«¡VAFFANCULO!»

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Los Soprano (1999–2007). Imagen: HBO.

Tony Soprano, salvo por algunos matices, es un hombre perfectamente común, de quien el mundo tuvo noticias el 10 de enero de 1999, hace justo veinte años, cuando HBO emitió el primer episodio de Los Soprano. La serie marcó el inicio de una era dorada, ejerciendo gran influencia en la televisión que se hizo después. Preguntado en The New York Times hace unos días por qué influencias eran esas, David Chase, creador de la serie, apuntó en primer lugar «al uso de un héroe profundamente imperfecto y sus problemas». Chase buscaba «cambiar las cosas» que se hacían en televisión. «Hay una canción de Elvis Costello donde dice: «Quiero morder la mano que me da de comer. Tengo muchas ganas de morder esa mano». Esa es la forma en que siempre me sentía al trabajar en las cadenas de televisión, y creo que al final la mordí», añadía.

El héroe imperfecto que representó James Gandolfini (fallecido en 2013) lo es de tal forma que podría ser nuestro primo, nuestro tío segundo, nuestro padre. Incluso uno de nosotros en persona. Tony Soprano soy yo, usted, él. Tony es inseguro, gordo, calvo, impulsivo, cínico, violento, frágil, leal, comprensivo, prosaico… Incluso usa camiseta de sisas. No se puede ser más común, más como usted o como yo. Ninguna condición aislada lo define. Él es todas las condiciones, a menudo contradictorias. Cuando lo observas, reparas en que dirige la mafia de New Jersey, claro, pero en realidad a ti te impresiona más que es un pobre desgraciado con tus mismos conflictos emocionales. Es un ser imperfecto.

Nos sentimos cómplices de Los Soprano porque sus ochenta y seis capítulos recrean eso que tanta satisfacción proporciona al público contemporáneo: la pasión por lo íntimo. Cuando nos sentamos ante la serie vemos la mafia por dentro, haciendo vida doméstica, mezclada con los negocios. Y nos gusta. Tony está muy lejos de los héroes y los antihéroes de la Cosa Nostra, poco acostumbrados a reflexionar sobre sus contrariedades en voz alta. Los mafiosos de ayer son tipos que callan y mastican los silencios como si fuesen piedras, sin gesticular. Tony es un individuo atribulado, que no se siente atado por la omertá cuando se somete a su psiquiatra para tratar sus ataques de pánico. Pertenece a la vieja escuela, pero su personaje se sitúa fuera de las leyes del pasado. Aquellos códigos de antes, el honor, la forma de existencia de los gánsteres de otras décadas, ya soo constituyen parte de su vida en forma de películas en blanco y negro, que le gusta ver cuando se siente ligeramente triste. «Pienso en mi padre. Él nunca llegó a la altura que estoy yo, pero de muchas maneras, él estaba mejor. Tenía a los suyos. Ellos tenían sus normas. Tenían su orgullo ¿qué tenemos hoy?», se interroga en la consulta de la doctora Jennifer Melfi.

Hay una cercanía en él que vence cualquier suspicacia que pueda generar el crimen organizado, que, después de todo, no es tan organizado. Cuando se siguen las seis temporadas de Los Soprano se acaba por admitir que ser de la mafia no es tan malo como parece. El personaje de James Gandolfini es uno de esos tipejos que reafirman tu fe en aquella bella idea, vagamente arriesgada, que expone Henry Hill en Uno de los nuestros, de Martin Scorsese, cuando asegura que «ser gánster es muchísimo mejor que ser presidente de los Estados Unidos». Hill deseaba convertirse en uno desde «antes de acudir por primera vez a la parada de taxis buscando un trabajo para después del colegio». La frase poseía fuerza, el deseo era audaz, pero a ti te quedaban dudas sobre si convertirte en gánster no te convertiría en una persona indeseable, inmoral, que a la larga tendría problemas con la ley. Pero en esto, llegó David Chase y creó a Tony Soprano, alguien hecho a tu semejanza, atrapado en los mismos problemas domésticos y frustraciones diarias, si descontamos las horas que dedica al crimen.

