Futuro Imperfecto #5: Su guerra es tu guerra

Publicado por y Guillermo de Haro
Pruebas con el prototipo del robot LS3, o Legged Squad Support System, en Fort Devens, Estados Unidos, 2013. Fotografía: Kyle J. O. Olson / USMC (DP).

—Saludos, profesor Falken. 
—Hola, Joshua.
—Extraño juego. El único movimiento para ganar es no jugar.
—Coronel Corvin, cambie a Defcon 5.
—Sí, señor. 

«¿Puedo ir ahora a limpiarme, señor? Porque gracias al maldito ordenador ha parecido que Estados Unidos y la Unión Soviética lanzaban a la vez todos sus misiles nucleares, y la verdad es que me he manchado los pantalones». No, el guionista no añadió nada más después del «señor», salvo besito entre la pareja protagonista, bajadas de testosterona militar, musiquita y FIN para una película llamada Juegos de guerra, que es de lo que va esto hoy. Aludimos al título porque cuando se estrenó, 1983, la guerra nuclear parecía próxima a producirse. Hoy el reloj del día del juicio final vuelve a estar tan cerca de la medianoche como en aquella época, de hecho como en las peores épocas. Pero ya no nos impresiona. Ni lo suficiente como para hacer películas. Porque hace mucho que estamos en medio de alguna o varias batallas.

Todos somos soldados movilizados a la fuerza en conflictos comerciales, sociales, laborales, o ideológicos. Sin capacidad para influir en la paz, cada uno de nuestros actos diarios, desde trabajar a consumir, inciden en la prolongación del conflicto. El único margen que nos queda es elegir nuestro papel. El de soldados clásicos, algo en lo que podemos convertirnos de la noche a la mañana, como demostró aquel partido de fútbol incendiario, que dio paso a las Guerras Yugoslavas. Más atractivo es ser defensores anónimos, como esos ciudadanos que ayudan a evitar víctimas en ataques terroristas. Hasta ser un héroe de corte clásico, como Ignacio Echevarría, cuyo arma fue un patinete, y su premio nueve medallas póstumas. Pero los verdaderos héroes de nuestro tiempo (Giglioli dixit), los deseados, los influencers, son las víctimas. El victimismo individual o colectivo es el nuevo estilo de vida trendy, alimenta el populismo, el sesgo ideológico y la agresión al diferente, de manera activa en internet.

Quizá porque ahora el relato es la batalla. Ha vuelto a confirmarlo The Washington Post al desvelar un nuevo Vietnam. Durante dieciocho años diferentes presidentes y líderes políticos de EE. UU. defendieron el papel de su país en la guerra de Afganistán. Mientras sus altos mandos militares les advertían que era imposible ganarla los soldados de retaguardia, es decir, los pagadores de impuestos, entregaban miles de millones de dólares para financiar la lucha. Las guerras contemporáneas no van de ganar.

Si lo fueran, hace décadas que no tendríamos conflicto catalán. La promesa de la independencia va ligada al paraíso, Cataluña será la tierra prometida de generosas pensiones, sanidad de vanguardia, impuestos mínimos y demás maravillas. El relato es «sucederá cuando España deje de robarnos». Si El Periódico, diario muy catalán, publica que las listas de espera son allí las más largas de España, el Sindíc de Greus, defensor del pueblo, echa la culpa al sobrecoste provocado por los muchos españoles que van a Cataluña a ser atendidos. Que la Generalitat haya recortado casi un 30 % en sanidad desde la crisis no tiene nada que ver. Que médicos, sindicatos y el ministerio confirmen que son menos del 1 % los pacientes derivados no importa. Las Mareas Blancas catalanas tampoco están de acuerdo con el Sindíc ni probablemente con su trayectoria de afirmaciones: ya aseguró que era mejor que Cataluña hubiera bajado en la demanda de viajes del Imserso. Al fin y al cabo el objetivo de los jubilados que les visitan no es hacer turismo, sino acudir a las urgencias catalanas. Urgencias en nuestro país que las comunidades autónomas gestionan, y lo hacen cruzando dineros (transferencias) entre ellas, como sabe cualquiera con tarjeta sanitaria de una comunidad que se pone enfermo en otra. Pero en la guerra de la propaganda cada clic, like, retuit, es una bala más que llega a su objetivo.

Una manifestante porta un cartel de protesta contra la ‘Llei Aragonès’ en Barcelona, 2019. Foto Matthias Oesterle / Cordon.

Las cosas de la salud no están mejor en Madrid o Andalucía, que suman junto a Cataluña el 44 % del gasto sanitario español, pero donde sus gobiernos autonómicos hacen una inversión en sanidad por debajo de la media nacional. Es la guerra de las tiritas. Y al igual que en el gasto militar, absorbe millonadas vía impuestos que se gestionan al gusto del poder, no a beneficio del individuo.

