Libertad. «El más vivo afán del hombre libre —argumenta el gran inquisidor— es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quieren inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto». Y continua con una dura acusación contra Jesús: «Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte». El gran inquisidor llega a acusar a Jesús de ser el culpable de que hoy existan numerosas religiones y no solo una, la verdadera. Dostoyevski, en su texto, defiende a Cristo, defiende la libertad. Y para ello ataca la concepción tradicional de la Iglesia, la Iglesia basada en la superstición y en la mentira. Es difícil encontrar una escenificación más clara de lo que hoy se discute en el seno de la Iglesia católica.

El papa dice claramente que el amor está por encima de la justicia. No es la primera vez que un líder de la Iglesia hace una afirmación semejante, pero ahora, gracias al empuje del pontífice, parece que la idea no va a quedar en una simple frase, sino que la Iglesia está dispuesta a obrar en consecuencia. Francisco quiere un catolicismo menos basado en el pecado, el castigo y el miedo y más orientado al perdón, la caridad y la tolerancia. Hoy el papa Francisco —en su documento «Amoris Laetitia» («La alegría del amor»)— pide comprensión hacia los divorciados y los homosexuales. El mensaje del papa es simple: el amor está por encima de la ley, de la norma. Una religión con menos normas es una religión que deja espacio para la libertad, para la verdad y para el amor. Lo curioso es que el mensaje no es nuevo; ya los evangelios lo manifestaban claramente y con detalle:

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. (San Pablo a los Corintios)

Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. (Evangelio de san Juan)

Y este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. (Evangelio de san Juan)

Lo que hace Francisco es simplificar el mensaje al tiempo que lo profundiza. Se trata de un viaje a la esencia, a los evangelios, y para ello se quita importancia a algunas normas, se hace menos hincapié en ciertos dogmas y se desvía el foco del pecado y del castigo. Todo con tal de que la relevancia se conceda al amor y a la libertad. Siguiendo los esquemas del libro de Wright, Francisco, indirectamente, promueve una idea más reducida de la divinidad. Dar libertad al ser humano quita poder a Dios. Si Dios ya no castiga y no hace milagros; si Dios tolera lo que antes era inadmisible, acabamos teniendo un Dios más pequeño, aunque «pequeño», en este caso, no signifique necesariamente «peor».

Derribando dogmas de forma poco ortodoxa

Francisco tiene claro qué hacer en este viaje reformador y no suele dar pasos en falso. Pero a veces pareciera que el subconsciente o la edad le jugaran malas pasadas. La última: la metedura de pata cuando el atentado de Charlie Hebdo. Aunque, analizando en profundidad el caso, se puede llegar a la conclusión de que, en esa ocasión, equivocándose contribuyó a impulsar sus ideas.

La nueva doctrina quita importancia a algunos dogmas para centrarse en el amor al prójimo. Uno de los dogmas más difíciles de aceptar por la sociedad actual es el de la «infalibilidad del papa» (que el sumo pontífice no se equivoca cuando da doctrina), pero el actual pontífice ya se ha ocupado de demostrar con los hechos que lo que promulgó Pio IX en 1870 ya no sigue vigente, o ha caducado. Aunque en su defensa se podría argumentar que entonces no hablaba «ex cathedra», es difícil aceptar que si el papa estuviera siempre asistido por Dios para no errar a la hora dar doctrina sobre fe y costumbres, hubiera podido equivocarse de forma tan garrafal. En enero de 2015, poco después del atentado islamista contra la revista francesa Charlie Hebdo, el papa, a bordo de un avión y delante de los periodistas que le preguntaron sobre el execrable asesinato múltiple, tras decir que «no se puede matar en nombre de Dios», afirmó que «tampoco se puede insultar la fe de los otros y que si una persona dijera una mala palabra sobre su madre recibiría un puñetazo». Ya se sabe que Dios, a veces, escribe con renglones torcidos.

Los conservadores

Juan Pablo II. Fotografía: Cordon.

