El Post-it que valió un premio Nobel

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En 1972, el psicólogo Amos Tversky garabateó esto en un papelito:

«La gente predice inventándose historias.

La gente predice muy poco y lo explica todo.

La gente vive bajo incertidumbre, le guste o no.

La gente acepta cualquier explicación que encaje con los hechos.

La gente se esfuerza por obtener información que ya tiene […].

El hombre es un instrumento determinista lanzado a un universo probabilístico».

Cuarenta años después esas ideas ganarán un Nobel.

Tversky no lo supo nunca: murió en 1996 y el premio lo recibió su viejo amigo y colaborador, Daniel Kahneman. Pero creo que Tversky sintió desde el principio que tenían algo entre manos. Esas frases contenían verdades sobre nosotros y nuestros cerebros ancestrales. Imaginad saber algo que nadie más sabe. Pienso en el psicólogo mirando su papelito y me da un escalofrío.

En 1972, Amos Tversky era un listillo. Era un profesor brillante, un genio… y además un héroe de guerra. No debe haber tantos empollones que hayan sacado a un camarada prácticamente de debajo de una granada. «Después de hacer eso —le explicó a un amigo— me sentí en la obligación de conservar la imagen de héroe». Era un tipo admirado, seguro de sí mismo. No es descabellado que mirase aquel papel y pensase en el Nobel.

Quien seguro que no lo pensó fue su coautor. Daniel Kahneman era considerado un tipo brillante por todo el mundo excepto él mismo. Era inseguro. Dudaba de todo. Esa actitud tiene sus ventajas: la colaboración nació porque Kahneman detectó fallos en las teorías dominantes durante una conferencia de Tversky. Pero también tiene un precio: Kahneman dudaba de sí mismo. Por eso necesitaba al valiente Tversky: «Era gratificante sentirme como Amos, más listo que casi cualquiera». Y añadía algo que la mayoría de tímidos podrá entender: «Había algo liberador en ser arrogante».

La historia de Kahneman y Tversky la cuenta Michael Lewis en un libro fantástico: Deshaciendo errores (Debate). Es un libro que contiene dos y los dos me hubiese gustado escribirlos. El primero cuenta la vida de unos jóvenes brillantes en un país a medio hacer, el Israel de los sesenta. El segundo es la historia de un hallazgo que revolucionó nuestras ideas sobre cómo funciona la mente. Como ya conté en otra parte («Defensa de la estadística»), los dos psicólogos demostraron que nuestra intuición falla al pensar probabilidades y hacer predicciones. Las personas somos ese «instrumento determinista lanzado a un universo probabilístico». Nuestra intuición usa atajos cognitivos ancestrales y biológicos. Esos atajos son útiles en general, pero a veces nos llevan a errores severos y sistemáticos.

El embrión de esas ideas estaba en el papelito de Tversky. Me fascina pensar que aquellas intuiciones acabaron por ser confirmadas, difundidas y reconocidas. Su trabajo más famoso, «Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk» ha sido citado 46 000 veces, el triple que los trabajos de Albert Einstein. Es uno de los diez artículos académicos más citados de toda la historia.

Tversky decía que «Una parte de hacer buena ciencia consiste en ver lo que cualquiera puede ver, pero pensar lo que nadie más ha dicho». Eso hicieron él y Kahneman.

Imaginad estar sentado en tu escritorio, entender la naturaleza humana y guardarte el secreto. Me recuerda a Darwin, o al relato sobre Darwin, que descubrió a bordo del Beagle que la vida evoluciona, igual que hacían las rocas, y que no somos el producto definitivo de ningún Dios. Te convences de eso mirando unas tortugas en una isla recóndita. Lo sabes. Nadie más lo sabe. Pero tardas veinte años en escribir El origen de las especies y compartir tu hallazgo con todo el mundo.

Me pregunto si supieron desde el principio que tenían un tesoro en sus cabezas.

Me pregunto si lo sabía Newton, si lo sabía Einstein y tantos otros.

Me pregunto si hay alguien vivo que lo sabe ahora.

Me pregunto, también, cuánta gente lo supo y resultó que no.

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3 comentarios

  1. La semilla del artículo ya está plantada

  2. Pingback: Amos Tversky – Cross Forests

  3. Pingback: Kiko Llaneras. El Post-it que valió un premio Nobel – Cero

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