Por qué creemos en conspiraciones

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Señales (2002). Imagen: Divisa Home Video.

Yo he visto armarse teorías conspirativas. Es quizás lo más divertido que he sacado de internet: ver cómo se levantaban conspiraciones donde yo sabía, con certeza, que no había motivos.

En 2010 me junté con gente que escribía en internet para montar un blog. Nos conocíamos de leernos y dejarnos comentarios —que era una cosa que se hacía—, pero la mitad ni nos habíamos visto en persona. No éramos de una asociación, no compartíamos universidad, ni vivíamos en la misma ciudad. Escribíamos de política con datos y a veces citando papers. Entonces llegó el 15M, la política rejuveneció y se puso de moda, Twitter creció… y de repente nos leía más gente. Nunca mucha, pero más.

Desde el principio empezaron a circular historias locas. Leía teorías conspirativas sobre nuestro «proyecto» —¿qué proyecto?—, sobre nuestra «agenda» —¡¿qué agenda?!— o sobre quién había realmente detrás. Cuando uno de nosotros dejó el grupo, leí una explicación exhaustiva sobre cómo otro compañero, molesto, había logrado que le echáramos. Primera noticia. Una noche, saliendo de un bar en Barcelona, se me acercó un chaval con una pregunta que, me dijo, discutía con sus amigos: ¿quién nos financiaba? Me quedé asombrado; ¿financiar? No teníamos ni gastos ni ingresos. Así se lo dije. No lo vi convencido. Supongo que la verdad era una historia peor: éramos siete veinteañeros que escribían por gusto y por ego. Después hemos sido más cosas, pero fue por accidente. Años después me sigo viendo en historias falsas. Siempre fui escéptico de las teorías conspirativas, pero nunca pensé que las vería en directo.

* * *

Una teoría conspirativa es una explicación que hace referencias a fuerzas ocultas. Sirven para responder preguntas sin ofrecer argumentos, sin pruebas, sin nada. Un atentado, una epidemia y una injusticia pueden explicarse si uno asume que detrás hay siempre voluntad y culpables. La pobreza existe porque alguien quiere. El cáncer no tiene cura porque no conviene. El cambio climático no es un problema, es un invento para dañar a los Estados Unidos.

¿Por qué tienen éxito estas teorías? Localizar un culpable parece ser reconfortante. Como si la idea de un mundo caótico nos incomodase más. Preferimos creer en villanos antes que aceptar que el mundo está, en parte, en manos del azar y la incertidumbre. En cierto modo es comprensible: si existiese un culpable, bastaría eliminarlo para tener una solución.

Pero el motivo principal encuentro que es otro: estas teorías eliminan las dudas. Las personas odiamos las preguntas sin respuesta. Creer en teorías conspirativas es un fenómeno casi religioso. Sus creyentes construyen una cosmovisión donde nada ocurre sin motivo. Cuando las piezas encajan, se cargan de razón. Cuando chirrían, apelan al argumento circular: «Eso quieren que creas». Es un sistema total de pensamiento porque cualquier fisura puede taparse añadiendo un nivel extra de conspiración. Una sucesión de deus ex machina elimina cualquier herejía. Creer es una forma de ver el mundo: «El mejor predictor de creer en una teoría conspirativa es creer en otras teorías conspirativas», dice Viren Swami.

Explicarlo todo está en nuestra naturaleza. En términos evolutivos, debió de sernos muy útil conectar causas y consecuencias rápidamente. Si después de comer unas bayas anaranjadas tuviste vómitos, mejor creer que no fue casualidad. Y, si el ruido en la maleza suena como un león, mejor correr. Nuestro cerebro toma muchos atajos así. Sufrimos también de patternicity, encontramos patrones. Nos pasa mirando ruido: si enseñas a una persona una serie de números aleatorios y le dices que son las ventas anuales de refrescos, encontrará motivos para explicar cada altibajo.

Además, nos embalamos. Cuando tenemos una teoría favorita, por todas partes encontramos nuevas piezas. Es lo que se conoce como sesgo de confirmación: aceptamos mejor la información que confirma nuestros prejuicios (y olvidamos rápido la que los contradice). Lo habréis visto en cosas mundanas. Cuando tu pareja la toma con alguien, por ejemplo. Entra en guerra silenciosa: de golpe todo lo que hace el otro esconde un motivo. «¿Has visto lo que ha dicho? Como queriendo decir…». Y da igual que le expliques que tú crees que no lo decía por eso. «No le defiendas». Cuanto más lo piensa, más encaja todo: «Y fíjate lo que hizo ayer…».

La tentación conspirativa la sufrimos hasta con objetos inanimados. El coche se estropea «justo hoy», pensamos. «Todo me pasa a mí», sentimos. Como si el universo estuviese contra nosotros. Sabemos que no es verdad, pero lo sentimos. Solo pensamos en la suerte cuando nuestra moneda cae del lado desafortunado. Nadie da las gracias por vivir en el mejor de los tiempos, ni por nacer en un país o una familia privilegiada. Todo eso lo pasamos por alto (o peor: lo confundimos con el mérito).

Nadie está salvo de creer en conspiraciones. Hay algunas enormemente populares. Un 16 % de los estadounidenses cree que el 11S fue orquestado por su Gobierno, y un 7 % de la población mundial culpa a Israel. Un tercio de los americanos cree que Obama nació en Kenia, y el 31 % cree que las vacunas causan autismo pero se oculta. En Europa, hay un 22 % de ciudadanos que creen que los muertos del Holocausto se han exagerado. Hay teorías conspirativas para todos: no importan tu edad ni tu ideología.

El éxito de estas teorías a veces nos sorprende, pero quizás no debería. Mucha gente cree en cosas locas. Un 20 % de las personas sobre la Tierra cree que los aliens viven entre nosotros disfrazados. Lo creen especialmente los hombres, los jóvenes y los universitarios.

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26 comentarios

  1. Pingback: ¿Cuál es la mejor conspiración del cine? – El Sol Revista de Prensa

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