Editar libros únicos

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Roberto Calasso, 2000. Fotografía: Cordon.

(Nota: Este artículo forma parte de una serie sobre memorias de editores)

Roberto Calasso (Florencia, 1941) tenía veintiùn años cuando su amigo Roberto Bazlen le propuso crear una editorial, cuyo propósito sería publicar «libros únicos» sobre el criterio de hacer bien lo que antes se había hecho menos bien, y hacer por primera vez lo que antes solo había sido ignorado. En una definición destilada de libro único, este sería «aquel en el que rápidamente se reconoce que al autor le ha pasado algo y ese algo ha terminado por depositarse en un escrito». Serían también libros únicos los que «habían corrido un alto riesgo de no llegar a ser nunca tales». Y así fue como nació en 1962 la editorial italiana Adelphi, que en 1965, coincidiendo casi con la muerte de Bazlen, creó la célebre Biblioteca Adelphi, una colección que hoy es símbolo de la cultura italiana. Con ella Calasso intentó verificar una idea que defiende desde entonces: que la edición equivale «a un género literario», y que el editor pertenece a la estirpe de los que escriben publicando libros de otros, hasta consumar su autobiografía «a través de su catálogo».

Con un listado de autores como Nietzsche, cuya edición crítica fue su primera publicación, Robert Walser, George Simenon, Nabokov, Somerset Maugham, Tolkien, Jack London, Borges, Canetti, Kundera o Sciascia, entre otros, Adelphi contribuyó junto con Einaudi a dinamizar la vida cultural de su país. Mención aparte merece la difusión de la obra de Joseph Roth, a propósito del que «se puede decir que Italia es el único país del mundo en el que hoy el apellido Roth evoca enseguida el nombre del austríaco Joseph y no el del estadounidense Philip», destaca Calasso en su libro La marca del editor (Anagrama).

Roberto Calasso se afanaba en recordar a menudo que la edición, no pocas veces, «ha demostrado ser una vía rápida y segura para derrochar patrimonios sustanciosos. Se podría incluso agregar que, junto con la roulette y las cocottes, fundar una editorial siempre ha sido, para un joven de noble cuna, una de las maneras más eficaces de despilfarrar su fortuna», defendía. Aunque si eso fuese así, se cuestionaba a continuación, habría que saber por qué la figura del editor seguía atrayendo a tantas personas y «considerándose fascinante y, en cierto modo, misterioso». Quizá porque además de una rama de los negocios la edición era una cuestión de prestigio, «cuando menos por tratarse de un género de negocios que es a la vez un arte».

Entre sus preocupaciones figuraban los criterios por los que debía juzgarse la grandeza de un editor. Le gustaba citar a Aldo Manuzio (1449-1515), por ser el primero en imaginar una editorial en términos de forma, concepto que tenía que ver con la elección y la secuencia de los títulos a publicar, pero también con «los textos que acompañan a los libros, además de la manera en que el libro se presenta como objeto. Por eso incluye la portada, el diseño, la compaginación, los caracteres, el papel». En opinión de Calasso, el arte de editar tenía que ver con la capacidad de dar forma a una pluralidad de libros como si fueran los capítulos de un único volumen, y todo ello teniendo cuidado de la apariencia de cada título y de la manera en que es presentado. «Llegados a este punto me permito sugerir que se considere también el arte de la edición como una forma de bricolaje», añadía.

Un editor ha de cultivar su marca, labor sin la cual su profesión se achata, hasta quedar reducida a entretenimiento y, al cabo, olvido. A través de los seiscientos títulos de la Biblioteca Adelphi consideraba que «se podría componer un paisaje mental amplio y variado», quizá uno de esos «paisajes flamencos en los que los acontecimientos más significativos se ven en el trasfondo, a lo lejos, en zonas poco frecuentadas, en las que vemos agitase figuras minúsculas».

La fortuna de la colección Biblioteca Adelphi creció sobre la base de elegir muy bien los libros —libros únicos— y preocuparse por su apartado físico, su forma. La imagen de la portada era para él una pugna a vida o muerte, y Calasso acabó definiéndola como «una écfrasis al revés». Écfrasis era el término que se usaba en la Grecia antigua para indicar el procedimiento retórico que consiste en traducir en palabras las obras de arte. A lo largo de treinta años, él y su compañero Luciano Foà creyeron que en el infinito repertorio de imágenes existentes (cuadros, fotos o dibujos), «se podía encontrar cada vez, con un poco de paciencia y de tenacidad, algo adecuado al libro que estábamos por publicar. Por eso nunca encargamos una portada». Las eligieron siempre ellos. Aunque eso no evitaba «los arrepentimientos, ni los arrepentimientos de los arrepentimientos».

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1 comentario

  1. Brenda Gómez

    Y ya, así, sin más. Me has dejado con más ganas. Espero la siguiente.

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