¿Cuál es el disco más sobrevalorado de la historia?

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Discutir sobre música es similar a discutir sobre religiones, fútbol o platos regionales. En cuanto alguien ofrece la más mínima señal de demostrar poco aprecio por el paladar ajeno la cosa suele degenerar en proposiciones escatológicas lloviznando sobre árboles genealógicos, aspavientos airados, gestos obscenos, armas blancas esgrimidas a la altura de algún órgano muy útil y sangre derramada. En el fondo, la asimilación del arte es siempre tan objetiva como para tensar las entrañas cuando la gente se dedica a derribar a nuestros dioses o, peor aún, a triturar a nuestros discos y artistas favoritos. En el mundo de la música hay mucho álbum que visto en perspectiva y regurgitando mala baba a lo mejor tampoco necesitaba ser elevado tan unánimemente a los Olimpos Sonoros. La pregunta de la encuesta es sencilla y va cargada de buenas intenciones: de entre algunos de los discos más conocidos de la historia ¿cuál es el más sobrevalorado? Si su ejemplar favorito no se encuentra en la lista no dude en hacérnoslo saber en los comentarios, y ganarse un montón de amigos en el proceso.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Sex Pistols  – Nevermind the Bollocks, Here’s The Sex Pistols

Las correrías de los Pistols tenían gracia en el 77, cuando lo del punk era un escándalo y no el equivalente británico y turístico-folclórico de la sevillana y el torito de plástico españoles. Pero tampoco es que se haya perdido mucho, porque una apisonadora circulando sobre una hilera de gatitos produce sonidos más melódicos que la banda en su días más afinados y el mundo de la moda actual ha dejado en bragas lo rompedor de los pelos alquitranados y la vestimenta circense de los punkis. En el fondo, la censura fue la culpable de convertir el disco en un éxito (por culpa de su título la grandes tiendas se negaron a venderlo y en los tops de ventas figuraba un espacio en blanco donde debería de estar su nombre) y hoy en día la mayoría de la gente comienza a transpirar sangre cuando trata de recordar algún tema del disco que no sea «God Save the Queen» o «Anarchy in the U.K.». Ni siquiera el endiosado Sid Vicious se asomaba de verdad por el álbum: su incapacidad con el bajo era tal como para que en la única pista en la que le dejaron colaborar («Bodies») su intervención tuviera que ser regrabada por Steve Jones en la postproducción.


Smashing Pumpkins – Mellon Collie and the Infinite Madness

Como los adolescentes incomprendidos de mediados de los noventa no tenían ni youtubers ni Fortnite a mano para descargar frustraciones, la opción para los parias de la edad del pollo era sufrir mucho y mezclar el rollo emo con ser más góticos que Tim Burton bailando Farmacia de guardia por los pasillos de Notre Dame. A Smashing Pumpkins tanta hormona confusa les vino bien, y se envalentonaron disfrazando el rock alternativo con lloriqueos pubescentes. Lo hicieron pariendo un álbum de dos horazas donde Billy Corgan cantaba por la nariz cosas tan forzadamente profundas como «Porcelain of the Vast Oceans», «Tales of the Scorched Earth» o «Bullet With Butterfly Wings». Diez millones de copias para un tostón presuntuoso de portada bonita. En la actualidad Corgan ha pasado de ser un personaje de Pesadilla antes de Navidad a convertirse en un jersey con la cara de Charlie Brown y el cuerpo de alguien para quien una tarde emocionante significa alimentar palomos en el Retiro. El hombre ahora se dedica a realizar jam sessions en teterías, y de ocho horas de duración, basadas en el Siddhartha de Herman Hesse (no es coña, ojo a esto y al detalle de que han desactivado los comentarios del vídeo). Y también a ser la única persona que parece miserable hasta montando en una atracción de Disneyland (tampoco es coña). El futuro de las rockstars no era este.


Eagles – Hotel California

Todo lo que se podría decir y debatir sobre los Eagles, sobre el lirismo de sus composiciones y sobre lo profundo de sus versos lo resumió perfectamente, con suspiros incluidos, el Nota al subirse en aquel taxi de El gran Lebowski: «Odio a los putos Eagles, tío».


