Claroscuros

Enric González: Ley y orden


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A la izquierda, mayormente a la izquierda revolucionaria, suele atribuírsele un optimismo exagerado. Es gente que no solo confía en cambiar el mundo, sino que espera conseguir a la vez que cambie la condición humana. Eso requiere, es cierto, grandes dosis de optimismo. A la derecha, en cambio, se la considera pesimista. Su gente tiende a pensar que el sistema político vigente es el menos malo de entre todos los posibles y opta por el tópico atribuido (mal) a Goethe: antes la injusticia que el desorden. La persona conservadora sospecha que cualquier cambio será a peor, o, en días rastreros, que si es a mejor su consecución supondrá de todas formas demasiadas molestias para el probo ciudadano.

En ciertos momentos, sin embargo, no existe mayor optimismo que el de los conservadores. Creen en la inmutabilidad de las cosas. Creen que una situación determinada, como la actual, por ejemplo, puede mantenerse por un tiempo indefinido, sin quebrarse por un lado o por el otro. Creen que los desastres no tienen consecuencias, o al menos creen que no deberían tenerlas.

Pensaba en esto leyendo un artículo publicado ayer por Arcadi Espada, un hombre a quien conozco y estimo, con quien a veces estoy de acuerdo y de quien con frecuencia aprendo cosas. Espada comparaba el escrache, esto es, la denuncia pública acompañada de intimidación que practica la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, con la estrella amarilla impuesta a los judíos, con el ricino franquista y con el rapado de las francesas que se habían acostado con invasores alemanes. Es una forma de verlo. Afirmaba también que “el escrache es terrorismo”. Bueno. Da igual. La palabra “terrorismo” murió por desgracia hace ya algún tiempo, víctima de un shock polisémico.

Comprendo a la gente de orden que invoca el respeto escrupuloso a la ley: cuando la ley se evapora pueden pasar cosas muy malas. Comprendo a la gente de orden que siente un rechazo instintivo hacia una huelga o una algarada: han hecho falta muchos siglos para alcanzar el derecho a andar sin miedo por la calle. Comprendo a la gente de orden, en general.

Pero creo que la revolución francesa fue un gran paso para la humanidad, con todo su terror, todas sus tricoteuses y con todo el deplorable escrache que sufrió María Antonieta camino del patíbulo. También aprecio el enorme valor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, aunque para llegar a ella hubiera que soportar que unos rufianes disfrazados arrojaran al mar un cargamento de té, propiedad legal de honrados comerciantes. Hasta siento simpatía por las sufragistas, esas inglesas entrometidas que escrachearon a Winston Churchill, pusieron una bomba en casa de David Lloyd George y quemaron unas cuantas iglesias para exigir el voto femenino.

Vivimos tiempos interesantes, en el sentido de la maldición china. Cosas que creíamos garantizadas están desapareciendo. El gran proyecto europeo del siglo XX podría descarrilar en cualquier momento, llevándose por delante el mundo que hemos conocido. La aparente falta de alternativas ofrece un terrario confortable a los huevos de la serpiente: quizá a la vuelta de la esquina nos espere un populismo irracional, ansioso por escarmentar a unas élites que no solo han fracasado, sino que se regodean en su fracaso (e incluyo entre esas élites al periodismo establecido del que formo parte) y exigen no ser molestadas.

Por supuesto, hay optimistas. Hay gente tranquila, convencida de que basta con reprimir las manifestaciones y esperar a que algún día lo arregle todo Rosa Díez. O Toni Cantó. O incluso Mariano Rajoy. O los tres juntos.

Yo me declaro pesimista. Creo que conviene respetar las protestas callejeras, creo que hace falta sustituir una ley hipotecaria parcial y abstrusa, creo que hay que dar un tajo a los gastos de los partidos, creo que hay que regular los mercados, creo que la Unión Europea debe ser más europea y menos alemana, creo que hay que acometer una reestructuración de las deudas públicas antes de que las deudas públicas nos reestructuren a nosotros.

Soy muy, muy pesimista.

Enric Gónzalez: La construcción de un hombre


jacobs y herge

Releo regularmente las aventuras de Tintín desde hace más de 40 años. Y en los últimos tiempos me procuran, además de placer, una leve sensación de desasosiego. Transpiran una ausencia. ¿Dónde está el autor? Georges Remi, Hergé, vuelca en los álbumes algunas de sus obsesiones (la pureza, la amistad) y unos cuantos prejuicios ideológicos, como el antisemitismo, especialmente en las primeras obras. Pero permanece oculto tras el protagonista, Tintín, un ser sin pasado ni futuro, sin familia, sin otra ambición vital que saltar de aventura en aventura.

La humanidad se reserva para el otro gran personaje de la serie, el capitán Haddock. El capitán incorpora de forma gradual las características del hombre que más ayudó a Hergé, tanto en lo personal (quizá le salvó la vida cuando tras la liberación de Bélgica hubo algún intento de linchar al dibujante por colaboracionismo con los nazis) como en lo profesional (incorporó el color, incrementó el dinamismo y aportó muchas de las anécdotas que animan los guiones). La humanidad de la serie es la de Edgar P. Jacobs, la única persona que podría haber firmado los álbumes junto a Hergé. Eso no ocurrió, por más que Jacobs lo pidiera, porque Hergé poseía un agudo sentido del patrimonio. Y porque Tintín era suyo, claro.

