Claroscuros

Enric González: El naufragio


Da un poco de pena ver a un Gobierno tan nuevo, y con tanta mayoría en el Parlamento, pedaleando en el vacío. Pero no pasa nada. Es posible que en unos cuantos meses haya otro Gobierno, de los llamados “técnicos”, formado por representantes de la banca y tutelado desde Frankfurt. También es posible que ese otro Gobierno dure lo que vaya a durar la unión monetaria europea. En fin, no es aconsejable encariñarse ni con los gobernantes ni con el euro. Todo parece efímero en estos momentos.

Quien lo desee puede, por supuesto, creer que esta reforma del sector financiero es la buena. Hubo quien creyó a Zapatero cuando dijo, antes de las penúltimas elecciones, que la crisis era “materia opinable”, y cuando dijo después que la banca española era “la más solvente del mundo”. Hubo quien creyó al propio Rajoy cuando proclamó que no subiría impuestos y que todo se resolvería devolviendo la confianza a los mercados. Y hasta hubo quien se tragó, hace año y medio, las acciones de Bankia, ese modelo de solidez compuesto por una Cajamadrid mangoneada (por todos, no solo por Esperanza Aguirre) y unas cuantas cajas valencianas. La confianza en el prójimo es siempre una virtud. Incluso cuando nos convierte en idiotas.

La banca española, quizá con la excepción de los tres grandes (Santander, BBVA, La Caixa), no puede provisionar sus créditos fallidos. Y el Estado, por más que lo intenta, no puede regalar a la banca todo el dinero que necesita (50.000 millones de euros ahora mismo, mucho más en poco tiempo) sin cargarse sus compromisos europeos y caer en la insolvencia. Estado y banca sobreviven apoyándose el uno al otro gracias a los créditos baratos del Banco Central Europeo, que mantienen una falsa impresión de viabilidad. Sin crecimiento y sin empleo nada es viable. Y sin devaluar brutalmente el euro para subir temporalmente la inflación, cosa que no parece entusiasmar a los alemanes, no puede haber crecimiento ni empleo.

Existía un cierto consenso en torno a la creencia de que era imposible hacerlo peor que el último Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Hasta en eso estábamos equivocados? Ahora tenemos un Gobierno que anuncia nacionalizaciones bancarias con días de antelación, para que inversores y depositantes puedan entrar en pánico y actuar en consecuencia; que reforma de forma definitiva el sector financiero cada dos viernes; que impone a los bancos una cobertura del 30% en los créditos presuntamente sanos (a ver quién da una hipoteca bajo estas condiciones); que prestará dinero al 10% a los bancos en dificultades (¿de verdad creen que recuperarán esa pasta después de que la entidad quiebre?); que se está cargando las prestaciones sociales a cambio de nada.

Por favor, que la orquesta suba a cubierta. Que los pasajeros de tercera, la gran mayoría de los ciudadanos, recen lo que sepan. Y que quien pueda guarde en casa unos dólares, para cuando el corralito.

Decir esto es de muy mal gusto, pero como los medios de comunicación convencionales no pueden permitírselo (porque también están endeudados hasta las cejas), se dice aquí: el desastre ya ha empezado. Quien tenga afición por los momentos históricos ha de permanecer atento, porque disfrutará como un enano.

Pronto estaremos donde Grecia. Más tarde estaremos donde estuvo Argentina hace 12 años, cuando la dolarización se fue al garete. Entretanto sobreviviremos, porque las hemos visto peores. Y luego saldremos adelante. Tranquilos: es sólo una mala temporada.

Enric González: Una temporada lamentable


Cuando hay que decir una burrada, mejor decirla pronto: el servicio militar obligatorio, más conocido como “mili”, tenía sus ventajas.

Ya está dicho. Ahora intentaré explicarme.

Fui el recluta 31.071 del 79/1 en el CIR de San Gregorio, Zaragoza, y pasé un año y pico en Pontonia, un regimiento de Monzalbarba. “Soldado valeroso del arma de ingenieros”, decía el himno. Nos hacían cantarlo mientras trotábamos por los Monegros. Una temporada lamentable.

No fui capaz de verle ninguna virtud a todo aquello, aunque adquirí una cierta mano en la redacción de cartas de amor (las hacía para un capitán que tenía un lío no sé dónde), aprendí a liar porros de dos papeles y destripé un montón de pollos durante un arresto en las cocinas. Como muchos otros, he sufrido durante años una pesadilla recurrente en la que descubro que aún no me han licenciado y tengo que volver a Pontonia. Horroroso, de verdad.

Y, sin embargo, ahora creo que gané algo importante. Pese al tedio, a los gritos, a las órdenes absurdas, a los oficiales borrachos, al encierro, al fascismo ambiental y a la gigantesca pérdida de tiempo, conviví durante 15 meses con los españoles de mi generación. Éramos sólo tíos y pasábamos un mal trago, pero estábamos todos: listos y tontos, pobres y ricos, simpáticos y bordes, héteros y homos, malvados y bondadosos. No nos habíamos juntado por afinidades, sino por desgracia y a la fuerza. Tuvimos que aprender a convivir, lo cual no resulta fácil cuando uno se acuesta, después de limpiar letrinas, con 200 tipos de higiene dudosa y humor melancólico.

El presente y el futuro previsible son centrífugos. La sociedad se ha hecho más diversa en todos los sentidos, pero a la vez tiende a fragmentarse en grupos relativamente homogéneos y alejados entre sí. La urbanización suburbial, emblema estadounidense contemporáneo importado por el resto de las sociedades desarrolladas, es fruto de esa tendencia: gente parecida se congrega en casas parecidas para llevar una vida parecida. Justo lo contrario de la ciudad, donde se impone el roce entre distintos.

