Matar al crítico (I)

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Sonrisas y lágrimas, la película que Pauline Kael consideraba como «una mentira azucarada que al público le encanta tragarse». Imagen: 20th Century Fox.

El crítico norteamericano Alexander Humpreys Woollcott (1988 – 1947) describió en cierta ocasión una pieza teatral con una frase sublime: «El decorado era bonito, pero los actores se ponían delante».

El hombre más citado del mundo

Woollcott se convirtió en una de las personas más citadas de su generación, suya es la famosa frase «Todo lo que me gusta es inmoral, ilegal o engorda», y amasó una fama descomunal a base de firmar reportajes, columnas y críticas teatrales en medios como The New York Times, New York Herald o The New Yorker. Estamos hablando de alguien que sentenció que «las dos profesiones más antiguas del mundo han sido arruinadas por los amateurs» refiriéndose a las putas y los actores, una persona que definió la urbe de Los Ángeles como «siete suburbios en busca de una ciudad» y un hombre que se fue de este mundo de la manera más teatral posible: sufriendo una hemorragia cerebral durante un programa de radio, segundos después de declarar que «Los alemanes tienen la culpa por lo de Hitler en la misma medida que Chicago es responsable del Chicago Tribune».

La popularidad de Woollcott en vida fue tan elevada como para llegar a empapar al mundo del arte: el protagonista de la obra The Man Who Came to Dinner y un personaje secundario del film Laura (1944) de Otto Preminger están inspirados en su figura y maneras. Durante su carrera como crítico teatral, Woollcott llegó a ser vetado de ciertos teatros y funciones de Broadway pese a su renombre, o más bien por culpa del mismo, pero se estableció como una pieza indispensable de la cultura contemporánea: su reseña positiva de la obra con la que debutaron los Hermanos Marx (la representación I’ll Say She Is) hizo despegar la carrera de Groucho, Harpo, Chico y Zeppo.

Pero lo que más nos interesa ahora es que  Woolcott fue uno de los precursores de un arte curioso: el de elaborar críticas jocosas que infunden en quienes son diana de las mismas unas ganas tremendas de matar al crítico, mientras provocaban carcajadas en el resto del mundo. Woollcott dijo del virtuoso actor y pianista Oscar Levant que «No hay nada malo en Levant, nada que un milagro no pueda arreglar», comparó a la actriz británica Patrick Campbell con un «viejo barco que se hunde mientras dispara toda su munición contra el equipo de rescate», y definió leer a Proust como «meterse en el agua sucia del baño de otra persona».

Alexander Woolcott. Imagen: Dominio público.

Matar al crítico

Desde Woollcott, millones de directores frustrados metidos a periodista y de plumillas de medio pelo han jugado a escribir críticas ingeniosas con ganas de epatar. Y aunque muy pocos se han acercado a la elegante mala baba con la que cargaba el tintero el bueno de Woolcott, muchos han parido críticas que provocan risotadas, especialmente cuando apuntan a los blancos más fáciles y obvios: las películas rematadamente malas. Porque el análisis crítico es algo muy personal, pero lo de descojonarse es cosa de todos.

Al crítico Colin Covert inexplicablemente nadie le ha galardonado aún por su descacharrante manera de definir Abraham Lincoln cazavampiros: «Esto es lo peor que le ha pasado a Lincoln en un teatro desde que fue a ver Our American Cousin». Lindy West escribió sobre Sexo en Nueva York 2: «Entré en el cine en la flor de la vida y salí con una familia de ratones de campo viviendo en el interior de mi tupido bigote blanco. La película tiene una duración excesiva para lo que viene a ser un vídeo casero de gays jugando con Barbies gigantes». Sobre la misma película, Cyriaque Lamar ofreció una reflexión interesante: «Enfrentarse a Sexo en Nueva York 2 como si fuese una comedia romántica significa encontrarse con una película terrible, estúpida y que supone una inversión total de todo lo que fue la serie. Pero cuando Sexo en Nueva York 2 se contempla como un film de ciencia ficción resulta subversivo, elegante y escalofriante. Al igual que ocurría con la isla de Perdidos, nunca llegaremos a saber cuál es la verdadera identidad de Nueva York. ¿Es un programa de realidad virtual? ¿Un dios malévolo e interdimensional? ¿Se trata de Satán?».