Jacobs nació en Bruselas en 1904, tres años antes que Hergé. Su vocación era la ópera. Trabajó 20 años como barítono y casi con 40 asumió que nunca iba a alcanzar la gloria en un escenario. Decidió privilegiar otra de sus líneas de actividad, el dibujo y el diseño de escenarios. Gracias a ello conoció a Hergé. En 1941, en la Bélgica ocupada, un teatro estrenó una obra de Hergé llamada Tintín en la India, o el misterio del diamante azul. Jacobs se encargó de los decorados.

Los dos se cayeron bien porque no se parecían en nada. Hergé era retraído, tímido y complicado. Jacobs era impulsivo, ruidoso, exagerado. Como Jacobs, el hombre de los mil y un fracasos, acababa de perder su enésimo empleo (le encargaron que dibujara para Europa las historietas de Flash Gordon, un acto de piratería impuesto por la ruptura de comercio con Estados Unidos, pero la administración filonazi las prohibió al cabo de unas semanas), decidieron trabajar juntos.

El último álbum de Tintín dibujado antes de la ocupación fue El cangrejo de las pinzas de oro y en él aparecía un tal capitán Haddock, un marino alcohólico, de carácter débil y buen corazón, al que Hergé no consideró digno de continuidad. Cuando se puso a trabajar en el siguiente guión, Tintín en el país del oro negro, no se planteó incluir a Haddock en la aventura. Pero ese álbum fue interrumpido (por demasiado político) y en su lugar comenzó La estrella misteriosa, con Hergé y Jacobs dibujando a cuatro manos. Significativamente, en La estrella misteriosa irrumpe Haddock. Milú deja de ejercer como contrapunto de Tintín. De eso, en adelante, se encarga el capitán.

Hergé lo admitió años más tarde: “Haddock es Jacobs”. En la construcción del personaje del capitán hubo otras influencias, como la del propio hermano de Hergé, un militar propenso a las descargas en cadena de improperios, o algunas anécdotas vitales del otro gran colaborador del dibujante, Bob de Moor. Pero el carácter, los gestos, la bondad gruñona, la exaltación casi operística, son de Jacobs.

Resulta curioso comprobar cómo Haddock adquiere una biografía, una casa y un patrimonio (la herencia de su antepasado marino) que justifican su conducta y sus medios materiales de subsistencia, incluso al final un nombre de pila (Archibald), y desarrolla una formidable capacidad gestual. Su rostro es un catálogo de expresiones. Mientras, Tintín permanece plano, inalterable, como un misterio de hieratismo y pureza.

Hay poco que discutir sobre la identificación entre Tintín y Hergé. Lo poco que Hergé deja traslucir de su vida real (la amistad con Chang, las pesadillas blancas que exorcizó con Tintín en el Tíbet) se incorpora al personaje del joven aventurero. Pero Tintín tiende a borrarse, a asumir la condición de simple hilo conductor de la historia. Aunque aparece siempre, no se sabe nada de él. El espesor y la riqueza son para Haddock-Jacobs.

Circula la hipótesis de que Hergé, o más bien Georges Rèmi, sufrió de niño abusos sexuales por parte de un tío materno. Eso es incomprobable. Sin embargo, algo, alguna herida interna, debía provocar en Hergé las depresiones, crisis nerviosas, insomnios y pesadillas blancas que marcaron su vida. Y el catolicismo profundo de Hergé, difuminado en la madurez por un misticismo ecuménico, no basta para explicar la obsesión por la pureza.

El caso es que Hergé evitó contarse a sí mismo y en cambio construyó a partir de su amigo Jacobs un personaje formidable, un auténtico carácter humano digno de la literatura más grave.

Jacobs desarrolló su propia carrera como dibujante y guionista en la revista Tintín y creó una serie inolvidable, la de Blake and Mortimer, con una pieza estelar como La marca amarilla. Sus guiones, más toscos que los de Tintín, resultan deliciosamente exagerados: en la primera obra de la serie estalla la Tercera Guerra Mundial y son destruidas todas las grandes ciudades del planeta. Sin ningún pudor, Jacobs se retrataba en el malvado Olrik, enemigo eterno de Blake y Mortimer.

Cuando Hergé contrajo la enfermedad que acabó con su vida (un extraño proceso canceroso en la sangre, complicado por la seropositividad contraída durante una transfusión), Jacobs permaneció a su lado.

Hergé murió el tres de marzo de 1983, hace ahora 30 años. Jacobs le sobrevivió cuatro años. Hergé se fue con sus secretos. Jacobs se fue habiéndose explicado por completo.

Enric González: Tremendismo


Mas y Duran Lleida

Nuestro gran defecto es el tremendismo. Cualquier nimiedad nos pone de los nervios. Desde hace algún tiempo, por ejemplo, nos hemos apuntado a la moda de criticar a los políticos, hagan lo que hagan. Mientras escribo estas líneas, miles de ciudadanos lanzan insultos contra Josep Antoni Duran Lleida, un señor educadísimo, y contra su empresa, Unió Democràtica de Catalunya. Unió ha robado, dicen los exaltados. Bueno, sí. Como las otras empresas de su sector. No exijamos a Unió que sea menos que sus socios de Convergència Democràtica, una de las firmas punteras en el ramo del guante blanco. Ni que el PP. Ni que el PSOE.

