Pilar Rubio Remiro: «Circular por el mundo exterior no ha sido nunca fácil para una mujer, ni lo es ahora»

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Fotografía: Begoña Rivas

Tenía que ser así: Pilar Rubio Remiro aparece cargada con libros. Habla suave pero sentencia firme sobre aquello de lo que sabe más que la mayoría: viajes y libros. Aún más: Libros de viajes. Esos dos placeres universales que —ella lo sabe— se publicitan más de lo que se practican, a los que se ha consignado desde que tiene memoria.  

Después de años tras el mostrador de su librería, se presenta ahora como madre de La Línea del Horizonte, editorial especializada en una narrativa que cabe en la maleta, pero no en una guía de viajes al uso. Rescata a exploradoras desconocidas, traza rutas literarias y lleva a cabo ideas alocadas que no siempre salen bien. Pero gracias a ellas ha carpinteado su propio sueño, su editorial. Es una nómada con residencia fija. De pequeña se imaginaba ganando concursos de redacción, de mayor ha tenido que añadirse el segundo apellido porque había otra más famosa. No parece que le importe, habita feliz lejos de las alabanzas y los desdenes. Los buenos libros, dice, son los que crean un silencio alrededor. Pilar Rubio Remiro produce, a veces, el mismo efecto.

Charlamos con ella sobre mapas, libros, dibujos y geografías. Nos cita en su cafetería de siempre, que ya no es igual, pero la mantiene a ella, al pie del cañón.

Esta misma semana ha cerrado la librería Nicolás de Moya, la más antigua de la capital. Tú has contado que el peor momento de tu carrera fue cuando tuviste que cerrar la tuya en Madrid, Altaïr. ¿Eso te ha traído recuerdos?

Siempre que cierra una me acuerdo de la inmensa tristeza cuando tuve que cerrar, después de quince años. Sobre todo, porque es un trabajo muy vocacional que te atrapa totalmente. Vives unos horarios terribles. Ese halo romántico que se ve desde fuera, desde dentro es de otra manera porque te pasas el día entre cajas, es muy físico, aunque no se entienda. Da pena porque los cierres de las librerías son imparables, y aunque surgen nuevas, en el fondo expresa una situación del mercado muy preocupante. Mientras crece la oferta de edición, crecemos las editoriales pequeñas, el número de lectores decrece. El último informe sobre la lectura del ministerio te deja impresionada. Siempre se alega que el número de lectores crece, pero te das cuenta de que estos estudios no inciden en la realidad del problema: ¿Qué tipo de lectura es la que crece? ¿A qué le llamamos lecturas? Y sobre todo, frente al resto de contenidos que se consumen, ¿cuál es la importancia de la lectura de verdad, seria? Lo que deja ver el cierre de las librerías es el cambio de paradigma cultural tan tremendo, que al principio pensábamos que venía por la crisis económica pero que ahora nos damos cuenta de que no.

Tiene que ver mucho el cambio tecnológico y sobre todo algo más tremendo, la pérdida del aura del libro. La pérdida de objeto sagrado, de identidad de un objeto que ha estado transmitiendo un sentimiento de lo cultural que ahora prácticamente está denostado. Pocas veces vemos a nuestros políticos con un libro en la mano, contar qué libros tienen en la mesilla o mucho menos salir de una librería. O visitar la Feria del Libro, sin ir más lejos. Eso es lo que expresa el cambio de las librerías: un cambio cultural muy profundo. Es un ecosistema cada vez más frágil y cada vez más retorcido, como una especie de aporía. Utilizo esta palabra porque expresa una contradicción no resuelta. Que cada vez hay más edición, cada vez hay más oferta mientras que el número de lectores decrece. Está encima de la mesa, pero nadie tiene respuestas para eso.

También esta misma semana se ha visto el reverso de la moneda: después de que una librería de Nueva York anunciase su cierre, los vecinos se han volcado para salvarla económicamente, y finalmente no cerrará.

Aquí ha habido algunos casos parecidos, pero no iguales. Las librerías de barrio, como esa, son muy especiales porque hacen sentir en casa. En mi caso es la Alberti, donde siempre que voy sé que voy a tener un ratito de conversación, de recomendaciones y una mesa de novedades con fundamento. Esas librerías de barrio son esenciales, vitales, porque van más allá del comercio de una actividad determinada. Son núcleos a través de los cuales toma cuerpo un sentido de lo vecinal, de comunidad. Lo que se necesita no es tanto que la salven, sino un mayor apoyo por parte de los políticos. En Francia y Alemania tienen unas redes bastante aceptable, que mal que bien se van bandeando con esta situación de crisis, y reciben muchísimos apoyos públicos, como al alquiler. Y aquí no. Tiene que haber políticas públicas que apoyen la red librera, porque Amazon ya está en un porcentaje del quince por ciento en librería física. Es una barbaridad y sigue creciendo. ¿Dónde estará en cuatro o cinco años? Porque cuando cierra una librería todo son lamentos, pero me acuerdo que en una de estas, Paco Goyanes, de la librería Cálamo me decía: «Oye, que no os acordáis de las que seguimos abiertas, que somos las que sobrevivimos». Y es verdad.

Dices que pierdes el entusiasmo por lo que haces cuando ves a la gente en el metro con el smartphone y añades «solo los libros nos pueden salvar de este estado de anomia intelectual, de ausencia de pensamiento crítico, de muerte de la imaginación, de falta de proyectos y de deseos de cambio». Una visión muy pesimista, ¿no?

