Bolsilibros del infierno: el boom de la literatura de terror

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He leído en un magacín de tendencias que las personas que sufren trastornos (serios) de ansiedad pueden ser grandes espectadoras de cine de terror. Gracias a estas películas canalizan su angustia diaria y, por un rato o durante el empacho de tres o cuatro pelis y el consiguiente desfile de torturas, alaridos y fantasmas, se olvidan de su propio trastorno y lo proyectan en el sufrimiento de los protagonistas (o ya, en un nivel extremo, en la identificación con el psicópata, el demonio o la monja poseída de turno). Esto, de siempre, ha pertenecido a la esencia catártica del género, que, aunque sigue siendo considerado el hermano pequeño de la industria, ya detenta una posición más honorable con la incorporación de determinadas productoras, guionistas, directores y directoras que le han aportado otros elementos, más allá de la simple película para entretener, tales como la experimentación o las tramas «adultas», más interesadas en temas que afectan a la estructura familiar, política o psicológica. Sea como fuere, bien en forma de diversión, escapismo o reflexión sesuda, el terror cinematográfico es hoy pieza clave e insustituible de la ficción. Pero ha habido épocas en las que estuvo desaparecido y no se apostaba un duro por él. Fue la literatura, y además la literatura popular, la de las novelas de a duro, la de los clubs de lectura, la que lo trajo de vuelta a las pantallas, la que lo volvió moderno, atrevido y lo convirtió en el espacio ideal donde narrar los trastornos de la especie humana en sus momentos más bajos; o sea, en estos tiempos pre o posapocalípticos, que yo ya no sabría decir.

Nacimiento, auge y caída del «horror pulp»

El premio al mejor ensayo de 2017 que otorga la Asociación de Escritores de Terror Bram Stoker recayó en la obra del escritor Grady Hendrix, Paperbacks from Hell: The Twisted History of ‘70s and ‘80s Horror Fiction. Se trata de un trabajo minucioso e ilustrado con algunas de las (fantásticas) portadas de estos bolsilibros. En él, el autor analiza la historia del desembarco del terror moderno en la literatura, a través de este fenómeno popular de cientos y cientos de novelas, la mayoría escritas por encargo en muy poco tiempo y vendidas baratas en los expositores de los supermercados y las gasolineras. Tenían títulos locos (Las seductoras de Satán, Cangrejos: un sacrificio humano, Muros de terror…) y portadas repletas de imaginería perversa, violenta y, sobre todo, erótica (cementerios, mucha niebla y mujeres en camisón, siempre al borde del desmembramiento; mujeres en combinación, a punto de ser abducidas, mordidas o despellejadas… pero también niños del demonio, animales poseídos, edificios poseídos, mutaciones que salieron mal, posesiones en diferentes culturas y amuletos del demonio, etc.), todas ellas realizadas por ilustradores e ilustradoras del más alto nivel, muy conocidos en el mundo del arte y el comic. Hendrix explica, con humor y pasión de fan, que, igual que existe una prolífica corriente de investigación en torno a las películas de serie B y Z, o sobre la búsqueda de grabaciones pop desconocidas y poco ortodoxas, él ha rebuscado en los stocks y saldos de las colecciones pulp de libros de terror para leer los más desconocidos y raros de aquellos que vivieron un momento álgido entre 1970 y 1990.

Antes de esa fecha, la literatura no tenía un espacio dedicado al terror per se (solo había «suspense», fantástico y las obras clásicas de una época anterior). El cine, por su parte, se había quedado estancado en los monstruos y las creaciones del cine mudo. Pero llegaron Vietnam, las revueltas juveniles, las primeras señales de una crisis económica asomando su aleta por la superficie en calma del mar de los sesenta… y un miedo nuevo, aliado con los desastres naturales, el desarrollo de la ciencia y los cambios en la sociedad, produjo tres éxitos editoriales que nadie hubiese sido capaz de imaginar. El guionista y escritor de misterio, Ira Levin, publica La semilla del diablo en 1967. Un antiguo actor todoterreno, Tom Tryon, publica en 1971 su relato titulado El otro. En 1972, otro guionista de Hollywood, William Peter Blatty, ve por fin editado un libro que le ha costado años escribir. Se llama El exorcista.

Las tres novelas venden millones de copias, son un éxito que el mundo editorial no se espera, pues se trata de tres historias de terror, sin ningún tipo de adorno o justificación para ello. Hablan del mal y lo hacen de frente. En la primera, el mal se infiltra en un matrimonio de clase media que hace un pacto con el diablo por avaricia y sufre los terrores del embarazo; en la segunda, se arrastra en una infancia disfuncional, con la naturaleza como amenaza y los mitos del doble. En la tercera, simplemente se explicita esa malignidad, en otro entorno doméstico, con una lucha a muerte contra el mismísimo demonio. El cine las adaptó enseguida y las tres películas tuvieron una recepción igual o superior a sus versiones en libro, lo que cambió también el rumbo del género cinematográfico. Aparte de las muy conocidas de Polanski y Friedkin, la adaptación de The Other, que realizó Robert Mulligan, es una de las películas más atractivas y sobrecogedoras de su tiempo

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El boom del terror mezcló los productos de la pura serie B con verdaderas joyas literarias. Hendrix comienza su libro hablándonos de la novela que le motivó en esta búsqueda de ediciones pulp de terror. Cualquiera con un mínimo de sensibilidad echada a perder se hubiese prendado de ella. Es un delicioso disparate publicado por la editorial Avon, titulado The Little People (1966, John Christopher), donde aparecen unos sádicos duendes nazis con poderes psíquicos, que han sido creados por un científico loco (nazi) y viven en las mazmorras del castillo que hereda la pareja protagonista. Según Hendrix, al final, la novela no tiene nada de interés, pero la premisa, y en eso estamos de acuerdo, es una golosina y la portada, una locura de coleccionista, firmada nada menos que por Paul Bacon.

El autor enumera los precedentes del terror literario, que no son otros que las novelas románticas con espíritus (gothic romance), una tradición poco respetada por el canon y la autoridad porque fueron escritas en su mayoría por mujeres. Desde la obra de Daphne du Maurier, Edith Wharton o Vernon Lee a los romances de ultratumba de autoras de best sellers como Victoria Holt, fueron sustituidas en los setenta por otras novelitas de pasión fúnebre pero con escenas más explícitas de sexo y de sangre. En esos años, una autora vendía millones de libros con las mismas historias góticas y con sus protagonistas envueltos en terribles secretos y traumas familiares. El mundo devoraba con gusto las novelas de Virginia Cleo Andrews sin saber siquiera que era una mujer: para ello ya se ocupaban sus editoras de escribir, en gran tamaño, solo sus iniciales, en una serie casi infinita de libros, que comenzó en 1979 con la saga de los niños Dollanganger de Flores en el ático y su rastro de incesto, relaciones fallidas y familias monstruosas, y fue continuada por un equipo fantasma de escritores, aun después del fallecimiento de la autora en 1986.

El terror editorial se reveló como fascinante fuente de ingresos y las publicaciones de una gran cantidad de novelas en esa línea no se hicieron esperar. El exorcista fue la primera película de terror que se colaba entre las candidatas al Óscar, pero es que los setenta fueron, sin duda, la década satánica. Tanto el libro como su adaptación provocaron un revival del demonio (con perdón), entre nuevos títulos, reediciones de clásicos (de la obra de Lovecraft a las novelas de Dennis Wheatley de los años cincuenta, como To the Devil a Daughter y su versión para el cine, La monja poseída, de Peter Sykes, 1976) y las imitaciones, una tonelada de pulp sobre sacerdotes del mal (Dark Angel, El santuario, La iglesia nocturna, En el nombre del padre…), porno demoníaco (Súcubo, El hijo del amor del diablo, Estigma, El visitante nocturno…), rituales sanguinarios (La transformación, de Joy Fielding, La centinela, El círculo interior, El guardián…) y detectives que bajan a los infiernos (entre otras reelaboraciones del detective clásico, el personaje y la historia de Harry Angel de El corazón del ángel de Alan Parker, viene de una novela de 1978, El ángel caído, del guionista y escritor William Hjortsberg. Está publicada en castellano por Valdemar). Del éxito de Levin y Polanski nació el subgénero del embarazo sobrenatural, una temática que ha llegado hasta hoy, y que entonces se vendía en novelas truculentas, como Embryo, Prematuro, Cuna

Los niños horribles ya eran un clásico en la cultura popular, pero gracias al pánico satánico se hicieron con su propio subgénero. Con el taquillazo de La profecía, que esta hizo el camino contrario (primero la pantalla y después el papel), y su saga de novelas correspondiente, se editaron muchísimas historias en torno a la maldad en la infancia, con niño con poderes, niño reencarnado, niño malo mutante con poderes, niño o niña muy psicópata, niño psicópata por un trauma familiar o niño psicópata por ser de la piel del demonio: La semilla del mal, Los niños, La niña de mamá, El enviado de dios, La extraña semilla, Listo como el demonio… Subgénero dentro de este es la novela con niño y juguete/personaje diabólico, que también ha dado muy buenos resultados en cine y películas para televisión: Guardián de los niños, El castillo de muñecas, La voz del fantasma o El brillo de las velas (con portada de Jill Bauman).

