Desmontes y voladuras

José Antonio Montano: Ronda de librerías


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A mi ciudad de la costa vino la semana pasada una amiga editora de la capital, junto con su encargada de prensa. Estaban en una ciudad cercana para presentar un libro y aprovecharon para visitar librerías de la región. “Venimos a vigilar el negocio”, dijo la editora con gracia. Todos saben cuál es mi ciudad, y cuál es la capital, y los de aquí averiguarán cuáles son las librerías que recorrimos. Pero me he inclinado por no decir nombres esta vez, no tanto por discreción (no cuento nada indiscreto) como para que se produzca un efecto abstracto. Es una croniquilla flotante en el espacio, pero anclada en el tiempo: el de nuestra crisis y todo lo demás. Al juntar las impresiones de la ronda sale una especie de diagnóstico.

Para mí el paseo tuvo su cosa, porque la relación que mantengo con los libreros es esquiva. Nunca les pregunto nada y me molesta cuando se dirigen a mí. Me gusta entrar en las librerías furtivamente: solo a mirar libros, y a pagar los que me llevo; la transacción de la caja es la única que mantengo con el personal. Todo lo que se salga de ahí me disgusta, como me disgustan los chefs que te interrumpen la comida: esas odiosas comidas con aparato teórico. Yo voy al restaurante a comer, no a hablar; y a la librería solo a hojear y a comprar libros. No tengo, por tanto, relación con ningún librero de mi ciudad. Ir en una comitiva que se proponía abordarlos era para mí novedoso. Tenía curiosidad. Aunque también me preocupaba que se “quedasen con mi cara” y me hablasen en el futuro. Para evitarlo me he autorrecetado estar un tiempo prudencial sin visitar esas librerías: mi cara, por fortuna, es la del hombre de la multitud, y en unas semanas se disolverá en su memoria como un azucarillo.

Me quedarán al menos las librerías de viejo; y las librerías de las franquicias de la ciudad, que son tres. Estas no las visitamos. Fuimos a las otras cuatro, que se encuentran por la zona del centro. El primer dato es que el año pasado eran cinco: la más exclusiva, la que tenía más libros de editoriales pequeñas, cerró. Puede que no se la mereciera la ciudad. Aquí, por ejemplo, abrieron un Vips hace 15 años y en pocos meses tuvieron que cerrar la parte de los libros. El cierre fue ostensible, para complacer sin duda al lugareño: tapiaron la dependencia como para asegurar que no iba a colarse ningún efluvio libresco en el comedor. Aunque el negocio terminó fracasando entero, como si el hecho de que alguna vez contuviera libros fuese una falta imperdonable (hoy, por lo demás, en todos los Vips del país están reduciendo la sección de librería de manera drástica).

La ronda fue a media tarde, de un miércoles nublado pero primaveral. En tres de las cuatro librerías no había ningún cliente. En la cuarta había una larga cola en la puerta, pero porque iba a firmar ejemplares un autor de best sellers sensibleros. Ya llegaremos ahí. Empecemos por la primera librería. Fue la más grande de la ciudad durante mucho tiempo. Hace diez años la ampliaron aún más. Hoy la han vuelto a reducir. Se han desprendido de la mitad de uno de sus locales, que se ha convertido en una copistería. “Las cosas van mal”, dice la librera de la caja de abajo, “pero no paramos de hacer cosas, presentaciones, talleres, para que haya movimiento, para que la gente entre y sepa que estamos”. Los empleados están haciendo un esfuerzo (reduciéndose los sueldos, creo entender), “para ver si aguantamos todos”. Nos cuenta que los propios libros están bajando de precio. Una edicioncita medio lujosa de uno, que empezó vendiéndose a 16 euros, “ya va por 5,90”. Hay un plus sentimental en la conversación, tanto por parte de la librera como de la editora y la encargada de prensa. La pena no es solo que el negocio vaya mal: es también que los libros vayan mal. Detecto una melancolía añadida: más allá de lo comercial, de lo que viven, sus puestos les permiten atisbar un elemento de la sociedad averiado.