La generalización de las relaciones cibernéticas propone el espejismo de la comunicación total, pero en realidad refuerza el aislamiento de las tribus: las redes sociales favorecen la agrupación de semejantes. El ciudadano cree estar conectado con el resto de la sociedad, pero, en la práctica, sólo está conectado con sus vecinos de gueto, físico o virtual.

La “mili” permitía eliminar, durante un tiempo, casi todas las barreras que pudieran separar a las víctimas de la leva. Y obligaba a tratar con personas arrancadas de su entorno y despojadas de su condición social o económica: obligaba a tratar con personas, a secas.

Aquel Ejército de reemplazo no valía nada. Sin duda es más eficiente el Ejército profesional. El soldado-ciudadano sirve, en el mejor de los casos, para defender su tierra y su familia. Para las guerras coloniales, hoy llamadas misiones de paz, va mucho mejor el soldado a sueldo. Sobre eso no hay discusión. Tampoco cabe discutir sobre la viabilidad de restablecer el reclutamiento en los antiguos términos: eso ha pasado a la historia.

Pero a mí me fue muy bien tener como amigos a un feriante, a un matarife, a un dibujante, a un ingeniero, a un mangui y a unos cuantos tipos sin ocupación previsible. Me fue bien saber qué tal lo pasan quienes friegan suelos y cargan pesos. Y no me fue mal hacer un curso intensivo en arbitrariedades, jefes estúpidos y pérdidas de tiempo: me permitió hacerme una idea sobre la vida en general.

Es una suerte que la gente ya no tenga que pasar por eso. Es también una lástima.

Enric González: Pulp


Philippe de Broca sabía de cine. Estudió en la École Technique de Photographie et Cinématographie, trabajó como cámara del Ejército francés en Argelia, rodó documentales y ejerció como ayudante de los principales directores de la nouvelle vague. Fue, por ejemplo, asistente de François Truffaut en Los cuatrocientos golpes. Luego De Broca filmó muchas películas de bajo presupuesto y de un calado intelectual aparentemente bajo: comedias estupendas como Cartouche (1962), El hombre de Río (1964) y Las tribulaciones de un chino en China (1965), con Jean-Paul Belmondo como actor principal, o El rey de corazones (1966), con Alan Bates.

En 1973 hizo Cómo acabar con el agente secreto más famoso del mundo, otra vez con Belmondo. Mientras veía esa película me ocurrieron dos cosas, insignificante (para mí) la una, relevante la otra. La primera: alguien me metió mano en el cine y cuando miré hacia la butaca de al lado resultó ser mi profesor de gimnasia, que nunca volvió al colegio. La segunda, la de importancia: descubrí que el “pulp”, esa literatura barata que practicaba mi padre en la azotea de casa cuando se convertía en Silver Kane, y que ejercía sobre mí un atractivo oscuro, constituía una disciplina intelectual a la vez severa y reconfortante.

En Cómo acabar con el agente secreto más famoso del mundo, el escribidor François Merlin (Belmondo) produce a marchas forzadas novelitas del agente secreto Bob Sinclair. Merlin se idealiza a sí mismo en el personaje de Bob Sinclair, enfrentado al malvado espía albanés Karpov (trasunto de su editor) y enamorado de la sofisticada Tatiana (trasunto de una estudiante inglesa que acaba de instalarse en su edificio y que interpreta, atención, Jacqueline Bisset). El escribidor Merlin recicla su vida miserable y la transforma en grandes aventuras.

Gracias a esa película eché un vistazo al “pulp” francés y me aficioné a Gérard de Villiers, el escritor europeo que más libros ha vendido. ¿No le conocen? Será que frecuentan muchas librerías y pocos quioscos. De Villiers ha publicado unas 180 novelas de la serie SAS, cuyo protagonista, Son Altesse Sérénissime (de ahí lo de SAS) Malko Linge, un príncipe austríaco, hace trabajillos para la CIA y dedica lo que le pagan a restaurar un palacio siempre en obras. De Villiers, que se edita a sí mismo, dice haber vendido más de 150 millones de ejemplares. Vive en un piso fastuoso en la Place de l´Étoile de París, decorado con armas y arte erótico. Simpatiza con la extrema derecha y durante décadas ha viajado por todo el mundo para documentarse antes de cada obra.

Si yo tuviera que recomendar un libro, sólo uno, sobre el asesinato del ex primer ministro libanés Rafik Hariri (y conviene leer sobre el asesinato de Hariri para entender cosas como el actual conflicto sirio), optaría por La liste Hariri. Es sólo una aventurilla más de SAS Malko Linge en la que el aventurero austríaco fornica con una princesa saudí y mata a unos cuantos malvados, pero es también la mejor reconstrucción del magnicidio y la más verosímil exposición de su trama oculta. Dicen que el entonces presidente de Francia, Jacques Chirac, gran amigo de Gérard de Villiers, prestó al escribidor una copia de los informes que sobre el asunto elaboraron los servicios secretos franceses. En Beirut, La liste Hariri sigue vendiéndose como pan caliente.

Siento devoción por el “pulp”, por las obras de bajo presupuesto y por la inspiración forzada. Por las obras comerciales. Por la gente que no se habla a sí misma porque no tiene tiempo: hay que entretener al público.

Twain, Burroughs (los dos, el de Tarzán y el de El almuerzo desnudo), Conan Doyle, London, Hammett, Chandler, Lovecraft, publicaron en “pulp” lo mejor que hicieron.