Para empezar, Unió ha tenido un detallazo: ya ha devuelto 300.000 de los euros robados hace casi dos décadas, y piensa añadir todavía un pico para callar bocas. Lógicamente, se queda con algo porque una cosa es tener un gesto y otra ser tonto. Añadamos que trincó de fondos públicos (que, según dijo Carmen Calvo, no son de nadie), europeos (que aún son más de nadie) y destinados a los parados (como se sabe, los parados son por definición los principales defraudadores del país).

La gente protesta porque no compara. Y hay que comparar. Miremos cómo están los países de nuestro entorno, ateniéndonos no a la geografía, que engaña, sino a la clasificación mundial de sociedades por nivel de corrupción. España ocupa el puesto número 31. República Dominicana está en el 41. ¿Querrían vivir los protestones en la República Dominicana, un país en el que quebró fraudulentamente uno de los mayores bancos, Baninter, y hubo que esperar cuatro años a que los responsables fueran a la cárcel? ¿O en Botsuana (puesto 30), donde el paro roza el 18%, se gasta el 10% del presupuesto nacional en educación y los elefantes se dejan matar por dinero? ¿O en Mauricio (43), que además de ser un paraíso fiscal tiene las playas infestadas de cocoteros y una isla llamada Cargados Carajos?

Bueno, vale, quizá sí valdría la pena vivir en Mauricio, Botsuana o República Dominicana.

Valoremos entonces la delicadeza y el savoir faire de nuestros políticos. Como gestores del país han demostrado la máxima incompetencia, pero en lo suyo son finos. ¿Han puesto a alguien una pistola en el pecho? ¿Alguien ha sido asaltado en una esquina por un político? ¿Alguien tiene miedo a salir de noche por culpa de los políticos? Nada de eso. Ni pizca de violencia. De hecho, ni nos enteramos de cuando roban.

Sobre ese punto, conviene ensalzar el civismo de La Vanguardia y El Periódico, principales diarios de Cataluña, que no pusieron en portada el asuntillo de Unió para no crear una alarma innecesaria. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿Para qué angustiarnos? Se nota que Cataluña es diferente. Muy bien La Vanguardia y El Periódico. Y muy mal otros, acusicas y azuzadores de los peores instintos de la plebe.

Señoras, señores, seamos serios. El país está hecho una porquería, endeudado, desindustrializado y parado. Solo nuestros políticos y nuestros banqueros (y nuestros futbolistas, pero esto no va de deportes) gozan de una merecida prosperidad y pueden competir en cualquier parte del mundo. Nosotros, siempre envidiosos, les criticamos. ¿Qué queremos? ¿Queremos que Rodrigo Rato chupe de la teta del subsidio de desempleo, como hacemos tantos? El hombre, que prefiere no vivir de la sopa boba, se busca un trabajillo en Telefónica. Y le criticamos. Igual que a Urdangarin. ¿Nos gustaría más de mantenido, como el resto de la familia? Unió trinca un dinerillo de los fondos europeos y hala, a sufrir escarnio. Yo, de mandar en Unió, el mes que viene enviaba a los protestones la factura de la suite de Duran en el Palace, por listos. ¿Qué se creen, que lo políticos no tienen gastos? Al pobre Camps casi le crucifican por unos trajes y una cosilla llamada Gürtel, y ya ven: él está de profesor en la Universidad Católica, como corresponde, y el juez que le acusó, Baltasar Garzón, en la puta calle.

Más sensatez, conciudadanos, y menos envidia. Como dijo el rey Juan Carlos en su tradicional alocución de Nochebuena, debemos “reivindicar la política” y “evitar el pesimismo”. No desesperemos. Hay soluciones. Podemos hacernos políticos.

O, en su defecto, emigrar a Botsuana.

Enric González: Diez libros que habría lamentado perderme este año


1.— Pensar el siglo XX, de Tony Judt con Timothy Snyder (Editorial Taurus)

Judt, el gran historiador del presente (su obra monumental, Posguerra, abarca desde 1945 hasta anteayer), estaba muriendo cuando mantuvo esta larga conversación con su alumno y colega Snyder. Si yo no tuviera ninguna idea propia, se las copiaría todas a Judt.

2.— Mortalidad, de Christopher Hitchens (Editorial Debate)

El polemista y polígrafo Hitchens también estaba muriendo al escribir Mortalidad. Un gran libro para aprender a vivir, a morir y a pensar con valentía.

3.— La Segunda Guerra Mundial, de Antony Beevor (Editorial Pasado & Presente)

¿Cree saberlo todo sobre la Segunda Guerra Mundial? Pues lea a Beevor. Una obra maestra de la historia que se lee como una novela de John Le Carré.

4.— El precio de la desigualdad, de Joseph Stiglitz (Editorial Taurus)

Un libro imprescindible para comprender por qué esta crisis no es una simple crisis, sino una gran batalla para determinar el modelo económico que adoptará la sociedad global. Parece que los míos van perdiendo por goleada.