Es que volvemos un poco a lo duro que es ser consciente de ese cambio, que desde mi punto de vista no camina hacia una buena resolución. No hace mucho leí un libro de Nicholas Carr, ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, que comentaba cómo nos transforma la lectura digital frente a la lectura analógica. Obviamente hay toda una serie de cambios neurológicos que tienen que ver con la forma en la que leemos, las funciones que se activan en el cerebro no son las mismas. Y ahí, en el metro es la prueba del siete. El día que veo más de dos personas con un ebook, o con un periódico, me dan ganas de aplaudirles. Son como una especie en extinción.

¿No te parece que muchas veces se plantea todo esto como mundos excluyentes? ¿Si usas smartphone no lees libros, o si lees en digital no lees en analógico?

Yo no lo hago. Soy lectora de todos los formatos, aunque utilice más el papel porque la relación sensual que se establece con él no la puedo establecer con lo digital. Tengo dos libros en los dos formatos, defiendo una convivencia.

Cuando fundaste tu editorial La Línea del Horizonte la vocación digital estaba clarísima. Mucha de la oferta era en ese formato, alguna incluso exclusivamente.

Cuando empecé con la editorial, salía de estar muchos años en la librería y empleé un año en reciclarme. Entré en la lógica del márketing, las redes sociales, las nuevas aplicaciones de tratamiento de imágenes… Todo aquello que me podía servir, incluido un máster de edición digital. En aquel momento, con la crisis dando tan duro, pensaba que el futuro sería totalmente digital. Por eso empecé la editorial con una colección digital… ¡que me comí con patatas! Y me di cuenta de que no se puede editar solamente en digital, que el papel no solamente tenía vida sino que tenía una larga vida por delante. Incluso los primeros libros que saqué también tenían un material audiovisual adjunto. Saqué uno de Javier Reverte y para cada uno de los capítulos fuimos a su casa, le filmamos, y él mismo explicaba de dónde salía cada reportaje, los entresijos… Tenía su gracia, y accedías a ello a través de un código QR. Pero después me di cuenta de que no, de que el lector no había evolucionado tanto. Existía un lector digital, pero no buscaba, o no apreciaba, esa extensión de la palabra volcada en la imagen. Así que dejé de hacerlo, porque comprendí que había que seguir editando en papel con su correspondiente versión en digital. Que además no cuesta nada hacerla una vez que ya tienes la de papel. No entiendo a los editores que se niegan a hacerla, porque creo que pierden una parte de visibilidad.

Te empeñas en defender la literatura de viajes, que muchas grandes figuras de la literatura, como Susan Sontag, criticaban abiertamente.  

Yo abordo la literatura de viajes desde una mentalidad que no me puedo quitar de encima, que es la de haber llevado durante mucho tiempo una librería especializada en literatura de viajes. Esto me condiciona muchísimo, igual que haber tenido en mi pasado una larga etapa en el arte contemporáneo. Todo lo que tiene que ver con la iconografía, de alguna manera, también se proyecta en esto. Pero como librera de viajes, te diré: una librería de viajes es una librería general, en la que tratas todas las humanidades, solo que se ordena de diferente manera, desde un punto de vista geográfico. Esta es la clave. La literatura de viajes es un género tremendamente transversal, porque recorre otros muchos: la ficción, la crónica periodística, las humanidades, porque puede ser un relato de corte antropológico, geográfico, visual… Es un género tan rico, tan apasionante, tan mestizo y fluctuante a lo largo de los siglos, que se regenera continuamente. Cuando alguien dice que la literatura de viajes en este momento es un género menor, yo me pregunto, ¿de qué está hablando? Porque ponemos encima de la mesa una serie de textos, y por supuesto que son literatura de viajes. Toda la literatura citadina, por ejemplo, es pura literatura de viajes.

De hecho, defiendes que se puede leer a Virginia Woolf como literatura de viajes, y publicaste una geografía sentimental de la autora.

Exacto. Tú lees La señora Dalloway y es una imagen de Londres, porque es una novela que se desarrolla en sus calles. Lo que tú estás viendo a través de esas palabras es una ciudad, una mirada muy complementaria a la que tiene el turista. Por eso esto para mí es la guerra que tengo con respecto a la literatura de viajes, es una guerra pedagógica. De hecho, mi catálogo tiene que ver con esta obsesión de considerar y hacer visible la riqueza conceptual de este género. La Odisea y el Quijote también entran en este género, porque la literatura de viajes no es solamente la crónica de un chaval de treinta años que se ha dado la vuelta al mundo y luego vuelve y lo cuenta. Lo que importa es la calidad y hondura del relato, qué se ha hecho con esa realidad. La literatura de viajes, para que se pueda considerar como tal, solo necesita un ingrediente: que haya desplazamiento. Por un lugar, por una geografía, o por una cultura. Ese es el único ingrediente que necesita para ser llamado con propiedad relato de viajes. Luego, la circunstancia de lo literario es la circunstancia añadida del valor, es el talento que se pone al servicio de un relato. Si no hay talento, obviamente ese relato es plano, sin mayor interés, o se limita a copiar la plantilla de un género. Que la tiene, por supuesto. Lo literario es un ingrediente que le otorga valor, pero lo que hay por debajo, el tema, es tan amplio y tan fascinante… que cuando veo opiniones como las de Susan Sontag y tantos otros, me río. Porque ellos mismos con los años se han tenido que desdecir.

