«¡Hacedle una foto a Salinger!»

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J. D. Salinger, ca. 1950. Fotografía: Cordon.

Pasaban los años y J. D. Salinger, asediado por el éxito de El guardián entre el centeno (1951), no daba señales de vida; ni publicaba, ni se dejaba ver. En cambio, se sabía que escribía, y que el resultado lo metía en un cajón. Lo admitía en alguna de las pocas entrevistas que concedió a los periodistas que subieron a lo largo de los años a hablar con él a New Hampshire. «Lo único que importa es la escritura», le dijo a Betty Eppes en 1980, cuando aceptó hablar con ella después de que la periodista le dejase una nota explicándole que estaría dentro de un Pinto de color celeste aparcado al lado del puente cubierto que había al lado de su casa.

En 1977, ante un silencio literario que empezaba a durar demasiado, el editor de narrativa de la revista Esquire, Gordon Lish, le escuchó decir a su jefe que no les vendría nada mal publicar un bombazo. Lish era un tipo expeditivo, y a la que pudo —pudo esa misma noche— se emborrachó y escribió «Para Rupert, sin remordimientos»; un relato cuyo título se inspiraba en «Para Esmé, con amor y sordidez», una de las piezas que componen Nueve cuentos, de Salinger. En la revista no lo pensaron dos veces y lo publicaron como «Anónimo» y muchos lectores creyeron que detrás se encontraba el auténtico Salinger.

El estilo lo imitaba burdamente, pero la revista se agotó en los quioscos. Aquel número fue uno de los más vendidos en toda la historia de Esquire. Levantó una gran polvareda. Periódicos, televisiones y radios se referían a todas horas al regreso de Salinger. Esquire había conseguido su bombazo. Pero un día Lish cometió la imprudencia de revelar a Dorothy Olding, la agente literaria de Salinger, que el autor del relato en realidad era él, y al poco, esa confesión se convirtió en noticia de primera plana. Fue otro bombazo, pero al revés. «Salinger me hizo llegar que pensaba que lo que yo había hecho era absurdo y despreciable. Y me dolió, porque a mí no me parecía ninguna de las dos cosas. Lo que yo pensaba era que, si Salinger no iba a escribir más relatos, alguien tenía que escribirlos por él», declaró a Shane Salermo y David Shields, autores de Salinger, una de las biografías más completas y sugestivas sobre el escritor neoyorquino.

Esta anécdota revela hasta qué punto se añoraba leer nuevas historias de Salinger, aunque no fuesen de Salinger. Pero, ¿y ver a Salinger? Esa fue otra obsesión de la prensa estadounidense, que cuanto más se empeñaba Salinger en no ser retratado, y aislarse, más deseaba aquella su fotografía. Es sabido que para la tercera reimpresión de El guardián entre el centeno, como si temiese la fama que se le venía encima, el autor ordenó a la editorial, Little, Brown, que retirase su foto de la sobrecubierta. En cierto sentido, ahí empezó su huida.

Harto de todo, un día dejó su apartamento en el East Side de Nueva York y se fue a vivir a Cornish, New Hampshire, donde adquirió una granja de treinta y seis hectáreas. La casa carecía de tuberías y caldera, y acometió las obras personalmente. En realidad, Salinger no deseaba romper con el mundo, pero sí protegerse de él, para seguir escribiendo con tranquilidad. Cuando supo que la granja vecina se había puesto en venta, y que iban a construir un camping para caravanas, «se horrorizó y se apresuró a hipotecar su propiedad para comprar las tierras y preservarlas», cuenta Kenneth Slawenski en J. D. Salinger. Una vida oculta. Sus vecinos nunca olvidaron ese gesto. Así como una vez había levantado una valla para protegerse de ellos, a partir de entonces estos se unieron para preservar su intimidad de los intrusos.

Los intentos de fotografiar a Salinger poseían a menudo estructura de novela. Newsweek fue una de las primeras revistas que se lo propuso. En 1960 encargó el trabajo a un fotógrafo local, al que en el último momento le faltó ambición. Después de llegar a las inmediaciones de la granja, aparcar su coche y agazaparse, vio aparecer al escritor con su hija. En lugar de fotografiarlo, sin más, se acercó a saludarlo. Salinger se mostró tan cordial, que no se vio capaz de contarle que estaba allí porque Newsweek lo había enviado, así que se fue sin retratarlo. No obstante, la revista reveló que Salinger había construido un búnker para escribir.