5.— España, destino tercer mundo, de Ramón Muñoz (Editorial Deusto)

La verdad duele. De lo más claro y honesto que se ha escrito sobre las perspectivas económicas españolas y sobre cómo se devalúa un país.

6.— ¿Adónde van los chinos cuando mueren?, de Ángel Villarino (Editorial Debate)

El mejor periodismo se encuentra en los libros. Un reportaje sensacional de un corresponsal en Pekín sobre la comunidad china en España. Envía un montón de tópicos a hacer puñetas.

7.— Las leyes de la frontera, de Javier Cercas (Editorial Mondadori)

Decir que esta novela va de delincuentes juveniles es como decir que Guerra y paz va de Rusia. Se bebe como agua, pero la digestión es lenta.

8.— Lo que cuenta es la ilusión, de Ignacio Vidal-Folch (Editorial Destino)

Vidal-Folch es uno de los grandes escritores españoles, aunque él simule no saberlo. Esta obra no es exactamente un dietario, ni una colección de ensayos diminutos, ni una crónica de lo contemporáneo. Llamémoslo artefacto fascinante.

9.— El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza (Editorial Seix Barral)

Qué quieren que les diga. Mendoza nunca me parece tan serio como cuando escribe en broma. Y el detective sin nombre es uno de los mejores personajes de la literatura española.

10.— Victus, de Albert Sánchez Piñol (Editorial La Campana)

Un novelón de los de antes, de sofá, mantita y vaso a mano.

Enric González: Atención, espóiler


Como les supongo ocupados, solo les robaré unos segundos.

Comprendo perfectamente a quienes prefieren seguir día a día, escena a escena, la vertiginosa historia de horror de la economía española, ignorando si al final ganan los buenos o los malos. También comprendo a quienes eligen mirar hacia otro lado: esta historia gore da bastante asco.

Pero alguien habrá que quiera conocer en poco tiempo el making of de la crisis y su desenlace. Si ese es su caso, lea en cuanto le sea posible España, destino tercer mundo. Sepan que se trata de un espóiler en toda regla y que les va a arruinar un montón de pequeñas emociones cotidianas: la prima de riesgo, las cumbres europeas y esas cosas pierden interés en cuanto se sabe cómo acaba el asunto.

El libro de Ramón Muñoz, editado por Deusto, es breve, claro, honesto y fiable. En otras palabras, es periodismo. Hacía tiempo que no leía algo tan bueno y tan inquietante.

Eso es todo.

Enric González: Con todos mis respetos


El nacimiento de mi hija fue complicado. Clara y Lola, su madre, tuvieron que permanecer un cierto tiempo en la unidad de cuidados intensivos de la Clínica Dexeus. Resultó que la Seguridad Social solo cubría el parto y el resto me correspondía a mí. La factura ascendió a 12 millones de pesetas, lo que entonces costaba un piso. Me era imposible pagar. El diario El País, que entonces dirigía Juan Luis Cebrián, se hizo cargo del asunto. El mismo diario, con el mismo director, me pagó cursos en Esade y me procuró una beca en Estados Unidos.

No quiero olvidar esas cosas.

Incluso teniéndolas presentes, ahora comparto la opinión universal sobre Cebrián. A mí también me causa horror y una cierta repulsión. Pero prefiero pensar que está enfermo y que la cura a su enfermedad no puede pagarse con dinero. No debe ser, como pensé hace unos años, un simple caso de ludopatía bursátil. Si fuera así, habría recuperado ya la lucidez. Dudo que lo suyo tenga remedio. Es una lástima.

Después de 27 años en El País, creo que debo irme. La decisión de despedir a un tercio de la redacción me permite acogerme, sin negociaciones particulares, a la indemnización que se establezca para el colectivo. El País ha hecho por mí mucho más que yo por él y hasta no hace mucho confiaba en que pese a la crisis, la general y la del sector, lograría superar sus disfunciones. Ya no confío. Conviene, sin embargo, subrayar algo: en 1976 trabajaba en la Hoja del Lunes de Barcelona y cuando llegó a mis manos el primer ejemplar de El País pronuncié una frase lapidaria: “Esto no dura seis meses”. Como se ve, carezco de dotes proféticas.

Desconozco quién figura conmigo en la lista de los que se van. Solo sé que son compañeros y amigos. Igual que casi todos los que se quedan. Por eso quiero suponer que me equivoco de nuevo y que El País, que seguirá contando tras los despidos con bastantes de los mejores periodistas de España (e, inevitablemente, con unos cuantos personajes lamentables), aún valdrá la pena.

He escrito estas líneas con vergüenza. Que yo deje un empleo carece de interés. Que más de diez docenas de periodistas sean despedidos de un periódico que baña en oro a sus directivos y derrocha el dinero en estupideces es bastante grave. Que en España haya millones de personas sin trabajo y con muchísimas dificultades para llevar una vida digna, mientras algunos se enriquecen a costa de la miseria ajena, es una tragedia.