Ella, en Viaje a Hanói, constata su incapacidad de comprender Vietnam del Norte y carga contra los escritores viajeros que la precedieron y alimentaron la ilusión de que comprendían las realidades que visitaban. ¿Es necesario comprender allí donde se va, es un fracaso no hacerlo, o a veces la literatura de viajes puede ser la narración de un fracaso?

Es un tema precioso, en realidad. Porque hay miles de citas sobre qué significa ser turista, qué significa ser viajero… Pero yo voy a algo mucho más sencillo y menos rebuscado: viajar es un estado emocional. Esa emoción te sitúa ante una percepción que puedes modular de muchas maneras, dependiendo de cómo eres. Si en tu vida normal eres curiosa, aplicarás la curiosidad, si tienes una mirada visual sobre las cosas, la proyectarás; y si eres reflexiva, lo mismo. Y a pesar de eso, hay lugares que simplemente no te entran. Es como las personas. No te entran. Llegas a un lugar y te dices «no me hallo aquí», porque no encuentras una conexión emocional A partir de ahí nos cerramos en banda. Lo que tiene de interesante es el reconocimiento, el decir que tal lugar o tal ciudad no te ha interesado nada. Y, sin embargo otro lugar (que no tiene por qué ser exótico ni lejano) ha sido una absoluta revolución en mí. Eso es lo importante en ese caso. Ya que hablamos de Susan Sontag, citaré El amante del volcán, que es Nápoles, donde hay todo un relato fascinante del lugar. La ficción, obviamente, forma parte del transgénero de la literatura de viajes. De hecho, la buena literatura de este género está llena de escritores de ficción que en un momento u otro han viajado y han usado su mirada de ficción en un lugar. La subjetividad que extraen de ese sitio da un juego fantástico. Muchos de los grandes relatos de viajes están escritos no por viajeros sino por escritores que viajan.

Dice Javier Reverte que a partir de los noventa surgieron muchos autores de viajes que no tenían ni el talante ni la preparación de un escritor. De este modo, se provocó un cierto cansancio en los lectores y bajo el epígrafe de literatura de viajes se vendieron muchas simples guías algo ampliadas. ¿Estás de acuerdo con el análisis?

Por un lado, obviamente, al haber movimiento y viaje, la literatura de viajes entra en el terreno de la potentísima industria del turismo. Y a diario vemos como en las redes hay una masa impresionante de gente que viaja y comparte dónde ha estado, continuamente. Esto no tiene mayor interés porque es simplemente desplazarse por desplazarse, no hay una lectura personal individualizada sobre aquella experiencia. Esto ha hecho mucho daño a este género, porque muy habitualmente ves gente que hace viajes verdaderamente difíciles o verdaderamente exóticos, y que han pasado por experiencias complejas y que quieren escribirlo y lo escriben. Pero claro, el resultado de eso no tiene ningún valor. Porque no hay una reflexión, no hay una mirada diferenciada, ni una manera de componer esa realidad nueva o diferente. Esto ha sido muy habitual, lo de decir «he hecho un viaje de cuatro años en moto y he vivido esto y lo otro». Pues enhorabuena por tus maravillosas experiencias, pero la escritura es otra cuestión. Y esto es uno de los grandes problemas que ha tenido la literatura de viajes, porque la ha llenado un poco de basurilla.

Yo viví aquel boom de los años noventa, y tenía una lógica: el hambre que había en este país por el exterior, por el mundo. Por lo que quedaba fuera de lo cotidiano. Esto, unido a una situación de bonanza económica, hizo que toda una clase media utilizara su dinero en viajar. Se convirtieron en lectores magníficos, maravillosos y muy enterados. Las editoriales detectaron aquello porque era una laguna, porque en España no ha habido género de literatura de viajes. Por eso me da la risa cuando algunos teóricos y críticos dicen que es un género menor, cuando ni siquiera ha habido oportunidad de que haya florecido. Lo estamos creando, como mucho, desde hace veinte años. Y desde cero. Pero en aquella época, de la eclosión enorme, muchas editoriales aprovecharon para aparecer en ese momento. Desde la colección de la propia Altaïr, Península, hasta Ediciones B, Juventud, Olañeta… Todas funcionaban a tope con la literatura de viajes. En los catálogos, todos metían a su autor. Todo eso parece que desapareció, pero no es verdad. Se ha reciclado. Esa misma necesidad de mundo exterior, de experiencias físicas y emocionales respecto a lo que está fuera de tu vida cotidiana, ahora se expresa por ejemplo, en la literatura de naturaleza. Es una derivación de aquello. Porque en España antes tampoco había literatura de naturaleza. Yo recuerdo cómo se menospreciaban los primeros libros de Julio Llamazares, diciendo que solo era un escritor rural que hablaba de cosas del campo. ¡Fíjate ahora! Pasó con otros muchos, como Pla. Cuando iba de pueblo en pueblo era visto como una figura dentro de lo literario, conservador, pacato… O el propio Cela, que como persona tendrá muchas fisuras, pero su Viaje a la Alcarria es una joya.

Esa necesidad que surgió con el mundo exterior, con el mundo de lo exótico y lo desconocido; ahora se proyecta en el mundo de la naturaleza. Es un boom que tarde o temprano estallará porque ya se está agotando. Ahora, rara es la editorial que no publica su libro sobre alguien que se ha ido a vivir al monte en mitad de nada. Son modas que van pasando. Lo que ocurre es que son modas que responden a una necesidad, una necesidad de un género que no existía y que es muy atractivo. Pero todo esto es muy darwiniano: tarde o temprano lo que quedará son las obras originales, las que tienen talento detrás. Me refiero a España.

