El fabuloso fútbol rumano

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Los jugadores del Steaua celebrando su victoria en la Copa de Europa 1985-86. Foto: Cordon.

Hubo un tiempo (aunque ustedes no lo crean, aunque les suene extraño) en que Nicolae Ceaușescu fue considerado ejemplo a seguir, la posible tercera vía: un comunismo independiente del intervencionismo exterior de Moscú. El heredero ideológico de Gheorghe Gheorghiu-Dej fue, por ejemplo, el único miembro del bloque del Este que criticó la invasión de Checoslovaquia por parte del Pacto de Varsovia en 1968. Un tipo íntegro, consecuente con sus ideas, se leía por entonces. Qué dura es la historia…

Pero aquí no venimos a hablar de política (o no solo), sino a contarles cómo, en mitad de un régimen esquizofrénico, anacrónico y aparentemente imposible de explicar mediante parámetros racionales, el fútbol brotó con una fuerza inusitada hasta convertirse en icono de todo un pueblo para su imagen internacional. Aunque fuera a su manera, particular y paradójica.

Casi increíble.

Acompáñenos. Vamos a hablar del fabuloso fútbol rumano.

El gran Steaua

Sin duda, el mayor símbolo de lo que fue el balompié en Rumanía durante los años ochenta, en lo bueno y en lo no tan bueno, es el Steaua de Bucarest. Un club que logró nada menos que ser campeón de Europa… además de protagonizar episodios misteriosos que caen a mitad de camino entre lo bufo y lo trágico.

Después de pasar unos años con altibajos, el Steaua de Bucarest logra en 1985 imponerse en la Liga rumana. El conjunto dirigido por Emeric Jenei se alza con un título que le estaba vedado desde hacía más de un lustro, y de paso logra clasificarse para jugar la Copa de Europa al año siguiente.

Y aquí empieza el milagro.

El Steaua era un equipo fortísimo, dentro de los parámetros de Rumanía. Con un estilo de juego moderno y dinámico, deudor del fútbol total de Rinus Michels, los nombres de Belodedici, Balint, Iordănescu, Lăcătuș o Pițurcă pronto empezaron a leerse entre adjetivos de admiración en las crónicas de medio mundo. Nadie sabía cuál iba a ser su límite, pero mientras este llegaba aquellos jóvenes venidos del este parecían dispuestos a disfrutar lo máximo posible. Ganaron al campeón de Dinamarca, al mítico Honvéd de Budapest, al Kuusysi y, finalmente, se enfrentaron al Anderlecht en semifinales. Los belgas venían de eliminar al todopoderoso Bayern de Múnich, pero nada pudieron hacer ante el empuje, sorprendente y sofisticado, de los rumanos. Cayeron por tres goles a cero en el Stadionul Ghencea. El Steaua había obrado el gran milagro, estaba ya en la final de la Copa de Europa. Solo el Partizan de Belgrado lo había conseguido antes de entre los equipos del bloque comunista.

La epopeya de los yugoslavos databa de 1966. En la final cayeron derrotados ante el Real Madrid. Ahora el Steaua debía enfrentarse a otro conjunto español. El Fútbol Club Barcelona era un equipo temible que había ganado la Liga el año antes y tenía su mirada puesta en el máximo trofeo continental. Una pléyade de estrellas que, además, contaría con la ventaja adicional de jugar el partido definitivo en Sevilla, a apenas mil kilómetros de su ciudad. Bucarest quedaba a poco menos de cuatro mil… Un conjunto desconocido proveniente de un fútbol considerado menor, un partido jugado «en casa», más aficionados y todo el poderío económico del mundo… La fiesta estaba preparada y el Steaua era, solamente, la víctima propicia.

Hasta Sevilla viajan, junto al equipo, mil aficionados rumanos. Bueno, en realidad, son doscientos oficiales del Ejército y ochocientos miembros del Partido Comunista. Balint declarará en una entrevista, años después, que solo volvieron setecientos, que los otros trescientos se quedaron en España. Uno no sabe si lo comentaba en broma… o en serio.