Perdonen el desahogo. No volverá a ocurrir

Enric González: Democracia


The Economist, la Biblia semanal del capitalismo, publica un artículo titulado Democracias y deuda. Y recuerda los reparos de numerosos pensadores clásicos respecto a la capacidad de los sistemas democráticos para gestionar la economía. Platón desconfiaba de los dirigentes votados por el pueblo porque tenderían a “robar a los ricos, guardar para sí mismos la mayor parte del botín y distribuir el resto entre el pueblo”. James Madison, cuarto presidente de los Estados Unidos y uno de los principales redactores de la Constitución estadounidense, suponía que la democracia conduciría “al entusiasmo por el papel moneda [en detrimento del oro], a la abolición de las deudas, al reparto igualitario de la propiedad y a muchos otros proyectos inapropiados o malvados”. John Adams, el segundo presidente de Estados Unidos, predecía que el poder de las masas conduciría a la hegemonía de los vagos y al derroche indiscriminado.

El articulista de The Economist opina que, de algún modo, la crisis de la deuda en Europa da la razón a los escépticos respecto al poder popular y sugiere como posible solución a los “vicios” de la democracia que los dirigentes salidos de las urnas no puedan tomar decisiones sobre política fiscal, “igual que la responsabilidad sobre la política monetaria ha sido entregada a banqueros centrales independientes”. En resumen, la vieja opción tecnocrática: la falsa independencia de los técnicos que dicen servir, sin prejuicios ideológicos, al bien común.

Esa opción tecnocrática ya se aplica en España, cuyo Gobierno carece desde hace años de recursos para controlar la política monetaria (cantidad de dinero circulante, valor de la unidad monetaria, inflación y tipos de interés) y ahora se ve obligado a aplicar una política fiscal (impuestos y gasto público) decidida por alguien inconcreto (¿la canciller de Alemania?, ¿el Banco Central Europeo?, ¿los mercados financieros?) que no debe responder ante los electores españoles. Cabe recordar la conocida paradoja: si la Unión Europea pidiera el ingreso en la Unión Europea, sería rechazada porque sus instituciones no ofrecen las mínimas garantías democráticas.

La derecha intelectual y mediática aplaude vigorosamente esta evolución de los acontecimientos. No porque tengan sentido económico (el gran problema no es el gasto, es la falta de crecimiento), sino porque implican un evidente sentido político de retorno al elitismo.

La democracia tiene aspectos repulsivos, ciertamente. Ahora hay incluso quien repudia públicamente la Revolución Francesa por su violencia y su desorden, recuperando los argumentos del “ancien régime”. Y son bastantes los que propugnan la rendición ante los llamados “mercados financieros” dado que, dicen, la tiranía del capital resulta inevitable y, en último extremo, positiva por “realista”. Esos eran los argumentos de quienes se oponían a Andrew Jackson.

Jackson, conocido como “Old Hickory”, fue presidente de Estados Unidos entre 1829 y 1837. Aplicó una política de limpieza étnica contra las tribus indias, sostuvo una diplomacia errática y llevó el país a la ruina. Sus rivales le llamaban “jackass”, burro o, de forma más libre, idiota: de ahí que el burro se convirtiera en símbolo del Partido Demócrata. Y, sin embargo, hoy nadie discute su posición como uno de los mejores presidentes de Estados Unidos. John Kennedy eligió como asesor a Arthur Schlesinger Jr., el más reputado biógrafo de Jackson. Incluso el republicano ultraconservador George W. Bush solía citar a Jackson como su modelo.

La gran obra de Andrew Jackson fue cargarse el Banco Central, entonces llamado Segundo Banco de los Estados Unidos. “Old Hickory” acusó al banco que desempeñaba la política monetaria (y a partir de aquí copio de la Wikipedia en su versión inglesa) de:

“1-Concentrar la fuerza financiera de la nación en una sola institución.

2-Exponer al Gobierno a sufrir el control de intereses extranjeros.

3-Servir principalmente para hacer más ricos a los ricos.

4-Ejercer demasiado poder sobre los miembros del Congreso.

5-Favorecer a los Estados del este sobre los del sur y los del oeste.

6-Consagrar el dominio de unas pocas familias.”

(Fin de la cita).

En 1832, tras una feroz batalla política y apoyándose en su mayoría electoral, Jackson logró cargarse el banco y cedió la tarea de imprimir dinero a decenas de pequeños bancos locales. Eso provocó una burbuja especulativa y luego una terrorífica depresión económica. Pero quebró el espinazo de las viejas élites de Nueva Inglaterra (los Adams, Madison, etcétera), estableció las bases del futuro crecimiento y aseguró para siempre la condición democrática del país, pese a que la palabra “democracia” no apareciera en su Constitución. Cuando se estableció, en el siglo XX, la actual Reserva Federal, se reservó al presidente de la nación la potestad de nombrar a sus gobernadores, se estableció una organización descentralizada y se le encomendó a la entidad emisora la misión de promover la creación de empleo, además de combatir la inflación. Herencia de Jackson.

La democracia funciona mal, pero funciona. Y a largo plazo acierta siempre. De los demás regímenes, especialmente de los que se hacen pasar por “técnicos”, “independientes” y “apolíticos”, se puede decir exactamente lo contrario. Sirven sólo para preservar el “statu quo”, es decir, los intereses de la clase dominante.