Un vistazo rápido a los libros de viajes más vendidos en Amazon: Viaje al corazón de España (Fernando García de Cortázar), Ver, oír y callar (Juan José Martínez D’aubuisson), Canadiana (Juan Claudio de Ramón), Cuaderno de viaje de la tierra media (John Howe), y Hacia rutas salvajes (Jon Krakauer). ¿Qué te dice el ranking?

Para empezar que es un ranking muy conservador. Pero no es un fenómeno que ataña solo a la literatura de viajes, sino a cualquier género. Si ves cualquier suplemento y te fijas en los diez más vendidos, ves que lo son (muchas veces) por razones extraliterarias. Con respecto a la literatura de viajes ocurre igual: tiene más éxito aquello que ya es reconocible. Javier Reverte siempre vende, porque raro es que alguien a tu alrededor no te lo haya recomendado. Es un tema que me preocupa mucho, e intento que mi catálogo copie cómo me ha marcado mi trayectoria. Quiero que todas las colecciones formen una conversación: si tú quieres leer a Ángeles Espinosa, primero tienes que leer a una tal Egeria, que fue una loca que en el siglo IV se va a ver qué pasaba por Jerusalén, y lo cuenta de una manera muy divertida.

Yo entré en este género hace treinta años porque yo era viajera y era lectora. Y me interesaba todo esto: Egeria, Goytisolo, Reverte, Jorge Carrión… Me interesan muchos autores que no tienen nada que ver, ni por el tiempo, ni por mirada, ni por escritura. Pero entre todos ellos creo que me abren horizontes y nuevas perspectivas sobre lo que me interesa del mundo.

¿Ha matado el turismo low cost a la literatura de viajes? ¿Se banaliza la experiencia viajera?

Dejemos algo claro: una guía de viajes es una serie de recomendaciones sobre lo que se considera óptimo para visitar en un lugar. Un buen libro sobre tema viajero es aquel que te hace reflexionar sobre aquello que estás viendo. Y lo que estás viendo no tiene por qué ser lo más importante, o el templo fundamental de ese lugar. A lo mejor es un callejón, o un bar. Ese es el éxito de un buen relato de viajes, que tiene que huir de lo que se apega mucho a la demanda del mercado turístico, que intenta dirigir tus pasos hacia una serie de hitos que es de los que ese mercado vive.

La diferencia fundamental, ¿no podría ser que la guía de viajes tiene como objetivo que viajes al lugar, pero la literatura de viajes no tiene por qué perseguir ese fin específicamente?

Claro, es exactamente esto. Aunque a veces sí ocurre que quieras ir a un lugar después de un buen relato de viajes, pero es solo un efecto añadido de la bondad de ese libro. El viaje conecta con una pulsión muy íntima de cada cual, que tiene que ver con la fuga de aquello que te está mediatizando todos los días. Hay una frase muy bonita de Savater que uso mucho: «El viaje es tiempo pleno, porque es un tiempo para ti, que no tiene utilidad, que no está dedicado al cuidado o a un fin económico». Es decir, que es un tiempo que no está supeditado a nada salvo a ti mismo. Puedes utilizarlo para afinar la percepción sobre la realidad, sobre ti mismo, para comprender realidades que hasta ese momento ni las habías considerado, para revisar tus propias opiniones sobre el mundo… Lo que te hace es salir de ti mismo. Esto conecta con todo el mundo, todos lo entendemos. Y todos hemos tenido esa experiencia, sea viajando en la sierra del Guadarrama o yendo a Papúa Nueva Guinea.

Hay muchísimos grandes lectores que se acercan a este género simplemente por el placer de vivir de forma vicaria esa experiencia que le está contando un escritor o un viajero. Te diré más: una de mis experiencias en la librería es ver que los grandes lectores de literatura de viajes no son precisamente muy viajeros. Son lectores de salón, y como lectores en general, les interesaba también la literatura de viajes. Y también lo veo a la inversa: mucha gente que está poniendo en redes lo mucho que viaja, que están todo el día de acá para allá, no son lectores. Incluso cuando ellos escriben un libro de viajes, no hay ninguna referencia literaria a otros autores. Y aunque ya no leo ese tipo de literatura, alguna vez lo he hecho, y una vez me topé con un libro de una pareja que había estado viajando durante un año, que era todo un exitazo. Habían vendido como tres mil copias, a base de dar charlas aquí y allá. Cuando lo empecé a leer me quedé impresionada porque recuerdo que estaban en Canadá, alrededor del río Klondike y sus referencias eran el oso Yogui [risas]. No aparecían los grandes escritores de la zona. Así que me reafirmo: los grandes lectores de literatura de viajes lo son porque son lectores en general.

Colin Thubron, uno de los grandes escritores de viajes, dice que esa idea que tenemos de que el mundo es cada vez más pequeño, que los países son más accesibles, es una ilusión. Dice: «Hace treinta años hice un viaje en coche desde Reino Unido a lo largo de Turquía, Siria, Irán, Afganistán, Cachemira y el norte de Pakistán hasta India. Ese viaje es imposible hoy. Cuando un país abre, otro se cierra».