Ni siquiera cuando se persiguen fines solidarios se asegura uno de que los benefactores destinen el dinero a mejorar el mundo. Acabamos de saber que El Vaticano emplea las donaciones a pobres para reducir su déficit estatal, y que solo el 10 % de lo recaudado alcanza a los desamparados

Y por qué somos tan pasivos ante estos abusos. Será porque nos ciega el amor por conceptos como la bandera y la patria, valores supremos que han motivado y motivan las guerras. O porque no percibimos un peligro que no involucra sangre, muerte y mutilaciones. De casa al trabajo pasamos por cincuenta cámaras de vídeo que controlan posibles conflictos. Todo comprador de un nuevo teléfono móvil en China está ahora obligado a usar el reconocimiento facial. Pero es un país totalitario, y por eso en Madrid esta tecnología se está implantando masivamente con completo sigilo. No es una excepción en la UE. 

Si cruzamos el Atlántico encontramos al ejército estadounidense afirmando sin reparos que cruzará las caras con los datos de sus agencias de seguridad para tenernos bien vigiladitos. A la vez, y en la misma nación, retiran la obligación de someterse a ese reconocimiento en los aeropuertos, temiendo el recorte de libertades civiles que pueda suponer. Un proyecto pionero en el mundo, que se está llevando a cabo en el municipio de Las Condes, Santiago de Chile, comienza a levantar polémica por sus falsos positivos. 

Intentemos ver el lado bueno de este combate. Terminar con las guerras era el supuesto objetivo de la escalada nuclear, el «si vis pacem parat bellum», porque apretar el botón rojo supone el MAD, Destrucción Mutua Asegurada. Quizá las cámaras acaben con la impunidad de los delitos, o los delincuentes no se atrevan a cometer crímenes en público porque están siendo grabados. Algo así defendían Bertha Von Suttner, eminente pacifista recordada por Google en un Doodle para expertos, y su amigo Alfred Nobel, el de los premios y la dinamita, asegurando que «la paz mundial es inevitable debido al avance tecnológico, y al efecto cada vez más disuasorio de las armas más poderosas». 

Foto: CC0.

Ocurre lo mismo con la generación de energía. Juan José Gómez Cadenas defiende al hilo de la Cumbre Climática COP25 que lo inteligente es diversificar nuestras fuentes, dividiendo entre renovables y centrales nucleares. Es el único modo, postula, de variar la dependencia actual, 80 % carbón y petróleo, 20 % energías limpias. Debería ser un debate científico, pero es ideológico, y ahí tenemos la reedición de los trabajos del también físico Roger Belbéoch, activista antinuclear francés. Él postulaba que una sociedad capitalista, ampliamente desarrollada gracias a una energía tan potente e ilimitada como la nuclear acabará volviéndose autoritaria. 

Confiar en el futuro no es la solución entonces, porque otra cosa de la que no somos conscientes es de que algunas guerras se ganan entre todos. Como esta del cambio climático. Marta García Aller se lo recordaba a Javier Bardem, insultar a quienes niegan el problema no nos ayudará a ganar nuestra supervivencia. Ni cerrar los ojos creyendo que los malos, las empresas más contaminantes, libran la batalla por lo verde, cuando en realidad están haciendo greenwashing

Situación que nos recuerda la actual Watchmen a la que Damon Lindelof ha añadido nuevos personajes y conflictos hasta crear una historia que no es una mera reedición de la original. Mantiene la premisa sobre el enemigo común, poniendo sobre el tapete el problema de la guerra de la corrupción. Who watches the Watchmen? Quis custodiet ipsos custodies, preguntaban Platón y Juvenal. Fuera de la ficción y la filosofía nuestra pregunta es: ¿quién vigila a los políticos? Tenemos cientos de millones de euros del «dinero que no es de nadie», el nuestro, repartido entre amigos y vecinos, lo que algunos consideran que no está mal. Pero gestionado por gobiernos en los que es difícil confiar, dado que sus conflictos de intereses son el pan nuestro de cada legislatura. 

¿Que la subida del SMI supuso más desempleo entre colectivos desfavorecidos? El partido cuyos salarios dependen del SMI dirá que la solución es subirlo más, que esos empleos no se han perdido, solo han pasado a la economía sumergida. ¿Que hay muchos casos más de puertas giratorias? No pasa nada, a algo tendrán que dedicarse tras dejar la política profesional. ¿Que cada vez más políticos no tienen estudios y falsifican títulos o los plagian, de lo que se hacen eco hasta nuestros vecinos? La solución es educar, son detalles, descuidos, hicieron lo que les dijeron y los resultados de PISA los descartamos como no válidos. ¿A quién le importan cuando para ser llamado señoría lo importante es el pasado que te has comprado, no el mérito que realmente adquiriste tras batallar para que tu cerebro aprenda y recuerde? En realidad es que las batallas y el odio nos las dejan a nosotros, carne de cañón, mientras ellos se echan juntos unas risas entre alertas fascistas y emergencias climáticas.