La segunda librería me parece que es a la que peor le va. Al menos, es la que yo ahora menos visito y la que siempre veo más vacía. Pero hay una librera guapa, delgadita, que le gustaba mucho a un amigo mío y a la que por primera vez escucho hablar largamente. Es la que está más nerviosa. Y la que trata de apuntalar de un modo más visible su establecimiento: “Esta librería ha sido siempre una de las referencias de la ciudad”. Cierto. Fue la primera en la que yo entré, con 15 o 16 años. La vi mientras paseaba por una calle (entonces estaba en otra) y con un movimiento súbito pasé a preguntar por la novela de un autor sudamericano cuyos cuentos estaba leyendo entonces. Al salir me di cuenta de que la librería se llamaba igual que la novela, y me dio tanta vergüenza que quizá sea ese el motivo por el que rehúyo hablar con los libreros. Cuando nos despedimos observo que a la librera le ha gustado la visita. Como si fuese un certificado de existencia. Ocurrió también con la de hace un rato. Y por parte de la editorial hay satisfacción al encontrar los libros en las estanterías y en los escaparates. Se produce un anudamiento de los dos extremos del circuito. Falta el lector.

Con la tercera librería tengo otra historia. La lleva hoy un chico joven, con aspecto indie; pero en mis tiempos universitarios los libreros eran unos ancianos que debían de ser sus abuelos. Un día a un amigo y a mí nos registraron a la salida, acusándonos de haber robado. No teníamos nada. Los abuelos se excusaron, pero mi amigo y yo nos juramos no volver a entrar nunca más en ese sitio. Pasado el tiempo, desde que se hizo cargo el joven, el escaparate se convirtió en el más primoroso de la ciudad. Hasta el punto de que no parece de la ciudad. Mi amigo y yo nos hemos parado mucho a mirarlo, sobre todo de noche, con la librería ya cerrada y cuando volvíamos de tomar unas copas. Hemos mirado, remirado y fotografiado ese escaparate. A todo el mundo le hemos ensalzado el nivel inaudito de ese escaparate, y cuando ha venido un visitante a la ciudad le hemos llevado a que lo vea. Pero hemos seguido sin entrar, porque los juramentos provincianos son indelebles. O lo eran: porque, llevado por los aires sueltos de la capital, entro tantos años después. Pillamos al librero amontonando cajas en el suelo. Pensamos que es por la feria del libro, porque en las anteriores librerías (se me ha olvidado mencionarlo) han dicho que empezaba el viernes: este año la adelantan y además la ponen en un sitio mejor, el remodelado puerto. Pero el chico no tiene caseta, porque son muy caras. Las cajas son de devoluciones a la distribuidora: 1000 libros. “Cada vez es más difícil mantener el concepto que yo quiero, que es el de librería de fondo”, dice, “que haya libros que estén bien, que me gusten, y que el que venga aquí lo sepa”. Aprovecho para echar un vistazo por las estanterías, mientras oigo de fondo la conversación. Hablan del libro electrónico, de la piratería. De que se vende y se lee poco también en ese formato, en realidad. Tiene buenos libros el muchacho, el interior es digno del escaparate. Veo un libro que me interesa, lo pago, y luego me doy cuenta de que es del tiempo en que sus abuelos me registraron.

La cuarta librería es la de más éxito ahora. La abrieron en la década de 1990 en una zona muy transitada de la ciudad, que jamás había tenido una librería, y funcionó. La editora me dice que el mayor porcentaje de ventas de la ciudad le llega de ahí. Aunque en la ciudad se vende poco en general. Y en la región (deprimición por mi parte, como diría —según le traducen mi novelista favorito). En la puerta, como dije, hay una enorme cola que le da la vuelta a la esquina. Nunca había visto nada igual. Dentro de la librería hay una mesita donde se anuncia para más tarde la firma del aludido autor de best sellers sensibleros. No cabe duda de que su mensaje llega. Un mensaje superoptimista, que a mí me deprime; aunque al público no. El primero de la cola es un joven con barba pelirroja. La segunda una mujer en silla de ruedas. Soy elitista pero no es para presumir: el elitismo es un exilio. Aparte de la cola, en esta librería hay algo más de movimiento que en las otras tres, aunque tampoco mucho. El librero se queja de la situación, pero habla de aguantar: “Como me dice otro amigo mío librero, es que si cierro, ¿adónde voy?”. Está en tensión, y pendiente. Lamenta los tiempos en que “nos gastábamos 30 euros en una botella de vino”. Y nos confiesa, bajando la voz, que a veces, para tranquilizarse, se va a la caja, porque lo que más le relaja es cobrar. Para ver al hombre en acción, la editora le compra un libro. En realidad, ha hecho compras en todas las paradas. “Es que no puedo entrar en una librería y no comprar un libro”, se excusa más tarde, mientras nos tomamos un café en el puerto, justo donde están montando las casetas. Ha venido a vigilar el negocio, y también a dinamizarlo.

Varios días después, ya solo, y como por completar la ronda por mi cuenta, me acerco a la feria. Está este año, en efecto, en un sitio precioso: en el muelle nuevo, junto al mar. Pero hay la mitad de casetas que el pasado, y veo escaso público. