Yolanda Domínguez presenta ‘Galería’


[Nota de prensa:]

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El precio de nuestra dependencia tecnológica consiste en dejar un rastro.­ Tu historial de búsquedas vergonzosas lo guarda Google. La foto tomada para ver tu cuerpo desde fuera se queda en la nube. Los técnicos saben que ningún sistema es perfecto y que lo único que suele hacer falta para romper la seguridad de un ordenador o un móvil es tiempo y paciencia. En la práctica, solo protege a una persona el hecho de ser anónima, es decir, no despertar el interés de nadie, que no exista quien desee dedicar el tiempo y la paciencia necesarios para asaltar su intimidad. El problema consiste en que todas las mujeres poseen algo que sí interesa a los otros: su cuerpo desnudo.

En el caso de las celebridades el mecanismo es doblemente perverso. Son ricas en dinero, pero también en atención ajena. Están más expuestas. Pero además, la fama distorsiona la visión que tenemos de ellas. No las consideramos mujeres como las demás. Si pasean al perro mal vestidas, aparecen en público sin maquillaje, salen del portal equivocado tras una noche loca o un ‘hacker’ les roba fotos desnudas las condenamos en público de una forma un poco menos sangrienta que en la edad media: en los medios, en Internet. Hacemos clic y vemos su antes y después de las operaciones, sus descuidos de vestuario, sus pechos. Damos a compartir, hacemos un me gusta. Como son famosas, no son como nosotras.

A finales de agosto de 2014, decenas de celebridades –la más conocida de todas, Jennifer Lawrence, de 24 años- vieron cómo sus fotos privadas terminaban a la vista de todos en Internet. Alguien robó sus fotos y videos desnudas o practicando sexo. El escándalo provocó quizá el mayor pico de audiencia del año para los medios digitales de todo el mundo. Algunos, incluso, publicaron las fotos sin tener en cuenta la ilegalidad que cometían. «Esto es internet», «son famosas», «si los lectores no lo ven aquí lo van a ver en otro sitio», «no vamos a perder todo este tráfico», justificaron. Solo unas semanas después, otro fallo de seguridad hizo que cientos de anónimas —muchas, menores— que habían jugado a enviar sus imágenes a través de una aplicación —que en teoría las «autodestruía» tras ser visionadas por el destinatario— también vieran sus fotos filtradas.

La obra de Yolanda Domínguez (siempre comprometida con la perversa intersección entre mujer, tecnología y medios) obliga al espectador despierto a interiorizar las mismas preguntas que centraron el debate público tras las filtraciones. ¿Por qué pensamos que «la culpa es suya por hacerse esas fotos»? ¿Por qué tratamos a las famosas como si no fueran personas? ¿Por qué se considera que lo que pasa en Internet no ocurre en el mundo real? ¿Cuánto gana la prensa digital con este tipo de situaciones? En suma, ¿por qué la tecnología, los medios y la fama diluyen la culpa hasta el punto en que todos estamos dispuestos a mirar la vida robada de una mujer sin remordimientos? El móvil de la artista, con todas sus instantáneas privadas, está desbloqueado para aquellos que se atrevan a echar un vistazo, poniéndoles delante, una vez más, aquella realidad que no quieren ver, el dilema moral que no quieren afrontar y la propia reflexión sobre qué tipo de imágenes van a buscar. La decisión de mirar o no está en manos del espectador. Por si alguien se queda más tranquilo adquiriéndolo después, solo cuesta un millón de dólares. Delia Rodríguez. Periodista GALLERY

Fecha
martes, 21 octubre, 2014
19:00 - 20:30

Ubicación
Twin Gallery