Por otra parte, la recaudación de impuestos sigue transmitiendo la idea de que el soldado raso paga y el general se abstiene. Acaba de suceder con Tesla en España, facturación: treinta y dos millones de euros, impuesto de sociedades abonado: ciento dieciséis mil euros. Todo perfectamente legal y ajustado al marco regulatorio de la UE. Igualita que la PYME o microPYME española y pequeña, a la que nadie salva de abonar su 30 % sobre beneficios. O los autónomos en desigual pelea contra una administración que les cobra el IVA aunque ellos no cobren. Y a los que subirán su cuota de cotización si aumenta el SMI, esto tampoco se comenta mucho.

Concesionario Tesla en Barcelona. Foto: John Milner / Cordon.

El problema es que no luchamos bien. Ya lo dijo Alan Moore, es una catástrofe cultural que hombres y mujeres maduros acudamos al cine para ver aventuras diseñadas para adolescentes de 1950. Hasta los genios pueden perder la batalla por mantenerse contemporáneos y caer en la cuenta de que el éxito renovado consiste en adaptar el mito al discurso del presente. 

Para que luchemos mejor viene a salvarnos, una vez más, la tecnología. Pronto tendremos comercializado un exoesqueleto como el que usaban en Alien o Avatar, con el que multiplicaremos nuestra fuerza por veinte. Espectacular, y muestra también de la gran cantidad de inversores y científicos que trabajan en el Augmented Human, el superhumano. De momento la apuesta más fuerte está haciéndose en realidad aumentada y virtual, que permite a los soldados entrenarse para todo tipo de situaciones ahorrando el desorbitado gasto de las maniobras reales. Elon Musk trabaja en su proyecto de unir ordenador y cerebro, algo más próximo al implante húmedo que William Gibson imaginó en la novela Neuromante. La versión cine de Johny Mnemonic encarnado en Keanu Reeves perdió la batalla película-libro. Al de Tesla no le va mucho mejor.

Y quien ha perdido a un héroe ha sido la guerra contra la ELA en Peter Frates. Capaz de convertir uno de tantos retos virales, el Ice Bucket Challenge, en decenas de millones de dólares en donaciones para investigación. Pero la lucha contra las enfermedades raras que afectan a poca gente y no son rentables sigue. Es desigual, pero con héroes así, esperanzadora a veces.

Nosotros de momento lucharemos en el frente de batalla más omnipresente, el consumo. Las compras navideñas están amenazadas por la guerra comercial EE. UU.-China. Si mañana domingo 15 hubieran entrado en vigor los aranceles anunciados por Trump, la mayoría de productos habrían subido de precio. Con las elecciones en el horizonte, el presidente naranja no ha querido dar ese disgusto a sus ciudadanos en Christmas, que ya están pagando precios más altos por consumir. Sus votantes hubieran apreciado además un incremento en uno de sus bienes más valorados, las armas. En Europa y resto de América no nos libraremos tampoco de que toda la electrónica, juguetes, electrodomésticos, ropa y accesorios nos resulten más caros tarde o temprano. Es la guerra.

Nos gusta luchar, nos gustan las guerras, y adoramos convertirnos en soldados. No lo decimos nosotros, sino la ciencia, con varios estudios que han demostrado que el rival no es tan hostil y asqueroso como lo imaginamos. Esas ganas de reventarle, a veces inevitables, pueden evitarse siendo conscientes de en qué frente nos encontramos, en qué batalla, y bajo qué bandera. Por guerras donde elegir, no será. La esperanza que nos queda está en miradas y risas como la de estos dos niños, desplazados por otra de tantas innecesarias guerras. ¡Felices fiestas!


