Besar, todavía, al modo de los romanos

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El padrino. Parte II. (1974). Imagen: Paramount Pictures.

El 2018 es año de Mundial de fútbol. Seamos o no aficionados al dichoso deporte a nadie se le escapa que tan destacada efeméride invade nuestras casas, vacía las calles los días señalados, llena los bares de (más) gente y juega con nuestras emociones patrias entrenadas ya en el subibaja y la exaltación desde que se planteó la cuestión catalana y se conoció el resultado de la moción de censura.

Pasando por alto el fracaso de 2014 en Brasil, fue el Mundial de Sudáfrica de 2010 el que quedó grabado en nuestras meninges tanto por el gol que dio la victoria a la selección española como por un beso retransmitido en directo: ambos hechos produjeron en la población tremendos subidones de adrenalina y serotonina imposibles de olvidar y, por supuesto, irrepetibles.

El 12 de julio, el día después, todos sonreíamos, éramos más amables, más condescendientes y considerados y no solo en España: el efecto benéfico de los dos acontecimientos se dejó notar en gran parte del planeta, fuera futbolero o no lo fuera.

A veces se alinean los astros.

Este no es lugar para deportes así es que cedo el foro a otra sección y me centraré, como ya anuncia el título del artículo, en el beso: fue rápido, aparentemente improvisado y muy dulce; fue un piquito de amor que resumía la felicidad del momento tanto de los protagonistas como de los espectadores. Lo dimos y lo recibimos todos.

En 2018 también se conmemora el centenario de la muerte de Gustav Klimt, cuya obra, El beso, una de las más conocidas de la historia del arte reciente, ha sido elegida para anunciar los eventos organizados en torno al acontecimiento en su Austria natal y en otros países.

De besos se trata, ¿qué tendrán los besos?

Canciones, imágenes de cine, pinturas y esculturas, mucha literatura, los besos nos acompañan desde el minuto cero hasta el pitido que señala el final del partido con la vida, los deseamos, los lanzamos al aire y los añoramos. Son el termómetro de nuestra soledad si nos faltan.

Dicen los psicólogos que se necesitan como el comer, y he leído un artículo terrible sobre unas partes del cerebro que no se desarrollan en niños de orfanatos lejanos cuyos cuidadores procuran no prodigarse en muestras de afecto; se ha comprobado que esa carencia podría ser el germen de varias psicopatías.

Hay besos, sin embargo, que no son de amor o de afecto y que preferiríamos no recibir, son los llamados besos de Judas, los que anuncian una traición, el que nos da un amante el día que nos abandona o el que deposita un sicario en la mejilla del que debe morir.

Y no es solo de humanos, lo de besar se estila también entre los animales: las gorilas besuquean a sus bebés, según los documentales de La 2, y hasta el dragón de Komodo le come la orejilla a la dragona antes de echarle la pata por encima como inicio de una actividad amorosa que durará un mínimo de dos días.

Besar

Si buscamos en el DRAE el significado del verbo «besar», encontramos diferentes acepciones, la primera de las cuales dice: «Tocar u oprimir con un movimiento de labios a alguien o algo como expresión de amor, deseo o reverencia, o como saludo».

Trae a continuación otras definiciones, pero nos quedaremos en esta, que da para mucho, y antes de entrar en materia tendremos en cuenta lo siguiente:

1. Para besar hay que «poner los labios» en alguien o en algo, lo que nos induce de inmediato a usar tres sentidos: el tacto, el olfato y el gusto; juntos nos proveen de una mezcla de emociones, directas al hipotálamo, que tiene sobre nuestro cuerpo consecuencias dispares según el tipo de beso dado (o recibido).

2. Todos los besos no tienen el mismo objeto y tampoco el mismo objetivo; las variables se multiplican si consideramos la cultura en la que nos hemos criado, el carácter que nos adorna, la edad —aunque no todos los mayores son besucones— e incluso la hora del día que sea, y así, en la exaltación de la amistad que se produce en la madrugada de copas, las ganas de besar se incrementan exponencialmente, pero, si andamos en cosas feas o negocios ilegales, nos pueden sentenciar a muerte y, por tanto, huimos de los besos.

3. Sea como fuere, en todos los tipos existe el roce de los labios —o de la punta de la nariz—, es necesario y común el acercamiento de cuerpos y son muchos los que nos ponen el vello de punta, carne pollo, que dicen en Jaén. Es raro que nos dejen indiferentes.

Tipologías (reducidas)

Los besos se pueden clasificar según variados parámetros que oscilan entre la ternura y el terror; el espectro es amplísimo y nombrarlos resultaría tedioso. En la historia del arte existen ejemplos suficientes para ilustrar todos los modelos y hay mucha literatura al respecto que el lector puede consultar a su preferencia o antojo.

