La mujer que hablaba con las piedras

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Fotografía: Thomas Miorin (CC BY-NC-ND 2.0).

Por la noche en Gulu, capital oficiosa del norte de Uganda, la negrura impenetrable del bush cae como un telón pasada la última farola. Así le llaman aquí al campo: bush, los arbustos, la vegetación que ha sobrevivido a la guerra y la deforestación y de la que nunca sale nada bueno. Los hombres del Ejército de Resistencia del Señor —LRA en sus siglas en inglés—  de Joseph Kony, escondidos en el bush, atacaban las aldeas y se llevaban a los niños. En el año 2003, la ciudad asistió a un acontecimiento inédito, cerca de cuarenta mil niños de los alrededores caminaban al atardecer cada día para dormir al raso en las calles de Gulu y evitar los secuestros y la violencia del ejército ugandés en su operación contra Kony. Se les llamó night commuters, los viajeros de la noche. Ahora la región vive una relativa paz desde que Kony y su guerrilla viven emboscados entre la República Democrática del Congo, Sudán del Sur y la República Centroafricana.

«Más que un grupo rebelde, es una secta. Una secta armada y Kony, un experto en control mental. Es capaz de aterrorizarte y, al segundo, decir que eres su mejor amigo», dice el español José Carlos Rodríguez acerca de una conversación por radio que tuvo con él. Father Carlos, expadre comboniano, llegó a Uganda en 1984 y conoce muy bien al LRA. Ha visto las mutilaciones que inflige a sus víctimas y ha rescatado a muchos de sus manos, como Michael Achelam Odongo y Moses Rubangangeyo, a los que conocí en Gulu, afortunados entre los treinta mil niños y adolescentes que el LRA ha secuestrado desde 1986. Michael escondía el ojo que le quedaba tras unas gafas de sol, cojeaba y tenía cicatrices en cara y brazos. «Era un buen soldado, por eso llegué a brigadier», me dijo en una diminuta habitación de hotel. Moses, intacto a simple vista, había creado su propia organización para acoger a otros niños liberados. La cruzada mesiánica de Kony por gobernar Uganda con los diez mandamientos cristianos no hubiera existido de no ser por una mujer que vivía en Opit y de la que decía ser su primo.  

El 2 de enero de 1985, la joven ugandesa Alice Auma fue poseída por el espíritu de un capitán del ejército italiano ahogado en el Nilo durante la Primera Guerra Mundial. El ente, que se hacía llamar Lakwena —mensajero, en dialecto acholi—, dominaba setenta y cuatro idiomas y empujó a Alice a viajar hasta el parque natural de Paraa, en el centro de Uganda, para hablar con los animales y los elementos. Alice le preguntó a un afluente del Nilo Blanco acerca del baño de sangre que sufría el país. «Los seres de dos piernas matan a sus hermanos y tiran sus cuerpos al agua. Ve y lucha contra los pecadores», respondió una cascada que se había quedado inmóvil ante la presencia de la chica. Alice, conocida en adelante como Alice Lakwena, habló con hipopótamos y jirafas, con las montañas y las piedras. Todos se lamentaban de la crueldad de los hombres.

Al volver a su pueblo natal, Alice fundó el Movimiento del Espíritu Santo, una guerrilla que era puro sincretismo cristiano y de la religión acholi, la etnia mayoritaria del norte de Uganda. Lakwena bendecía con agua sagrada a los nuevos soldados de su ejército —también escupían en la boca de un cerdo para purgar sus pecados— mientras decía ser visitada por otros espíritus como Wrong Element de Estados Unidos, Ching Po de Corea y una enfermera ugandesa llamada Nyaker. El código de conducta de la milicia, inspirado en el Nuevo Testamento, comprendía veinte normas, recogidas en el libro Alice Lakwena and The Holy Spirits de Heike Behrend:

  1. No llevarás pequeñas ramas o palos en el bolsillo, ni siquiera lo que utilices como cepillo de dientes.
  2. No fumarás cigarrillos.
  3. No beberás alcohol.
  4. No cometerás adulterio o fornicación.
  5. No te pelearás con nadie.
  6. No robarás.
  7. No tendrás envidia ni celos.
  8. No matarás.
  9. Solo obedecerás las órdenes de Lakwena.
  10. No llevarás un bastón en el campo de batalla.
  11. No te protegerás detrás de la tierra, la hierba, un árbol, un hormiguero o cualquier otro obstáculo.
  12. No cogerás del campo de batalla ningún objeto no recomendado por Lakwena.
  13. No matarás a los prisioneros de guerra.
  14. Seguirás las órdenes de tu comandante y nunca las discutirás.
  15. Amarás al prójimo como a ti mismo.
  16. No matarás a ninguna serpiente.
  17. No comerás con nadie que no haya jurado su lealtad al Espíritu Santo.
  18. No te desviarás a otras casas o te darás la mano con nadie de camino al campo de batalla.
  19. No comerás cerdo ni cordero.
  20. Deberás tener dos testículos, ni más ni menos.
Soldado del ejército ugandés. Fotografía: Cordon.

