La aparición mariana de Blind Guardian

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Blind Guardian en 1992. Imagen: Virgin.

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Recordemos las palabras de Óscar de Usera: «Después el grunge no creo que enterrara al heavy, un movimiento no entierra a otro, eso es mentira. Lo que pasó es que el heavy llegó a sus horas bajas en todas partes. De los Maiden, el No Prayer for the Dying lo regalé después de escucharlo solo una vez. Ya en el año 90 los éxitos se miden con cuentagotas. El Rust in Peace de Megadeth y tres cosas más. Para el 92 y 93 ya no se salvaba ni dios, todo era bazofia. Me refiero a lo que sacaban las compañías, donde se invertía la pasta».

Ahora, en perspectiva, uno analiza lo que supuso la primera mitad de los noventa para el metal y quizá sea una de las épocas más fecundas de toda su historia. Vaya por delante la irrupción del metal extremo con su infinita ramificación de géneros en tantos países y en todos a la vez. Rara vez un estilo musical habrá experimentado su impulso, además de en Estados Unidos y Reino Unido, en lugares como Colombia, Brasil, Polonia, Escandinavia, Grecia e Italia de forma simultánea.

Sin embargo, de todo aquello poco llegaba a la superficie en esa época. Deicide, Death, Obituary y similares sí que habían tenido exposición en medios, pero el black, doom y gothic tardaron en ser conocidos popularmente al menos hasta mitad de la década. Además, no eran grupos que entrasen fácilmente. La realidad fue que, a partir de 1990, el oyente que demandaba estrictamente heavy metal se quedó en bragas.

Después de la explosión inmortal de los ochenta, la nueva década comenzó con discos de entidad como el Painkiller de los Judas, el negro de Metallica y Rust in Peace y Countdown to Extinction de Megadeth. Pero poco más. El resto era para llevarse las manos a la cabeza. Helloween sin Kai Hansen perpetrando el Chamaleon (confieso que la primera me molaba) Scorpions metidos a baladistas de recopilatorios de Teletienda, AC/DC con The Razors Edge y Ballbreaker digamos que andaban ya algo estancados. Iron Maiden menos mal que mejoraron con Fear of the Dark lo de No Prayer for the Dying, porque era de juzgado de guardia…

1916 de Mötorhead o No More Tears de Ozzy no serían malos, pero eran más de lo mismo. Sound of White Noise de Anthrax palidecía ante los discos con Belladona, cuyo álbum en solitario era prescindible por completo. Básicamente lo mismo que los Fight del Halford. Grupos como Testament y Overkill te podían entretener. Annihilator era una joya, pero habría que contarlo ya como metal extremo. Lo heavy estaba en manos de lanzamientos como los de Accept o UDO, que seguían al pie del cañón, pero sin refrescar sus anquilosadas propuestas, que tampoco es que fuesen Jauja en su día.

Sí, hubo grupos. Sentenced, Corrosion of Conformity, Tankard, Angra, Running Wild, Rage y los consabidos Pantera, Machine Head, Nailbomb, Sepultura, Suicidal Tendencies, pero si bien unos ya estaban adentrándose en subgéneros de crossover con el hardcore, industrial, sludge, el rap y demás, los heavies no partían la pana. Nada lo petaba realmente en el puro y duro heavy metal, hasta que llegaron ellos.

Aparecieron como se iniciaban las cosas antiguamente, sin internet ni historias. Uno veía que había un grupo nuevo porque empezaba a ver camisetas que no conocía. Las de Blind Guardian, de hecho, eran vistosas. Amarillas y granates las más populares de la primera hornada. Una vez en posesión de los primeros casetes grabados, en mi caso fue Somewhere Far Beyond, te aprendías todo de memoria de arriba a abajo y te quedabas con la cara de los que salían a headbanguear esos temas cuando los ponían en Canciller, en Studio Rock o donde fuera. Alguna amistad se forjó por ese fanatismo inicial, antes de la moda, compartiendo unos calimochos con chorrito de licor de mora hablando entre desconocidos sobre ese nuevo grupo que era que te cagas.