También se llevó el Steaua su comida (huevos, patatas, queso, vino), no fuera a ser que los capitalistas los envenenasen. Tras el partido los jugadores fueron recibidos en el hotel con una enorme tarta para celebrarlo. Estaban sorprendidos. «El Barcelona es un equipo español, ¿no?». «Sí —les contó un trabajador—, pero es que nosotros somos del Madrid…».

En realidad, daba lo mismo. El Steaua de Bucarest, un comparsa. Para el Barcelona, un paseo. Un conjunto que tenía en sus vitrinas todos los títulos posibles… salvo la Copa de Europa.

Algo le pasaba al Barça con el máximo galardón continental. Llegó a la final en la sexta edición del torneo, después de ganar al Real Madrid en semifinales. La final, jugada en Berna, fue uno de los partidos más extraños de la historia. Tiros al palo que rebotaban de forma anómala (cuentan que fue el último encuentro de la competición en el cual la madera de las porterías tuvo bordes cuadrados y no redondeados), una actuación calamitosa de su habitualmente seguro portero Ramallets y toda la mala suerte del mundo se aliaron para que aquel trofeo no viajase a Barcelona. Y ahora, un cuarto de siglo después, tenían al alcance de las manos la revancha.

Solo que…

El partido es espeso, sin ocasiones. El Barcelona está atenazado por la responsabilidad. Venables contempla cómo sus jugadores son presa de los nervios primero, del pánico más absoluto poco después. En el minuto 85 sustituye a Schuster por Josep Moratalla, un defensa sin demasiado nombre. El alemán se marcha enfadado y llega a abandonar el estadio. Si el Barcelona gana la Copa de Europa, él no estará allí para recogerla.

Así pasan ciento veinte minutos. Ningún gol, y una tragedia que sobrevuela el campo. Llega los penaltis. Cuatro lanza el Barcelona. Alexanko, Pedraza, Pichi Alonso, Marcos Alonso. Todos los detiene el gran héroe de la noche, un guardameta que juega con el Steaua y se llama Helmuth Duckadam. Para los de Bucarest anotan Lăcătuș y Balint. Todo ha terminado. El Steaua, ese equipo compuesto por once rumanos que representa a un fútbol totalmente desconocido, ha conquistado el continente. El delirio.

Solo que en Rumanía los héroes tienen un futuro poco envidiable. Lo tuvo Nadia Comaneci, manejada por unos y otros, juguete en manos de Nicu Ceaușescu, rota por completo su infancia. Y lo tendrá también Duckadam.

Las versiones son, como siempre, múltiples. Unos hablan de que la tremenda popularidad de Helmuth (era conocido como Eroul de la Sevilia, ‘Héroe de Sevilla’) no terminaba de agradar a Ceaușescu (Nicolae o Nicu, padre o hijo, ponga usted a quien quiera, que sospechas hay de ambos). Otros dicen que Duckadam se mostró osado, demasiado vehemente al criticar el coche que habían recibido los jugadores del Steaua por su victoria. No es suficiente, no lo es, dicen que dijo. Según estas teorías, a Duckadam lo encontraron unos matones por la calle y le rompieron el brazo derecho, el brazo mágico que había parado aquellos balones contra el Barcelona, hasta dejarlo inservible para el fútbol. La historia se intrinca en el boca a boca: unos susurran que le han cortado las manos, otros, que han provocado un accidente en el famoso coche que había menospreciado. Los de más allá rizan el rizo: el presidente del Real Madrid, Ramón Mendoza, le habría regalado un automóvil Mercedes por haber impedido que el Barcelona ganase la Copa de Europa, y Duckadam se negó a entregarle tan bonito carro a Nicu Ceaușescu, provocando su venganza. Historias. El caso es que esa final de Sevilla será el último partido de Duckadam con el Steaua de Bucarest. Jamás volvió al primer nivel, pese a intentarlo años más tarde…

Pero ¿qué había pasado con Helmuth Duckadam? Como casi siempre, la verdad es aún más esclarecedora sobre un tiempo y un lugar que las leyendas. Realmente Duckadam estuvo a punto de perder su brazo derecho, pero no fue por ninguna paliza que le dieran miembros de la Securitate, sino por la abundancia de transfusiones que se hacían en el Steaua. Pinchazos, muchos, cientos. Al final, una trombosis casi lo deja manco.

