Templos malditos

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Banquete caníbal ritual (folio 73r) del Códice Magliabecchiano.

Es la escena más simpática de la película Indiana Jones y el templo maldito. Cuando un sacerdote le arranca el corazón a un infeliz y se lo brinda al público mientras al desdichado lo churruscan en una parrilla. Nunca pensé que semejante práctica tuviera mucha base histórica. Sería fruto de la calenturienta imaginación de los autores de literatura pulp de aventuras, pensaba. Pero estaba yo leyendo tranquilamente sobre un tema que es de mi interés, la tortura después de la muerte, esto es, la vejación del cuerpo de los muertos, en el libro Cabezas cortadas y cadáveres ultrajados (Desperta Ferro, 2017) del catedrático de Prehistoria de la Universidad de Barcelona Francisco Gracia Alonso, y de repente apareció el tema.

Había muchas razones para arrancarle el corazón a alguien en los tiempos remotos. La más comprensible, sin embargo, era la relativa a la política de los mayas. Servía para preservar la memoria de las victorias militares mediante la religión. Un sacerdote, el ah nacom, junto a unos ayudantes, los «sostenedores« o chaacob, extraía el corazón de la víctima que había sido previamente drogada con balché, una bebida alcohólica tipo hidromiel, «para que acudiera a la muerte relajado y no estropeara la ceremonia». El corazón luego se guardaba en una caja a la que se prendía fuego para, a continuación, comerse entre todos el cuerpo del homenajeado.

La diferencia con la película es que con esto no se encontró un profesor de arqueología estadounidense, sino españolitos de a pie. Me hace gracia este fragmento del libro, donde se detalla por qué se sorprendieron: «Es evidente que, en el momento de la conquista, dicho procedimiento impresionó a los españoles, en especial a los religiosos que acompañaban las expediciones durante el siglo XVI, por su paralelismo con el propio concepto de la comunión expresada en la práctica ritual católica». No había duda de que eran nuestros hermanos.

Curiosamente, con los años, los indígenas asimilaron también la influencia católica. Eran abiertos de mente. Los primeros españoles sacrificados y devorados por estos métodos lo fueron en 1511, eran miembros de la expedición de Juan de Valdivia y Jerónimo de Aguilar. La actividad se prolongó durante todo el siglo XVI, pero «se introdujeron nuevas formas de tortura como resultado de la influencia del cristianismo, como la asimilación entre el símbolo de la cruz y la fertilidad del maíz, por lo que muchos niños murieron atados o clavados a una cruz, imitando los relatos sobre la Pasión de Jesucristo. A estos les arrancaban el corazón mientras permanecían atados».  

En las cartas de Hernán Cortés a Carlos I, escribió el capitán extremeño:

Y tienen otra cosa horrible y abominable y digna de ser punida, que hasta hoy visto en ninguna parte, y es que todas las veces que alguna cosa quieren pedir a sus ídolos, para que más aceptación tenga su petición, toman muchas niñas y niños y aún hombres y mujeres de más mayor edad y, en presencia de aquellos ídolos, los abren vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas, y quemas las dichas entrañas y corazones delante de los ídolos, ofreciéndoles en sacrificio aquel humo.

En la actualidad se ha constatado que existían estas prácticas mediante el hallazgo de restos arqueológicos, tales como un tzompantli o expositor ritual de cabezas arrancadas. El profesor Gracia explica que en cada templo se sacrificaban cada año al menos a cincuenta personas. En fechas señaladas, como la inauguración del Templo Mayor de Tenochtitlán, en 1487, dedicado a las divinidades guerreras de Huitzilopochtli y Tláloc, se sacrificaron veinte mil personas como ofrenda.

Los aztecas empleaban métodos similares a los mayas. Muchas veces transmitidos de unos pueblos a otros. Los prisioneros de guerra eran las víctimas habituales. Se les subía a un altar dedicado a este fin, téchcatl, en la parte superior del templo y se les arrancaba en vida el corazón abriéndoles el pecho con un cuchillo especial para la ocasión, el íxquac, que variaba según el ritual (ítzmatl, ixuacanal, ixquácac) Los yucatecos lo denominaban «arma de dios», u kab ku.

Los sacerdotes que ejecutaban al prisionero ayunaban y no podían tener relaciones sexuales los días previos. Se tiznaban el cuerpo con teotlaqualli (alimento divino) una ceniza proveniente de animales y plantas quemadas junto con sustancias alucinógenas que eran absorbidas por la piel, de modo que en el momento de arrancarle el corazón al susodicho iban puestos o «en estado de trance».