William Bibbiani sentenció que «Venganza 3 hace que Venganza 2 parezca Venganza». Eric D. Snider dijo que aquella película llamada Unos peques geniales 2 y protagonizada por una tropa de churumbeles en pañales «no podría ser peor ni aunque hubiese sido escrita y producida por auténticos bebés, y me estoy refiriendo a bebés retrasados que odiasen el cine». James Agee señaló que en Hombres de presa, una cinta del 47 protagonizada por John Wayne, «se ha utilizado mucha dinamita, pero no la han puesto debajo de las personas que se lo merecían». Mark Kennedy definió Bright como «lo que ocurre cuando Harry Potter vomita sobre una peli de polis». Devin Faraci puntuó el remake de Halloween de Rob Zombie otorgándole un «Que te follen» en una escala del cero al diez. Sean OˈConnell optó por analizar Garlfield: la película comparándola con otro engendro para niños con un felino odioso interpretado por Mike Myers: «Es ligeramente mejor que El gato, aunque eso sea como decir que la asfixia es mejor que ahogarse». Marc Salov reseñó Crepúsculo remarcando «He tenido picaduras de mosquito que eran más apasionantes que este pseudoromántico plagio de Romeo y Julieta sin gracia y fuera de lugar».

Mamma mia!: «Hace que los Teletubbies parezcan La Ilíada». Imagen: Universal Studios.

Ben Muller valoró con gracia las capacidades interpretativas del protagonista de xXx: «Puede que Vin Diesel sea el primer actor en la historia del cine que es superado por sus propios tatuajes, porque ellos transmiten más emociones que él». En The Spectator, Stephen Pollard escribió sobre Mamma mia!: «Dirigida y cantada como si alguien estuviese torturando a un montón de ratones, hace que Los Teletubbies parezcan La Ilíada». Maddox se cubrió de gloria en su blog al calificar el remake de El amanecer de los muertos (2004) de Zack Snyder como lo mejor que se había estrenado en 2005: «Esta peli patea tantos culos que han tenido que importar cólones de otros países para satisfacer la demanda». David Germain remató El exorcista: el comienzo con un «Esto no es horror, esto es sadismo». En Rotten Tomatoes el consenso de los críticos sobre Emoji: la película es el emoji de la señal de prohibido. El cómico Vince Mancini escribió en su crítica de Tomorrowland: «Es difícil disfrutar de los jet packs y las pistolas de rayos de Tomorrowland cuando todo está construido sobre una base tan moñas: “Tus sueños más fantásticos se convertirán en realidad, solo tienes que cree-QUE TE JODAN. QUEEEEEEE TEEEEEEE JOOOOOODAAAAAN». En Half in the Bag, un programa online protagonizado por dos falsos técnicos de VHS que reseñan películas, hicieron la crítica a Movie 43 sin ni siquiera ver la película e inventándose su contenido, pariendo una review que resultó ser más graciosa que toda Movie 43.

Esta promo de Emoji: la película viene a resumir de manera bastante certera la opinión de la crítica. Imagen: Columbia Pictures.

Charlie Jane Anders redactó una review pasada de vueltas sobre Transformers: la venganza de los caídos para el portal Gizmodo: «La gente no entiende que esto no es una película en el sentido convencional. Es un aluvión a los sentidos, una tormenta de imágenes loquísimas. Imagina que viajas en el tiempo hasta finales de los sesenta para encontrarte con Terry Gilliam recién salido de hacer animaciones lo-fi para los Monty Python. Y que le enchufas tantos esteroides como para encoger su pene hasta el tamaño de un folículo piloso, luego le metes docenas de tabletas de LSD debajo de la lengua, y después le das como presupuesto el PIB de un puñado de países subsaharianos. Con todo eso, Gilliam habría parido una película que no sería muy diferente de esta». Johnny Oleksinski se bajó los pantalones para defecar sobre Gotti con maneras mafiosas: «Preferiría despertarme junto a la cabeza decapitada de un caballo que volver a ver Gotti. La peor película del año (2018), el esperado biopic sobre el jefe mafioso de la familia Gambino, vio la luz tras sufrir ocho años de producción, cuatro directores distintos y cuarenta y cuatro productores. El resultado final merece estar en el fondo del río, metido en un cubo de cemento».