Es cierto que engaña, extorsiona, ordena asesinatos, incluso mata personalmente, pero todas sus fechorías se diluyen entre sus otras facetas, tan humanas. Me recuerda a Crímenes ejemplares, de Max Aub, donde cada homicidio parece estar bien cometido, y siempre hay algo de necesario en la maniobra de matar. El lector se siente más próximo al verdugo y aplaude la espontaneidad con la que se deja llevar. Es una cuestión de narración. En cierto modo, la retórica es una herramienta para justificar cualquier cosa, en especial si es injustificable. Cuando el jefe de los Soprano se encarga de un asunto con sus propias manos es imposible no asentir y susurrar: «Bien hecho, Tony. ¡Vaffanculo!».

Qué importa que sea un asesino, si en parte es como nosotros, y viste esos polos grises e inhóspitos, o sale a recoger cada mañana la prensa en bata de casa, descalzo. Tony no congenia con su madre, frecuenta el psiquiatra, se atraca cuando abre la nevera, padece problemas de sobrepeso, sufre una hija adolescente y un hijo inútil, madruga poco, se levanta con resaca, discute por dinero… ¿Es que todo esto no cuenta? Naturalmente que cuenta. Desde luego que cuenta. Por eso Tony encarna a un antihéroe amado. Estamos de su parte haga lo que haga. El crimen organizado en el estado de Nueva Jersey adquiere en Los Soprano tintes de duro y sacrificado trabajo, como si bastante tuviese con lo suyo. En el fondo, no es muy distinta la mafia de la abnegada clase trabajadora, víctima habitualmente de tantas injusticias.

Los Soprano (1999–2007). Imagen: HBO.

Un mafioso es alguien que, por culpa de sus negocios, tiene problemas con la ley y la autoridad. No es el caso de Tony, al menos en un sentido estricto. Su relación con el FBI, salvo algunos escarceos, es de darse los buenos días, incluso de dispensarse cierto cariño mutuo, pese a las diferencias. Baste ver la última temporada de la serie, cuando el jefe de la familia colabora con los federales en la lucha contra el terrorismo islámico. Por lo demás, los agentes se limitan a atornillar el entorno de Tony, aunque sin conseguir que ningún arrepentido proporcione una información que haga tambalear al capo.

Sus problemas más complejos y enquistados, y lo que lo distingue de capos de otra época, tienen que ver casi siempre consigo mismo. En los negocios va tirando. En lo personal, da tumbos todo el tiempo. «Tengo el mundo cogido por las pelotas y no dejo de sentirme como si fuera un puto pringado», lamenta. Su tendencia a precipitarse a la depresión y sentir que la vida es una mierda recorre las seis temporadas de la serie. Todo arranca, de hecho, en la consulta de la doctora Melfi, a trescientos dólares la sesión.

El tratamiento de sus ataques de pánico, incompatibles con el puesto de jefe de la mafia, por razones obvias, y el sentimiento de que «lo mejor ya ha pasado», lo abocan a terapia. «Como muchos otros norteamericanos», le tranquiliza la doctora Melfi. Todos somos Tony Soprano, y estamos de mierda familiar hasta arriba, que se acumula desde la infancia. Es así que, sesión a sesión, emerge lentamente la figura de una madre castrante. La visión del mundo del hijo es deudora de la óptica desoladora con la que Livia Soprano lo ve todo. En una de las secuencias, en las que la anciana se dirige a su nieto, le da un consejo esclarecedor de su carácter: «El mundo es una jungla. Y si quieres mi consejo Anthony, no esperes felicidad. Te abandonarán, tus amigos te traicionarán y nadie recordará tu nombre. Morirás en tus propios brazos». Este desapego y maternal fatalismo, resumido en su frase fetiche —«Ojalá el Señor me lleve pronto»—, consumen al hijo. Y entonces Tony busca refugios desde los que sentir que en esta vida aún hay esperanza. Un día se compra un caballo de carreras, con el que simpatiza; al siguiente, necesitado de estrechar puentes con su esposa, de la que se aleja lentamente, se presenta con un abrigo de visón; al otro, víctima de las contradicciones, se cita con una de sus amantes en su barco; al siguiente se entiende con unos patos que aparecen en su piscina; otra jornada se juega su fortuna a la ruleta. Cuando todo se tambalea, aún tiene el comodín de la comida.