Hace unos años, un musulmán turco, nada radical pero muy practicante y respetuoso de su religión, me decía que envidiaba la disciplina y el orden que caracterizaba a los católicos en comparación con los seguidores del islam. Llegaba incluso a destacar como algo muy positivo que existiera la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), que entonces presidía el cardenal Ratzinger (que luego fue elegido papa con el nombre de Benedicto XVI). Mi amigo observaba que dicho organismo permitía a la Iglesia católica reprimir con celeridad y sin hacer mucho ruido los excesos que ciertos cristianos radicales cometían: En 1988 el papa Juan Pablo II (a instancias de la CDF) excomulgó al obispo tradicionalista francés Marcel Lefebvre (partidario de volver a decir misa en latín) cuando se empeñó en ordenar a cuatro obispos de su cuerda sin autorización de Roma. Y en 1984, el mismo Juan Pablo II suspendió a divinis del ejercicio del sacerdocio a seis curas nicaragüenses —entre ellos Ernesto Cardenal, ministro de Cultura sandinista— por ser impulsores de la teología de la liberación. Entonces también fue la CDF el organismo que inició el proceso de suspensión; esta vez contra radicales de sensibilidad política contraria. Mi amigo turco echaba de menos que en el islam existiera una institución similar. De ese modo, opinaba, movimientos extremistas como los talibanes, Al Qaeda o ISIS hubieran sido erradicados al dar sus primeros pasos y no hubieran llegado a cometer las atrocidades por todos conocidas y a avergonzar, de paso, al resto de los musulmanes. En junio de 2017 el papa Francisco colocó al español Luis Francisco Ladaria Ferrer al frente de la CDF. La rebeldía mostrada por el cardenal Muller, en el puesto hasta entonces, sentó muy mal al nuevo papa que no dudó en fulminarlo y colocar al mando de tan estratégico organismo al español que hasta entonces ocupaba el cargo de secretario.

Gracias a instituciones como la CDF se conserva la disciplina dentro de la Iglesia. Esta disciplina (y su consiguiente obediencia) es la que mantiene callados en los medios de comunicación a los miembros de organizaciones católicas conservadoras como el Opus Dei o los Kikos. De forma oficial no manifiestan discrepancia alguna, pero en privado las críticas son durísimas y la tensión en dichos sectores se puede cortar con un cuchillo. No se escapa a los observadores independientes que dicho silencio en público (autocensura, la llamarían algunos) tiene poco que ver con la libertad que el papa defiende como fundamento de la nueva fe que pretende imponer, pero debemos entender que todos los implicados en esta pugna saben que ya están suficientemente revueltas las cosas en la Iglesia como para se ponga en riesgo la inestable estabilidad y se termine produciendo un cisma.

Los críticos acusan al papa de permitir excepciones a unas normas morales que habían sido intocables durante siglos. Temen que después de los divorciados y los homosexuales vengan el celibato sacerdotal, el aborto, la eutanasia y el sacerdocio femenino. También argumentan que se está bajando el listón que pone límite a lo que es un buen cristiano, que por este camino se terminará desnaturalizando la religión católica.

La dubia

Pero no todos los opositores guardan silencio. En septiembre de 2016, cuatro cardenales (Brandmüller, Burke, Caffarra y Meisner), saltándose la promesa de obediencia y fidelidad al papa que hacen con su nombramiento, plantearon una «dubia» al santo pontífice. A raíz de la publicación de la exhortación apostólica «Amoris Laetitia» («La alegría del amor»), dedicada al amor en la familia y en la que el papa alentaba a los sacerdotes y obispos a tratar con benevolencia a los divorciados que se hubieran vuelto a casar por lo civil (ante la imposibilidad de hacerlo por la Iglesia), los cardenales rebeldes hicieron pública una carta planteando cinco preguntas a las que el papa solo debía responder «sí» o «no». La pregunta más polémica es la referida a si se debe dar la absolución, y por ello la comunión, a quien habiendo estado casado por la iglesia convive «more uxorio» (convivencia de hecho) con otra persona. Para los cardenales sería como dar la comunión a un adultero. El papa no ha respondido a la carta de los cardenales insurrectos ni a su posterior petición de audiencia. Parece que la publicidad que se ha dado a por los cardenales rebeldes a la carta ha sentado mal a Bergoglio.

¿Es el papa Francisco un gran vendedor y nada más que eso?

Otra de las acusaciones de los críticos a los cambios del nuevo papa es que se intenta hacer «más simpática» la Iglesia a sectores de la sociedad que se han apartado ella por la dureza de sus normas y por ser poco compatibles con la vida moderna. Se denuncia que por ese camino se estaría poniendo en peligro la coherencia y la solidez del andamiaje que ha mantenido en pie la Iglesia durante siglos.