Le ayudaban los chachalmeca que agarraban a la víctima de pies y manos para que no se moviera y le colocaban una correa en el cuello para que no se doblase cuando se le hacía el corte debajo de las costillas y se le metía la mano en el agujero. El corazón sangrante se mostraba a los asistentes y se arrojaba a los ídolos. A veces se quemaban los corazones para que la ofrenda fuese el humo, como había advertido Cortés, y el cuerpo se tiraba escaleras abajo del templo por las que caía rodando hasta el final, donde se le mutilaba. Frecuentemente, los trozos se cocinaban y se comían. En Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, el cronista Bernal Díaz Castillo decía:

[…] Vimos que a muchos de ellos les ponían plumajes en las cabezas y con unos como aventadores les hacían bailar delante del Huichilobos, y después habían bailado, luego les ponían despaldas encima de unas piedras, algo delgadas, que tenían hechas para sacrificar, y con unos navajones de pedernal los aserraban por los pechos y les sacaban los corazones buyendo y se los ofrecían a sus ídolos que allí presentes tenían, y los cuerpos dábanles con los pies por las gradas abajo, y estaban aguardando abajo otros indios carniceros, que les cortaban los brazos y pies, y las caras desollaban, y los adobaban después como cuero de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacían borracheras, y se comían las carnes con chimole, y desta manera sacrificaron a todos los demás, y les comieron las piernas y los brazos.

Con la sangre vertida, los sacerdotes pintaban los labios de sus ídolos. La sangre servía para todo tipo de rituales agrarios. En Chiapas se han encontrado representaciones en la que de los charcos de sangre que salían a borbotones tras una decapitación brotaban vainas con granos.

Otro método de gratificar a los dioses era el despeñamiento. Se tiraban desde barrancos o pirámides no solo personas —a las que se les comía antes el corazón— también animales. Además, había lapidaciones, muerte por inanición encerrado en una cueva, ahogamientos, descuartizamientos y asados.

Los banquetes en los que se servían seres humanos, más que rituales religiosos, sugiere Gracia, podían ser formas de socialización. Encuentros para reafirmar vínculos personales entre grupos de prestigio o familias numerosas. En el Códice Magliabecchiano aparece un banquete de estas características en el que aparecen dos recipientes con los trozos humanos. En uno estaban la cabeza y los brazos, como reflejo de intelecto y fuerza, que serían para el líder, mientras que los demás se comían el resto. He aquí algunas recetas:

Lo más frecuente era que se elaboraran bolas de carne con maíz y sal sin añadir especias si se trataba de adultos, mientras que la carne infantil se cocinaba empleando diversos tipos de verduras y flores que, además de ser consumidas en el banquete, se podían entregar como presentes de prestigio a familiares y conocidos.

Sacrificio humano en el templo piramidal (folio 70r) del Códice Magliabecchiano.

Gracia asegura que el canibalismo no era nutricional. Todo apunta a que fuese un sistema para controlar a la población por el gran crecimiento demográfico que habría puesto en riesgo el sistema social y económico. Además de una demostración de poder, de un terror disuasorio, según las víctimas elegidas, niños de determinadas características físicas, mujeres y enfermos, puede que la práctica fuese también una selección social «en la que los eslabones más débiles y los extranjeros eran considerados prescindibles». La escuela de Chicago del momento.

Curiosamente, a veces los sacrificios eran voluntarios. La carne de estos suicidas era muy apreciada por pertenecer a alguien que había llevado su devoción a los ídolos hasta las últimas consecuencias. Según el calendario azteca, que consta de diecinueve meses, cada divinidad merecía un sacrificio concreto. Por ejemplo, en Tazoztontli se sacrificaban niños, pero en Tlacaxipehualiztli, hombres, mujeres y niños. El mes más completo era Ochpaniztli, con sacrificio de una mujer a Toci, desollamiento, sacrificio de cautivos, extracción de los corazones y desollamiento.

Dicho lo cual, uno se pregunta qué había aquí, en la península ibérica, antes de la llegada de los romanos. En otro capítulo Gracia explora las costumbres con cautivos y cadáveres de íberos y celtíberos. A nuestros tatarabuelos, sobre todo, lo que les iba era el rito de la decapitación, cercenar cabezas como trofeos, y también mutilar como prueba de valor. En este apartado las manos eran una obsesión. En una crónica del romano Sexto Aurelio Víctor sobre una campaña contra los numantinos, viene que el padre de una doncella casadera zanjó la disputa entre dos guerreros que la cortejaban proponiendo que el que lograrse traerle antes la mano derecha de un enemigo, de un romano, la desposaría.

No solo era simbólica la mano. También su prolongación artificial, el arma, era imprescindible en esta vida. Según un texto de Tito Livio, cuando el cónsul Marco Porcio Catón ordenó el desarme de las tribus de la Citerior, comunidades de Cataluña y Valencia actuales, los prisioneros prefirieron suicidarse en masa.