Todo esto tiene que ver con la famosa globalización y con la instantaneidad de la información. Ya quedan muy pocos hitos como que alguien haya estado con la última tribu de la Amazonía que ni siquiera ha sido contactada todavía por la humanidad. Pero yo sí que creo que el mundo se ha reducido. A mí me gusta mucho cómo trata este tema Paul Virilio, porque habla de cómo hemos reducido no el mapa en sí, sino nuestro mapa mental. Tú te montas en un avión y en ocho horas apareces en Japón, sin que eso haya requerido de ninguna preparación mental para aterrizar en una cultura tan ajena a la nuestra. Estamos acostumbrados a eso porque se ha perdido el recorrido, que da mucho juego literariamente, y que ahora ya casi ha desaparecido. Hay una gran metáfora de la estupidez turística que es Fitur, y que no se me enfaden los de Fitur, pero la experiencia de ir te hace darte cuenta del engaño en el que vivimos: ya no hay lugares originales, distintos, nuevos.

Todo el mundo tiene un modelo de crecimiento muy parecido entre sí. Si vas a la India, allí la clase media lo que quiere es ser más suizo que el último de los suizos. Pasa de sus costumbres, ya no se viste así, ahora come hamburguesas, los niños están cada vez más gordos porque no son vegetarianos… El mundo es cada vez más igual, lo estamos haciendo cada vez más igual. Y esto también es un desafío porque, ¿cómo lo contamos? ¿Cómo lo cuenta la literatura? Cada vez hay que caminar más hacia lo individual, lo perceptivo, lo emocional, hacia la lectura que tú haces de una serie de sensaciones que es lo que te provocan las realidades. Aunque haya muchas realidades que yo no sean ni exóticas ni bonitas: son una mierda. Una falsedad. Lo que nos tenemos que meter en la cabeza es que los lugares no son tan importantes como lo que nosotros seamos capaces de extraer de esos lugares. A mí me encanta esa mirada que viene desde el mundo de la psiquiatría, de Freud, que se llama la «mirada flotante». Fluye, y se fija en esto y en lo otro, en nada en especial, pero que va creando significados. Creo que eso es una cosa que el viajero todavía no se siente libre de ejercitar porque lo turístico, la industria, le canaliza demasiado diciéndole que si va a París tiene que ver la torre Eiffel. No deja esa libertad de explorar más allá.

Empezaste la editorial con Joseph Conrad, con un viaje por las islas de Indonesia que inspiraron sus novelas marinas. ¿Cómo funcionó aquello?

La editorial es un proyecto totalmente unipersonal, aunque tenga un equipo detrás, porque es el cierre de un ciclo vital. Cuando se cerró la librería intenté establecer un modelo de empresa muy amplio, en el que la editorial fuera su matriz, pero después hubiera más canales de actividad para hablar de este género desde diferentes formatos. Yo me había relacionado con mucha gente que tenía que ver con el mundo del viaje desde diferentes perspectivas, como la creación de documentales de National Geographic o la escritura, y quería crear una estructura en formato revista. Que continúa, y en ella publicamos muchos artículos que son una maravilla. La otra parte estaba dedicada a la gestión cultural, porque me gusta esa tarea pedagógica. Por eso he impartido ciclos de conferencias, talleres, jornadas…

Pero en la editorial empecé con muy pocos títulos porque quería hacer todo a la vez. Tenía una idea muy loca, de vincular un viaje real a un libro. Como dices, creamos dos rutas maravillosas, una la de Joseph Conrad y todas sus novelas marinas por Indonesia, y la de Virginia Woolf y todos los lugares de su biografía. Creamos libros que tenían como extensión este viaje real… pero fue un desastre absoluto. Porque era una idea que caía muy bien, pero no funcionaba. El viaje a Indonesia lo hicimos con la agencia Ambar, que también son editorial, y yo veía que ellos vendían viajes a Indonesia con un recorrido más o menos parecido al mío. Pero el mío, que era un viaje más literario, que visitaba enclaves de sus obras, que perseguía al personaje de Almayer… Nada. Y me decía, ¿cómo es posible que no se venda? Ellos me lo explicaron: la gente se va de vacaciones y no quiere trabajar. No les interesaba meterse en un viaje en el que de pronto nos fuéramos al hotel y nos pusiéramos a hablar de Conrad, aunque yo no me lo pudiera creer. Con el viaje de Virginia Woolf nos pasó lo mismo. Después de haber ido a su casa de su hermana Vanesa, que es maravillosa, donde vivió todo el grupo de Bloomsbury y cada cual tenía su estancia decorada de una manera… Es cierto que era un viaje caro porque Inglaterra es caro y no todo el mundo se lo podía permitir. Pero fue un desastre absoluto. Así que empecé con ideas un poco locas pero me he ido haciendo cada día más conservadora. Y cada vez centrándome más en las cuatro colecciones que he ideado en el papel y en lo que debe ser la literatura de viajes.

¿El nombre de la editorial tenía algo que ver con Tabucchi, con su libro? También hay un libro de Baltasar Garzón que se llama así…

[Risas] ¡Nada que ver con ninguno de los dos! El título es una obsesión mía, porque estéticamente me fascina el horizonte. Puedes estar horas contemplando esa línea. Para mí siempre ha sido una imagen muy mental, muy simbólica del universo. La gente me decía que era un nombre horrendo porque era muy largo, pero a mí me daba igual

¿Es la literatura de viajes un género elitista o tiene vocación universal?

Yo creo que no es elitista, porque la literatura de viajes tiene un pie en la literatura juvenil de aventuras, y en la gran literatura de aventuras. Y eso no es elitista para nada, porque eso fue lo que nos enganchó a la lectura.

Impartiste un taller sobre «el mundo según las mujeres», donde planteabas tres preguntas: «¿La aventura tiene género? ¿Hay dos miradas sobre el mundo? ¿Por qué no hay apenas literatura de viajes escrita por mujeres?». Te las devuelvo.

Este es un tema que me interesa mucho, de hecho, si ves mi catálogo prácticamente el cincuenta por ciento es de autoría femenina, y eso es deliberado. Y lo es por una razón. En la cultura patriarcal en la que vivimos, el espacio exterior ha sido un espacio masculino y el espacio interior, femenino. Circular por el mundo exterior no ha sido nunca fácil para una mujer, ni lo sigue siendo ahora, a pesar de que afortunadamente cada vez hay más mujeres que lo hacen y que luego lo cuentan y sirven de ejemplo. Pero las mujeres no tenemos genealogía de esa mirada sobre el exterior. Si tú ves nuestra historia, el lugar de la mujer era la casa. La pata quebrada y en casa. Por eso a mí con este género me interesa ofrecer una idea a las mujeres de que el mundo también es suyo y deben salir a él. Lo hago recogiendo los ejemplos de mujeres que, durante toda la historia y contra todo pronóstico, se movieron por el mundo y luego lo contaron, ofreciendo una mirada totalmente diferente.

O sea, que sí que hay dos miradas sobre el mundo.

Claro que las hay. Sobre todo porque el mundo te impide estar en un mirador, o te impone estar en otro. Por ejemplo, con la literatura de viajes del mundo otomano. Occidente estaba fascinado con el tema de los harenes, imaginando miles de mujeres desnudas… Pero todo lo que conocía la literatura occidental sobre eso era de oídas, porque no había ni un solo hombre que hubiera podido penetrar ahí. Porque penetraba y le guillotinaban. Así que el primer testimonio que tenemos de lo que ocurría ahí dentro es de una mujer, porque logra entrar allí y lo cuenta.

Si eres mujer puedes acceder a ciertos lugares, así que claro que hay miradas diferentes. Porque tú miras lo que te dejan ver muchas veces, es elemental. En un país budista no tienes ningún problema en viajar sola, pero si lo haces en un país profundamente musulmán, no es igual. Te vas a encontrar con problemas y tienes que saber cómo resolverlos. Y asumir que hay lugares en los que jamás podrás penetrar porque pertenecen al ámbito de lo masculino. Es importante señalar a las mujeres ese camino que tiene que estar abierto para ellas. Porque para las otras también es importante ver su reflejo en esas mujeres que circulan por el mundo. Cuando Ella Maillart y Annemarie Schwarzenbach en los años cuarenta iban viajando por Afganistán con su coche, era importante que las mujeres que se encontraban en los arcenes de esas carreteras, vieran que eran mujeres y que podían hacer eso. Es una cuestión recíproca.

¿Sigue habiendo muchas mujeres viajeras a las que ir recuperando en la crónica de viajes? Como Nellie Bly y su Vuelta al mundo en 72 días, que editó Capitán Swing el año pasado. O vosotros, con Isabella Bird, la primera mujer occidental en adentrarse en el Japón más remoto.

Pues mira, en la historia clásica de la exploración había cantidad de exploradores que viajaban con su señora. Por ejemplo Livingstone. Y todas ellas pasaron las mismas fatigas, los mismos paisajes, pero ¿quién conoce sus nombres? Nosotros vamos a publicar un diario ártico de Josephine Peary, que fue la mujer de Robert Peary, el explorador del Polo Norte. Ella escribió su propio libro y su propia versión de cómo había visto a los inuits, qué pasaba por dentro, etc. Es interesantísimo, porque a su marido se la sudaba, porque él iba a medir y a explorar; no le interesaba cómo era el iglú, o cómo hacían la comida. Ella sí tuvo el interés suficiente como para escribirlo, pero ¿quién la conoce? Nadie. Porque son figuras que son tangenciales al gran mundo. Y además, el mundo del viaje tiene mucho que ver con todos esos adjetivos con los que denominamos lo heroico: el valor, la decisión, el arrojo… Eso es patrimonio de los héroes, y es muy masculino. ¿Y las mujeres qué? ¿Nos hemos quedado sin esos valores? No, claro que no, claro que los tenemos. Claro que una mujer es valiente, decidida, puede llevar a cabo ese proyecto de llegar hasta allí… Reconocerlas es una tarea pendiente. Pero si te fijas en los catálogos de otras editoriales que están especializadas en esto, un noventa y cinco por ciento son autores masculinos.

Los grandes viajeros, que han sido tradicionalmente los británicos y las británicas, tienen mucho material no publicado. Pero tenemos un problema con esto: lo literario. Son relatos escritos en el siglo XIX y comienzos del XX, cuando el objetivo del texto era dar a conocer algo que no se conocía. Están llenos de tremendas descripciones, que son muy farragosas y que con nuestra mentalidad actual de ir al grano, se te van atragantando. Son relatos de difícil lectura en el presente, que desde mi punto de vista, hay que editar o son intragables. Tiene mucho mérito la experiencia, pero literariamente… Es como esas vidas de escritores que te dices «es más interesante su vida, que lo que escribe». Pues esto es lo mismo. Obviamente es importante lo que esa persona hizo, pero la descripción de cómo lo hizo hace que se te caiga de las manos. Eran libros muy prolijos, varios tomos… Hoy nadie lo aguanta. Así que ahí está el problema. Queda muchísimo por publicar pero que podamos leerlo con placer, menos. En la literatura decimonónica es más interesante lo que hicieron que el reflejo de aquello que hicieron, porque no había un sentido literario como el que tenemos ahora.