No nos meteremos en ese jardín; iremos, como los antiguos romanos, a lo práctico. Ellos ya hicieron una diferenciación de tres tipos, todavía vigente, que podría englobar al resto de las subcategorías. A saber:

El osculum

Era y es el beso en las mejillas, cariñoso, formal, de saludo, respetuoso, ritual para actos sociales, código mafioso, etc., y el que utilizamos más a menudo. Se aplica por extensión a los que se dan en la mano de las señoras o de los cargos eclesiásticos, a los que se dan en los pies a modo de reverencia y a los que se dan en la frente o el cuello

El número varía según la costumbre del país: uno (anglosajones), dos (españoles), tres (musulmanes), cuatro (franceses), trillones (abuelas).

No tienen carga erótica en sí mismos, aunque pueden ser el inicio de una buena amistad.

En la Antigüedad grecorromana eran de carácter muy formal, se utilizaban entre personas de cierto estatus social y siempre en público. En Roma se estableció la costumbre de besar los pies de los dioses (de sus esculturas, claro) en un acto de adoración, palabra que procede precisamente de la expresión latina ad ora (‘traer a la boca’).

En los inicios del cristianismo y en la elaboración de sus ritos se estableció el llamado Osculum pacis, que se daba durante la misa y que, en cierto modo, perdura hoy en día en el momento en el que el celebrante insta a los asistentes a «darse la paz».

Curiosa y muy longeva ha sido la llamada «ley del ósculo», vigente en España hasta nada menos que 1889. Era de derecho común romano, fue recogida por el derecho visigodo y fijada en las Leyes de Toro de 1505. La número 52 determina el modo en el que la prometida puede heredar los bienes del prometido en caso de fallecimiento de este pues, aun no habiéndose casado, si ella recibió de él un ósculo públicamente, tiene derecho a la mitad de los bienes del muerto, derecho que decae si no lo recibió.

En la actualidad los protocolos sobre besos en las mejillas varían de unas culturas a otras: en Occidente se reservan para el saludo mujer-mujer y mujer-hombre, aunque se van aceptando cada vez más los de hombre-hombre, no muy bien vistos hasta que hace unos años apareció en nuestros telediarios el expresidente francés François Hollande, que los repartía sin complejos entre los líderes europeos —y no solo entre las lideresas—, lo que ayudó mucho a eliminar los prejuicios sobre el asunto. Era muy besucón.

Si las personas son de distinto rango (político, social, etc.), hay que esperar a saber qué saludo ofrecerá el de mayor nivel y actuar en consecuencia.

Si la saludada es una señora casada, se puede optar por el beso en la mano, que no debe tener contacto labios-mano, sino que debe ser un gesto de inclinación del tronco del caballero al tiempo que levanta la mano de la señora a la altura de su (propio) pecho y, muy importante, siempre se debe hacer en un espacio cerrado o a cubierto, nunca al aire libre y con guantes. No es tan rancio como se pueda pensar: Elton John lo hace de miedo, sobre todo desde que fue nombrado sir.

Beso de hombre joven en mano de señora. DP.

También existe un código de besos para los representantes eclesiásticos que combina beso en la mano y/o beso en el anillo con una genuflexión que puede ser ligera (a obispos) o más profunda (a cardenales y papa), siempre que las rodillas del besador lo permitan.

En Oriente (Lejano) no se usan los besos, por lo menos de este modelo; la gente no se toca en los saludos en público, sí en la intimidad, aunque tampoco son muy aficionados; si se tocan es para darse la mano, pero esto no entra en el marco de nuestra exposición; en Oriente Medio, en los ámbitos judío y musulmán es muy común el beso entre hombres.

Y no se puede pasar por alto que pueden constituir una sentencia de muerte: la mafia los utiliza con este fin y la costumbre procede del discutido beso que Judas dio a Jesucristo en la Última Cena y que, al señalarlo, sirvió para que lo aprehendieran los romanos, deseosos como estaban de quitarse de en medio a aquel cabecilla que predicaba paz y amor.

El osculum es el más versátil y el que admite mayor número de variaciones. Los otros dos tipos están más acotados en sus formas y finalidades. Veamos:

El basium

Es la voz latina de la que deriva propiamente la palabra «beso».

Era un modelo diferente del anterior porque servía para sellar acuerdos y se daba en los labios; también era una forma de mostrar fidelidad, y ha devenido en piquito, que ahora es utilizado entre amigos muy íntimos que no llegan a ser pareja y también en parejas como saludo rápido.

En las ceremonias de homenaje medievales formaban parte del ritual que originaba las relaciones de vasallaje entre señor y caballero. El vínculo era personal y desaparecía con la muerte de uno de los dos, el acto jurídico se materializaba a través de unos preceptos muy similares a los que se usaban para unir en matrimonio (excepción hecha de la consumación, que sepamos). El basium daba valor a la fides, razón de ser del compromiso que unía al señor con su vasallo.