El actual Gobierno de España goza de un apabullante respaldo electoral, pero carece de poder real. Mariano Rajoy alega que “la realidad” le ha pasado por encima. ¿La realidad? En otro tiempo a dios y a las monarquías absolutas se les llamaba “realidad”. Ahora llamamos “realidad” a unos determinados intereses económicos y geopolíticos y aplicamos en su nombre, alegando que hay que pagar las deudas (cosa evidente), unas políticas “técnicas” e “inevitables” que harán imposible generar la riqueza necesaria para pagar las deudas, pero consagran el “statu quo”: los ricos cada vez más ricos, etcétera.

Como demostró Andrew Jackson, los intereses que se hacen pasar por “realidad” no son invencibles. Para hacerles frente, sin embargo, hay que enfangarse con la voluntad de la mayoría (o de las masas, pongámonos guarros), ponerse del lado de la chusma ignorante, asumir desórdenes y propugnar otro modelo de sociedad.

No parece el caso.

Enric González: Cosas que no me creo


 Nos creíamos ricos y somos pobres. Vale. Hay otras falsedades que hemos creído, o hemos querido creer, o quieren hacernos creer. Vamos con diez de ellas.

  1. La transición del franquismo a la democracia fue un éxito. En un país como España, tan habituado a las guerras civiles y las dictaduras, vino a considerarse un triunfo histórico el hecho de que el cambio de régimen no fuera acompañado de matanzas generalizadas. Y superar la patética asonada del 23 de febrero de 1981 nos pareció el colmo de la madurez. La Transición, en realidad, fue un proceso relativamente superficial, tutelado por la entonces Comunidad Económica Europea y la OTAN y dirigido por los poderes fácticos (financieros y en menor medida religiosos), basado en un pacto de desmemoria, en la preservación de las estructuras de capital franquistas y en una serie de apaños lamentables, como el “café para todos” autonómico y la singularidad fiscal vasca. Se sacrificó la justicia en el altar del orden y, encima, se glorificó el resultado.

  2. España entró en la modernidad. Ni de broma. Por debajo de los nuevos rascacielos, las infraestructuras de lujo y el consumo de tecnología importada quedaron un sistema judicial antiguo e ineficaz, una inexplicable incapacidad para invertir colectivamente en investigación y desarrollo y un montaje fiscal tan yeyé que todo lo hace al revés: fomenta el fraude (estimado en 70.000 millones anuales), da vidilla a una robusta economía sumergida y asfixia a los asalariados y a las empresas medianas.

  3. Hubo un milagro económico. El supuesto milagro no fue otra cosa que un proceso de convergencia y unión monetaria con el resto de Europa, por el cual los tipos de interés quedaron por debajo de la inflación real y España se inundó de capital extranjero. Vendimos ladrillo, deuda y sol, lo cual equivale a plantar cizaña en el césped: las actividades especulativas desplazaron a las productivas. En realidad, sí hubo algo milagroso: que un mal encofrador ganara más que un buen médico. El gran problema de España es que carece de una economía realmente productiva y capaz de competir en el mundo, y por eso no crece, y por eso padece un desempleo endémico.

  4. Nuestros jóvenes están muy bien preparados. Pues no. Los jóvenes españoles están, en general, muy bien titulados, pero los bien preparados son, en porcentaje, pocos más de los de siempre. La masificación universitaria y la falta de empleo han generado una insólita proliferación de posgraduados sin expectativas y una fatigosa abundancia de idiotas con máster. Faltan técnicos medios, falta espíritu emprendedor y faltan oportunidades.

  5. Trabajamos poco. Cualquiera que haya vivido en España y en otros países sabe que, en comparación con bastantes de nuestros vecinos, los españoles trabajan y trabajan razonablemente bien. Otra cosa es la organización del trabajo. También es otra cosa lo poco que se incentiva el trabajo: a la sombra de un tentativo Estado del Bienestar se ha formado una espesa maleza disuasoria de subsidios e impuestos, y la llamada “cultura del pelotazo” (recuerden aquello que dijo Carlos Solchaga, ministro socialista, sobre lo fácil que era hacerse rico en España) ha hecho pensar que trabajar es de tontos.

  6. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Veamos. Las familias españolas deben unos 80.000 millones de euros y la suma se reduce cada mes. Si dividimos los 80.000 millones por diez millones de familias, o por cinco millones, sale un endeudamiento medio muy discreto. El gran problema son las hipotecas, pero no han sido los ciudadanos los que han creado la burbuja inmobiliaria ni los precios astronómicos de los pisos. Tampoco son culpables los ciudadanos de que el mercado de vivienda en alquiler sea raquítico. Las empresas españolas deben aproximadamente el doble que las familias, y el grueso de esa deuda corresponde a los grupos de mayor tamaño: Telefónica, superconstructoras, etcétera. O sea, que no. Los trabajadores hemos vivido según se podía vivir por las rentas y el crédito disponibles.

  7. La inmigración ha sido un problema. No fastidiemos. Esa idiotez se desmonta por sí misma.

  8. La culpa es de las autonomías. Hasta donde pudo entender el último que leyó la Constitución, las Comunidades Autónomas forman parte de la administración estatal. Han derrochado porque han montado sistemas clientelistas directamente emparentados con el antiguo caciquismo, pero sus problemas realmente serios corresponden a Seguridad Social, educación y otras competencias onerosas que fueron del Estado y se traspasaron a las autonomías. Los gobiernos autonómicos, con la excepción parcial del vasco, no recaudan pero gastan: eso es idóneo para propiciar el descontrol. El sistema se montó mal y funciona mal. Igual que la Unión Europea.

