Stanley Kubrick en el CCCB

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Jot Down para CCCB

A mediados de los noventa, en el barcelonés  barrio del Raval, nació el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). Un centro multidisciplinar y museo de arte que convirtió el esqueleto de la histórica Casa de la Caritat, levantada a principios del siglo XIX y en desuso desde los ochenta, en uno de los núcleos culturales más importantes de la ciudad.

A principios de los años cuarenta, en el neoyorquino barrio del Bronx, un hombre llamado Jack Kubrick le regaló a su hijo una cámara de fotos Graflex por su decimotercer cumpleaños para avivar nuevas aficiones en un chaval de notas mediocres que solo demostraba interés por el ajedrez y aquella literatura legendaria que agrupaba tanto los mitos griegos como los cuentos de los hermanos Grimm. Aquella tarde, el chico se aventuró entre las callejuelas del barrio para contemplar lo que le rodeaba a través del visor de su nueva máquina de fotos y desde entonces todo cambió para siempre. Setenta años más tarde, el mundo sigue fascinado por la mirada de aquella persona y su forma de hacer mirar a otros a través de sus creaciones: el imperturbable ojo rojo de una inteligencia artificial omnipotente, los ojos con los párpados pinzados de un conejillo de indias convertido en una naranja mecánica, los ojos congelados de Jack Torrance en el interior de un laberinto helado, los ojos perdidos de un recluta Patoso a punto de cometer una locura o los ojos completamente cerrados de un matrimonio neoyorquino.  

Aquel chico se llamaba Stanley.

Y el legado de su mirada se alojará bajo el techo del CCCB hasta el 31 de marzo de 2019 en la muestra Stanley Kubrick. Una exposición sobre el influyente director que tras visitar Ciudad de México, Seúl, París o Los Ángeles llega a Barcelona adaptada por Jordi Costa, luciendo contenidos inéditos y enorgulleciéndose de su mitomanía: en su interior se acomodan más de seiscientos elementos entre los que figuran documentos personales del director (guiones, investigaciones y correspondencia) junto a proyecciones de las escenas más emblemáticas de su cine, objetos icónicos de sus películas o algunas de sus herramientas de trabajo (cámaras, storyboards, objetivos y maquetas). Un repaso cronológico a uno de los artesanos más reverenciados del mundo que arranca desde el principio: con un niño mirando a través del objetivo de una cámara de fotos.

La mirada inicial

Las instantáneas que, durante los años cuarenta, capturó el joven Stanley le permitieron formar parte de la revista Look, un magacín quincenal que batallaba con la publicación Life a la hora de demostrar paladar exquisito en la selección fotográfica. Mientras militaba en aquella redacción, el chico comenzó a enfocar sus intereses en el mundo cinematográfico, aunque no tenía pinta de director hollywoodiense: «Era un tipo tranquilo, callado, delgado, esmirriado y tan pobre como lo éramos todos», apuntarían sus compañeros de revista.

Fotografia de Chicago para Look, Stanley Kubrick, 1949. Imagen: DP.

Kubrick abrazó la enseñanza autodidacta («La mejor forma de aprender sobre el cine es haciendo cine») y se costeó por su cuenta Day of the Fight, un cortometraje documental sobre el boxeador Walter Cartier. Aquello sirvió de detonador para zambullirse en más proyectos de no ficción (los cortos Flying Padre y The Seafarers), un primer largometraje en 1953 (Fear and Desire) y encadenar películas (El beso del asesino y Atraco perfecto) hasta llamar la atención de la industria y dirigir a Kirk Douglas en Senderos de gloria. Poco después, Douglas colocaría al treintañero Kubrick al frente de la gigantesca superproducción Espartaco, una épica que el actor había puesto en marcha tras envidiar que Charlton Heston se hubiese subido al carro de Ben-Hur. Douglas le había dado la patada al director contratado inicialmente, Anthony Mann, para acomodar a Kubrick en la silla de mandar con la esperanza de que la escala del proyecto sobrepasase al hombre hasta convertirlo en un cabecilla sumiso. Pero ocurrió todo lo contrario: Kubrick quiso hacer suya la obra pese a las restricciones impuestas y su perfeccionismo y cabezonería sacaron de quicio a todo el equipo. El director de fotografía Russell Metty, alguien con más de veinticinco años de experiencia sobre el lomo, se quejó abiertamente de la dictadura de aquel cineasta que daba instrucciones excesivamente precisas y no admitía consejo sobre la luz o la composición. La respuesta de Kubrick fue ordenar a Metty que se sentase en una silla y no hiciese nada durante el rodaje. Un año más tarde, Russell Metty recogió el Óscar a la mejor fotografía por Espartaco.