Un año después lo intentó Life. La redactora jefa se puso en contacto con Ted Russell, que se encontraba haciendo fotos en las Naciones Unidas. Le explicó que hacía casi diez años que nadie fotografiaba a Salinger, y que le daba tres días para hacerlo; ni uno más. Le pagarían cien dólares por día. Si se cumplía ese plazo y no disponía de la dichosa foto, podía olvidarse.

Russell se pasó dos días y medio esperándolo entre unos matorrales. Llovía y hacía frío, o al revés. Estaba a punto de perder la esperanza. Entonces, apareció. Llevaba puesto el mono que usaba para escribir y trabajar en el jardín. «Estaba tan cerca que me dio miedo que oyera el clic del obturador». Tuvo tiempo a sacar media docena de instantáneas. «Una de mis favoritas es una foto de su perro con el hocico metido debajo de la cerca. Me hizo gracia que Life pusiera al pie: “El perro de Salinger echa un vistazo nada salingeriano por debajo de la cerca”». El reportaje ocupó nueve páginas de la revista.

Definitivamente, no existía el lugar tranquilo. El propio Holden Caulfield lo vaticina cuando señala que no hay forma de dar con un lugar así porque no existe. «Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un joder en la pared».

Pasaron los años y Newsweek quiso volver a la carga. Esta vez envió a Michel McDermott. Era 1979. Salinger había dejado de publicar hacía mucho tiempo. Su última historia, «Hapworth 16, 1924», apareció en The New Yorker en 1965. Cuando el fotógrafo pidió el teléfono o la dirección del escritor, en la revista se rieron. «No es tan fácil —le dijo el director—. No disponemos de información personal… Solamente sabemos que recoge su correo en Windsor, Vermont». McDermott condujo su Volkswagen Rabbit hasta allí y estacionó al lado de la oficina postal. Empleó su paciencia para comer Cheetos y beber Pepsi sin parar, y al fin lo vio llegar. Sus fotos tuvieron gran impacto, y lo mismo ocurrió en 2008, cuando regresó a Windsor e hizo las últimas fotografías conocidas de Salinger antes de morir.

Junto a Life y Newsweek, Time fue la otra revista que publicó un extenso trabajo de investigación sobre el autor de Nueve cuentos. Lo hizo en septiembre de 1961, coincidiendo con la publicación de su nuevo libro, Franny y Zooey, dos relatos que habían sido ya publicados en el New Yorker. Para ilustrar el reportaje, la revista optó por un dibujo imaginario de Salinger.

El gran momento fotográfico en la vida de Salinger se produce, sin embargo, en 1988, cuando dos paparazzi freelancePaul Adao y Steve Connelly— cumplieron a rajatabla las órdenes de los editores del New York Post: «Hacedle una foto». En su perfil sobre Don DeLillo para New Yorker, David Remnick señala que «la razón de que el Post persiguiera a su presa no constituye ningún misterio. Por los motivos que sea, Salinger dejó de publicar hace mucho tiempo, y ha vivido como un prófugo desde entonces. Su retiro se convirtió para los periodistas en una historia que exigía resolución, intervención y exposición». Hicieron su trabajo y el periódico publicó a toda página una foto de Salinger con un puño en alto, como si se dispusiese a golpear la cámara, y bajo un titular exclamativo: «¡El guardián cazado!».

Pero, ¿cómo se hizo esa foto? Paul Alexander, otro de los biógrafos del escritor, cuenta que Adao y Connelly lo abordaron a la salida del supermercado Purity Supreme de West Lebanon, en New Hampshire. Detuvieron su coche al lado de su destartalado jeep, y cuando salía del establecimiento, con el carro de la compra, Connelly se bajó y empezó a disparar su cámara. Salinger estalló de irá, lanzó el carro contra él y se fue a por su compañero, que se encontraba al volante. Le pegó un puñetazo y, en ese momento, Adao obtuvo la foto de la portada. Salinger se tapó la cara y se introdujo en el jeep. Cuando los paparazzi dejaron de acosarlo, increpados por los clientes del supermercado, se fue a toda velocidad. Ya no sabía hacer otra cosa. Su vida era una huida continua, obstinada. Y todo porque un día escribió El guardián entre el centeno.

Los millones de ejemplares vendidos le acarrearon una fama insoportable. Pasó diez años escribiéndolo y el resto de su vida arrepintiéndose.

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