En 1974, el demonio adquirió la forma de un animal furioso que atacaba a las personas, quizá porque estas contaminaban el medio ambiente, o porque la psicopatía humana se contagiaba a otras especies. Peter Benchley vio su novela Tiburón cuarenta y cinco semanas entre las más vendidas de la lista del New York Times, y la adaptación para el cine de Steven Spielberg desató la locura con los animales asesinos. Richard Adams se había adelantado con La colina de Watership y sus conejos rabiosos, pero el triunfo se lo llevaron los tiburones y una larga lista de bichos fuera de control. Las ratas (1975), de James Herbert, se convirtió en uno de los éxitos editoriales más importantes en el Reino Unido, una historia repulsiva y plagada de escenas realmente horribles. Luego llegarían los perros rabiosos o poseídos, las serpientes, los gusanos… y, por supuesto, los insectos, en todo su esplendor de viscosidad y voracidad por la carne humana.

No solo animales y plantas podían convertirse en monstruos del infierno: las casas, un hospital, un sótano… los edificios abandonados por la crisis económica y otros espacios urbanos afectados por la degradación municipal, la aluminosis y la radiación adquirían vida y un comportamiento asesino, reflejo de una política criminal, donde la ciudad devenía en un ser diabólico. El resplandor, de Stephen King, es una brillante remezcla de libros anteriores, iguales o superiores en calidad, sobre el horror que puede supurar un inmueble. E. A. Poe y Shirley Jackson ya habían dado categoría poética a la idea de la casa encantada, Richard Matheson la volvió perversa, llena de conductas innombrables, en el 71 (La casa infernal), y al final de la década llegarían el superéxito de la novela y las películas del caso Amityville, pero el mito moderno comenzó en 1973, con la novela de Robert Marasco Burnt Offerings (Holocausto), una inteligente historia de crisis económica y familia al borde de la locura por el fantasma de la hipoteca. La mansión Allardyce es el símbolo de la absoluta maldad, que esclaviza y trastorna a sus moradores. Su adaptación al cine no es menos recomendable, un estupendo relato dirigido por Dan Curtis y que fue titulada en nuestro mercado Pesadilla diabólica (1976).

Paperbacks from Hell es un festín de libros abracadabrantes, agrupados por temas, que, a medida que nos adentramos en los años ochenta, va dejando al demonio y las sectas destructivas de lado en favor de las máquinas mortales (coches y computadoras salidas de madre), los peligros del rap y el heavy metal en su lado más salvaje (tras la ocurrencia de Mrs. Gore de censurar los discos), con personajes de músicos y actores llevando a la realidad de la novela pulp sus más espantosos deseos, y culminando —sí, lo han adivinado— en el elegante psicópata caníbal de Thomas Harris de 1988 y su Silencio de los corderos. Luego llegó internet y los bolsilibros fueron lanzados al cubo de los saldos, donde esperan una oportunidad para volver a divertir a los enfermos de angustia que adoran el terror. Hay verdaderos descubrimientos, y no creo que los adapten para el lenguaje inclusivo. Aunque, con el ansia que tienen algunos…

El surtido ibérico del horror

Resulta imposible pasar por alto el fenómeno del terror literario en España en esos mismos años. La editorial Bruguera ofreció una maravillosa colección de novelas terroríficas entre 1973 y 1985. Aunque muy próximas al género negro, y lastradas por el peso de la censura (las historias se resolvían con un fantasma o maldición familiar) y las exigencias de la empresa, que hacía producir a destajo a sus creadores, aún hay verdaderas sorpresas entre los casi setecientos números. Entre sus autores y autoras se encuentran los maestros del pulp hispano, los mismos héroes que se aplicaban al wéstern, el noir y la ciencia ficción. Se trata de un terror muy cerca del telefilm de la época y el culebrón sentimental, con fornidos detectives, vampiresas de tebeo, malos disfrazados y paisajes siempre fuera de nuestras fronteras, pero hay que destacar, además de Lou Carrigan, Clark Carrados y Curtis Garland, a los «especialistas» en tramas sobrenaturales, como Silver Kane (el autor/personaje de su propia ficción, una leyenda de la literatura española) y Joseph Berna.

Por encima de todos, quiero mencionar a Ralph Barby, seudónimo del matrimonio Rafael Barberá y Àngels Gimeno, que comenzaron a escribir juntos porque Rafael había quedado prácticamente ciego. Las sombras y los terrenos angustiosos son claves en su obra y ambos practicaban un estilo refinado y muy moderno para la España de los años setenta. Las novelas de la Colección Selección Terror, además de sus detalles morbosos y picantes en la descripción de las mujeres protagonistas, tenían un reclamo igual de poderoso que el de los pulps extranjeros: unas llamativas portadas a todo color con impactantes dibujos de monstruos, esqueletos, vampiros y señoritas muy ligeras de ropa, que sugerían bastante más de lo que las narraciones iban a ofrecer. Sus autores, entre lo mejor de los pintores del momento: Miguel García, Rafael Cortiella, Alberto Pujolar, Salvador Fabá, Martí Ripoll y Antonio Bernal… responsables también de las portadas de revistas como Dossier Negro.