Nadie en la televisión —si descontamos a Homer Simpson— come con la pasión de Tony Soprano. La comida de los domingos, en familia, es sagrada. Podrá ser un criminal, podrá odiar a su madre, podrá carecer de un sentido ético. De hecho, cuando una de sus amantes le pregunta si acaso tiene ética, él afirma que no entiende de eso, pero «tengo normas». Comer en familia, y hacer como que todo va bien es la más inviolable. Tony come a todas horas. Come los zitis al horno o el pollo cacciatore que prepara Carmela. Come los cannolis de ricota en el restaurante de su amigo Artie Bucco. Come albóndigas con tomate en casa de su hermana. Come bollos en el Bada Bing o en el Satriale’s. Y naturalmente, bebe, al igual que todos nosotros.

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13 comentarios

  1. David A.

    Me gustaría preguntarle a Juan Tallón si ha vuelto a ver la serie hace poco o solo escribe desde el recuerdo, porque yo, un fanático de The Wire que tenía pendiente Los Soprano desde hace años por la frecuente rivalidad que se suele establecer entre ambas series, me he atrevido este año con ella y creo (y digo creo porque nunca sabré ya la impresión que me hubiese causado verla recién salida del horno) que es un producto que ha envejecido tremendamente mal. Las primeras temporadas parecen escritas sobre la marcha (la facilidad con que solventan la muerte de Nancy Marchand es una clara muestra de la carencia de rumbo de la serie en sus inicios -o de la poca relevancia de este-), presenta continuamente algunos agujeros de guion antológicos y (practicamente todos) los personajes me han parecido repugnantes en todos los sentidos.

    Donde usted ve en Tony a una persona «perfectamente común», yo solo he podido ver a un monstruo. Un sociópata impulsivo que solo actúa en relación a sus caprichos, incapaz de empatizar con nadie. Pero esa monstruosidad no generó ningún tipo de «admiración» por mi parte, como la que se pueda tener por Vito Corleone (que yo tampoco comparto, pero puedo entender), dado su aura cuasi mítica de mafioso de otros tiempos, pues Tony es un ser tremendamente ordinario y vacío, glotón, grotesco… un asco de personaje maravillosamente interpretado por Gandolfini, pero un asco de personaje al fin de al cabo (opinión que el fin de Moltisanti me terminó de confirmar).
    Solo diré que en la escena final me hubiera encantado ver cómo le acribillaban a él y a su mujer choni-florero, a su frívola e interesada hija y a su inepto, irritante y extremadamente odioso hijo.
    «Entonces los personajes te hicieron sentir cosas», se podría argumentar. Sí, pero cosas que no me aportan nada. El mundo está llena de gente asquerosa, y no necesito ver una caricatura hipertrofiada de este en la pantalla. Y, personajes aparte, estamos ante la serie con ínfulas con la trama más banal y endeble que he visto.

    No sé, mi decepción con ella ha sido tan grande que vivo con miedo a atreverme a volver a ver The Wire, no vaya a ser que el tiempo la haya tratado igual de mal. Pero lo dudo.

    • Puede respirar tranquilo, yo veo The Wire casi todos los años y envejece genial. Con respecto a Los Soprano, la he visto tres o cuatro veces y las impresiones que tienes sobre Tony son las que saqué yo en el último visionado.

    • Allan Labana

      No lo sé, realmente creo que es cuestión de gustos lo del personaje de Tony. Yo por mi parte no pude simpatizar demasiado con Walter White (que la gente adora) y por el contrario pude simpatizar con Tony aunque sé que si lo viera en la calle lo aborrecería por completo. Pero aunque me encanta Los Soprano yo también prefiero a The Wire, y sin duda envejece muy bien. De hecho su radiografía de la sociedad está más vigente que nunca (para bien o para mal).