Entretanto el cónsul, impresionado por la rebelión de los bergistanos, y convencido de que la ocasión llegada las demás ciudades habían de seguir su ejemplo, desarmó a todos los españoles de aquende el Ebro. Lo cual soportaron tan mal los españoles, raza altiva, que muchos se dieron la muerte convencidos de que sin armas nada valía la vida.

El vecino portugués, los lusitanos, era amigo de los sacrificios para predecir el futuro observando las vísceras, tal y como contó Estrabón:

Los lusitanos son dados a los sacrificios y examinan las entrañas sin separarlas del cuerpo; se fijan además en las venas del costado y adivinan palpando. Hacen también predicciones por las entrañas de sus cautivos de guerra, a los que cubren con sayos. Luego, cuando son heridos por el arúspice en las entrañas, adivinan en primer lugar por la forma en que caen. Cortan las manos de los prisioneros y consagran las diestras.

Como superstición, en general y por todo el territorio, las cabezas arrancadas podían servir para la «defensa mágica» de la fortificación y la ciudad. Al mismo tiempo, la conservación del cráneo de un antepasado podía proteger a las familias y sus hogares. También se han encontrado otros restos humanos fuera de las necrópolis que sugieren que trozos de cadáveres tenían otras funciones en el ámbito doméstico.

Los celtas ahí jugaban duro. Por ejemplo, empleaban como copas para beber en un banquete señalado el hueso del cráneo vaciado; pieza de la osamenta humana que también era frecuente ver en el extremo de sus báculos. Además les gustaba, si volvían victoriosos de una batalla, llevar en el camino de vuelta las cabezas del enemigo colgadas de la cola del caballo. En otra faceta, por la noble técnica del destripe, podían ver el futuro o el parte meteorológico gracias a un prisionero, quién sabe:

Con respecto de los sacrificios humanos, Diodoro hace hincapié en la vertiente adivinatoria del sacrificio al afirmar que los druidas ofrecen la muerte de un hombre y le clavan un cuchillo en la región por encima del diafragma, y cuando la víctima herida ha caído interpretan el futuro a partir de la forma de su caída y de las convulsiones de sus miembros, así como del manar de la sangre, pues aprendieron a confiar en una práctica antigua y continuada de observación de tales materias .Y es costumbre que nadie realice un sacrificio sin un ‘filosofo’ (druida).

Estrabón citó que se cortaban las manos y los antebrazos como muestra de valor entre los lusitanos. Y los romanos, a su vez, se conoce que metidos en vereda ibérica, empleaban la mutilación con frecuencia sobre los pueblos que derrotaban: «Amputar las manos a los vencidos en vez de ejecutarles era mucho más efectivo, por cuanto convertía a los guerreros en individuos incompletos que ya no podían ejercer un rol determinante en sus estructuras sociales (…) un doble amputado, además, era incapaz de alimentarse por sí mismo, por lo que su desgracia constituía una degradación social que, unida al terror que tal tipo de represalias comportaría a las estructuras político-territoriales, hacía mucho más efectiva la sumisión».

Un ejemplo. En Beturia, actual provincia de Badajoz y parte de Portugal hasta Serpa, Serviliano saqueó las ciudades que se habían puesto del lado de Viriato y de los diez mil prisioneros que capturó le cortó la cabeza a quinientos. Igual era una cifra fetiche. Mauricio Pastor, catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Granada, cuenta que el cónsul Fabio, en la liberación de Buccia, «a quinientos principales de los pueblos cuya sumisión había recibido, invitados amistosamente, les cortó las manos».

En la web de referencia celtiberia.net sí que se han encontrado pruebas de sacrificios humanos en la península ibérica. Los celtas los habrían realizado en momentos excepcionales, de gran crisis, para agradecer victorias militares. Según Diodoro de Sicilia, los galos incluso los realizaban cada cinco años. Estrabón registró que nos gustaba montar colosos de paja, prenderles fuego y echar ahí animales y personas, con el fin de luego esparcir las cenizas en el campo para que hubiera buenas cosechas. Por lo general se trataba de ritos druídicos. Tácito describió horrorizado altares impregnados de sangre humana en la isla británica de Anglesey. En Iberia lo que abundó fueron el sacrificio de animales (hasta nuestros días, en realidad) que no está claro a quién imputarle.

En la ciudad romana de Bilbilis (Calatayud, Zaragoza), situada en la Celtiberia, se hallaron dos cadáveres en distintas posiciones asociados a restos de diversas especies animales como parte del relleno de una torre; aunque se ha sugerido un sacrifico ritual con carácter fundacional, vinculado al dios Lug, por la presencia de restos de un cuervo, algunos autores dudan de su carácter indígena, considerándolo de época imperial

En cuanto a nuestros sacrificios humanos, lo curioso es que, como ocurriera con los españoles que fueron a América, los romanos describieron estas manifestaciones de la cultura local escandalizados. Estas prácticas les parecían muestras de brutalidad y salvajismo. Sin embargo, tal y como señala un texto de la citada web para los locales, la persona a la que se le sesgaba la vida se entendía que se iba directa al más allá con los ídolos. Era, por tanto, un regalo que se le hacía. Y así lo entendía el sacrificado, que accedía dócilmente al viaje interdimensional a través de un cómodo degüello. A nosotros no hacía falta ni drogarnos. Era todo muy civilizado. Porque lo que nunca ha estado claro en estas lides es quién es más bárbaro, si el civilizador o al que le cae encima la civilización.