¿Qué tenían? Pues en una época en la que Manowar ya solo servía para escribir papers sobre uso, significado e interpretación del doble bombo, Blind Guardian no tocaban la batería: le pegaban al tambor con toda su alma, que no es lo mismo. Con ritmos atropellados, casi hardcore. Tampoco cantaban como los solistas de heavy metal de toda la vida, que en esos años eran ya un reducto un tanto casposo. En el nuevo metal se rapeaba o se recurría a los sonidos guturales, pero el sopranismo yevi estaba en declive. En cambio, Blind Guardian cantaban como toda la vida, berreando, pero sin falsetes.

Sus evocaciones de fantasía tenían su aquel, también. No había chuscas caracterizaciones de bárbaros postapocalípticos; la temática era épica, pero con estudios. Historietas de fantasía, pero que, en definitiva, no eran ridículas. La portada del que era su mejor disco, Somewhere Far Beyond, con unos guerreros tocando la bandurria en mitad del bosque rodeando un artefacto enigmático, tendría el sentido que tuviese, pero tenía alguno. No era una referencia pajera para fliparse, de algún modo daba la sensación de que había algún tipo de fundamento. Más tarde uno descubría que sus letras, la gran mayoría, contenían referencias literarias.

Portada de Somewhere Far Beyond . Imagen: Virgin. (Clic para ampliar)

No obstante, lo importante era la música. Hansi Kürsch, bajista y voces, nunca ha considerado que su grupo respondiera a la etiqueta de power metal. Este género siempre estuvo ahí desde los Keeper de Helloween. En la primera mitad de los noventa sus máximos exponentes pudieron ser Grave Digger, Running Wild, Iced Earth, Rage, algo de Yngwie Malmsteen y, por supuesto, dos titanes: Gamma Ray y Stratovarius. Pero era algo minoritario. Menciones al género y camisetas por doquier no empezaron a verse de forma masiva, creo yo, hasta 1997, cuando salen simultáneamente Tierra Santa, Avalanch, Rhapsody (junto a Pink Floyd el único grupo que conozco que su nombre ha servido de insulto), Hammerfall, Iron Savior, Primal Fear, Nightwish y, desde el metal extremo, el aterrizaje de In Flames con Jester Race (que ya habían convergido magistralmente con el mini Subterranean en 1995)  y la aparición de los finlandeses Children of Bodom. Pero Blind Guardian eran anteriores a todo eso. En esta época de segunda mitad de los noventa, según una teoría personal, todo lo que se agrupó en torno al power metal era la versión guitarrera del eurodance. Cuanto más integrista del power metal fue un grupo desde esa fecha, más se parecía a una cantaíta de Gala, Corona, Cappella, La Bouche, Culture Beat o la mismísima Kate Ryan. No se lleven las manos a la cabeza, imaginen «Désenchantée» con guitarra, doble bombo y una acústica medievalera al principio y al final y saquen sus propias conclusiones.

Blind Guardian era otra película. O al menos no lo era de forma tan descarada. Se definían a sí mismos como speed metal hasta el Imaginations From the Other Side, con el que iniciaron algo que ellos denominaron simplemente heavy metal, pero que rompía con todo lo hecho hasta anteriormente. Inicialmente, eran ortodoxos línea dura. Sus primeros discos, si partían de un molde, era del Master of Puppets de Metallica y el gran clásico del heavy alemán, el Walls of Jericho de Helloween, que por cierto salió un año antes. Poco se dice, pero con el debut de Kai Hansen y Michael Weikath comenzó algo nuevo en la historia del metal. Era algo así como thrash metal, un género moderno, meets Johann Sebastian Bach, una referencia que no puede ser más clásica. También está la opinión de la madre de Weikath, que en referencia a Gamma Ray dijo que sonaban como una panda de «marineros borrachos» y acertó bastante a la hora de definir el género. Como es sabido, las mejores y más precisas reseñas de la música popular suelen hacerlas sus detractores.