Has dicho antes que otras editoriales del mismo género, tienen un catálogo con un noventa y cinco por ciento de hombres. ¿A qué lo achacas?

Es la inercia. Los hombres no caen en la cuenta de que tienen una mirada sesgada sobre la realidad, que es la suya.

En otros sectores no, pero precisamente en el mundo editorial hay muchas mujeres al mando que…

¡Pero eso no tiene nada que ver! Porque muchas mujeres lo que hacen es reflejar esa biología que le han impuesto. Y porque por el hecho de ser mujeres no les confiere automáticamente una mirada feminista de la realidad. Por ejemplo, el criterio de la calidad, que a mí me fastidia mucho. Porque aparentemente puede ser un baremo objetivo, pero en realidad no lo es. Porque la calidad significa que hay mucha producción femenina, en el arte en general, que como se consideró que abordaba temas que pertenecían más al mundo femenino, no tendría mucho interés. ¿Quién dedujo que tenía interés? ¿Y por qué? Eso se pierde en la noche de los tiempos y lo que ha ocurrido es que se ha ido silenciando, silenciando… Hasta llegar al punto actual, en el que una novela sobre la guerra, por ejemplo, es también una novela de género… masculino. Pero los hombres son incapaces de ver esto. Aunque afortunadamente está cambiando, y cada vez se es más sensible ante la necesidad de equilibrar los catálogos. Es fundamental, porque la lectura mayoritariamente está en manos femeninas, o eso dicen las encuestas de lectura, que son brutales. En Estados Unidos el setenta por ciento de la población no ha entrado nunca en una librería, y en los índices de lectura la diferencia de los hombres respecto a las mujeres es enorme. Así que en eso, creo, la dinámica del mercado también se irá imponiendo.

Eres optimista respecto a eso, y también respecto a lo que está por venir en la literatura de viajes: «Nunca se ha mostrado tan viva, tan proteica, tan juguetona» como ahora, has dicho.  

Nunca ha tenido un momento de más esplendor que el de ahora, porque todas las posibilidades están abiertas. Se puede jugar con cualquier género: ensayo biográfico, una ficción basada en lo real… Es muy maleable. Y luego están, además, todos los formatos alternativos, que tienen que ver con lo visual. Yo conozco bien un modelo de lector que es previo a la generación de los setenta, que ya se educó en el cómic, y tiene una mirada muy iconográfica sobre la realidad. Con lo cual ese formato también tiene que cambiar. Mira, uno de los libros que más me ha gustado editar es En el barco de Ise, de Suso Mourelo, que es tremendamente visual porque además él lo va trufando de imágenes. Y esa irrupción de lo visual en el mundo de la palabra es cada vez más importante. Creo que esa generación nacida en los setenta se educó en la historieta y en el cómic, que entiende esa esencialidad en el simbolismo de una imagen, va revolucionar la literatura. Hay dos escritoras de ficción que me han encantado, porque introducen ese mundo de lo icónico: Alicia Kopf con Hermano de hielo y Eva Baltasar con Permafrost. En ellas las imágenes están al servicio de la palabra y no al revés. Eso en los viajes tiene unas posibilidades enormes.

Hablando de cómics y el poder de la imagen, ¿qué te parece que Norma haya sacado el especial Viajes dibujados ideado y producido por Altaïr? ¿Forma parte de esta tendencia que comentas?

Bueno, yo me alegro de que esas editoriales vean posibilidad en los viajes. Creo que es una de las muchas vías que se pueden explorar. Porque además lo que ocurre es que en la tradición del relato clásico de viajes, en siglo XIX, todo viajero se desplazaba con un dibujante al lado. Y no eran cualquier cosa, muchas veces eran grandes ilustradores, grandes pintores y grandes dibujantes. Uno escribía y otro iba dibujando, y esa unión entre lo visual y lo narrativo es propia del género. Es que siempre la ha habido. Desde los propios mapas y la historia de la cartografía hasta el propio relato. Así que tiene toda la lógica del mundo que en una sociedad cada vez más icónica y cada vez más visual, una forma de narrar esté apoyada en la ilustración o en el cómic. Es elemental. Lo que pasa es que es como en todo: hay cómics buenos y cómics malos. Hay historietas buenas y malas. El problema es si alabamos un género determinado simplemente porque es nuevo, o porque conlleva una experimentación mayor que otros. La experimentación tiene que serlo con contenido, no vale solo que sea «nueva».

Pero ni la literatura de viajes ni el cómic han estado nunca fuera del canon cultural, simplemente se les apartó un poco cuando nació la fotografía. A partir de ese nacimiento, los viajeros dejan de acompañar sus textos con la ilustración y se pasa a otro formato. La fotografía no interfiere con la palabra escrita, además. Por ejemplo: todos los grandes exploradores llevaban diarios en los que habitualmente tenían que dibujar. ¡Eso es el cómic! La fotografía separó un poco esa unión, nada más. A los viajeros del Grand Tour en Italia, como la mayoría eran gente bien, nobles y aristócratas, ya desde muy pronto y para que pudieran hacer el tour en condiciones, les ponían el profesor de dibujo. Y en las grandes familias aristócratas del XVIII y el XIX ya viajaban sabiendo dibujar. El propio Goethe cuando viaja a Italia, lo primero que hace es tomar clases de dibujo. Al final, las ilustraciones que hace, son unos paisajes bellísimos. Nunca hay nada nuevo. Lo que es nuevo es nuestra mirada sobre las cosas.