La palabra surge de forma casi natural. Doping. Si Duckadam habló con tanta sinceridad de pinchazos, ¿no es sencillo discernir que quizá la situación era generalizada en el equipo? Aquellos jugadores que mostraban «mayor ritmo del que jamás yo haya visto», en palabras de Arie Haan, miembro del Anderlecht que los sufrió aquel año. Ya en 1978 Florin Piţurcă, del Drobeta Turnu Severin, había muerto en su casa después de un partido. Sus compañeros declararon tiempo más tarde que los médicos del equipo les daban en los descansos una bebida que llamaban «té», pero que todos pensaban que contenía sustancias dopantes. Era, por así decir, un secreto a voces. Queda la sospecha. Tantos años ya.

Tres temporadas más tarde el Steaua volvía a una final de la Copa de Europa, esta vez frente al Milan. Pero ya no era el mismo equipo. Muchos de los grandes jugadores que habían protagonizado la gesta de Sevilla estaban ya en el olvido, y los nuevos parecían únicamente bailar al son que marcaba el genial Gica Hagi. Insuficiente, claro, para oponerse al Milan de Sacchi, de Van Basten, de Gullit, de Rijkaard. Terminaba así la época dorada del fútbol rumano…

El Ejército contra la Policía: una telenovela sobre el césped

Nicolae y Elena Ceaușescu en 1986. Foto: fototeca.iiccr.ro (CC).

La imagen granítica que se tiene desde fuera de los regímenes comunistas del este de Europa durante la segunda mitad del siglo xx es falsa. Había contestación interna, había quejas y, sobre todo, había una intensa lucha de poder. La sobredimensión del aparato burocrático acarreaba el nacimiento de ciertas castas que competían entre sí por amasar la mayor influencia posible. Y eso, como todo, se trasladaba a los campos de fútbol.

Haga el lector una prueba y examine los grandes equipos del Este en aquel tiempo. Verá que hay dos nombres que se repiten constantemente. Uno es Dinamo, o Dynamo, que significa ‘energía en movimiento’. El otro es CSKA, acrónimo de Club Deportivo Central del Ejército. Todos los clubes que se llaman Dinamo dependen del Ministerio de Interior. O, lo que es lo mismo, de la Policía secreta. Los CSKA son el conjunto de los militares, del Ministerio de Defensa. La rivalidad, que esconde luchas soterradas de poder hasta niveles inimaginables, se hace cruenta a través de la pelota, y los propios jugadores acabarán sufriéndola en sus carnes en no pocas ocasiones…

En Rumanía también pasa. Con dos particularidades. Aquí el CSKA se llama Steaua (así se conoce al equipo del Ejército) y las manifestaciones «públicas» de tal rivalidad se harán de forma más evidente, más espectacular, más, también, tragicómica. Como todo en el país.

Porque aquí se mezcla un elemento adicional. Sí, amigos, el culebrón familiar. Veamos.

El presidente del Steaua de Bucarest es Valentin Ceaușescu, el hijo de Nicolae. Su mano derecha en el club es Illie, hermano de Nicolae, pero todos apuntan a Valentin (discreto, inteligente, educado… una rara avis dentro de la dinastía) como quien controla realmente al equipo del Ejército. Frente a ellos está el Dinamo, el conjunto de la Securitate, la Policía secreta. Al frente del mismo Elena. Elena Ceaușescu, decimos. La madre de Valentin. La cuñada de Illie. La esposa de Nicolae. Problemas de familia, políticos y futbolísticos, todo en uno. Un cóctel delicioso, ya ven.

(A esto hay que añadir la sempiterna sombra de Nicu, otro de los hijos de los Ceaușescu. Crápula absoluto con gusto desmedido por el alcohol y las mujeres que, entre otras, contó con Nadia Comaneci como prácticamente su esclava sexual durante años. Sin duda suponía el reverso escandaloso del prudente Valentin. Pero esa es otra historia…).