En el ensayo metálico Historia del heavy metal (Andrew O’Neill, Blackie Books 2017), se dice «el power metal empezó con el sonido de Judas Priest y el de Iron Maiden, combinado con el estilo lírico de Ronnie James Dio. Y, más adelante, potenció el elemento hortera A TOPE. Resultado: tuvo un gran éxito en Alemania, donde no le ponen pegas a eso». En una entrevista en RockZone, O’Neill insistió: «¿Sabes lo que decimos en UK de esos grupos? Que el power metal se inventó porque los alemanes necesitaban algo para escuchar (risas) ¡y es verdad! Pantera, Sepultura, Fear Factory, Metallica… esas fueron la clase de bandas con las que yo crecí y me influenciaron. Todo ese otro tipo de grupos [los alemanes] nunca fueron portada de Kerrang! Es que son tan histriónicos… en Inglaterra nos lo tomamos todo más a guasa y lo que nos gustan son bandas con los pies en el suelo (…) En Inglaterra es muy difícil que hubiese salido una escena como esa con bandas como Blind Guardian y todo ese escapismo de la mitología y demás tonterías».

Posiblemente lleve razón este hombre, pero con lo que no contaba es con que en España no nos enteramos de absolutamente nada de lo que digan las letras, por mucho que los que pasaron un verano en Inglaterra sean capaces de corear un estribillo medianamente bien pronunciado. Aquí nos pueden recitar en inglés «La puta de la cabra» en una canción que nos va a dar igual, lo importante va a ser la calidad del sonido, la melodía y los punteos. Con esos mimbres, Blind Guardian sacaron cuatro discos que bordaban la perfección. De hecho, hasta el tercer disco, si se leen críticas a este grupo hechas por británicos suelen apuntar que Hansi todavía se tenía que poner las pilas con el inglés.

Blind Guardian en 1988. Imagen: Virgin.

El grupo se formó en 1984, con el nombre de Lucifer’s Heritage. Desde su primera demo, Full Symphonies of Doom ya tenían claro el concepto que irían desarrollando en esos cuatro primeros álbumes. El primero, Batallions of Fear, abría directamente con un clásico, «Majesty», y tenía otro pelotazo en «Wizard’s Crown» (Halloween en la primera demo) y la canción homónima del disco. Estaba producido por Kalle Trapp, que hasta el momento ya había trabajado con otro clásico alemán, Destruction, y los holandeses Pestilence. Las coordenadas eran claras, speed/thrash metal y lucimiento y pulcritud de los punteos. Cuando le han preguntado al grupo por sus productores, siempre se suele citar a Flemming Rasmussen, padre de los Ride the Lighting, Master of Puppets y And Justice for All de Metallica que, francamente, innovó con ellos en quinto disco, Imaginatios From the Other Side, y llevó el metal a terrenos completamente novedosos. Ahora, años vista, en perspectiva, parece mucho más meritorio el trabajo de Kalle Trapp. Cuestión de gustos, pero siempre ha sido mucho más difícil hacer las cosas bien de forma sencilla. Tiempo después, Uriah Heep, que grabaron con Trapp Sea of Light, confesaron que en su viejo estudio tenía la mesa que habían usado los Bee Gees en sus años en Miami. Fíjense de dónde fue a salir tan buen heavy metal.

El siguiente álbum, Follow the Blind, bajaba un pelín el listón, pero era más duro. «Banish From Sanctuary» era pura velocidad. De forma aislada hay riffs en ese disco que no desentonarían entre los de la posterior escuela de death metal sueco. El inicio de «Damned For All Time», por ejemplo, era puro metal extremo, lo que pasa es que Hansi cantaba normal. Era un señor gritando, pegando voces alegremente. No tiraba por lo gutural de las cavernas ni por las majestuosas entonaciones de los Dickinson, Kiske, Dio y compañía.