A la editorial, ¿llegan más manuscritos de mujeres o de hombres?

De hombres. Escriben más porque viajan más.

¿Y a qué crees que se debe?

Creo que es una cuestión de ambición, creo que tenemos una cuestión pendiente con esto. Las mujeres no hemos sido educadas en la ambición y esto es un problema. Mientras un hombre considera que esto le puede hacer famoso, que si deja por escrito sus ideas sobre el mundo se podrá hablar de él, esto no le ocurre a la mujer. O le pasa menos. Ese ego no está tan trabajado, y ese ego es fundamental para la creación. Esto tiene que ver con la literatura en general, y con todo en general. Es un problema de ambición y también de seguridad en una misma, porque sabes que te van a juzgar mucho más y desde puntos de vista que jamás harían con un hombre. Y todo eso hace mella, pero es un gran error, porque hay muchas mujeres que tienen mucho que decir. Y cuando lo dicen, ahí queda. Y se nota. Mira, yo he publicado un libro sobre Armenia de Virginia Mendoza que no tiene nada que ver con el concepto que se tiene normalmente de una experiencia como esta. Estuvo un año allí, y en su escritura, para empezar, siempre se sitúa en segundo plano. La literatura de viajes ha dado una impronta muy narcisista, y en la crónica vemos continuamente cómo ellos se ponen delante y no detrás. Que son los que hablan y no dejan hablar. Hay que tener mucho cuidado con la primera persona, porque aún se ve en cronistas que son tremendamente barrocos, que te impiden ver lo que hay detrás. Esto tiene mucho que ver con la psicología de lo masculino, la psicología del yo reforzado y una individualidad fuerte. Sin embargo las mujeres tienen que atravesar ese cristal, y reivindicar que lo que ellas opinan también es importante, aunque tiendan a quedarse detrás. En Heridas del viento los protagonistas son las gentes que se va encontrando allí. Pero a veces hay que aprender de ellos y poner el ego sobre la mesa.

Dices que cuando viste a Máxim Huerta, entonces ministro de Cultura, en la Feria del Libro, fue como ver a un fantasma.

[Risas] ¡Sí! Fue como una visión. Yo me he tirado yendo a la Feria quince años como librera, y últimamente lo he hecho como editora. Así que veo quién va y quién no. Y políticos, nunca. Alguno quizá el día de la inauguración para la foto, y punto. De paisano te aseguro que no los veías, por eso me pareció una visión totalmente fantasmal ver a un ministro de Cultura allí. Así que eso da la medida de las cosas, porque debería ser todo lo contrario.

Creo, además, que la lectura tiene un problema de comunicación. No sabe comunicar el valor que tiene leer, ni qué es un libro en estos tiempos o por qué hay que protegerlo como un bien cultural de primera necesidad. No sabe explicar por qué un libro es valioso con respecto a otros ámbitos de la cultura. No se saben idear buenas campañas para hacerlo, para ayudar a que la gente valore más los libros.

Obviamente está el tema de la cultura digital, y hay toda una generación de cuarenta y cinco años para abajo que ya están educando a sus hijos en la no lectura, porque están totalmente digitalizados. Pero a mí hay un tema que me está llamando mucho la atención, particularmente en Madrid. Aquí tenemos un teatro fantástico en los últimos años. Todas las grandes compañías europeas aparecen por aquí tarde o temprano, es sensacional. Lo que veo cuando voy es que la sala se llena con un tipo de público bastante joven, entre los treinta y treinta y cinco años, que han pagado entradas entre los quince y los veinticinco euros, el mismo precio que tiene un libro. Y son los mismos que dicen que los libros son caros y que no tienen tiempo de leer, pero sí lo gastan en una función que dura dos horas y ya está. Es un fenómeno que me interesa mucho, y que tiene explicaciones que van por otro lado, porque en un mundo tan hiperconectado y digital, el teatro es una distracción analógica. Tiene un poder muy seductor, pero me llama mucho la atención. ¿Por qué no somos capaces de vender la idea de que el libro es una pieza fundamental en el devenir cultural, en la formación, en el pensamiento crítico de una persona? En su capacidad analítica sobre la realidad, en su desarrollo emocional respecto a los conflictos humanos… ¿Por qué no somos capaces de idear buenas campañas que incidan en esto? Yo no tengo una explicación, la verdad.

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2 comentarios

  1. varyvol

    Sobre la reflexión sobre el libro y el teatro que hace la entrevista en la última pregunta, yo creo que hay un elemento que quizás no se suele tener en cuenta y que creo que es muy importante, especialmente cuando se habla de la lectura.

    El teatro, dentro de esos 15-25€, te proporciona el lugar y las necesidades para disfrutar de la función (a veces un poco mejor o un poco peor, pero todos los teatros ofrecen una butaca, una iluminación adecuada a la obra y aire acondicionado). En una sociedad tan precaria como la actual, creo interesante plantearse cuántas de esas personas sobre los 30 años disponen de un lugar adecuado para la lectura: un buen asiento, un lugar silencio y sin demasiadas distracciones.

  2. …. «Porque muchas mujeres lo que hacen es reflejar esa biología que le han impuesto»… Me parece una frase polémica, aunque me gustaría que la «biología» fuese impuesta. Quedaría la esperanza que, si pudiéramos «extirparla» tendríamos un tipo de mujer más apta para la politica, las ciencias, los deportes, los negocios, esperando siempre que conservaran la mirada femenina sobre el mundo. Muy buena lectura.

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