Entonces vemos cómo hay un derbi en Bucarest (el Eternul Derby o ‘derby eterno’, lo llaman), y cómo cada uno de los dos contendientes representa directamente a una parte de la clase dirigente. Si el Steaua se pudo aprovechar de esto (por ejemplo, reclutando cuantos jugadores quisiera durante los dieciocho meses que duraba el servicio militar en Rumania), la Securitate no se quedaba atrás. Cuenta Jonathan Wilson en su maravilloso Behind the Curtain cómo, tras cada partido entre estos dos equipos, la policía arrestaba al padre de Tudorel Stoica, sempiterno capitán del Steaua, donde jugó entre 1975 y 1989. También intentaba entorpecer los fichajes del máximo rival recurriendo al chantaje, a los inmensos archivos que sobre todos y cada uno de los ciudadanos del país poseía el Ministerio de Interior.

Quizá el ejemplo más claro de estos tira y afloja, de estos trapos sucios familiares que se acababan lavando sobre el césped, sea el final de la Copa de Rumanía de 1988. Aquel partido enfrenta al Steaua y al Dinamo. Los dos de Bucarest. El Ejército contra el Ministerio de Interior. Soldados contra Policía secreta. Valentín contra Elena. Un Ceaușescu frente al otro.

Minuto noventa del encuentro. Empate a uno. Centro alto y Gavrila Balint, delantero del Steaua, cabecea con fuerza. Gol. Todo amarrado para los militares. Alborozo en las gradas. En una parte de las gradas, se entiende. Hasta que… Una bandera levantada. El linier ha marcado offside. El tanto se anula. Regresa el empate. Empieza el escándalo.

En el palco se encuentra Valentin Ceaușescu, presidente del Steaua, junto con su padre Nicolae y su tío Illie. Valentin hace gestos a sus jugadores. Marchad, marchaos del campo. Cabizbajos, los futbolistas se van del césped, presumiblemente en protesta por lo que consideran una persecución arbitral. Los del Dinamo no lo ven así. Un abuso de poder, una muestra de arrogancia y nepotismo. Una más. Ioan Andone, defensa del Dinamo, mira directamente al palco, luego baja sus pantalones, se agarra los testículos, menea con fuerza su pene. Será expulsado del fútbol durante un año. Como los jugadores del Steaua han sido quienes abandonaron, el árbitro declara vencedor al Dinamo de Bucarest. Los futbolistas lo celebran, pero nadie se atreve a darles el trofeo, por lo que pudiera pasar. Al final el portero coge directamente la copa de la mesa donde reposaba. Es la ceremonia más rara desde el Maracanazo, seguramente.

Al día siguiente la Federación Rumana de fútbol declara vencedor al Steaua. Dicen que ha sido cosa de Valentin Ceaușescu, aunque eso casa poco con la personalidad del hijo «formal» de Nicolae. Tiempo más tarde, tras los sucesos de diciembre de 1989, el Steaua propondrá oficialmente devolver aquella copa al Dinamo, pero no se llegará a un acuerdo. Hay heridas que nunca se cierran…

Botas de oro, goles de broma

Dudu Georgescu, ca. 1970. Foto: Autor desconocido (DP).

Nada menos que tres jugadores rumanos han sido Bota de Oro, el galardón que se concede anualmente al máximo goleador de todas las ligas europeas. Una cifra que impresiona, especialmente si tenemos en cuenta el no muy elevado nivel de la Liga en ese país. Claro que cuando uno va a la intrahistoria las cosas empiezan a cuadrar más. De forma no demasiado honesta, por cierto.

Bien, no seamos malpensados. Todos esos trofeos se consiguen, claro, bajo el mandato de Nicolae Ceaușescu. Pero nosotros somos buenos tipos, confiados, creemos en la honradez del género humano. Así nos va, por otra parte. Lo que pasa es que, analizando cada caso de manera individualizada… en fin, digamos que hay cosas que no cuadran del todo.