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5 comentarios

  1. Felicidades por esta sucesión de artículos.
    No dejan títere con cabeza y son un análisis contundente, demoledor, descarnado y sin tapujos de la realidad que nos rodea en esta época que nos ha tocado vivir, la cual no es más que una consecuencia de la mejora en los métodos de manipulación aplicados desde un pasado más o menos reciente.
    Tengo la sensación de pertenecer a una sociedad enferma o prostituida y no quiero caer con esto en «buenismos», pero es que los síntomas que presenta revelan que se han encontrado los puntos débiles y las teclas a pulsar para manejar nuestros comportamientos al antojo de intereses no precisamente generales.
    Hechos que no he llegado a comprender como el apoyo popular a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, como la victoria del «no» en el referéndum sobre el acuerdo de paz con las FARC, o el auge de los radicalismos me han llevado a esa conclusión.
    Estamos polarizados ante la manera de afrontar problemáticas de cualquier índole, fenómeno que se da a nivel global, lo cual resulta más preocupante aún.
    Se ha perdido el sentido del humor y cualquier chiste ofende a alguna parte de la opinión pública. Me recuerda al cortometraje de Antonio Mercero «La Gioconda está triste».
    Damos la sensación de no estar a la altura de los retos que se nos vienen encima, por no decir que no queremos ni ser conscientes de ello.
    Nos hemos vuelto cada vez más individualistas, a veces hasta caer en lo inhumano, por nula empatía hacia los demás.
    Recuerdo de niño que cuando dos personas adultas llegaban a las manos, en los pueblos primaba el sentido común y la solidaridad de los viandantes, los cuales separaban y sujetaban a los «púgiles», porque la mayoría de las veces los conocían y para evitar que éstos se hicieran daño, a pesar del riesgo de sufrir algún «directo» o «gancho de izquierda».
    En cambio, la primera vez que asistí a unos hechos semejantes en una gran ciudad, me sobrecogió ver como nadie quiso saber nada del tema, o se atrevió a intervenir. Tampoco me dejaron hacerlo mis compañeros del servicio militar y solo pude asistir a una situación deplorable, tanto por los golpes que se estaban propinando dos personas, como por la falta de empatía de los que por allí pasaban ignorando lo que sucedía.
    Nadie conoce a nadie. Se maltrata como terapia, por impunidad o como demostración de poder. Se considera a las personas del sexo contrario como objetos. Se nos prejuzga por nuestros bienes materiales.
    No quiero seguir con esta retahíla, pero sí quisiera hacer notar que dichos comportamientos primarios no son más que el reflejo del embrutecimiento al que se nos está dirigiendo, fruto de un eficaz y probado bombardeo conductista hacia las funciones más primitivas de nuestro cerebro, como son los instintos. Éstos siempre responden de la misma forma y no están sujetos a los filtros de la conciencia ni al supuesto libre albedrío.
    De ahí el peligro pues, además de la manipulación, dichos instintos básicos (supervivencia, reproducción) hacen primar emociones como el miedo y la atracción sexual, que desvirtúan el razonamiento, dando lugar a generalizaciones simplistas y exacerbadas basadas en el odio, los supremacismos y los sexismos, llegando al paroxismo de la manipulación cuando se alcanza la autocensura.
    Una vez le preguntaron a un líder totalitarista del siglo XX por el tipo de apoyo popular que prefería: por convicción o por miedo, a lo que él respondió que indudablemente por miedo, ya que le convicciones cambian, los miedos no.

  2. Srs Guerrero y Martín, buen artículo, han oído hablar ustedes dos de las leyes de patentes secretas? Bueno, que quieren que les diga, después de enterarme de que no hay que ser conspiranoico, por qué es una ley…ya no queda nada más por hacer, bueno si, no dar más soldados a la picadora de carne, los hijos de las élites con sus carreras compradas, o los enchufados sindicales con sus cuotas de poder, ocuparán los puestos clave a pesar de su incompetencia y negligencia, a los ninis les da más esperanza un salón de juegos, que estudiar una FP o una carrera para conseguir un trabajo mal pagado de mierda. Vean Idiocracia…es lo que hay.Yo me rindo…buena suerte.

  3. Este artículo divulgativo, impensable décadas atrás, no por sus denuncias ya que hay profusa memoria, si no por su capacidad comunicativa capilar reaviva en mi viejas utopías. Por su simplicidad y sensatez es imposible que no sea adoptado por otras comunidades preocupadas por el destino de la humanidad, prescindiendo de fronteras, himnos y banderas. Una simple mirada al gasto militar de cada país tendría que hacer reflexionar al ciudadano planetario actual, consciente de que el enemigo a combatir no es el otro con sus ideologías o modos de vida, si no lo que amenaza el futuro que nos concierne a todos. Las monstruosas cifras destinadas al gasto militar, puestas juntas podrían tranquilamente comenzar a solucionar los problemas actuales como la energía, la salud y el bienestar de todos. Será difícil porque la mayoría de los gobernantes implicados carecen de sensibilidad ecológica o sopra nacional y basan todo en una estrategia obsoleta de dominio. Pero por lo menos, estas reflexiones y denuncias son el inicio de una concientización planetaria que espero no se diluya en los archivos. Gracias por el esfuerzo.

  4. José Antonio

    Me creería más la explicación del plátano que aquí se expone que la realidad, que sí que me parece descabellada.

  5. Pingback: 2020, el año en que se acabará el efectivo | SER+POSITIVO

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