Lo que estos días se hace pasar por debate sobre un supuesto fin de la cultura, a raíz del libro La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, se ha visto ya muchas veces. Es una idiotez. Si el temido Ulises de James Joyce (sobre el que E. J. Rodríguez publicó en esta revista una interesante guía práctica) se troceara en píldoras y se enviara a millones de correos electrónicos, con su porno, su banalidad angustiosa y su ritmo bíblico, causaría un impacto formidable. El Ulises de Joyce es también, a diferencia del tiempo que perdió Proust, literatura popular.

No conviene dejarse engañar por los formatos.

El autor debe sufrir y el público debe gozar. Cuando es al revés, desconfíen.

Enric González: Liberalismo


A principios de 1985 caí por casualidad en Seúl. Conocí Corea del Sur porque no pude entrar en India. Hacía poco de la catástrofe de Bhopal y me denegaron el visado porque en mi pasaporte ponía que era periodista.

Lo de Bhopal es una de esas cosas que deberíamos evocar cada vez que se habla de dar plena libertad a las empresas, de suprimir controles burocráticos y de seguir el camino asiático hacia el progreso económico.

El 3 de diciembre de 1984, una fábrica de pesticidas de Union Carbide (hoy englobada en Dow Chemical, prestigiosa corporación con una inmensa gama de productos entre los que se incluye el napalm) vertió a la atmósfera 42 toneladas de isocianato de metilo. La fábrica estaba en India porque allí no tenía que soportar sindicatos, funcionarios entrometidos y otras molestias similares. Los sistemas de seguridad se habían recortado para reducir costes. Al menos 20.000 personas murieron envenenadas y unas 150.000 sufrieron heridas de gravedad. Gran parte de la región de Madhya Pradesh quedó contaminada. Se hizo la justicia que suele hacerse en estos casos: 25 años más tarde, siete empleados de Union Carbide, indios todos ellos, fueron condenados a dos años de cárcel (en suspenso) y a una multa de 2.000 dólares.

Seúl y la libertad de empresa, decíamos.

Iba corto de tesorería y me alojé en el Hotel Prince, un establecimiento que pese a su nombre internacional gozaba de una clientela fiel y autóctona, compuesta mayormente por ganaderos coreanos que visitaban la capital para vender carne. Elegí una habitación de “clase turista con aseo”, en la que el presunto turista se aseaba con un cubo de agua sobre un agujero que era el retrete. Era muy, muy importante mantener vigilado el agujero para no meter el pie en un descuido. El Seúl de entonces, antes de los Juegos Olímpicos y del gran despegue económico, no era el de ahora. Era una ciudad muy pobre en la que afloraban algunos magnates.

Me disponía a disfrutar de mi primera noche en la habitación con aseo (de clase turista) cuando llamaron a la puerta. Abrí. Era un crío canijo al que había visto pululando por la recepción.

— Girls, mister? Girls?

Simplifico por abreviar. Me llevó un rato entender lo que decía y pillar el significado de la oferta. Respondí que no, gracias, e incluso, por parecer hombre de mundo, farfullé alguna excusa.

El chaval se fue, no muy satisfecho.

Al poco rato volvieron a llamar a la puerta.

— Little sister, mister! Little sister!

A juzgar por sus gestos, el chico me ofrecía no una niña, sino prácticamente un feto. Lo de subrayar que se trataba de su hermana pequeña sería una estrategia comercial (a saber, igual era cierto), pero añadió a la incomodidad del momento un delicado toque de horror.

Le envié a paseo con bastante brusquedad.

Me quedé cavilando sobre la gama de servicios del Hotel Prince, no por mucho tiempo. Toc, toc. De nuevo.

Abrí la puerta y ahí estaba él, con una media sonrisa. La media sonrisa de quien ya ha entendido de qué van las cosas. Sin decir palabra, y con una rapidez asombrosa, se coló en la habitación, se quitó los zapatos y se metió en mi cama.

Costó lo suyo echarle.

El chaval tenía iniciativa, eso es indudable. Y ganas de prosperar en el sector de los servicios. Quizá hoy sea el dueño del Hotel Prince, o haya hecho fortuna como proxeneta, o posea una red de megacasinos y esté sopesando la opción de abrir sucursal en España. También es posible que sea vendedor de zapatos, o fabricante de fajas ortopédicas. Yo qué sé.

Pero le recuerdo cuando se habla de progreso en los términos actuales. Desregulación, libertad para el emprendedor, todo el poder para la imaginación empresarial. Los servicios públicos gratuitos son una fábrica de vagos y aprovechados. Los controles comerciales oprimen. La burocracia asfixia. El que vale siempre sale adelante.

Sospecho que muy pocos de quienes defienden el liberalismo pleno y gozoso han tenido que andar por ahí ofreciendo niñas u ofreciendo su propio cuerpo. Tampoco habrán pasado por Bhopal, supongo.

A mí no me convencen.

Enric González: Shit happens


Quizá el Juan Rulfo de principios de los 50, cuando fue el mejor escritor sobre el planeta, habría podido contar la última noche que pasaron juntos Anthony Shadid y Tyler Hicks. Quizá ni Juan Rulfo habría sido capaz de relatar unas horas tan espesas.

Shadid y Hicks, reporteros del New York Times, eran grandes amigos y habían compartido bastantes aventuras. En marzo de 2011, con otros dos periodistas, fueron detenidos en Libia por soldados de Gadafi. Hace unas semanas entraron clandestinamente en Siria, junto a un grupo de contrabandistas. Iban a caballo. Shadid, que era asmático, sufrió una crisis alérgica. Hicks decidió sacar a Shadid del país para buscar auxilio médico y emprendieron el camino de regreso hacia Turquía, de nuevo a caballo. No sabían que la alergia era provocada por la pelambre equina. Shadid empeoró y murió, pese a la media hora que pasó Hicks intentando reanimarle. Es fácil imaginar a Hicks agotándose sobre el corazón de su amigo hasta no poder más. Hasta que una espumilla roja brotó de los ojos del cadáver para certificar que el esfuerzo era inútil.