  9. La culpa es de los políticos. Claro. Todo es culpa de esos políticos a los que nadie vota. Ya. Echemos un vistazo a nuestro alrededor: jueces, grandes empresarios, grupos de comunicación, estrellas televisivas. Mirémonos a nosotros mismos. Visto lo visto, ¿qué clase de políticos esperamos tener? Pues eso es lo que hay. Y si hemos consentido que los partidos se convirtieran en máquinas recaudadoras (por la vía legal y la ilegal) y avasallaran el terreno que debían ocupar las instituciones, los profesionales y la ciudadanía, algo de culpa nos tocará a la gente. No basta con trabajar y pagar los impuestos, hay que vigilar y exigir. Es muy probable que la actual clase política se desplome, como en otros países quebrados. Si creen que lo que vendrá luego será mejor, hicieron bien en votar a Zapatero (“la crisis es un tema opinable”) y a Rajoy (“los españoles merecen un Gobierno que no les mienta”), o a esos líderes nacionalistas que se envuelven en la bandera para encubrir lo que trincan.

  10. Los mercados son irracionales. Los mercados, especialmente cuando no existe regulación, tienden al fraude, a la especulación, al abuso y al enriquecimiento indecente de quienes ocupan en ellos posiciones dominantes. Pero rara vez se comportan de forma irracional durante períodos prolongados. Lo que contemplamos ahora no son unas horas de pánico bursátil más o menos carente de fundamento, sino una resistencia generalizada a prestar dinero a Estados, instituciones públicas y empresas cuya capacidad de devolver los créditos resulta más que discutible. Porque, hay que insistir, cuando no se crece se va a la insolvencia. Cada vez que alguien hable de “mercados irracionales”, piense usted en lo bien que se lo montan los capitostes de las finanzas y ríase.

Enric González: El libro y la película


Solo existe una definición correcta para la palabra “yo”: nominativo del pronombre personal de primera persona en género masculino o femenino y número singular. Cualquier otro intento acaba en fracaso. El diccionario de la RAE habla de “parte consciente del individuo”. ¿Y mi parte inconsciente? ¿No soy yo? Yo no soy mis recuerdos: ¿si olvido dejo de ser yo? ¿Soy yo la conciencia de mi yo? ¿Depende mi yo de algo tan banal como un accidente neurológico? Algunas aproximaciones poéticas resultan interesantes, pero demasiado oblicuas. Como la de Leopoldo María Panero en Stirner: “Contra dios he apostado desde esta esquina insomne, y contra dios juego todas las inmensas noches la moneda infame de mi yo”.

Ulises, de James Joyce, no intenta definir el significado de “yo”. Lo que hace es hundir un escalpelo en la maldita palabra, abrirla en canal y anotar, como un forense, los extraordinarios fenómenos (universos en erupción) que encuentra en su interior. Hay quien considera Ulises la novela definitiva sobre la confusión del hombre moderno, o el vademécum más completo sobre el conocimiento humano, o un exabrupto ilegible de nihilismo y misantropía. Para mí, es la mejor guía para explorar los laberintos del “yo”.

Leí Ulises por primera vez hacia los 15 años y lo hice porque mi padre odiaba ese libro. Solo pude conseguir la edición argentina de Rueda, con una traducción bastante mejorable. Me habían prevenido acerca de la opacidad del texto, el desorden de las dos estructuras literarias superpuestas (la Odisea homérica y la Biblia), la necesidad de usar alguno de los mapas existentes (como el Linati o el Gilbert) para adentrarme en esa selva. Descubrí, sin embargo, que lo que se entendía se entendía muy bien, y lo que no se entendía era fascinante. Recomencé la novela en cuanto la terminé.

Mi segunda vez fue en el Hospital Militar de Barcelona, aquejado de pulmonía doble, en compañía de un paracaidista loco y de un recluta enmudecido por la depresión. Entonces disfruté de la excelente traducción de José María Valverde, publicada por Lumen. Comprobé que era una novela divertidísima y que bastaba leer, es decir, descifrar una palabra y después otra y después otra, para pasárselo de miedo. No me pareció imprescindible, aunque ayudara, ser capaz de desentrañar la maraña de guiños culturales, históricos y religiosos.

Durante mi época en Londres me atreví con el original (o lo más parecido al original, ya que aún hay discusiones) editado por Hans Walter Gabler. Hay que tener presente que ninguna novela ha sufrido tantos problemas con la censura ni tantas correcciones. Joyce tenía solo 40 años en 1922, cuando se publicó por primera vez en París gracias a la librera Sylvia Beach, pero ya padecía serios problemas de vista y trabajaba sobre galeradas en inglés compuestas por un linotipista francés. El resultado fue un cúmulo de errores, bastante resueltos por Gabler y sus colaboradores. Esa tercera lectura me llevó más tiempo, requirió frecuentes consultas al diccionario (Joyce utiliza un vocabulario de 30.000 términos) y me dejó convencido de que Ulises, además de muchas otras cosas, es la más larga, minuciosa y sincera declaración de amor a una mujer.