Beso del libro de Droit, ceremonia de homenaje. (DP)

En la Segunda Partida de Alfonso X el Sabio (ca. 1280) se lo considera el penúltimo acto antes de la imposición de la espada, es obligatorio y se describe específicamente como un beso en los labios.

En los cantares de gesta es común encontrarlos: ya aparece en la Chanson de Roland como una forma de sellar la amistad, y el jocoso y picantillo Joanot Martorell los utiliza en muchas escenas del Tirant Lo Blanc, publicado en 1490.

Ya cercano en el tiempo, el piquito más famoso de los últimos años es, sin lugar a dudas, el que se dieron Erich Honecker —canciller de la República Democrática Alemana— y Leónidas Brézhnev —presidente de la URSS— en junio de 1979, cuando se reunieron para conmemorar el 30 aniversario de la constitución de la RDA.

La foto dio la vuelta al planeta unas cuantas veces y acabó fijada diez años más tarde en la cara oriental del Muro de Berlín, pintado por Dmitri Vrúbel —tras la caída del Muro el 9 de noviembre de 1989—, que lo tituló Brotherhood Kiss (‘Beso fraternal’).

Beso de Vrúbel en el muro de Berlín. Foto: young shanahan (CC).

La cuestión tenía su miga, pues para entonces la situación había cambiado sustancialmente: si en 1979 la RDA estaba bajo la esfera de la URSS, en octubre de 1989 el mismo Honecker —que fue sustituido por Egon Krenz— se quedó compuesto y sin beso cuando, un mes antes de la caída del Muro, recibieron la visita de Gorbachov. El ruso le hizo la cobra en sentido literal y metafórico, no le ofreció sus labios y además le anunció el fin de la doctrina Brézhnev.

En 1989 la URSS ya no tenía interés en imponer su régimen político en ningún país de Europa del Este y este advenedizo (como lo consideraban los más ortodoxos del Politburó) traía dos palabros nuevos, perestroika y glásnost, que darían al traste en 1991 con la propia Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Se acabaron los besos en los labios entre señores de aspecto rudo y poder descomunal. Con lo que nos sorprendían a los mediterráneos…

El último tipo era el savium

Era y es el beso de los amantes, con lengua, que mezcla las salivas, el top ten de sensaciones que, con pocas variantes, se ha mantenido a lo largo de los siglos. Con pocas o ninguna.

Sigue siendo lo más en el índice de momentos para recordar en nuestras vidas, sobre todo el primero.

Nos ahorramos la descripción y evitamos abrir el catálogo de savia que el arte nos ofrece por ser profuso en demasía tanto en recorrido temporal como en protagonistas. Iremos a lo más reciente, pues en los siglos XIX y XX la cuestión se disparó y fueron muy pocos los artistas que se sustrajeron a interpretarlos a su manera.

En los primeros años del siglo XX, liberados de cualquier corsé moral y experimentados en las largas noches parisinas de vino y rosas, los besos se hicieron visibles en las obras de casi todos los que conformaron las llamadas vanguardias históricas, con Picasso a la cabeza, pero otros no se quedaron cortos.

En febrero de 1918 murió Gustav Klimt, un pintor simbolista que perteneció al movimiento de la secesión vienesa; esta corriente se inscribía en la onda del art nouveau, arte decorativo muy popular en la época.

Era hijo de un orfebre joyero que trabajaba con mucha maestría y eso se dejó notar en sus propias obras, brillantes, doradas y exquisitas, a las que aplicaba pan de oro o trazos de plata, como había aprendido del padre.

La más famosa, como ya se ha dicho, es El beso, pintada (compuesta) entre 1907 y 1908, que se exhibe en el palacio de Belvedere de la capital austriaca; en ella se muestra a una pareja de enamorados, el hombre de pie, rozando el marco superior, con la cabeza apoyada en la mejilla de su amada, que parece arrodillada, y cuyos pies reposan en un prado cubierto de flores. No existe sensación de profundidad, es una pintura bidimensional, como el mundo de amor en el que habitan, a la vez místico y sublime. Es deliciosa.

Beso de Klimt (detalle).

Contemporáneo de Klimt fue Constantin Brancusi, un artista rumano que se trasladó a París para entrar como becario en el estudio de Rodin; en 1907 esculpió el famoso beso del que hizo, a lo largo de su vida, diferentes versiones.

Después de un tiempo, acabó abandonando el taller de su primer maestro con la misma frase que utilizaría Neymar en 2017 para dejar el Barça e irse al París Saint-Germain: «Nada crece a la sombra de un árbol».