Un adolescente que se masturbe en el siglo XXI no arderá en el infierno, como le ocurría a los onanistas de hace escasamente veinte años. Quien hoy se salte la misa del domingo o comulgue sin haber respetado el previo ayuno difícilmente encontrará un cura que lo condene al fuego eterno si no se confiesa de inmediato. Quien en los últimos años se haya confesado de pecados calificados de «mortales» habrá comprobado con sorpresa lo reducido y llevadero de la penitencia impuesta por el sacerdote.

Francisco en la encíclica «Lumen fidei» (la luz de la fe), punto 35, defiende que no hay que ser creyente para salvarse. ¿Un zapatero defendiendo que no es imprescindible llevar zapatos para andar cómodamente por la calle?

Al configurarse como vía, la fe concierne también a la vida de los hombres que, aunque no crean, desean creer y no dejan de buscar. En la medida en que se abren al amor con corazón sincero y se ponen en marcha con aquella luz que consiguen alcanzar, viven ya, sin saberlo, en la senda hacia la fe. (…) Quien se pone en camino para practicar el bien se acerca a Dios, y ya es sostenido por él, porque es propio de la dinámica de la luz divina iluminar nuestros ojos cuando caminamos hacia la plenitud del amor.

El escritor y sacerdote Pablo D’Ors es un buen ejemplo del nuevo tipo de clérigo que comienzan a proliferar en esta Iglesia renovada. D’Ors no tiene inconveniente en reconocer que está muy influido por el budismo y que para él la meditación trascendental es un hábito diario imprescindible. De hecho, ha fundado un grupo («Amigos del desierto») en que creyentes y ateos se reúnen periódicamente para meditar. Uno de los libros de D’Ors, Biografía del silencio, dedicado a la meditación, ha vendido ya más de cien mil ejemplares. En una de sus conferencias —accesibles en YouTube— cuenta D’Ors que en una de las reuniones de Amigos del desierto un participante que se declaró ateo le cuestionó que hablara del «Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Entonces D’Ors le preguntó si le parecía bien que se refiriera a «La Fuente, el Camino y la Energía». Cuando el ateo asintió, D’Ors le respondió que de acuerdo, que todo era lo mismo. Hace años, defender esa postura le hubiera costado, al menos, una amonestación de sus superiores y, de persistir en su «error», la excomunión. Hoy, este sacerdote es miembro del influyente Consejo Pontificio de la cultura, puesto para el que ha sido nombrado directamente por el papa Francisco. D’ors, hace un año y medio, se atrevía a definirse como «un profeta» en una entrevista grabada para el canal «Yoga enRed». En 2015, dos obispos españoles, Munilla y Rico Pavés, llamaron hereje a Pablo D’Ors por sendos artículos —uno de ellos en L’Osservatore Romano, el periódico oficial de la Santa Sede— en que se quejaba de que los sacramentos y las celebraciones eucarísticas habían perdido significado para la mayoría de los participan en ellos y que habían «degenerado, para la mayoría de los creyentes, en pura magia».

De qué habla Francisco cuando habla de amor

Fotografía: Max Rossi.

Los teólogos que defienden la honestidad del papa argumentan que no está abaratando el precio de ser cristiano, sino todo lo contrario; y que su enfoque de una religión más basada en la libertad y en el amor y menos en el pecado y la culpa es tan sólido —si no más— como el tradicional.

En los Evangelios Dios es la luz y la vida, pero la cualidad dominante de la divinidad es el amor. Por eso en Juan 4:8 se dice que «Dios es amor». La nueva doctrina del papa Francisco repite hasta la extenuación que para un cristiano el amor es lo esencial; no llega a lo de san Agustín («Ama y haz lo que quieras»), pero casi. Hoy esa idea de que no vale de nada la fe sin obras se lleva a su máxima expresión.

Ser buen cristiano tiene premio. Quien ajusta su conducta a las normas que fijan los Evangelios es invitado al «banquete», al Reino de los Cielos. Tradicionalmente se insistía en que ese premio solo se recibía en la «otra vida», una vez producida la muerte. De ahí que Marx se permitiera en 1844 aquello de «opio para el pueblo». Hoy se extiende la idea de que además de la vida eterna, también se puede recibir una recompensa mientras el cristiano se mantiene con vida. Este pago se traduce en paz, en sosiego, en equilibrio mental.