The Beatles – Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band

En el 67 los Beatles compraron un camión lleno de drogas y se encerraron con ellas para hacer el gamba todo lo que les fuera posible. El resultado fue un disco conceptual donde la banda se hacía pasar por otra banda ficticia mientras jugueteaba con cualquier cosa que la gente se hubiera dejado olvidada por el estudio de grabación. Y aquello pilló tan desprevenido al público como para que todos se pusieran las rodilleras ante los de Liverpool asegurando que habían alumbrado la banda sonora del Verano del Amor, elevado el concepto de LP a pieza de museo y que si Cristo volvía a la tierra a lo mejor se quedaba de segundo plato. Entretanto Paul McCartney le cantaba a Bricomanía en «Fixing a Hole» y la banda ponía el dedo al azar sobre un diccionario para componer «Lucy in the Sky with Diamonds». Mientras los entendidos de monóculo comparaban a los Beatles con Schumann, Mozart o Schubert, el crítico Richard Goldstein en su reseña del disco en The New York times dijo que era «un álbum de efectos especiales deslumbrantes, pero en última estancia fraudulento». Le cayeron palos por hacerlo y en el periódico le pusieron a currar horas extra (después de publicar una crítica favorable del disco firmada por otra persona), pero eh, a lo mejor tampoco había patinado tanto.


Oasis – (What’s the story) morning glory?

La moraleja de Oasis como formación es que no puedes ir por ahí proclamando que eres el mejor grupo de rock de la historia y al mismo tiempo vistiendo de chándal. También que la gente te suele tomar más en serio cuando la marca de la casa no es la soberbia antipática y no tienes a un miembro del grupo que parece la versión Hacendado de John Lennon. Es cierto que (What’s the Story) Morning Glory? estaba cargado de piezas por encima de la media pero también comandado por un par de tarados luciendo ínfulas por encima de la media, e inexplicablemente vitoreados por unos fans que añoraban tanto a los Beatles como para abrazar a su versión inferior y hooligan. Pero también es cierto que el disco no tiene pinta de merecerse el puesto que le suelen reservar entre los mejores álbumes de la historia, si hasta el propio Noel Gallagher reconoce que ellos han execrado trabajos mejores. «She’s Electric» estaba rellena de rimas de parvulario, «Champagne Supernova» contenía algunas de las metáforas más perezosas de la historia lírica, y «Wonderwall» era un puto coñazo de canción.


Joy Division – Unkwon pleasures

Aceptamos que las letras molan lo suyo. Pero aun así resulta difícil entender cómo es que H&M se complicó tanto la vida elaborando un disco, donde ninguno de los que están a cargo de los instrumentos era capaz de mantener el ritmo, para vender camisetas.


The Who – Who’s Next

Who’s Next nació de los descartes de una ópera rock que la banda tenía planeado componer a modo de secuela de la pretenciosa Tommy, un proyecto (titulado Lifehouse) fallido e imaginado por Pete Townshend, ese hombre famoso por utilizar su tarjeta de crédito sin querer para afiliarse a páginas de pornografía infantil. El disco en realidad no está tan mal, pero peca de empaquetar pocas canciones, demasiado largas, y tan inconexas como para no librarse de su condición de esqueje de algo más gordo. «Song is Over» da un poco de vergüencita, «Going Mobile» ni siquiera tiene claro que pinta ahí y «Behind Blue Eyes» la versionó Limp Bizkit, y solo por ayudar alargar la carrera del grupete de Fred Durst ya debería de contabilizar en negativo. A la larga The Who han acabado tomando  una autovía similar a la de Moby con los anuncios: se han convertido en la banda sonora de series de televisión. Y no una, ni dos, sino hasta tres veces dentro de la misma franquicia. El mayor logro actual de la agrupación ha sido mutar su legado en la memoria de las futuras generaciones: «Baba O’Riley» de aquí en adelante ya es oficialmente conocida como «La de CSI: New York ».


Coldplay – Cualquiera de sus discos

Chris Martin tiene pinta de tener un huerto urbano en la terraza de casa, reciclar la basura con guantes y adoptar cachorritos de foca para darles de mamar de su propio pecho. Es el tipo de artista que durante un concierto llama a su madre para que el público le cante el cumpleaños feliz, es decir, el tipo de artista que no necesitamos sobre un escenario. Si la humanidad ya ha tenido que sufrir a Oasis cuando se ponían moñas no es justo que también le toque tragar con un grupo que parece hijo de un triste polvo misionero entre Travis y Keane, otras dos formaciones que también son la alegría de la huerta.


Pink Floyd – Dark Side of the Moon

Cuando las palabras «conceptual» y «rock progresivo» cohabitan en una misma sentencia el único destino posible es la desgracia. Pink Floyd se propuso grabar un disco que explorase temáticas como la avaricia, el conflicto, el tiempo, la muerte o la enfermedad mental y le salió un álbum que todos los colgados del mundo utilizan como ambientación para acompañar las maratones de drogas. Y detalles como convertir el ruidito de cajas registradoras en parte de la instrumentación («Money») deberían de invalidar de manera inmediata cualquier carrera musical. Hay quienes dicen que parte de su grandeza está en que si lo sincronizas con la película El mago de Oz la cosa no solo cuadra, sino que también te transporta a otras dimensiones. Es una afirmación arriesgada, porque en el fondo si te pones a buscar con esmero seguro que puedes encajar este galimatías sonoro hasta en un capítulo de Peppa Pig.