      • Personalmente no compararía las dos series de manera absoluta. The Wire plantea un esquema narrativo que funciona desde «fuera hacia dentro», esto es, enseñando las normas del Estado en sus modos político y policial junto a las del hampa y la progresiva transformación de sus normas y formas de operar. Es, a mi parecer, una serie de observación sociopolítica que en cada temporada se las arregla para mostrar una nueva faceta del fallido «sueño americano». La humanización y los conflictos éticos, emocionales, etc., de sus personajes principales -empezando por Mcnulty- no hacen más que urdir la implicación del espectador con el plot -la concatenación de los hechos- y la puesta en escena que, en el caso de The Wire, es de un realismo y verosimilitud pocas veces logrado en la televisión (y ni hablar de algunos diálogos y escenas que son de antología) Los Soprano, en cambio, funciona desde «dentro hacia fuera», vale decir, más que un relato de observación sociopolítica es, en mi opinión, una serie que explota la idea de la familia como núcleo psicosocial. A diferencia de The Wire, en Los Soprano los personajes, sus emociones y acciones, sí que representan el caldo de cultivo que vemos «hervir» temporada tras temporada (y no el sistema político económico como lo es en The Wire). Baste para ello una de las escenas arquetípicas de la serie: el capo frente a la psiquiatra. Quien no haya visto las sesiones de psicoterapia de Toni y la Dra. Melfi como motor narrativo y erótico de la serie, se ha perdido una buena parte de la innovación que Los Soprano imprimieron al género de Gánsters.

  2. Escatol

    ¿Trescientos dólares la hora, la consulta de Melfi? ¿Quién es aquí el gangster?

  3. Coincido contigo en lo de la muerte de la actriz de la madre de Tony Soprano, pero únicamente en el punto de que la escena chirría por su cutrez (no soy muy fan de los retoques digitales, sobre todo si «cantan» demasiado).
    Quitando eso, me pareció algo natural y acertado. En ese caso coincidió la vida real con la ficción, el personaje fallece de improviso y poco más hay que decir.

    Desde luego sí comparto contigo tu gusto por The Wire, que solamente vi una vez hace ya varios años y estoy deseando volver a disfrutar. Para mí, junto con Deadwood, conforman santísima trinidad personal del entretenimiento, ¿por qué rivalizar entre ellas?

  4. Eduardo

    Si eres capaz de decir eso de Los Soprano en una respuesta a una magnífica entrada es que no entendiste nada de The Wire. Supongo que algunos pierden más lento.

  5. Josele

    Obra maestra. Junto a The wire, una perfecta descripción del mundo interior y del exterior. Del universo.

  6. Es la mejor serie que he visto. Algunos pueden juzgar al personaje, o a los personajes (casi todos bastante odiosos), decir que empieza titubeante, lo que se quiera. Pero la sensación de verdad, de que la vida, la pérdida de ilusiones, la deslealtad, la falsedad de las ideas que nos hacemos sobre nosotros mismos o nuestro pasado, la vejez, los amigos que van dejando de serlo, la incapacidad que todos tenemos de escapar de nuestras vidas, aunque queramos… la sensación digo que dejan sus seis temporadas es eterna. El juicio que nos hacemos de los personajes, tan drástico, demuestra cuánto hay de arte narrativo y de verdad en los Soprano.
    Me gustó The wire, Mad men, Deadwood, The night of, me gusta muchísimo Fargo. Pero no hay nada como los Soprano, que además no decae en ningún momento.
    Gloria eterna a Gandolfini.

  7. Similitoff

    Alain Delon + Brad Pitt: Benicio Del Toro

    • Maestro Ciruela

      ¡Oiga, pues es verdad! Ayer pesqué no sé si en Netflix o en Movistar, un film del 2015 con Brad Pitt y su todavía entonces esposa Angelina Jolie que se titula «By the sea» y en donde el primero quiere ser Alain Delon y la segunda Mónica Vitti o vaya usted a saber. En lo de Benicio y Brad sí que ya había caído hace tiempo pero la semejanza con Delon solo la experimenté con este film.

  8. Antonio Cadarso

    Los Soprano es y será siempre la mejor serie de televisión de la historia. Period.

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