Con todo, lo mejor del disco estaba al final. «Valhalla», un tedéum de obvias connotaciones guerreras, introducido por un riff matador y con la colaboración de Kai Hansen, lo que confería a la tonadilla la entidad suficiente para ser el gran himno del metal alemán, padre y señor del heavy de espaditas de aquella época. Y luego «Barbara Ann», la de Beach Boys, junto a «Long Tall Sally» servían para cerrar el disco de cachondeo. Años después registraron un «Surfin USA» y un «Mister Sandman» de las Chordettes, rescatada en los ochenta en la película Regreso al futuro. La verdad es que como broma estaban bien, aunque de «Mister Sandman» se cascaron un videoclip y todo, pero nunca lograron imprimirle su estilo metalero a las versiones, lo que evidenciaba que jamás se las tomaron en serio.

En 1990 dieron el gran salto de calidad. La portada de Tales From the Twilight World era de Andreas Marschall. No cabe duda de que es un artista que también marcó la época. A veces de forma muy brillante, como con la portada que le hizo a Immolation en el Dawn of Possesion, la celebérrima de Kreator del Coma of Souls, o la de Sodom con Helmut Kohl y Boris Yeltsin cogidos del cuello. Otras veces tenía ideas menos impactantes, pero no cabe duda de que siempre lució un estilo absolutamente inconfundible, como sus ilustraciones para Grave Digger, Running Wild, Rage, Hammerfall o los aludidos Blind Guardian. En todas estas se reconocía su mano al primer golpe de vista.

Portada de Tales From the Twilight World. Imagen: Virgin.

En lo musical, la cosa era sencilla. Las tres primeras canciones eran torpedos. «Traveler in Time» y «Welcome to Dying» venían a ser lo que fueron Helloween y Gamma Ray, que habían arrancado ese año, pero más duro. Aparecía la balada épica medieval de fantasía, «Lord of the Rings», que a buen seguro amenizó más de una partida de rol. Y un temarraco definitivo, el que abría la cara B: «Lost in the Twilight Hall». De nuevo con el apoyo de Kai Hansen. El padre de Helloween y Gamma Ray hacía cameos en material que estaba un peldaño por encima del suyo. Al menos hasta dos años después, cuando lanzó el apabullante Land of the Free. No obstante, la diferencia la marcaba, aparte del buen hacer instrumental general, el estribillo. Era exuberante, con unos coros espectaculares. Irrumpía luminoso en mitad de toda la tralla y la velocidad no bajaba. Ponía la piel de gallina. Algo así solo lo había hecho tan bien Helloween y, desde su cisma, ya no sabían cómo seguir haciéndolo. Que luego ese estribillo era intercambiable con el de una cantaíta, pues también. Finalmente, el resto del álbum quizá ya pecaba un poco de monotonía. «The Last Candle» no estaba mal, pero ya eran más de cincuenta minutos de matraca lo que llevaba el plástico.

En 1992 tocaron el cielo. Alcanzó el punto culminante su concepción de metal duro, pero suave. Agresivo, pero sensible. Te la meto, pero con vaselina. Las guitarras sonaban más ásperas, más noventeras, pero cuando se doblaban era Vivaldi. Los estribillos, en la línea marcada en el anterior, eran inconmensurables. Aunque, repito, si se los dabas a una modelo de voz sedosa que los ejecutase junto a un negro musculado rapeando sus partes con una caja de ritmos debajo no iba a notar nadie la diferencia en los coches de choque. Al mismo tiempo, pocos discos de heavy metal han comenzado con dos disparos como «Time What Is Time» y «Jouney Through the Dark». Yo creo que tenían el Mötorhead seal of approval.

«Theatre of Pain» era una perfecta tonadilla duermemozas hardrockera, lo que pasa es que ahora, con los nuevos tiempos noventeros, los estribillos ya no se orientaban a la MTV, sino que eran operísticos. Pese a ese detalle, en lo que respecta a manejar un medio tiempo con autoridad y señorío, estaban soberbios. Si antes citábamos a Lemmy, aquí creo que Scorpions se hubieran quitado la gorrilla de cuero.