A pesar de su emancipación, algo debió aprender de Rodin, el primer escultor que se atrevió a fundar una factoría en la que se podían adquirir reproducciones auténticas de sus obras en el tamaño que el comprador deseara. El taller sigue trabajando hoy en día y cualquiera puede hacerse con un Rodin siempre que su fortuna se lo permita —véase el formidable townhouse de Iris Cantor en el n.º 3846 de la revista Hola, repletito de Rodines—.

El primer modelo de beso que talló Brancusi muestra en un bloque a una pareja prácticamente indiferenciada en género, con brazos abrazadores demasiado largos y finos y cuyos labios se unen hasta fundirse en una sola pieza; había elaborado una concepción simplista de las formas rechazando por completo las realistas y naturalistas, solo estaba interesado en la expresión del concepto y el concepto beso debía ser aquí el único protagonista bajo el lema «la simplicidad es la complejidad resuelta».

Beso de Brancusi. Foto: Steven Zucker (CC).

Un beso de pareja es, según Brancusi, la expresión de la unidad y la dualidad, y por ello en algunas de las versiones que hizo llegó incluso a fusionar los ojos de las figuras, todo dependía del material que utilizara y de cómo este se dejara trabajar.

Simbólico e inquietante es el beso que se dan Los amantes de René Magritte, pintado en 1928, en el que una pareja, con identidades ocultas, se besa a través de los paños que cubren sus cabezas. Surrealista, onírico, paranoico, para Magritte el mundo cotidiano, ordinario, es el lugar donde puede ocurrir lo más extraordinario.

Beso de Magritte.

Sin embargo, en este beso falta algo imprescindible: el sabor. Las telas impiden la unión total y hacen crecer con ello el sentimiento individual, no compartido, de los amantes.

En las biografías se cuenta que la madre del pintor se suicidó tirándose a un río y que el hijo estuvo presente cuando sacaron el cuerpo de las aguas; la camisa se le había subido cubriéndole la cabeza, lo que impidió al entonces adolescente ver la expresión del rostro de la madre muerta, de lo que más amaba.

Es posible que en esta pintura hiciera una trasposición de esa imagen en una suerte freudiana de amor edípico, como sugieren casi todos los textos, pero me inclino a pensar que hubo otras motivaciones.

Lo freudiano parece hoy superado por las teorías del apego desarrolladas por John Bowlby, el psicoanalista díscolo que explicaba esa unión primigenia entre madre —o su figura— e hijo como una suerte de vínculo insondable e indestructible, no necesariamente basado en el deseo de poseerla, que determinaría nuestra forma de ser y se reflejaría en el comportamiento —en las relaciones afectivas— a lo largo de la vida, fuera cual fuera el modo en que se desarrolló el apego. Magritte habría desarrollado el sentimiento amoroso más íntimo por encima de la identidad del ser amado en la convicción de que ese es el primigenio, el más auténtico.

No se puede obviar tampoco el peso que pudo tener en el proceso creativo de esta pintura la llamada fantasía del desconocido, que tan bien recogió Stefan Zweig en su novela Veinticuatro horas en la vida de una mujer, publicada en 1926, y posteriormente películas como El último tango en París de Bernardo Bertolucci (1972) o la barroca Eyes Wide Shut (1999) de Stanley Kubrick. Las tres obras hablan de encuentros amorosos en los que la pasión se expresa con fuerza inusitada y no siempre con el deseo de unión eterna que propone el amor romántico; las tres exhiben sin pudor la urgencia y la desinhibición que da el anonimato a un fugaz encuentro amoroso.

El siglo XX vio crecer al individuo sobre la sociedad y, como consecuencia, también sobre la pareja. Es lo que parece contar Magritte en esta pintura: el camino opuesto a la fusión que proponía Brancusi y el rechazo de la ternura del mundo idílico de Klimt.

Tres ejemplos de cómo se puede interpretar el momento beso, tres paradigmas de los sentimientos que lo preceden y de la elaboración teórica que hay antes del punto final, que es, a la postre, la materialización de la obra.

De manera similar definía Antonio Rebollo, el encargado de encender la llama en los JJ. OO. de Barcelona 92, el tiro olímpico: la preparación exhaustiva del tirador, su entrenamiento, la concentración en el objetivo, su mirada y pericia hacen que, al final, el tiro simplemente ocurra.

Así.

Besos, tantas formas para algo tan cotidiano. Será verdad lo que decía Magritte de que en lo ordinario puede ocurrir lo más extraordinario.

Y si el lector ha quedado con ganas de conocer más modelos, además de los romanos, siempre puede acudir a los veintidós que propone el Kamasutra en versión reducida o a los que recoge el Ananga Ranga, manuales orientales para el goce, aunque ambos tratados se centran casi exclusivamente en un tipo, los savia.

La imaginación ya sabemos que no tiene límites, es cuestión de enredar.

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