Hicks usó el teléfono por satélite para informar a sus jefes en Nueva York acerca del fallecimiento de Shadid. Las noticias son rápidas y volátiles. La realidad es otra cosa. La realidad fueron las horas que pasó Hicks arrastrando el cuerpo de su amigo, metro a metro, hasta alcanzar la frontera turca. ¿Quién es capaz de contar eso?

Historias como esta, la de la última noche que Shadid y Hicks pasaron juntos, o como la de la reportera tuerta Marie Colvin, decapitada por un obús en Homs mientras buscaba a oscuras sus zapatos, conmueven a sociedades enteras. Lobos solitarios como Javier Espinosa, patrón de los reporteros de guerra españoles, se juegan la vida para explicarnos lo que les ocurre a sirios llamados Amir, Hassan o Mustafá. Pero en el fondo nos parece más interesante lo que le ocurre a Javier Espinosa. En estas matanzas exóticas suele darse lo del dedo, el tonto y la luna. Nos emociona más la muerte del dedo que señala que la muerte de la propia luna.

La matanza de Baba Amro es una barbaridad. Y suscita en el ánimo del europeo del siglo XXI (el espécimen más privilegiado en la historia de la humanidad) la convicción de que hay que hacer algo. Desde hace unos siglos, pocos, hemos desarrollado un potente reflejo de empatía. Que alguien haga algo, pedimos, para acabar con ese asedio intolerable.

Por supuesto, hay que hacer algo. Hay que hacer muchas cosas. Hay que dejar de apoyar dictaduras como la siria (que en Washington caía simpatiquísima cuando cooperó con la llamada “guerra contra el terrorismo” o con la invasión de Irak), hay que dejar de inclinar el espinazo ante teocracias petroleras como la de Arabia Saudí, hay que dejar de vender armas (España es el octavo exportador mundial), hay que dejar de cooperar con las tiranías que nos convienen. Y, de forma urgente, hay que introducir víveres y ambulancias en Baba Amro.

Hay que hacer cualquier cosa, menos otra “guerra humanitaria”.

En su portentoso The better angels of our nature, uno de los pocos libros imprescindibles de este arranque de siglo, Steven Pinker afirma que la humanidad dio un gran salto hacia delante cuando se convenció de que la vida es como es y está a merced del azar y de fuerzas incontrolables. Una frase tan boba como “shit happens”, dice Pinker, constituye uno de los fundamentos de la civilización. Hasta entonces, allá por el siglo XVII, las desgracias necesitaban una explicación y recurríamos a las supersticiones: eran el castigo de Dios por algo que habíamos hecho mal, o el resultado de las malas artes de una bruja.

No, no. Shit happens. O c’est la vie, si lo prefieren en más fino.

En el desastre sirio intervienen factores muy diversos. El enfrentamiento estratégico entre el eje Irán-Siria y el eje Arabia Saudí-Israel, la voluntad estadounidense de aislar a los iraníes, el excedente de milicianos profesionales acumulado en guerras como las de Afganistán e Irak, el auge del islamismo político… Lo fundamental, en todo caso, consiste en que las tiranías suelen acabar en un estallido sangriento. Conviene, por tanto, rechazarlas desde el principio. Nunca son un mal menor porque crecen hasta convertirse en un mal mayor.

La diplomacia es lenta e insatisfactoria. Las sanciones económicas afectan sobre todo a la población civil. Ni la diplomacia ni las sanciones tienen resultados satisfactorios. Pero es mejor recurrir a ellas que a los bombardeos y a los mercenarios. ¿A alguien le gusta lo que ha quedado de Libia tras la campaña de la OTAN? ¿Vamos a inundar también Siria de armas, para ver qué pasa y de paso hacer negocio?

Shit happens. Ahora toca sufrir por los sirios. Y no empeorar su tragedia con alguna de esas tonterías que hacemos los occidentales para aliviar nuestra mala conciencia.

Enric González: Irredentos


Para ser un buen escritor de periódicos conviene ser gallego. Lo era Julio Camba, generalmente aceptado como el valor supremo del columnismo español, y lo era Álvaro Cunqueiro, en mi opinión casi tan bueno como Camba. También es gallego Manuel Jabois, que parece condenado a convertirse en el mejor columnista de ahora, si no lo es ya.

Pero también ayuda ser irredento, irreductible e irreemplazable.

Hace unos 35 años, cuando yo empezaba en el oficio de la prensa y militaba en una izquierda más bien extrema, el primer periódico que abría al llegar a la redacción era El Alcázar. Aunque el nombre lo dice todo, precisaré para los jóvenes que se trataba de un diario de ultraderecha, seco, áspero, sin el disfraz viscoso bajo el que se ocultaba El Imparcial, otro diario ideológicamente parecido que dirigió Emilio Romero al final de su carrera.

En El Alcázar escribía Rafael García Serrano, falangista hasta la muerte. Podría decir que me hice adicto a García Serrano por el estilo y no mentiría, porque el tipo tenía una prosa sublime, a la vez lírica y violenta. Puestos a decir la verdad completa, de García Serrano me fascinaba su empecinamiento ideológico. En los 60, los años grasos del tardofranquismo, le represaliaron por fascista en el diario Arriba (órgano oficial del régimen), lo cual da una idea del personaje. Él sabía hacia dónde caminaba la historia y creo recordar que en esa época, el tardofranquismo, ya definió el Arriba como “un periódico lleno de futuros demócratas de toda la vida”.

