Ricky Espinosa no parecía destinado a convertirse en leyenda. No tenía la voz solemne de los cantantes que se imaginan monumentos, ni un cuerpo entrenado para dominar estadios, ni la destreza exhibicionista del guitarrista que necesita recordarle al público que estudió escalas. Era bajo, desprolijo, nasal, medio peludo e impredecible. […]