Bruguera no fue la única editorial de novelas de terror. Tuvimos una joya maldita, por la dificultad de encontrar hoy aquellos ejemplares, debido a que sus tiradas fueron más pequeñas: la Colección Terror Easa Andina (1975-82), doscientas ochenta y ocho novelas inéditas, también a cargo de autores españoles, que no coincidían, salvo excepciones, con los de Bruguera. Igual que las anteriores, estos libros tienen títulos y portadas espectaculares, preciosas recreaciones de paisajes góticos y pesadillas, realizadas por el gran Manuel Prieto Muriana, responsable de muchos dibujos para las aventuras de Marcial Lafuente Estefanía. La gente que no sabíamos lo que era el gusto literario (nos) las cambiábamos en los kioscos y con los amigos; ahora las personas con posibles pujan por ellas en los portales de subastas y de colecciones como si fuesen tesoros.

Seis bolsilibros terroríficos que no deben faltar en su biblioteca

  1. Cómic de terror, Adam Surray (Selección Terror Bruguera, 1980). Con este nombre firmaba el gallego José López García. Esta historia es un estupendo homenaje al mundo del tebeo, de trama mucho más violenta y retorcida de lo que cualquiera hubiese imaginado, que narra el penoso descenso de su protagonista, un dibujante rechazado, al pozo de los asesinatos en la búsqueda de modelos para sus cómics.
  2. El subastador, Joan Samson. Publicada en castellano por Ultramar en 1977, es una de las mejores novelas de la década. Su autora remite a los ambientes de Shirley Jackson en una metáfora sobre el poder de las fuerzas represivas y económicas cuando el conjunto de un pueblo se pliega sobre sus miedos y no hace frente a esa presión.
  3. La furia, John Farris. Especialista en literatura de género, su novela de 1976 (publicada por Grijalbo en 1979, tras el estreno de la adaptación al cine de Brian de Palma) es una de mis preferidas: las peripecias de una pareja con poderes de clarividencia y telequinesis, que son perseguidos por una organización secreta, sembrando la destrucción por donde pasan.
  4. Nuestra señora de las tinieblas, Fritz Leiber. Editada en 1977 y publicada en castellano a comienzos de los noventa, estamos ante una de las más exquisitas historias con edificio, libro y secta malditas, tras un telón de referencias literarias, en pos de la verdad sobre una organización subterránea a la que han pertenecido los grandes autores del género, de Jack London a Thomas de Quincey. Imprescindible.
  5. Let’s Go Play at the Adams (1974, Grafton), de Mendal W. Johnson. La descubrí gracias al libro de Hendrix y es, sin duda, uno de los relatos más terroríficos de psicopatía y violencia gratuita con los que me he encontrado (sobrepasa a algunos libros de Jack Ketchum). Única obra de su autor, describe sin omitir detalle ni ofrecer razones el calvario que sufre la canguro a manos de los cinco niños y niñas que se supone tiene que cuidar.
  6. Lo que dijo Harriet, Beryl Bainbridge. Recientemente editada por Impedimenta en castellano, esta novela de 1972 recrea un caso real en el que dos adolescentes asesinan a la madre de una de ellas. Bainbridge, autora británica de estilo negrísimo y sofisticado, da voz a las pulsiones reprimidas y los actos violentos que todos conocemos por la película de Peter Jackson Criaturas celestiales; inspirada en el mismo caso real.

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1 comentario

  1. También el autor de esta ardua investigación cae, y en manera para nada sutil en el horror: “…la que lo volvió moderno, atrevido y lo convirtió en el espacio ideal donde narrar los trastornos de la especie humana en sus momentos más bajos; o sea en estos tiempos pre o postapocalípticos, que yo ya no sabría decir…” Brrr. Como decía el Chavo, “Que no panda el púnico, señor”. Humor, señor, humor para hacerse los «giles» de frente a esa parte inseparable del existir: el horror, por los bucos negros en el vecindario, por las carambolas pifiadas de asteroides que nos pueden caer sobre la testa, para que no falle el escudo electromagnético de nuestro planeta y no permita que terminemos al spiedo, por el alegre aumento de nuestras temperaturas y, por supuesto, por ese misterio insondable e inquietante que es el ánimo del hombre. Gracias por tanta desazón.

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