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6 comentarios

  1. Eduardo

    «La escuela de Chicago del momento»
    Todo organizadito por un poder estatal omnímodo, pero la culpa es del neoliberalismo ¯\_(ツ)_/¯

  2. Solo un apunte, es imposible que Tito Livio cite a los españoles, ya que en época de los romanos no existía esa denominación para los pueblos de la península ibérica (por favor, para los ofendidos, no va como apunte político en ningún caso). Por lo demás, buen articulo y muy entretenido.

    • David B

      Jota, de eso nada; ¿de dónde lo has sacado?. Se entendían como «españoles»/»hispanos» todos los pueblos que habitaban la Hispania romana (o sea, la península Ibérica).

      Tienes razón que en esa cita en concreto no cita a los españoles («En este medio el Cónsul, movido por la rebelión de los Bergistanos, pensando que las otras ciudades harían lo mismo, quitó las armas á todos los que estaban de esta parte del Ebro, de lo qual se enojaron tantos que muchos de ellos se mataron. Gente por cierto feroz, que piensa que sin armas no hay vida.»), pero en la frase siguiente, unas pocas líneas más abajo sí que lo hace: «[…] el no rebelarse más satisfacía á ellos que á los romanos, porque siempre lo habían hecho con mayor daño de los Españoles, que trabajo del ejército Romano […]» y un poco más adelante: «Tenía más dificultad en los sojuzgar que los primeros que fueron a España [Hispania], porque aquellos á los Españoles se pasaban cansados al imperio de los Cartagineses […]». Hay muchos ejemplos más por todo el libro, busca «Decadas de Tito Livio, principe de la historia romana, Volume 4» en Google Books.

      Sobre el uso de «españoles» en vez de «hispanos», hay que tener en cuenta que el término hispano tiene un uso y connotación muy diferente en el lenguaje moderno, con lo que no correspondería con lo que se entendía por «Hispano de Hispania» en la época, mucho más cercano al «español» moderno, que en muchas épocas incluía a portugueses también.

      Hay amplias referencias de cómo desde el período romano, pasando por la edad media alta y baja, y antes de la centralización estatal borbónica, tanto extranjeros como locales consideraban a los pueblos habitantes de la Península un conjunto diferenciado del resto, por diferentes factores, incluidos a los portugueses. De hecho, hasta en formatos populares (series como «Isabel», por ej.) se ejemplifica bien como la unión dinástica podría (y muchos contendientes así lo querían en la época) haber afectado a todos los reinos peninsulares, o haber dejado a Aragón fuera, uniéndose Castilla y Portugal. Esto era una constante en los andirivienes de las uniones dinásticas medievales, que cuando eran fuertes (o sea, aceptadas por la mayor parte de la nobleza) y duraderas, darían lugar a las bases de los Estados renacentistas/modernos.

      No es una consideración política tampoco la mía, simplemente un hecho que se ofusca muchísimo en discusiones interesadas, y al que me costó mucho llegar no siendo mi disciplina la historia (para los historiadores serios esto que digo es obvio, pero no lo trasladan bien a la cultura popular).

    • David B

      Por completitud, en el latín original:

      «Consul Interim rebellione Bergistanorum ictus, ceteras quoque civitates ratus per occasionem idem facturas, arma omnibus cis Hiberum Hispanis adimit; quam rem adeo aegre passe ut multi mortem sibimet ipsi consciscerent, ferox genus, nullam vitam rati sine armis esse. […] siquidem id maiore Hispanorum malo quam exercitus Romani labore semprem adhuc factum est.»

  3. No recuerdo si Tito Livio usara el gentilicio. Me parece que sí: Hispanum, pero de lo que estoy seguro es que usaba Hispaniam. Luego había pueblos a los cuales nominaba con términos particulares, como saguntinos, carpetanos, turdetanis. numantinos, etc. etc. Para ellos la península era Hispanum, que muy probablemente derivase de Hiberum, el actual río Ebro. Muy buena lectura. Gracias.

  4. Que se hayan sacrificado 20 mil personas en la inauguración del Templo Mayor es un dato muy discutido. Es una cifra irreal considerando el tiempo estimado que tomaba realizar el ritual del sacrificio.
    Por lo demás un estupendo artículo.

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