Calígula, locura y poder en el Imperio

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Calígula, Carlsberg Glyptotek. Fotografía: Richard Mortel (CC).

Calígula se ha convertido en uno de los símbolos de la depravación en la Roma imperial. Gobernó apenas cuatro años (37-41 d. C.), pero la fama de sus excesos le ha servido para ganarse un puesto en la historia. Aunque, hoy en día, los historiadores cuestionan las interpretaciones más estereotipadas de este césar.  

Sexo y poder. Muchos catalogarían así los cuatro años de gobierno de Calígula. La lista de depravaciones y desvaríos que se le imputan es tan variada como uno desee: incesto con sus hermanas, el palacio imperial convertido en un burdel, considerarse un dios, nombrar cónsul a su caballo… Desde los historiadores romanos hasta las series y películas contemporáneas han utilizado estos tópicos para perpetuar la oscura imagen de este personaje.

El problema para conocer qué hay de cierto y de falso en las perversiones de Calígula es la falta de fuentes históricas imparciales. En Roma acusar a alguien de prácticas sexuales excesivamente libertinas era también decir que era incapaz de gobernar adecuadamente.  

En este sentido, conviene remarcar que los testimonios de historiadores romanos que han llegado hasta nuestros días son claramente hostiles. Por ejemplo, Séneca en su obra Sobre la ira le acusa de ser un derrochador y un enfermo sexual. Aunque no hay que perder de vista que este pensador fue acusado de participar en una conspiración contra Calígula.

De igual manera, el historiador judío Filón de Alejandría lo critica en su De la embajada a Cayo y Flaco por querer colocar una estatua suya en el Templo de Jerusalén para ser adorado. Algo que chocaba frontalmente con el estricto monoteísmo hebreo.

Otras dos fuentes romanas que han llegado hasta hoy son Dion Casio y Suetonio. En especial destaca la biografía que el segundo le dedica en su obra Vida de los doce césares. Aunque nuevamente encontramos opiniones interesadas. Ambos historiadores eran nostálgicos de la República, y defendían la posición de los patricios frente a la autoridad más centralizada de los emperadores.

Este último aspecto conviene no perderse de vista. Recordemos que Calígula fue el tercer emperador de Roma. Octavio Augusto había inaugurado el Principado en el año 27 a. C. y aunque el emperador era el centro de poder del estado, aún se mantenía al Senado de la época republicana. Se trataba de una institución simbólica, para mantener cierta ficción de poder entre los patricios. Pero también quedaban muchos nostálgicos que aspiraban a restaurar el poder de la República.

Augusto supo mantener a raya a estos ambiciosos patricios, pero las tensiones y las conspiraciones políticas se exacerbaron durante los gobiernos de Tiberio y Calígula. Curiosamente, dos emperadores que han pasado a la historia con una pésima fama por sus depravaciones.

Por lo tanto, con este panorama, cuesta encontrar una aproximación objetiva a la figura de Calígula. Tampoco ayudan las obras más contemporáneas como la novela y su serie Yo, Claudio o el  largometraje de finales de los 70 dirigido por Tinto Brass. En la actualidad, los historiadores siguen debatiendo sobre qué hay de cierto y de mito interesado en todos los actos depravados de los que se acusa a Calígula.

Uno de los trabajos más recientes y que pretenden arrojar luz es Calígula, el autócrata inmaduro (La Esfera de los Libros, 2012) del catedrático de la Universidad Complutense José Manuel Roldán. Lejos de pretender justificar al personaje se plantean una serie de tesis interesantes, como que estaríamos ante un personaje condicionado por una terrible infancia y juventud.

Cayo Julio César Augusto Germánico, nombre completo de Calígula, era hijo de Germánico, uno de los mejores generales romanos de aquel momento. De hecho, «Calígula» significaba ‘pequeñas sandalias’, y era el apodo que los soldados le pusieron cuando era un niño de corta edad que acompañaba a su padre vestido como un legionario.

Su padre falleció en extrañas circunstancias, hecho que propició que su madre, Agripina, acusara al emperador Tiberio de estar detrás de la muerte. El gobernante se habría querido quitar de en medio a un posible rival por el trono. Esto desencadenó una persecución contra la familia de Calígula que terminó con la muerte de su progenitora y sus dos hermanos mayores, Nerón y Druso.

De este modo y con 18 años, Calígula se convirtió en un rehén en la corte de Tiberio. Allí tuvo que sobrevivir a un emperador al que sus opositores también acusaban de haber perdido la cordura y de entregarse a los placeres más extremos. Entre las apetencias que le atribuían destacaba su afición por bañarse junto a niños de corta edad, a los que hacía juguetear entre sus piernas, y a los que llamaba pececillos.

De hecho y por los avatares de la política, Tiberio necesitaba un heredero que también tuviera sangre de Octavio Augusto en sus venas (la madre de Calígula era nieta del primer emperador). Así que Calígula de rehén pasó a heredero, aunque debía compartir el poder con su primo Tiberio Gemelo.