En la segunda mitad de los 70, con el dictador muerto y con el franquismo rebozándose en harinas democráticas, García Serrano seguía en lo suyo. No le gustaba la libertad política y lo decía. Muchas de sus columnas acababan así, o de forma parecida: “Lo que hay que hacer es prevenir el armamento y parapetarse en posición segura y a ser posible dominante”. Con él no había dudas. Eso, en la era de los camaleones, se agradecía.

Su estilo era de una extraordinaria pureza. Es una lástima que su Diccionario para un macuto no se vea en las librerías. Se trata de una obra ultramontana y llena de barbaridades, pero lo mismo puede decirse de los libros de Nietzsche, que siguen teniendo un cierto éxito y están peor escritos que Diccionario para un macuto.

También reunió las tres cualidades, irredento, irreductible e irreemplazable, Agustín de Foxá, aristócrata y falangista, autor de varias de las estrofas de Cara al sol. De Foxá, diplomático de carrera, trabajó como corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial, compadreó con Curzio Malaparte (fascista y luego comunista) y fue un escritor dulce, irónico y nostálgico. Decía de sí mismo que era gordo y le gustaban los puros y las duquesas, por lo que no tenía otra opción que ser de derechas. Madrid, de Corte a cheka, su obra más conocida, es un relato espléndido de la guerra civil. Falangista, pero espléndido.

Foxá publicó en ABC columnas orondas, generalmente melancólicas. Su ingenio era blanco, infantil. También debía incomodar al régimen (como el recién fallecido Fabián Estapé, no podía reprimir sus ocurrencias sarcásticas) porque cuando murió, en 1959, con sólo 53 años, ya le habían arrinconado.

Ahora hay bastantes columnistas irredentos e irreductibles. Algunos, pocos, son además irreemplazables. Sus nombres son de dominio público. Quizá no pasen a la historia, pero no será porque la historia pase por encima de ellos. Será por otras razones, más prosaicas. 

Enric González: Una historia intitulable


No es noticia lo que no se puede titular con una frase y explicar en unas pocas líneas. Eso lo he escuchado bastantes veces, y no es del todo falso. Uno de los problemas del periodismo consiste en el proceso de fabricación de la noticia: se toma un fragmento de la realidad, se afila su arista más novedosa para convertirlo en actualidad, se eliminan los elementos complejos y se ofrece al cliente como una verdad en canapé, engullible de un bocado.

Eso se hace porque la realidad en bruto (dejemos la verdad a los filósofos y los científicos) cuesta de tragar y aún más de digerir.

Tomemos como ejemplo un caso imaginario ocurrido en un país imaginario, al que llamaremos Palestina.

Una noche, hará un par de años, una joven europea sale de un restaurante de Ramala (típica ciudad imaginaria) y camina sola por la calle, hacia su casa. Cabe deducir que la joven trabaja en algún tipo de cooperación o asistencia internacional. De repente un hombre se lanza sobre ella con el ánimo inequívoco de perpetrar una agresión sexual. Pero en ese momento pasa un coche de policía y un agente detiene al agresor. Ya tenemos un fragmento titulable: “La policía palestina impide la violación de una cooperante”.

Como era de esperar, la vida sigue. El agresor y la víctima son conducidos a comisaría, donde la policía redacta una denuncia y encarcela al hombre. El agresor (concedámosle la condición de presunto, por respeto a la justicia) resulta ser un veinteañero universitario que aspira a ingresar en el funcionariado de ese país imaginario. Pasa tres meses en prisión preventiva y luego queda en libertad bajo fianza.

Durante ese tiempo, la familia del acusado contacta con la víctima para proponerle una compensación por el sistema tradicional. Es decir, ofrece el pago de una cierta cantidad de dinero, o de cabras, o de lo que sea, en términos a convenir por los patriarcas del clan del acusado y del clan de la víctima, a cambio de que se retire la denuncia. Ese es un procedimiento habitual en el país imaginario del que hablamos. Pero la víctima imaginaria (una joven noble y valiente, lo sé porque la conozco) no quiere compensaciones, sino justicia. Por otro lado, carece de patriarcas clánicos que la representen. Cuando rechaza la propuesta empiezan las amenazas, que la víctima ignora elegantemente.

Un juez fija fecha para la vista. Llegado el día, el policía que detuvo al acusado no se presenta. Su testimonio es considerado imprescindible por el fiscal. Se aplaza el juicio. ¿Qué ocurre? Que el policía es del mismo pueblo que el acusado y no quiere meterse en líos: probablemente él también piensa que sería mejor un arreglo entre clanes. Nueva fecha, nueva vista. El policía tampoco se presenta. Ahora lleva el caso una jueza. La jueza permite que la víctima sea sometida a un interrogatorio bochornoso por el abogado defensor: se le pregunta si es virgen, se le pregunta si tiene amistades masculinas, se le pregunta qué vestía en la noche de autos. La jueza cabecea: la culpa es de la víctima. La imaginaria joven, noble y valiente, sobrelleva la situación con entereza.

Cortemos aquí y titulemos con desparpajo, porque por algo hablamos (imaginariamente) de árabes: “La justicia palestina, una vergüenza”. Podríamos añadir un subtítulo o un sumario, que para eso están, recordando que la jueza impresentable y el policía impresentado cobran su salario gracias a los subsidios europeos.

Sigamos. El caso causa escándalo en las cancillerías afectadas. Un diplomático (trabajador y eficaz, lo sé porque lo conozco) toma cartas en el asunto e interpela a una de las máximas autoridades políticas del país imaginario. La autoridad política decide que el asunto puede dañar gravemente la imagen exterior de su país imaginario. La autoridad política telefonea al policía y le advierte de que si no se presenta la próxima vez, se van a enterar él y su familia.

