Reencuentro

Publicado por
Fotografía: Isabel Muñoz.

Este relato forma parte de nuestro libro Tócate.

Encontrarme con ella un viernes, un sábado, da igual; encontrármela en un bar de copas, digo, con un grupo grande de amigos, serán al menos diez o doce, qué más da; encontrármela, digo, hace que todo se venga abajo. Encontrármela con el pelo más largo o más corto, no sé. Encontrármela bailando, divertida pero prudente, como siempre fue, o como siempre la percibí yo, conversando con sus nuevos compañeros de trabajo. Porque la echaron, dice, del que tenía antes, cuando las cosas eran diferentes, en realidad mejores, ¿te acuerdas?

Y luego qué tal, yo bien, cuánto tiempo. Estás igual, ¿cómo te va? Cuando los dos sabemos que me va mal, que no levanto cabeza desde que arrancó su vida de la mía sin posibilidad de implante ni cicatriz, que no hay Diazepam que ayude a sobrellevar tanto cajón vacío.

Resulta atroz descubrir a un extraño en aquel a quien una vez amamos. Estrechar su mano, o besarle castamente en la mejilla, cuando de cada rincón de su cuerpo hicimos una vez guarida. Cuando nuestra boca invadió la suya, y nos pertenecieron su piel y su sudor, su saliva. Cuando nos amamos sin cuartel y sin bandera.

Y, pese a todo, escucharla. Escucharla a pesar del volumen de la música, a pesar del tiempo transcurrido y los consejos. Y convenir en que Ciudad Lineal no está mal para vivir, aunque no tenga apenas comercios, cuando yo había jurado amarla siempre, y después de amarla volver a amarla. Y enterarme de que a su madre le han quitado un bulto del cuello que al parecer no es malo, menos mal, cuando le dije mil veces al oído que se la metería; que se la metería con luz o sin ella, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza o en la pobreza. Que se la metería cada vez que me lo pidiera. Y luego invitarla a una copa, cuando yo le hubiera entregado mi vida entera.

Y decirnos ya nos llamaremos, podríamos comer un día, cuando lo que de verdad querría es abrirle los vaqueros y bajárselos por las piernas, ¿has cambiado de número? No, sigo teniendo el mismo, y apretar mi sexo contra el suyo, y sentirlo duro entre sus manos pequeñas, pero sigo sin tener Facebook ni Twitter ni nada, mientras entro, entro en ella un poco solo, al principio lento, como por error, porque lo peor de las redes sociales es el trabajo que dan, ¿lo notas? ¿Notas cómo crece dentro de ti? Sobre todo si no tienes a nadie que te las gestione, ¿tú tienes a alguien que te las gestione?

Y entonces darle la vuelta, y sentir el temblor de sus piernas, su sexo de par en par. Y entrar, entrar en ella otra vez, agarrados los dos a la barra como quien se agarra a la borda de un barco que naufraga dulcemente, que se aleja y que se hunde sin remedio, en una corriente cálida, vertiginosa, sin salvavidas ni tierra firme ni. Y notar cómo sus rodillas se aflojan, a fuerza de tanto abismo, y te llamo entonces un día, cuando quieras, dice, las mejillas encendidas, ardiendo aún, pero te veo mejor, yo a ti también, y te amo, te amo, lo mismo te digo, cuídate, te veo mejor, yo también, dale un beso a tu madre, pero, sobre todo, digo, lo más importante de todo, digo, es que se ponga buena pronto.

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