Desde entonces, cada nueva película de Kubrick encumbró un poco más su prestigio demostrando que saltar entre géneros y universos era una necesidad que avivaba su creatividad: El beso de la mujer araña y Atraco perfecto nacieron rebozadas en el noir, Senderos de gloria ambientó un film antibelicista en la Primera Guerra Mundial, Espartaco asaltó la aventura histórica, la controvertida Lolita adaptó a Vladimir Nabokov, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú introdujo la comedia en la sala de guerra, 2001: Una odisea del espacio se convirtió en un monolito fundamental de la ciencia ficción, La naranja mecánica golpeó con un mundo distópico y ultraviolento, Barry Lyndon transformó el siglo XVIII en un ejercicio de estilo, El resplandor destiló el terror a partir de Stephen King, La chaqueta metálica ennegreció el corazón de los soldados y Eyes Wide Shut jugueteó con el thriller erótico enmascarado.

Kubrick en el CCCB

Kubrick tiene contorno de figura legendaria y genio inabarcable, pero también de mente despiadada y tirana durante los rodajes. Tan inmenso como concienzudo, fue capaz de desquiciar psicológicamente a sus actores (Shelley Duvall), repetir tomas hasta la desesperación (Eyes Wide Shut) o filmar cuatrocientos kilómetros de película para utilizar solo una centésima parte del material (El resplandor).

La exhibición Stanley Kubrick homenajea a ese creador minucioso y obsesivo arrastrado por la necesidad de contar historias. La adaptación para el CCCB de la muestra, comisariada originalmente por Hans-Peter Reichmann y Tim Heptner del Deutsches Filmmuseum de Frankfurt, ha sido llevada a cabo por Jordi Costa. Crítico cultural y amigo de lo contracultural, articulista eminente (Tentaciones, Mondo Brutto, Fotogramas), autor de una docena de libros, figura indispensable de la cultura contemporánea y admirador del séptimo arte. O la persona más adecuada para manejar y comisariar un material tan icónico.

Una instalación audiovisual biográfica sobre Kubrick producida por Manuel Huerga recibe al visitante, junto a la silla del director y las claquetas de La naranja mecánica, 2001, Barry Lyndon o La chaqueta metálica. Se trata del calentamiento previo al viaje a través de una carrera colmada de obras maestras indiscutibles. Un itinerario que arranca con sus inicios como fotógrafo y se detiene en cada uno de sus largometrajes exponiendo una cuidadosa selección de ítems relacionados: las cartas entre Kubrick y Nabokov durante la gestación de Lolita junto a las misivas amenazantes de grupos religiosos tras su estreno. Los maniquíes y uniformes que definieron la impactante puesta en escena de La naranja mecánica. Instantáneas del rodaje de Espartaco que evidencian el detallismo del creador al retratar a montañas de extras cuidadosamente numerados simulando ser cadáveres de guerra. El vestuario de cintas como El resplandor, Barry Lyndon o 2001: Una odisea del espacio. Y una fabulosa colección de herramientas de trabajo del director entre las que figuran cámaras de mano y de estudio, una mesa de montaje, guiones originales, detallados storyboards o el objetivo Zeiss que permitió rodar Barry Lyndon utilizando velas como única fuente de iluminación.

El trabajo inacabado

Existe un Kubrick desconocido que habita en sus obras inacabadas, en las creaciones que se cocinaron durante meses pero no se perfilaron en la pantalla de una sala de cine. Trabajos a los que la exposición del CCCB dedica una sección propia titulada Kubrick inédito, entre los que destacan tres proyectos: Napoleón, Aryan papers e Inteligencia artificial.

Tras el éxito de 2001, el director realizó un trabajo de investigación monumental con la idea de rodar una ambiciosa biografía de Napoleón Bonaparte: revisó todas las películas basadas en el personaje, acumuló y devoró cientos de libros sobre el conquistador, escudriñó pinturas sobre batallas históricas de la época con intención de filmar las contiendas en climatologías similares a las pinceladas sobre lienzos, localizó exteriores, indagó sobre los hábitos alimenticios del general, y configuró un archivo a modo de gigantesca base de datos donde almacenaba cualquier tipo de detalle, por ridículo que fuese, del militar. Napoleón tenía intención de ser «la mejor película jamás hecha» pero lo desorbitado del presupuesto y su escala propició que ningún productor se atreviera a sacar la cartera para financiarla. Aryan papers, un film sobre el Holocausto basado en la novela semiautobiográfica Mentiras en tiempos de guerra de Louis Begley, fue otro de los proyectos que burbujearon en la cabeza del realizador pero no llegaron a convertirse en fotogramas. Una producción, que Kubrick intuía inviable al deducir que hacerle justicia a la tragedia del Holocausto estaba más allá de la capacidad del cine, abandonada definitivamente cuando Steven Spielberg presentó La lista de Schindler. Un puñado de años más tarde, y tras el fallecimiento de Kubrick, ese mismo Spielberg tomaría el relevo de otro proyecto inconcluso del padre de 2001: una cinta de ciencia ficción titulada Inteligencia artificial que reimaginaba la fábula de Pinocho en un futuro de robots y mentes de silicio, una obra planeada treinta años atrás.