Se celebra una nueva vista. El policía se persona en la sala (parecida a un trastero pequeño, aunque con peor decoración) y testifica. El juez es nuevo y parece en plena sintonía con las autoridades políticas, porque decide que el acusado es culpable de violación, aunque no se consumara, y califica el delito de muy grave, ya que, dice, puede dañar la imagen externa del país. El juez establece que al acusado han de caerle tres años de cárcel como mínimo (en caso de que se produzca reconciliación entre las partes, o sea, que haya compensación con dinero, cabras o lo que se tercie), o siete años como máximo (si no hay reconciliación).

¿Cómo titulamos ahora? Podríamos ir a lo descriptivo: “La justicia palestina castiga las agresiones sexuales con mayor severidad que la europea”. O a lo valorativo: “Presiones políticas extranjeras interfieren en la independencia de la justicia palestina”.

Esta historia imaginaria aún no ha concluido. Pero ya es evidente que sólo se puede titular a pedazos. Entera es demasiado complicada, demasiado real.

Enric González: Los efectos de la luz sobre las margaritas


Manolo Navarro fue durante años mi jefe en la sección de Economía de El País. Antes de ser jefe, Manolo había sido un gran comentarista bursátil. El mayor problema de los comentarios de bolsa era el titular: de forma irremediable, uno desembocaba en cosas como “Los inversores liquidan”, “Jornada de espera”, “El dinero se esconde” o “Los bancos tiran del índice”, o incluso menos apetecibles, como “Miscelánea tecnológica”. Lo que hizo Manolo fue concederse una plena libertad de titulación. “Los efectos de la luz sobre las margaritas”, por ejemplo. El texto no hablaba ni de luz ni de margaritas, sino de lo de siempre, pero los lectores agradecieron el juego. Había muchos que pasaban deprisa las páginas económicas, como si apestasen, pero se detenían cada día en la frasecita excéntrica de Manolo. Buen periodismo.

Pero algo habrá hecho mal el periodismo cuando tanta gente sigue pasando deprisa las páginas económicas. Conozco personas de nivel cultural excelente que proclaman con cierto orgullo su ignorancia sobre las cuestiones más básicas de la economía. Con la crisis parece estar aumentando el interés general en la materia, aunque la incomodidad persiste.

Pese a la abundancia de números y fórmulas, la economía es una ciencia muy inexacta. Como el fútbol. Y dominada por el forofismo, como el fútbol. Y sobre la que, igual que ocurre en el fútbol, puede opinar cualquier indocumentado, como el que firma esto.

Se dice que los economistas sirven fundamentalmente para predecir el pasado. Incluso las predicciones del pasado, sin embargo, resultan discordantes. Si simplificamos y reducimos las bandas de “hinchas” a sólo dos, que llamaremos (por simplificar) liberales y keynesianos, vagamente identificables con la derecha y la izquierda, no se pondrán de acuerdo ni en cómo surgió algo tan elemental como el dinero.

Los liberales tenderán a afirmar que el rudimentario trueque prehistórico fue superado con la adopción de bienes fácilmente liquidables, es decir, aquellos que todo el mundo consideraba valiosos en todo momento y no eran perecederos, como la sal o finalmente los metales preciosos, y explicarán que el oro y otros metales fueron luego acuñados en monedas. Un keynesiano dirá que el trueque se corrigió de otra forma: el tipo que quería cambiar guisantes de marzo por uvas de septiembre daba al viticultor una cantidad de guisantes y recibía de él un reconocimiento de deuda (algo como “en septiembre pagaré seis cestos de uva”) que el guisantero podía conservar, o ceder a cambio de algo a otra persona interesada en obtener uvas en septiembre; el keynesiano opinará que ese reconocimiento de deuda fue el origen del dinero.

Como a estas alturas debo ser el único que lee esto, podemos ir a lo importante: el objetivo del “homo economicus”, y lo somos todos, consiste casi siempre en que pague otro. El intríngulis de la crisis europea se reduce a eso. Lo mismo que la crisis mundial y el gran debate sobre los modelos económicos.

Los liberales, que pasaron gran parte del siglo XX añorando el patrón-oro decimonónico, propugnan una moneda fuerte como valor supremo. Dicen que la moneda fuerte no se deprecia ni en el exterior (devaluación) ni en el interior (inflación), facilita el comercio internacional y permite crear riqueza de verdad, sin burbujas. Una moneda fuerte es incompatible con la continua emisión de deuda por parte de los Estados, dicen, porque esa deuda acaba pagándose fabricando más papel moneda o más deuda, lo que lleva a la inflación y a la devaluación.

Cuando, como en el caso español, una economía deja de crecer, lo que encarece la deuda (el inversor no se fía y pide mayor recompensa por los bonos que compra, justo en el momento en el que el país emisor está en peores condiciones para ofrecerla), los liberales de la moneda fuerte y la nostalgia por la época en que los billetes podían canjearse por onzas de oro proponen que se recorte el gasto público y se reduzca el endeudamiento. Eso entraña el riesgo de que la economía se contraiga, la gente gane menos y pague menos impuestos, baje por tanto la recaudación del Estado y haya que realizar nuevos recortes, con nuevas contracciones, nuevos recortes y así hasta la miseria. Como buen forofo, el liberal confía en sus prejuicios y piensa que no ocurrirá tal desgracia.

¿Cuál es el punto cínico de los liberales? Que para salvar a los bancos, propensos a invertir su dinero (o sea, el nuestro) en deuda pública y en burbujas, sí les parece bien que el Estado gaste lo que haga falta.