En The Boston Globe, Wesley Morris reseñó Llamada perdida hablando de los modales que le acompañaban en la sala: «El chico que tenía delante se tiró toda la película jugando al Tetris en el móvil. Pero la película no me interesó lo suficiente como para pedirle que parase, ni que se buscase otro juego más chulo». Barbara VanDenburgh recurrió a la ufología para explicar El muñeco de nieve: «Es como si unos alienígenas hubieran estado estudiando nuestra civilización e intentasen hacer su propia película para comunicarse con nosotros. Este simulacro contiene todos los requisitos básicos de una película, pero la humanidad del mismo se ha perdido durante la traducción». Keith Phipps reconoció que «Catwoman podría haber sido peor, pero solo si se hubiese incluido un cameo de Tom Green o si un horrible accidente le hubiese prendido fuego a todos los actores». Y el ficticio Peter K. Rosenthal (que en realidad es el actor Ron E. Rains interpretando a un crítico de cine) en sus reviews cinematográficas para la revista cómica The Onion siempre abraza el delirio: «Cincuenta sombras liberadas me ha llevado a la conclusión de que estoy muerto. Estoy muerto y como castigo por mis pecados me veo atrapado en esta especie de purgatorio donde me toca reseñar una y otra vez todas estas franquicias desechables y sus secuelas del montón».

La mejor aportación de la saga Transformers al mundo del cine ha sido lograr que los críticos elaborasen continuamente maneras creativas de ciscarse en ella. Imagen: Paramount Pictures.

En 1994, un anciano de setenta y tres años llamado Alvin Boone Straight recorrió montando en su cortacésped más de trescientos ochenta kilómetros entre Iowa y Wisconsin para visitar a su hermano enfermo. En 1999, David Lynch sorprendió a todo el mundo al salirse por completo de sus universos personales para dirigir Una historia verdadera, un film convencional que narraba en el viaje de Straight a lomos de la maquinaría de jardín. El crítico inglés Mark Kermode apuntó que la mejor reseña de una película que había escuchado eran las cinco palabras con las que su colega David Cox, periodista de The Guardian, se atrevió a etiquetar el film antes siquiera de haberlo visto, mientras ambos tomaban asiento en el preestreno. Aquellas cinco palabras fueron «Forrest Gump en un tractor». A Kermode esa crítica en forma de reduccionismo absurdo le parecía especialmente graciosa y cínica, pero Cox se arrepintió de haberla espetado (porque en realidad disfrutó de la película durante aquella proyección) cuando su frase se hizo viral, por culpa de un Kermode que siempre la ponía como ejemplo.

Pauline Kael

El editor del magacín City Lights escuchó a la californiana Pauline Kael (1919 – 2001) discutir con un amigo sobre cine y la invitó a colaborar con una crítica en su revista. A Kael le tocó evaluar Candilejas (Limelight) de Charles Chaplin y la mujer decidió entrar en el mundo de la prensa por la puerta grande: apodando la película con sorna como Slimelight y describiéndola como «la más opulenta demostración de autosatisfacción desde que Huck y Tom Sawyer asistieron a su propio funeral». Desde entonces se dedicó profesionalmente a la crítica cinematográfica y paseó su firma por diferentes medios hasta acabar asentándose en The New Yorker. Su enfoque se pasaba por los ovarios la objetividad y apostaba por las reseñas hechas con el corazón, por la mordacidad sin rehenes, por no avergonzarse de la moralidad con la que se enfrentaba a cada película e incluso replantearse su propia percepción de dicha moral: le cabreaba el cine victimista porque creía que no había que confundir una causa noble con la calidad de la película que la utilizase como argumento. Y al mismo tiempo también repudiaba el mensaje de derechas que respiraba debajo de cierto tipo de cine de acción, definió Harry, el sucio como «fascismo medieval», pero no se cortaba si tenía que alabarlo: sobre Perros de paja de Sam Peckinpah escribió «Es la primera película estadounidense que puede considerarse como una obra de arte fascista».

Pauline Kael. Imagen: 29pictures.

Kael afirmaba que las películas raramente eran geniales y por eso mismo era necesario apreciar aquellas que eran basura fabulosa, y su pluma tenía caña para repartir entre todos. De Sonrisas y lágrimas dijo que era «una mentira azucarada que a la gente le gustaba tragarse» y los rumores aseguraban que aquello provocó su despido del magacín McCall’s, encontraba ridículo el papel de Rutger Hauer en Blade Runner, describió Nada en común como «Una peluca ideada para parecer una calvicie», definió El coloso en llamas como «Un espectáculo chatarrero de feria, una cámara de los horrores con esqueletos saltarines», sobre La guerra de las galaxias consideraba que «Lo único bonito que tiene es una doble puesta de sol» y en su reseña de Bailando con lobos apuntó que «Kevin Costner tiene plumas en el pelo pero también en el interior de su cabeza». Sus textos pusieron a caer de un burro cintas como En busca del arca perdida, Persona, Farenheit 451, 2001: una odisea del espacio, Lawrence de Arabia o ¡Qué bello es vivir! pero al mismo tiempo encumbraron The Warriors, Carrie, El jovencito Frankenstein, Brazil, Taxi Driver o El último tango en París. Cuando redactó una reseña negativa sobre La naranja mecánica también recordó a sus lectores que la violencia del film tenía todo el derecho del mundo a existir porque ella no creía en la censura y en su ensayo Miedo del cine cuestionó a todos aquellos espectadores que eludían la violencia en la pantalla y desaprobó abiertamente el arte plácido.