Hasta entonces creía que Ulises enseñaba a ser y a pensar. Para aprender a manejarse correctamente en la vida, o sea, con dignidad, prefería El tercer hombre. Ya está todo dicho sobre esa película de Carol Reed que parece de Orson Welles y prefiero no entretenerles con los claroscuros, las distorsiones o la capacidad hipnótica de la música. El tercer hombre contiene lo que hay que saber sobre las dos cosas más importantes, el amor y la amistad. Lo primero se rige por leyes misteriosas. Lo segundo funciona según un código de normas precisas e inviolables, directamente relacionadas con la libertad y el honor. El doble fracaso de Holly Martins (Joseph Cotten) con su amigo Harry Lime (Orson Welles) y con la mujer que aman los dos, Anna (Alida Valli), conduce a un final desesperado y dulce. ¿Paradoja? No. Más allá de las dos cosas más importantes, el amor y la amistad, aparece la dignidad.

Por supuesto, uno puede preguntarse si es posible reconstruir una dignidad rota. Incluso manteniéndola intacta por fuera, es decir, acatando las leyes misteriosas del amor y los códigos férreos de la amistad, sabemos que por dentro se nos quiebra varias veces cada día. Eso le ocurre a Leopold Bloom, el dublinés de orígenes húngaros y judíos que el 16 de junio de 1904, el “Bloomsday”, la jornada en la que transcurre Ulises, protagoniza un viaje fascinante al “yo”. Bloom come, defeca, engaña a su mujer (que a su vez le engaña con otro), camina, discute, duda, sobrevive a sucesivos colapsos íntimos.

Sí, la redención es posible. Está en el monólogo final de Molly Bloom, la esposa de Leopold. Es el célebre capítulo sin comas, para mí el texto más hermoso de la literatura universal. Y al final del final, la clave: “and yes I said yes I will Yes”.

Enric González: El hombre que pudo ser Beckenbauer


¿Con qué criterio se valora la carrera de un futbolista? Si la unidad de medida son los títulos, la carrera de Marius Trésor fue una birria. En teoría ganó un campeonato de Liga con el Girondins de Burdeos, en 1984, pero esa temporada apenas jugó por una lesión que acabó forzando su retirada. Nunca vivió sobre el césped una gran victoria, y en cambio tuvo que soportar derrotas terribles e injustas. Pese a todo, Trésor mantuvo la sonrisa. Y la elegancia. Jugó 15 años como defensa sin ser expulsado jamás y se jubiló a los 34 con solo dos tarjetas amarillas en el expediente. Aunque le faltó el éxito, la FIFA le incluyó entre los 100 mejores futbolistas de todos los tiempos.

Marius Trésor nació en 1950 en Guadalupe, colonia antillana francesa. A los 19 años ganó con el Juventus de Sainte-Anne la Liga guadalupeña y el Ajaccio, uno de los clubes más modestos de Francia, se fijó en el prometedor delantero centro. Pero Alberto Muro, el técnico del Ajaccio, le retrasó a la defensa. En pocas semanas se convirtió en un líbero espléndido y en 1972 fue premiado como futbolista del año por la revista France Football: ningún francés negro había obtenido hasta entonces ese honor. Ese mismo año le fichó el Olympique de Marsella, donde se hizo con el brazalete de capitán.

1978 pudo ser un gran año para Trésor. Acabó siendo un cúmulo de desgracias. En verano formó parte de la selección francesa que acudió al Mundial de Argentina, un equipo maravilloso (con el propio Trésor, Rocheteau, Six, Lacombe y un joven llamado Platini) que jugó como nunca y perdió como siempre. En otoño le llamó el Bayern de Munich, que necesitaba sustituir a Franz Beckenbauer, el mejor líbero de la historia, y pensó que solo Trésor daba la talla para una misión tan complicada. El Olympique dio largas a los alemanes, que al cabo de un año se hartaron de esperar. Trésor perdió la gran oportunidad de jugar para un club importante y competitivo. El equipo marsellés bajó a Segunda al final de la temporada siguiente y entonces sí dejó marchar al líbero antillano, pero no a Munich, sino a Burdeos.

El otro gran año de Trésor pudo haber sido 1982. Francia acudió al Mundial de España con un equipazo cuyo centro del campo (Giresse, Tigana, Platini, Fernández) constituyó la primera demostración de que unos cuantos tipos bajitos y enclenques podían ganar al rival más robusto. Hacía falta, evidentemente, que el árbitro no permitiera que el rival robusto pateara los higadillos del bajito. En una semifinal infame, un árbitro holandés consintió que los alemanes persiguieran a patadas a los franceses. La guinda fue la agresión impune de Schumacher a Battiston. Francia perdió a dos jugadores y perdió el partido.

La gran generación de Platini tuvo su premio en la Eurocopa de 1984. Trésor, sin embargo, no estaba, como no estaba sobre el campo del Girondins cuando logró el campeonato un mes antes. Se había roto definitivamente. Ese otoño empezó a trabajar como vendedor de la casa Pernod-Ricard.

Ahora trabaja con la cantera del Girondins y sigue sonriendo. El hombre que pudo suceder a Beckenbauer, el hombre que pudo reinar, se quedó sin nada. Solo con la sonrisa.