Lo importante, como decíamos antes, consiste en saber quién paga: paga quien no tiene dinero (el único valor fuerte), porque su salario real baja para que las empresas recuperen competitividad. También bajan los precios, lo cual es una cabronada para quien tiene una casa bajo hipoteca, pero no para quien tiene cien casas y dinero disponible, porque puede aprovechar las rebajas para comprar otras cien casas y esperar tranquilamente a que la economía y los precios, gracias al sacrificio de los asalariados y los desempleados, suban de nuevo.

Cuando los liberales, como los que ahora gobiernan España, se enfrentan a un problema de deuda, recurren al sacrificio ritual: creen que los prestamistas serán compasivos si comprueban que un Gobierno está dispuesto a matar a su población con tal de devolverles el dinero.

Los keynesianos, que dominaron la mayor parte del siglo XX, no consideran que la moneda constituya un valor absoluto. Dicen que la inflación, si no es excesiva, funciona como un impuesto redistributivo, y que las devaluaciones permiten ganar competitividad en el exterior porque los productos se venden más baratos.

Como receta contra la crisis económica proponen más endeudamiento público, destinado a financiar proyectos que den empleo, con lo que se ayuda a mantener el poder adquisitivo y la capacidad de consumo de la gente. Una vez superada la crisis, dicen, el crecimiento económico se traduce en que la gente gana más, paga por tanto más impuestos y el Estado puede a su vez pagar sus deudas y limpiar el balance. En este caso, el riesgo es doble: que la economía no se recupere con rapidez y el Estado, abrumado por las deudas, caiga en la insolvencia y no pueda hacer frente a los acreedores ni ofrecer los servicios comprometidos con la ciudadanía; y que una vez concluido el ciclo recesivo no se cierre el grifo del dinero barato y abundante (los políticos suelen caer en la tentación de mantener el grifo abierto, porque les permite hacer más cosas desde el Estado y la gente está contenta), lo que desemboca en las burbujas y en el agravamiento de los ciclos alcistas y bajistas que caracteriza al capitalismo moderno.

¿Cuál es el punto cínico de los keynesianos? Que sus emisiones de deuda han inundado el planeta y han generado unos inmensos mercados de compraventa donde chapotean y engordan esos especuladores a los que denuncian. Y que su solución consiste básicamente en tapar deuda con más deuda.

En circunstancias como las que afligen ahora a Europa, los keynesianos pueden intentar pasar la factura a los alemanes (el aval de los eurobonos) o incluso a los acreedores (con aplazamientos o renuncias a una parte de la deuda), pero su pagano estructural son las generaciones futuras: se deja el pufo en herencia confiando, como buenos forofos, en que la deuda generará riqueza y nuestros nietos podrán pagar nuestras facturas y nuestras pensiones.

Cuando los keynesianos, como los que gobernaban España hasta hace poco, se enfrentan a un problema de deuda, bailan la danza de la lluvia y acusan a los especuladores. Luego hacen lo mismo que los liberales y sacrifican ritualmente a los sectores más indefensos de la población.

Dado que el texto iba a salir indigesto, he pensado que convenía titular al estilo de Manolo Navarro. De ahí los efectos de la luz sobre las margaritas.

Enric González: Sobre la tiranía


Hierón ejerció como tirano en la colonia griega de Siracusa hace 26 siglos. Unas décadas después de su muerte, Jenofonte le hizo protagonista de un diálogo breve en que el tirano debatía con el poeta Simónides sobre las ventajas y las desventajas del ejercicio del poder. En 1948, Leo Strauss (presunta figura paterna del neoconservadurismo) escribió On Tyranny, un ensayo denso y enigmático, en el que diseccionaba el diálogo de Jenofonte. On Tyranny, del que ignoro si existe edición en castellano, exige al lector grandes esfuerzos, pero, como es habitual en Strauss, ofrece una recompensa extraordinaria: enseña al lector a leer.

Eso no es ninguna paradoja. Poquísimas personas son capaces de seguir el hilo entre las palabras y la mente del autor y captar por completo el juego de dudas, engaños, rectificaciones y decisiones azarosas que intervienen en la composición del texto y en su interpretación posterior. Perdón por la digresión.

Strauss utiliza su análisis del Hierón de Jenofonte para demostrar tres tesis. Una la hace obvia el propio Jenofonte: el tirano tiene como característica el sentirse incomprendido por la sociedad, sacrificado y agobiado por el poder que él mismo ejerce. La segunda es algo más compleja, aunque hoy tiende a ser comúnmente aceptada: la sociedad y su estructura de poder, sea cual sea, tiende a sofocar el pensamiento crítico, que para Strauss es consustancial a la filosofía.

La tercera tesis es la que interesa realmente a Strauss, y establece que las sociedades (y sus filósofos) tienen grandes dificultades para detectar la aparición de las tiranías. Salvo en los casos más zafios, la tiranía se propone como una forma nueva y superior de gobierno participativo, como una fórmula de progreso, como una respuesta a determinados poderes fácticos, como una iniciativa de los sectores más desprotegidos y como una solución frente a las dificultades de la época. En los años 30, el nacional-socialismo fue interpretado de esa forma por la mayoría de los alemanes y por muchísimos europeos.

Cada fenómeno tiránico es novedoso y muestra características específicas.

Conviene plantearse, porque es una de las grandes cuestiones de nuestra época, si lo que llamamos proyecto europeo muestra los síntomas de una tiranía.

Basta hablar con cualquiera de los técnicos que ejercen el poder en la Unión Europea, un entramado legal e institucional tan complejo que supera a los dirigentes políticos, para comprobar que se sienten afectados por el cansancio y la incomprensión de los que se quejaba Hierón: ellos, abanderados de la razón, están condenados a lidiar con los desastres ocasionados por la cerrazón populista de los partidos, por la mezquindad de los ciudadanos, por la incompetencia de los líderes y por la avidez insaciable de los mercados financieros.