En el año 37, el emperador fallecía. Tal y como se refleja en Yo, Claudio y como apuntan algunas fuentes, Calígula y el jefe de los pretorianos, Macro, remataron al agonizante césar, ahogándolo con la almohada; al poco de vestir la púrpura imperial también ordenó el asesinato de Gemelo.

Pese a estos siniestros primeros pasos, los historiadores romanos nos presentan un inicio de reinado esperanzador. Calígula aprueba una serie de medidas que otorgan más poder al Senado, y mejora la administración fiscal del Imperio.

Aún con esta buena prensa inicial, el joven emperador dio tempranas muestras de sus gustos por los grandes acontecimientos y festejos. Enseguida se presentó como un gran aficionado a los combates de gladiadores, las carreras de caballos, así como las extravagancias en las fiestas en palacio (como servir alimentos recubiertos de una capa oro).

El descenso a los infiernos de Calígula comenzó tras llevar un año en el trono, cuando comenzó a encadenar una serie de terribles acontecimientos. Sufrió una recaída de su enfermedad, su querida hermana Drusila fallecía (el dolor que mostró sirvió para alimentar las acusaciones de incesto por parte de sus rivales) y tuvo que hacer frente a una conspiración organizada por sus otras dos hermanas.

Para algunos investigadores, su complicada juventud, la carga del poder y estos oscuros eventos fueron nefastos para su salud mental, que terminó por quebrarse. A partir de aquí comenzó su etapa más tiránica, en que hizo valer su lema Oderint dum metuan («Que me odien mientras me teman»). Dos años de gobierno autoritario que terminaron cuando murió asesinado por su propia guardia pretoriana y un grupo de senadores durante unos juegos. Su sucesor fue Claudio, alguien que a priori también parecía más dócil a los intereses senatoriales.

Una de las obras de ficción que inciden en este cambio de comportamiento es la pieza teatral Calígula de Albert Camus, que sitúa el giro depravado del emperador en la muerte de su amada hermana Drusila.

Calígula centró su comportamiento tiránico en su desafío a los senadores. En ocasiones haciendo gala de un siniestro sentido del humor, como con la célebre anécdota de nombrar a su caballo Incitatus cónsul. Normalmente se ha atribuido a la demencia del césar, pero otros investigadores han querido ver una manera de desprestigiar a los patricios, al asegurar que hasta un animal podía ocupar un cargo así.

En este tramo final del reinado es cuando pululan todas las historias turbias. Pero el análisis detallado de las fuentes muestra que no debemos creernos todo. Por ejemplo en el caso tan comentado del incesto. Suetonio es claro en sus acusaciones, y dice que trataba públicamente a Drusila como su esposa. Pero otras fuentes más contemporáneas a Calígula, como Séneca, no dicen nada de relaciones sexuales con sus hermanas.

Otro punto a analizar es su crueldad al asesinar a los rivales políticos. Como por ejemplo el comentado asesinato de Gemelo. Este tipo de violencia era habitual en la cultura política romana, todo dependía de la habilidad política del emperador  que ordenaba las ejecuciones para pasar a la historia con mejor o peor fama.

Por último, no podemos olvidar los presuntos delirios divinos. El tópico se ilustra a la perfección nuevamente en Yo, Claudio donde John Hurt nos mostraba con una magistral interpretación a un césar obsesionado con ser el mismísimo Zeus. Calígula no inventó la divinización, como muchos le han atribuido. Augusto y Tiberio ya se presentaron como dioses en las provincias orientales. Su novedad fue llevar este culto a Italia. Aunque también hay discusión al respecto, ¿se trataba de otra muestra de su locura o era una maniobra política para reafirmar su poder?

Resulta complicado saber qué hay de cierto y falso en estas afirmaciones. Sin duda, Calígula sufría algún tipo de desequilibrio y esto lo llevó a cometer algunos excesos. Pero es complicado hacerse una idea acertada debido a la visión interesada que ofrecen las fuentes que han llegado hasta nosotros. Además, los novelistas y guionistas contemporáneos han visto en esta rumorología una fuente inagotable de inspiración por lo que se ha perpetuado la imagen siniestra de este emperador.

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2 comentarios

  1. Viejotrueno

    Leyendo a Suetonio la conclusión no es que Calígula fuese un loco ni nada parecido, de hecho a Nerón lo pone peor, y en general, de los césares posteriores, salvo Claudio, Suetonio detalla anécdotas de parecida depravación a las de Calígula.
    En todo caso, el verdadero problema de Calígula habría sido el de haber querido acumular demasiado poder en sus solas manos, pasando por encima del Senado.
    Suetonio puede que fuera republicano, pero en sus retratos de los primeros césares siempre comienza con un análisis más o menos pormenorizado de sus aciertos políticos. Y de todos tiene palabras elogiosas en algún momento.

  2. César Augusto

    Si hoy en día tenemos cien formas de ver la política, imagínese hace 2000 años y como nos llegará la información de esas fuentes. Emperadores y aspirantes con sus partidarios. Pero sin duda un personaje curioso, excéntrico y, por qué no decirlo, loco.

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