El primer rumano que se alzó con la distinción fue Dudu Georgescu. Por partida doble, además, en los años 1975 y 1977 (esta última con la alucinante cifra de cuarenta y cuatro tantos). Las dos veces lo hizo vistiendo la camiseta del Dinamo de Bucarest, lo que da, ya de por sí, para conspirar un poquito. Solo que Georgescu era realmente una estrella, un jugador brillantísimo que fue sendas veces nominado al Balón de Oro (jugando en la Liga rumana) y aún hoy sigue siendo el máximo goleador histórico de aquel campeonato. Así que eso… somos magnánimos, dejamos incólumes estos dos primeros trofeos.

Con el siguiente, ya lo advertimos, no vamos a ser tan generosos. Estamos en 1987 y Rodion Cămătaru se alza con la Bota de Oro, después de anotar nada menos que cuarenta y cuatro goles en treinta y tres partidos. Repetía así la gesta de Georgescu, y aun la mejoraba en media goleadora. Una estrella ha nacido. Solo que…

Solo que, por ejemplo, el segundo clasificado en esa particular batalla, el austriaco Anton Polster, se niega a recoger su Bota de Plata. Él ha hecho treinta y nueve goles, y dice que al otro lo han ayudado. ¿Ayudado? ¿Quiénes?

Ellos, claro.

Ellos. Y ese ellos, en Rumanía, comprende a las fuerzas públicas, unas u otras. Y las fuerzas públicas son, fueron hasta 1989, los Ceaușescu. Sucede que este Cămătaru jugaba en el Dinamo de Bucarest. Ya saben, el equipo del Ministerio de Interior. O sea, el de la Policía secreta. O, lo que es lo mismo, el de Elena Ceaușescu.

Vale. De primeras hay que decir que, a diferencia de Georgescu, Cămătaru no era precisamente una estrella. Correcto, pero nada más. Hasta ese año había jugado en el Universidad de Craiova. Un total de doscientos ochenta y ocho partidos para ciento veintidós goles. Destacable, pero no excelente. Hasta que lo ficha el Dinamo. Y allí explota.

Para poner en valor sus cuarenta y cuatro goles hay que señalar que en los otros dos años que jugó en ese club anotó solo treinta y dos tantos más. Luego fue al Charleroi belga… seis dianas. Terminó su carrera en el Heerenveen de Holanda. Otros tres años, otros veintiséis goles. Sin duda lo de 1987 fue extraordinario.

En todos los sentidos de la palabra. Cuando quedan solo seis fechas para terminar la Liga rumana, nuestro amigo Rodion lleva anotada la nada despreciable cifra de veinticuatro goles. De ahí en adelante… la locura. Hat trick al Corvinul Hunedoara, otros tres al Oțelul Galați, un par de ellos al Flacăra Moreni, cuatro al Sportul Studenţesc, cinco al Jiul Petroşani y, en fin, tres al Rapid de Bucarest. Si los suman nos darán un bonito número de veinte goles en seis jornadas… en las que su equipo, además, solo ha ganado la mitad de los partidos, con otros dos empates y una derrota. Para no creérselo. Polster, por ejemplo, no se lo creyó.

Lo cierto es que los goles los anotó Cămătaru, cómo no, pero su mejor aliado, su más brillante asistente, fue la Securitate. Ellos dejaban caer aquí y allá lo beneficioso que sería para el régimen aquel espaldarazo en Europa. Y los zagueros, claro, asentían en silencio. El propio Cămătaru terminará reconociendo que en esos partidos los defensas rivales apenas se le acercan, y podía avanzar con comodidad hasta la portería contraria. Ya ven. Un show. Viva Ceaușescu. Elena, en este caso.

Todavía una tercera Bota de Oro hubo en el fútbol rumano por aquellos tiempos. Fue Dorin Mateuţ, en el año 1989. Mete cuarenta y seis goles. El segundo, por aquello de asegurar la jugada, es Marcel Coraș, con treinta y seis. Mateuţ juega en el Dinamo de Bucarest, mientras que Coraș lo hace en el Victoria de Bucarest, equipo que empezó siendo filial del Dinamo. Ya ven, es todo normalísimo. Coraș hizo un total de cuarenta goles con ese conjunto… en el que jugó dos años. En otras palabras, en la siguiente temporada anotó solo cuatro. Peor es lo de Mateuţ, que ni siquiera era delantero, sino lo que hoy llamaríamos centrocampista con llegada. En el Dinamo de Bucarest hizo ochenta goles en cuatro años… pero también podemos decir que celebró cuarenta y seis en una sola temporada y treinta y cuatro en las otras tres.