Emmanuel Carrère divide El Reino (Anagrama, septiembre de 2015), su último libro, en cuatro partes. Además, incluye un prólogo y un epílogo. El libro está dedicado a relatar su investigación sobre si de verdad existe un Reino. Rastrea en las vivencias y los escritos de Pablo y de Lucas (Evangelios), compara con otras religiones y, sobre todo, mira con la sinceridad que le caracteriza en su propia vida; el escritor francés, durante tres años, en los noventa, vivió como hombre de fe. Termina Carrère la cuarta parte de su libro con la siguiente reflexión. Pág. 489:

Un sabio indio habla del samsara y del nirvana. El samsara es el mundo hecho de cambios, de deseos y tormentos en que vivimos. El nirvana, el mundo al que accede el iluminado: liberación, beatitud. Pero el sabio indio dice que «el que diferencia el mundo del samsara y el del nirvana es porque está en el samsara. El que ya no diferencia está en el nirvana».

Creo que el Reino es algo similar.

Pero lo más revelador del libro de Carrère se recoge en el epílogo, de solo treinta y tres páginas. En ese pequeño número de páginas describe su encuentro con las Comunidades del Arca, congregación cristiana creada por el canadiense Jean Vanier. Los miembros de esta organización viven en pequeños pisos en los que acoge a enfermos incurables con problemas graves de tipo psicomotriz; personas ciegas, sordas e incapaces de hablar y caminar; la mayoría de ellos con graves problemas psiquiátricos: «Esos que a los nazis les parecía misericordioso matar, y a los que nuestras sociedades más clementes se limitan a retirar en instituciones cerradas donde se ocupan mínimamente de ellos. Esos que babean, que aúllan a la muerte, que están para siempre recluidos en sí mismos», explica Carrère. Los seguidores de Vanier cuidan de sus enfermos las veinticuatro horas del día, no pueden razonar con ellos y saben que nunca los van a curar. «Pero puedes tocarle —Carrère cita las palabras de Vanier—. Puedes lavarle el cuerpo. Es lo que Jesús nos enseñó a hacer el Jueves Santo». Continua Vanier relatando el caso de Eric, su primer enfermo: «A Eric no le curará que le toquen y que le laven, pero no hay nada más importante para él y para quien lo hace. Para quien lo hace: es el gran secreto del Evangelio. Es también el secreto del Arca: al principio queremos ser buenos, queremos hacer el bien a los pobres, y poco a poco, lo cual puede llevar años, descubres que son ellos los que nos hacen el bien, porque al estar cerca de su pobreza, de su debilidad, de su angustia, ponemos al desnudo nuestra pobreza, nuestra debilidad, nuestra angustia, que son las mismas, las mismas para todos, y entonces comenzamos a ser más humanos». Dos páginas después Carrère escribe: «Me veo forzado a admitir que aquel día, por un instante, vislumbré lo que es el Reino».

Por aquí van los tiros cuando Francisco habla de amor. Carrère, en su libro, reconoce que si abandonó la fe que guió su vida durante unos años fue porque seguir ese camino le exigía una humildad y unas renuncias que no cuadraban con sus planes. El papa no se queda en la superficie del concepto de amor. Francisco pone el acento en el amor y relativiza lo demás, cierto; pero en su respeto a la libertad del cristiano deja en sus manos la decisión de hasta dónde debe llegar en su amor al prójimo y por eso desvincula el amor del castigo. El Dios de Francisco, al estar fundado en la libertad del cristiano, puede ser más pequeño que el de la Iglesia tradicional, pero eso no quiere decir que sea de peor calidad. Si se lee con atención el mensaje del papa, se comprobará la profundidad de sus ideas. Por eso el papa ha dicho que «los católicos deben salir a la calle, la Iglesia no puede ser una ONG». Se refiere a que el verdadero cristiano debe volcarse con los más necesitados (su primer mensaje de 2018 fue para pedir apoyo a los refugiados) y que no puede quedarse en entregar lo que le sobra. Del mismo modo que el auténtico perdón es aquel que perdona lo imperdonable, el verdadero amor es el que da lo que no se tiene.

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51 comentarios

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