La validez de la segunda tesis de Strauss es obvia. Cualquier oposición al proyecto europeo en su actual forma es descartable porque, según la verdad aparentemente establecida, su alternativa es el caos.

La tercera tesis no vale como prueba. Que no detectemos características tiránicas en una determinada formulación política no significa que sea una tiranía. Sí significa, sin embargo, que puede serlo.

La cesión de soberanía monetaria efectuada por los Estados firmantes en Maastricht se realizó en beneficio de una entidad técnica, el Banco Central Europeo. Ahora, como supuesta solución a la crisis del euro, se propone la cesión de la soberanía fiscal a otro ente técnico bajo límites de maniobra muy estrictos. Los electores europeos, quizá con la excepción parcial de los alemanes, ya no podrán decidir si quieren más o menos impuestos, si quieren revaluar o devaluar su moneda, si prefieren una dosis de inflación (que actúa como impuesto redistributivo) o una dosis de desempleo (que beneficia a las rentas del capital frente a las del trabajo).

En términos prácticos, la tiranía suele identificarse con la represión más o menos violenta de la crítica. Puede pensarse que en los próximos años, en los que se empobrecerá de forma drástica la vida de quienes dependen de rentas del trabajo o de la asistencia pública, ese fenómeno se convertirá en una de las características de la gobernanza europea.

Entramos en una época interesante, en el sentido de la célebre maldición china.

Enric González: Contra el idealismo


La prensa contemporánea ha fracasado en muchos sentidos. El fracaso fundamental, creo, es atribuible a la falta de auténtica investigación. Y tiendo a culpar de ello al periodismo cultural.

En este momento de cataclismo culpamos a los bancos, a los políticos, a los burócratas, a los periodistas, a los alemanes, a los griegos, a Estados Unidos, a los especuladores, a los empresarios, al consumismo, a las agencias de valoración. Pero nadie señala a los auténticos responsables, a la gente que, parapetada tras su aparente respetabilidad, nos convenció de seguir el camino más rápido y racional hacia el desastre.

Me refiero a los filósofos idealistas, en especial a los más recientes. Digamos que desde Hegel. Si sólo se pudiera acusar a uno de ellos, me quedaría con Alexandre Kojève (1902-1968), porque es el tipo que anuda Marx y Hegel, Heidegger y Sartre. Porque es el filósofo de cabecera de la Unión Europea, aunque ahora se hable poco de él. Y porque acuñó (fue él, y no Fukuyama) ese concepto tan peligroso llamado “fin de la historia”.

Por supuesto, Hegel es el gran precursor. Al afirmar que la historia de la humanidad era la historia de las ideas reemplazó una idea suprema, Dios, que había ofrecido unas prestaciones bastante discutibles durante muchos siglos, por otra, la Historia. Según Hegel, la historia tiene sentido y conduce a un desenlace feliz. Pero el desenlace propuesto por Hegel viene a constituir una especie de reconciliación con Dios, algo lo bastante teórico e improbable como para no amenazar la cordura colectiva.

Kojève actualiza el hegelianismo con un recurso perverso: disfrazándolo de materialismo. Asegura, como Hegel, que nuestro mundo comienza con la Revolución Francesa. Asegura, como Marx, que la dialéctica amo-esclavo es la clave del progreso humano. Hasta ahí nos movemos en terreno administrativo, no penal. Lo realmente grave, el auténtico crimen, se comete con la secularización del historicismo de Hegel y con la manipulación del materialismo dialéctico de Marx. A diferencia de Marx, que exigía un poco de esfuerzo (revoluciones, abolición de la propiedad privada, dictadura del proletariado, etcétera) antes de alcanzar el final feliz de la sociedad sin clases, Kojève afirma que el proceso resulta, si no indoloro, sí automático: de forma inexorable, sin que haga falta derribar lo esencial de las viejas estructuras, simplemente gracias al dinamismo del capital, a las comodidades del Estado del Bienestar y a la tutela de una burocracia ilustrada, se llega a la consumación de la historia: plena libertad y abundancia material.

De alguna forma, la sociedad ha interiorizado el idealismo de Kojève y de sus precursores. Hemos logrado convencernos de que los horrores del siglo XX fueron sólo un mal paso (algunos dicen incluso que un mal paso necesario) hacia el progreso indefinido. Nos hemos creído que la Historia es lineal, que va de menos a más, que la consumación y superación de la lucha dialéctica está en algún sitio ahí delante. Que la prosperidad no es un accidente cíclico, sino un derecho y un destino.

Un amplio sector de las élites europeas funciona desde años bajo la persuasión de que, gracias a Kojève (que trabajó en el Ministerio de Asuntos Económicos de Francia como planificador del Mercado Común) y a su idealismo materialista, existe una ruta sin sacrificios ni tragedias. Para seguirla y alcanzar el feliz destino se ha considerado legítimo prescindir de algunas formalidades relacionadas con los mecanismos de la democracia (entre los que se incluye la necesidad de informar correctamente al ciudadano) y dejar las decisiones bien lejos de los caprichos populares, en manos de mandarines con buena voluntad y pleno conocimiento de lo que hace falta. Con un truco que a Marx podía salirle gracioso pero que en manos de Kojève y los suyos hace bastante menos gracia, se ha prescindido de una legitimidad pretendidamente menor y errática (la procedente del pueblo) para basarlo todo en la legitimidad suprema e inexorable de la Historia.

Los resultados están a la vista.