Uganda se desangraba por entonces en una guerra civil entre el ejército del actual presidente Yoweri Museveni y una coalición del expresidente Milton Obote y fuerzas acholis, entre las que se encontraba la guerrilla de Alice. La guerra de los Arbustos (1981-1986) se cobraría la vida de más de trescientos mil ugandeses y obligaría a millones al desplazamiento interno por orden del Gobierno de Museveni y su política de contrainsurgencia. En 2005, la población refugiada en los campos del norte de Uganda era la más grande del mundo. Mientras unas mil personas morían a la semana a consecuencia de enfermedades y hambre en los campos, «políticos ugandeses del más alto nivel aprovecharon para acumular las tierras abandonadas», afirma Moses Okello, jefe de investigación del Refugee Law Project, un observatorio jurídico de Kampala.  

Alice Lakwena, abandonada por sus dos primeros maridos porque era estéril, llegó a reunir a diez mil hombres bajo su mando. Las compañías estaban gobernadas por los espíritus que la poseían y las tácticas de guerra carecían de toda lógica militar. Antes de cada batalla, los soldados construían figuras de barro de sus enemigos que luego destruían y marchaban al frente cantando himnos cristianos con el torso desnudo y la orden de nunca apuntar a matar: los espíritus decidirían qué enemigos debían morir. Los soldados eran acompañados por comandantes que cargaban con cinco litros de agua bendita y unas piedras envueltas en ropa que, al ser lanzadas contra el enemigo, marcaban una línea imaginaria que las balas no podían atravesar. En el año 1986, el Movimiento del Espíritu Santo era la guerrilla más eficaz y organizada del norte de Uganda, los soldados gubernamentales abandonaban sus posiciones. Las victorias se sucedían.

La leyenda del viaje a Paraa tenía mucha importancia. Alice decía a sus hombres que la naturaleza estaba de su lado y que acudiría al rescate cuando fuera necesario. Las abejas proporcionaban ungüentos, atacaban a los soldados de Museveni en mitad de las batallas y, a veces, hasta se los llevaban volando, según relataron miembros del Movimiento. Las serpientes, protegidas por el código, hacían salir de sus escondites al enemigo. El agua enfriaba sus armas y purificaba las heridas. En 1987, Lakwena achacó la primera derrota sufrida en Corner Kilak a que los comandantes se quedaron sin agua bendita. Las montañas y las piedras debían ser «compradas» antes de la lucha con un meticuloso ritual. El ecologismo de Lakwena tenía cierto sentido. Durante la guerra civil e incluso antes, los grandes animales de los parques fueron masacrados para dar de comer a las tropas. El desplazamiento continuo de la población en el norte aceleró la deforestación debido a las nuevas áreas de cultivo y al uso de la madera como combustible. Hoy, Uganda no cuenta con una población de elefantes o leones equiparable a la de sus vecinos Kenia y Tanzania y el país ha perdido dos terceras partes de su masa forestal.

Reforzada por las primeras victorias, Lakwena inventó nuevos métodos como frotarse el pecho con aceite de karité —una especie de mantequilla— para detener las balas y decidió que acabaría con Yoweri Museveni y su ejército en la propia capital. La marcha sobre Kampala alternó algunas victorias y grandes derrotas. A medida que caminaban hacia el sur, la población local era más hostil al Movimiento y los desmanes se convirtieron en moneda común. Lakwena reprendía a sus hombres por matar a civiles o por despertar a soldados enemigos mientras dormían, algo que había prohibido expresamente. En noviembre de 1987, los soldados descalzos de Lakwena fueron masacrados cerca de Jinja, un lugar de una belleza difícil de describir, a orillas del lago Victoria, donde el explorador británico John Hanning Speke había descubierto las fuentes del Nilo. La artillería de las tropas gubernamentales de Museveni fue demasiado para unos hombres poco armados a los que Lakwena había prometido que podrían escapar caminando sobre las aguas del río.

En el colegio Santa Mónica de Gulu conocí a Deborah y Christine, secuestradas por el LRA con doce y nueve años. Deborah me contó que otras dos niñas raptadas junto a ellas fueron ejecutadas en el camino al campamento de Kony. Las dos tenían el pelo corto para evitar los piojos y vestían el uniforme de falda y jersey verdes. En el LRA recogían madera e iban a por agua. Tras la derrota en Jinja, Alice Lakwena huyó a Kenia en bicicleta y pasó el resto de sus días en el campo de refugiados de Daabab, abandonada por todo espíritu, hasta su muerte el 17 de enero de 2007. Sus soldados mágicos, los pocos que sobrevivieron, volvieron al norte. Un hombre llamado Joseph Kony que decía estar poseído volvió a llevárselos bush adentro.  

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