Pues eso, el fabuloso fútbol rumano.

Un final dramático

Esa Bota de Oro de Mateuţ llegó en un 1989 de lo más agitado para Rumanía. El régimen empezaba a desmoronarse, e iba a arrastrar tras de sí toda la podredumbre que había ido sembrando durante décadas. También, claro, en el fútbol.

¿Recuerdan lo que dijimos sobre la cierta independencia de Rumanía respecto a las decisiones políticas soviéticas? Pues eso se manifestará también en los años ochenta, cuando la perestroika empiece a dar pasos aperturistas en la URSS… y Rumanía se mantenga, esencialmente, como antes. Con el agravante de una fortísima crisis económica (provocada en parte por la devolución apresurada de la deuda externa del país) que iba creando un malestar social cada vez mayor.

La revuelta empezó en Timișoara, y vino como respuesta al intento de desahucio de un pastor luterano por parte del Gobierno. Era el 16 de diciembre de 1989. Nadie pensaba lo rápido que iba a suceder todo, la fragilidad de un régimen de hierro que, en el momento definitivo, se comportó como castillo de naipes.

A Ceaușescu todo esto lo pilla de viaje oficial en Irán. La encargada de sofocar el conflicto será Elena, su esposa. Su única solución es el empleo desmedido de la fuerza. Cuando Nicolae vuelva al país apoyará esa vía. Pero ya no había nada que hacer, la mecha de la revolución arde en los cuatro puntos cardinales.

El 22 de diciembre de 1989, apenas una semana después de los primeros hechos, el nuevo ministro de Defensa, Victor Stănculescu, ordena al Ejército que no dispare contra los manifestantes (en 2008 fue declarado culpable de haber dado la orden contraria en Timișoara, al principio de todo). De facto supone un golpe de Estado interno para el régimen. Nicolae y Elena Ceaușescu abandonan Bucarest en helicóptero, en un desesperado intento de ganar tiempo y reorganizar las fuerzas que aún les son leales. Inútil. Son detenidos en Târgovişte y juzgados por un tribunal sumario. La acusación incluye delitos de genocidio (se cuenta que 60 000 personas han sido asesinadas en Timișoara, hoy se sabe que la cifra no llegó a las 1000), enriquecimiento ilícito y abuso de poder. Ambos fueron condenados a muerte. «La historia me vengará», dicen que dijo Ceaușescu mientras esperaba la salva de fusiles que habría de ajusticiarlo el 25 de diciembre de 1989. Su esposa corrió la misma suerte. Las imágenes de sus cuerpos recién muertos fueron emitidas, pocos días más tarde, por la televisión pública rumana.

Empezaba, de esa forma, la transición rumana hacia la democracia…

En el mundo del fútbol, claro, todo cambió.

Uno de los afectados fue un equipo realmente menor, el Fotbal Club Olt Scornicești. Ocurría que este Scornicești es el pueblo en el que había nacido Nicolae Ceaușescu, y parecía justo que el gran hombre viera al equipo de sus raíces en lo más alto. Así que el Scornicești, que jamás había pasado de las competiciones regionales, empezó a ascender en la jerarquía del fútbol rumano durante los años setenta. ¿De forma extraña? Pues puede ser. Raro parece meterle dieciocho goles a un rival, el Electrodul Slatina. Fue todo, por cierto, fruto de un error, porque los jugadores del Scornicești fueron informados erróneamente de que su rival por el ascenso, el Flacăra Moreni, iba ganando por nueve a cero en un partido donde realmente solo hubo dos goles. Pero, en fin, que ya metidos en harina a los del Electrodul los sobornaron para que recibieran sin rechistar demasiado aquella lluvia de tantos. Ya ven, fruslerías. Luego, ya en Primera División, al Scornicești le cedían un montón de jugadores tanto el Steaua (Ejército) como el Dinamo (Ministerio de Interior), así que siempre se acababa salvando, pese a ser un recién llegado. En 1988 el Scornicești pasó a jugar en un nuevo campo llamado Stadion Viitorul, con capacidad para 20 000 espectadores (lo que no está nada mal para una población que en 1992 era de unos 14 000 vecinos). ¿Nepotismo? Qué va, son ustedes unos malpensados.