Queen – A Night at the Opera

«Bohemian Rhapsody», o unos señores jugando durante seis minutos a hacer todas las tontadas que se les iban ocurriendo delante de un micro. Para esto mejor Les luthiers que por lo menos con ellos te ríes y no te tienes que comer los «mamma mía» con calzador. Rollo operístico, pomposidad forzada y lluvias de falsetos. Queen tenía el pack completo para ser la reina del baile absoluta para unos, y el mayor artificio musical posible para el resto.   


Bruce Springsteen – Born in the U.S.A.

No es que Born in the U.S.A. fuese un mal disco o que no haya merecido cierto respeto. Es más bien que es una de esas cosas que irremediablemente nos llegaron con la fecha de caducidad impresa en la frente. En el caso de la criatura de Springteen su ciclo de vida estaba claro: más allá de los ochenta los sintetizadores insertados de mala manera en temas como «Glory Days» y «Dancing in the Dark» comenzaron a oler a moho. Que casi todo el planeta tampoco haya entendido lo que dice realmente la letra de «Born in the U.S.A.» tampoco ayuda a la hora de pillarle aprecio al disco. Y la portada con Springsteen marcando matrícula con pañuelo, al estilo de cualquiera de los secundarios amigos del cruising de la película  A la caza, era para matarlo.


Nirvana – Nevermind

Una portada que es un cliché rematada con un texto en Word Art, tres canciones decentes («Smell Like Teen Spirit», «Come as You Are», «Lithium») acompañadas de una tracklist compuesta por berridos y un puñado de tonadillas fusiladas sin pudor alguno del fondo de armario de los Pixies. Aunque en realidad lo sobrevalorado no es tanto el LP como el movimiento que parecía encabezar: el grunge pegó fuerte durante cuatro o cinco meses y luego sus afiliados los dejaron morir agonizando al decidir que a lo mejor era buena idea dejar de ver tanto la MtV. O superar la adolescencia.


Guns N’ Roses – Appetite for Destruction

A pesar de oler a refrito de Hanoi rocks, AC/DC y Aerosmith, los Guns se presentaron con un hermoso debut (que los críticos recibieron inicialmente con una marea de bostezos) donde brillaban temas como «Welcome to the Jungle» o «Paradise City» y en general se mantenía un nivel bastante bueno. El problema principal de Appetite for Destruction salió a relucir con el paso del tiempo, porque el álbum contiene un tema que ha defenestrado el legado a base de martillear nuestras vidas: «Sweet Child O’mine», o la única canción de la banda que conoce el pinchadiscos de cualquier bar de cervezas del universo. Y al mismo tiempo esa melodía que hace que todos los parroquianos de las cantinas comiencen a retorcerse por el suelo entre air guitars y chillidos en un espectáculo lamentable que fascinaría a Pávlov. Una de esas canciones que resulta digerible las cincuenta primeras veces, pero que tras dos millones de escuchas comienza a avivar derrames cerebrales por su efecto taladrador. «Sweet Child O’mine» es el «Colgando en tus manos» de Carlos Baute y Marta Sánchez del mundo del rock, esa mierda de la que no te librarás jamás vayas donde vayas en esta vida.


Sigur Rós – Ágætis Byrjun

En Islandia hay pocas cosas que hacer más allá de intentar copular con alguien que no sea primo tuyo o cantarle una balada a un fiordo. Sigur Rós por lo visto decidió dedicarse a esto último y basó su carrera en producir elepés como Ágætis Byrjun, producciones que son muy aplaudidas por todos aquellos que andan buscando la banda sonora ideal para un coma vegetativo. Pero lo cierto es que hay pocos valientes que hayan llegado más allá de los primeros diez minutazos de «Svefn-g-englar», la segunda pista del disco y un tema donde el vocalista Jónsi parece agonizar entre falsetes canturreando cosas tiernas en ese idioma indescifrable que es el islandés. Y los que tuvieron las agallas de aventurarse entre el resto de temas acabaron estrellados contra ese muro sónico que son los otros diez minutos de «Viðrar vel til loftárása». Si además nos tomamos la molestia de traducir las canciones al castellano nos encontraremos con que las mismas lucen títulos como «Un elfo mirando», «El salvador de las moscas» o «El corazón late con fuerza (bum bum bum)», y que desgraciadamente la última no es una cover de Raffaella Carrà. Una teoría popular sostiene que la mayor parte de los que compraron el disco lo hicieron porque la portada era bonita, lo gracioso es que también había sido lo más barato de producir: había nacido de un garabato en una servilleta de cafetería.


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