La habitación 237 y la ventana imposible

En enero de 2012, un documental titulado Room 237 que tomaba como punto de partida El resplandor fascinó al público del festival de Sundance. Lo maravilloso es que Room 237 realmente no era un análisis sobre el rodaje de El resplandor, y ni siquiera era un documental sobre Stanley Kubrick, era un documental sobre lo que vemos cuando vemos la obra de Kubrick. Aquella película se centraba en los testimonios de varios entusiastas del realizador y el significado que cada uno extraía de la película. Todos ellos entendían a Kubrick como un perfeccionista extremo que quiere transmitir algo con cada pequeño detalle que se asoma por la pantalla, pero al mismo tiempo todos leían en los fotogramas cosas completamente diferentes: uno de los narradores estaba convencido de que aquel film era una metáfora sobre el genocidio de los indios nativos americanos, y apoyaba su hipótesis en fotografías y elementos del escenario tan poco evidentes como las latas de levadura en polvo con penacho indio a modo de logotipo. Otro analista aseguraba que toda la cinta era una confesión velada de que el aterrizaje del Apolo 11 en la Luna durante 1969 en realidad fue una farsa filmada por el propio Kubrick, una teoría amparada en el jersey de la aeronave que luce el pequeño Danny y en cosas tan delirantes como que la cifra 237 (el  número de una habitación prohibida del hotel Overlook) coincide con la cantidad de millas que separan la Tierra de la Luna. Otros narradores conectaron la película con la leyenda de los minotauros a partir del laberinto de setos, dedujeron que en realidad se trataba de una cinta sobre el Holocausto o crearon extraños paralelismos al superponer la cinta sobre sí misma en sentido inverso.

Lo que Room 237 evidenciaba es que el público siempre se ha enfrentado a El resplandor, y a toda la obra de Kubrick, desde cientos de perspectivas diferentes. La propia arquitectura de aquel hotel ha sido objeto de minuciosos análisis al poseer ventanas imposibles que por su ubicación no podrían apuntar al exterior pero lo hacen y pasillos que fluyen obviando los límites del edificio. Detalles que con este realizador nunca son interpretados como un error, sino como una pista, como un camino hacIa algo. Kubrick siempre optó por no explicar el significado de sus películas y que cada uno juzgase por sí mismo, generando sus propios interrogantes y sacando sus propias conclusiones: «¿Cómo íbamos a apreciar La Gioconda si Leonardo da Vinci hubiese escrito en el marco un “La mujer sonríe porque le oculta un secreto a su marido”?». El cine de Kubrick es tan complejo que no solo soporta múltiples lecturas distintas sin resentirse, sino que las agradece. Porque la mirada más importante en el legado de este meticuloso artesano es la del propio espectador, la del visitante que se maravilla al contemplar el hacha que empuñaba Jack Nicholson y la máquina de escribir que redactó su caída hacia la locura en El resplandor, el pelaje de hombre mono y el embrión interestelar de 2001: Una odisea del espacio, las máscaras de Eyes Wide Shut o ese casco que advertía que su portador había nacido para matar en La chaqueta metálica. Hasta el 30 de marzo, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona nos ofrece la oportunidad de convertirnos en esos espectadores.

Stanley Kubrick, CCCB. Hasta el 31 de marzo de 2019.

Stanley Kubrick es una exposición del Deutsches Filmmuseum, Frankfurt am Main, Christiane Kubrick, Jan Harlan y el Stanley Kubrick Archive de la University of the Arts London, con la colaboración de Warner Bros. Entertainment Inc., Sony-Columbia Pictures Industries Inc., Metro Goldwyn Mayer Studios Inc., Universal Studios Inc., y SK Film Archives LLC.

Comisarios: Hans-Peter Reichmann, Tim Heptner, Deutsches Filminstitut (Fráncfort)

Comisario en Barcelona: Jordi Costa i Vila

Diseño de espacios: AV Diseño de Espacios Culturales.

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3 comentarios

  1. The Viking

    Un amigo estuvo hace un mes y me comentó que era fantástica. Visita obligada que realizaré cuanto antes. Tan sólo se trata de uno de mis directores favoritos :)

  2. Jordi_BCN

    Si se quiere ver con todo detalle, una mañana no es suficiente. Yo me quedé en 2001. A partir de La naranja, otro día.

  3. Montserrat

    Estuvimos cuatro horas el domingo y no nos dio tiempo a acabarla. Volveremos el próximo fin de semana. Sólo 2001, Barry Lyndon y La Naranja Mecánica ya merecerían una exposición por sí solas.

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