En «The Quest for Tanelorn» había más de lo maravilloso mismo, con el detalle reseñable de que no sé qué dirían en los coros centrales, pero se escuchaba «espíritu santo» en perfecto castellano. Seguía la que para mí ha sido su mejor canción, «Ashes to Ashes». Era la que abría la cara B, aunque, salvo el casete original, este disco circuló en cedé fundamentalmente.

Había pasajes de evocación medieval, con sus acústicas, y sus coros celebrando que le tocaba tirar en una partida de rol, que alcanzaron la quintaesencia con «The Bard’s Song», auténtica «Stairway to Heaven» del metal alemán, power metal o como quieras llamarlo. Finalmente, con una introducción de gaiteros, quedaba la canción homónima del disco que se iba a los siete minutos y medio. Gustándose ahí.

Fotografía: Markus Felix | PushingPixels (CC-BY-SA-3.0)

Hasta entonces habían sido un grupo que no salía prácticamente de Alemania. Sus conciertos internacionales eran en Austria, Suiza y Hungría como mucho. Sin embargo, este disco ya era de Virgin y los enviaron a hacer una gira por Japón de la que salió Tokyo Tales, su primer directo en serio. Raro hubiera sido que un grupo de filosofía tan teenager no hubiera arrasado el imperio del sol naciente. Hubo antes otro directo, de 1989, distribuido por ellos mismos con cortes recopilados de una gira alemana. El caso es que, por lo que fuera, en 1993, cuando todo esto sucedía, en España no nos enteramos.

Muy poco a poco, en 1994 y 1995, se fue corriendo la voz, iban viéndose las camisetas cada vez más y se levantó el nuevo culto. Cuando empezaron a llegar todos los discos a las tiendas la peña se compraba los cedés de dos en dos. Por fin, tras años de sequía, aparecía algo que molaba seriamente. Era como el grupo heavy que siempre habías soñado, pero no existió hasta entonces.

Con esta expectación, apareció Imaginations From the Other Side, que podría considerarse el final de la primera etapa o el principio de la segunda. Por su sobreproducción yo me inclino por la segunda opción. En febrero de 1996 asomaron por España. El concierto de Canciller en Madrid no fue normal. La gente estaba flipando tanto que era el grupo el que no se creía lo que estaba viendo y no al revés. Se miraban entre ellos, incrédulos, la música no se oía por cómo cantaba la peña los estribillos a grito pelado. Ahí se consumó la epifanía. Porque Blind Guardian fueron como una aparición mariana en unos años chungos para el heavy. Tanto que el género volvió a ponerse de moda y las nuevas generaciones se agarraron a él como a un clavo ardiendo. El heavy ortodoxo volvió a ser popular entre la gente joven. Esos jóvenes ya no eran los hijos de clase obrera de los barrios chungos, ahora este estrato social iba con el pelo cenicero subido en una scooter y escuchaba techno duro, pero lo heavy como tribu no se extinguió.

Blind Guardian volvieron enseguida, en noviembre de ese mismo año. Pero algo había cambiado. La afluencia fue absolutamente masiva. Quizá a mí me cambió la percepción, pues tras ese verano ya estaba totalmente sumergido en el metal extremo, pero ya no me pareció lo mismo. También es verdad que escuché al grupo siempre que jugué al Doom 2 hasta el punto de que, en la actualidad, confundo una cosa con la otra. Si suenan Blind Guardian pienso en que me persiguen machos cabríos, y si por casualidad veo algo relacionado con el Doom escucho de fondo Blind Guardian. Lo que se traduce en que a finales del 96 ya me daban nauseas por saturación. Dice el dicho que, en música, lo que entra a la primera sale a la primera. Lo cierto es que nunca en la vida me he acercado a ninguno de los discos que sacaron después. Ni por curiosidad siquiera. Primero, por indiferencia o desinterés. Ahora, veinticinco años después, es pavor lo que me da pensar en ponerme sus siguientes trabajos. Tengo miedo, verdadero pánico a una cosa: que me gusten.

Fotografía: Markus Felix | PushingPixels (CC-BY-SA-3.0)

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