Lo importante es que sus críticas eran absolutamente sinceras sin pomposidades o actitudes impostadas, y eso la hacía grande. Su reseña de El limpiabotas de Vittorio de Sica dejaba de lado la objetividad cinematográfica y el análisis de su técnica para cubrirse por completo y de manera espectacular de las propias entrañas de la escritora: «Asistí a la proyección tras una de esas peleas de enamorados que dejan a uno en un incomprensible estado de desesperación. Salí del teatro cubierta de lágrimas y escuché la voz petulante de una colegiala que se quejaba a su novio diciendo “No veo qué tiene de especial esta película”. Caminé por la calle, llorando a ciegas, sin saber si las lágrimas eran por la tragedia en la pantalla, por la desesperanza que sentía por mi situación o por lo que me perturbaba pensar en aquellos que no eran capaces de experimentar lo extraordinario de El limpiabotas. Porque si la gente no es capaz de sentir El limpiabotas ¿qué puede sentir? Más tarde descubrí que el hombre con el que me había peleado también había visto aquella película esa misma noche, y también había salido llorando del cine. Sin embargo nuestras lágrimas, las derramadas por el otro y las derramadas por la película, no nos unieron. La vida es, como lo demuestra El limpiabotas, demasiado compleja para los finales fáciles».

Los textos de Kael la convirtieron en estrella y en una personalidad respetada dentro del ecosistema cinematográfico. Prefería sentarse ante las películas en las sesiones para el público en lugar de en aquellas destinadas a los pases de prensa, fue la némesis de Clint Eastwood, escribió un extenso ensayo sobre Bonnie y Clyde con el que redefinió la labor del crítico de cine y los libros que publicaba trepaban rápidamente en las listas best-sellers. El párkinson la alejó de la prensa a principios de los años noventa, pero no de la fama: cuando Wes Anderson rodó Academia Rushmore, el hombre se emperró en proyectársela personalmente a Kael para conocer su opinión. Su relato de cómo tuvo lugar el encuentro y la proyección es una pieza deliciosa que se publicó en The New York Times (se puede leer aquí mismo). En aquel 1999 Anderson se presentó en casa de Kael y estrechó su mano mientras añadía un cumplido: «Es un verdadero placer conocerla. ¿Cómo está?». Ella respondió a la pregunta de cortesía con un: «Vieja».

Como ocurre con todas las leyendas, Pauline Kael fue objeto tanto de amores como de odios: Owen Glibeman la llamó «El Elvis de la crítica cinematográfica», Woody Allen dijo que «Tiene todo lo que necesita tener un gran crítico, excepto criterio», Quentin Tarantino considera sus escritos una influencia tan importante como la de los propios directores de cine, un excelso lector de The New Yorker remitió una enfurecida carta a la revista en la que definía la participación de Kael en el magacín como «una persona que se pasea entre las páginas de la revista con unas botas de cowboy cubiertas de mierda» y Rogert Ebert se atrevió a honrarla tras su fallecimiento al describirla como una de las influencias más positivas para el mundo del cine de las tres últimas décadas: «Pauline no se sometía a la teoría, a las reglas, a las pautas o al estándar objetivo. No era posible aplicar su enfoque en una película. Con ella todo era personal».

(Continúa aquí)

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3 comentarios

  1. Castorp

    Buen artículo, pero hay una errata en la fecha de nacimiento de Woollcott (a no ser que éste tuviese acceso a una máquina del tiempo XD)

  2. ¡Boyero!

  3. Siempre le he tenido cariño a esta crítica de Inland Empire

    https://www.espinof.com/criticas/inland-empire-lynchodrio

    Y a ésta de Blancanieves y la Leyenda del Cazador

    http://www.lashorasperdidas.com/index.php/2012/06/01/blancanieves-y-la-leyenda-del-cazador/

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