Solo que la Federación Rumana de Fútbol también parece que lo era, porque, a la caída de Ceaușescu, decide descender al Scornicești tras acusarlo de haber recibido tratos de favor en el pasado. Hay que aclarar, para acabar de perfilar nuestro bien definido cinismo, que la misma Federación había estado muy calladita hasta unos meses antes. Casualidad, seguramente.

Bueno, el caso es que al Scornicești lo bajaron y nunca ha vuelto a lo más alto del (fabuloso) fútbol rumano. No fue el único descenso administrativo, por cierto. El Victoria de Bucarest sufrió la misma suerte. Era el filial del Dinamo de Bucarest, nada menos, así que podemos pensar que efectivamente algún favorcito tendría, visto lo visto, ¿no? Y, bueno, como meter mano al Dinamo era imposible (demasiada masa social, demasiado poder aún), pues qué mejor que vengarnos con el hijo pobre. Condenado, descendido y, poco después, desaparecido. De propina, toda su junta directiva fue encarcelada…

El fabuloso fútbol rumano había dejado de existir.

Los jugadores del Steaua de Bucarest posan con su trofeo de campeones de la Copa de Europa 1985-86. Foto: Cordon.

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6 comentarios

  1. Agustín Serrano

    Buen artículo.

  2. Tergiversador de Enredos

    El Steaua ganó la final de 1986 porque en el Ramón Sánchez-Pizjuán, vistiendo de blanco con detalles en rojo, lo más probable es que ganes . Ahí en el Steaua anduvieron listos.
    Por cierto, en aquella época yo vivía muy cerca del estadio, en el camino desde la estación de trenes, y recuerdo que los Boixos Nois dejaron mi calle asquerosa de pintadas. En nuestra fachada plantaron una. Sólo por eso, a mis nueve años, deseé que perdieran.

    • Eddie Raimon

      Probablemente los ultra sur irían de buena fe a llevarle flores a la virgen de los Dolores y todo hubiera sido paz y amor con sus allegados sevillanos y sevillistas…

      • Tergiversador de Enredos

        La insensatez y falta de educación de unos no justifica la insensatez y falta de educación de otros. Aquella guarrada la hicieron los que la hicieron, y no otros. Y en esto me dan igual los colores, es una cuestión de civismo. Pintarrajearon las fachadas de un lado de calle, y los muros del otro lado, que son los de la vieja Fábrica de Artillería, un edificio histórico.
        Aquel día, repito, a mis nueve años, desarrollé hacia el FC Barcelona un sentimiento negativo que, en cualquier caso, no impidió que por otros motivos desarrollara otro igualmente negativo hacia el Madrid. No es necesaria la concordia, basta con tener un poco de respeto hacia los anfitriones. Cuando he viajado con mi equipo a otras ciudades jamás se me ha ocurrido otra cosa que no sea respetarlas.
        Y para tu información, en las cercanías del Ramón Sánchez-Pizjuán encontramos a las vírgenes de Consolación, Encarnación, Refugio y Rosario.

  3. Karlsterio Kovas

    Dorin Mateut no fue un mal jugador. Es cierto que la cifra de goles marcados es una salvajada (presumiblemente «ayudada», como bien dice el artículo), pero no por ello el jugador no mereciese la pena.

    Es conocido en España por haber jugado 2 temporadas con el Zaragoza, donde cuajó buenas actuaciones. De hecho, fue un jugador que ocupaba plaza de extranjero en una época en la que estos jugadores estaban muy limitados en número, y en un equipo acostumbrado a jugar competiciones europeas.

  4. Víctor Planas

    Un artículo excelente. Dejando de lado determinadas ayudas, el Steaua fue un campeón justo en una competición que hoy sería imposible de ganar por un equipo modesto. Era otra época, era otro fútbol, seguramente más auténtico.

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