
Si las superficies planas y las líneas rectas engañan a la vista, las imperfecciones y las curvas dan volumen, generan sombras, aportan matices. Las arrugas cuentan historias, aunque estén esculpidas en mármol de Georgia. Los bloques trazados con tiralíneas imperan en la colosal figura sedente de Lincoln en el National Mall de Washington, pero es su rostro el que impresiona. No es un semblante altivo, heroico, alzado hacia el cielo. Daniel Chester French, el escultor, hizo que la cabeza del decimosexto presidente de Estados Unidos se inclinara levemente para mirar hacia abajo con el gesto adusto y meditabundo del que soporta una gran carga. La monumentalidad de la estatua se basa en sus nueve metros de altura y en las ciento setenta toneladas de peso, pero es la mirada de Lincoln la que otorga solemnidad al conjunto.
Las sombras generadas por ese rostro anguloso son una buena metáfora de las sombras que proyectó Lincoln durante su mandato, aunque la luz de sus actos las dejara en un necesario segundo plano. Es fácil caer en la hagiografía o el mesianismo y pasar por alto los grises que completan la vida de personalidades de esta talla, una tentación que se multiplica si el protagonista, como fue su caso, sufre un final trágico. «Del concurrido panorama del siglo XIX, Abraham Lincoln me parece la figura más destacada», afirmaba el poeta Walt Whitman. No se quedaban atrás en los elogios otros personajes que lo trataron de cerca, como Ulysses S. Grant, general en jefe del ejército federal y posterior presidente, que lo consideraba «sin duda, el hombre más grande que he conocido en mi vida», o colaboradores como John Nicolay y John Hay, sus secretarios personales, que glosaron sus virtudes en la voluminosa biografía que dedicaron a su jefe y mentor.
Pero, en realidad, ¿qué sabemos de Lincoln? Tres ideas básicas acuden de inmediato a nuestra mente para atajar el interrogante: que fue presidente durante la guerra de secesión, una de las coyunturas más críticas de la historia de Estados Unidos, que abolió la esclavitud en este país y que murió asesinado. En la Biblioteca del Congreso estadounidense solo Jesucristo y Shakespeare tienen más referencias bibliográficas que Lincoln, con lo que huelga decir que es imposible profundizar en su vida en unas pocas páginas. Aun así, conviene abordar algunos de los aspectos menos conocidos de su presidencia, aunque haya que bosquejarlos en unas pocas pinceladas.
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Buena lectura sobre un personaje de tanta importancia histórica.
Sólo puntualizar que si Baltimore era «la ciudad más «sudista» del norte, seguida de cerca por Washington», es porque Baltimore era una ciudad del Sur (el estado de Maryland estaba al sur de la línea Mason-Dixon) y el distrito de Columbia donde está Washington se sitúa aún más al sur, entre Maryland y Virginia (estado este último en el que estaba Richmond, la capital confederada).
Saludos!
God save Lincoln
Nota a la nota:
Los puntos uno y dos son falsos.
https://elhistoricon.blogspot.com/2018/05/las-falsas-coincidencias-entre-lincoln.html?m=1
Leyendo ese período histórico de los EEUU con respecto a la esclavitud, la única explicación posible es que sus sostenedores, además de ignorantes eran miopes políticamente y profundamente perversos (los hay todavía) ya que, para justificarla moralmente -porque las razones materiales eran conocidísimas y hasta compartidas por los moderados- no tenían ningún problema en recurrir a un versículo del Viejo Testamento, el libro de la compasión por definición. ¿Qué esperaban si hasta la madre patria la había abolido? Sin embargo, esa sanguinosa guerra provocada por los que estaban equivocados ayudó a ampliar la figura mítica de esa nueva democracia. Dios salve a la América y a sus buenos presidentes. Sólo a ellos.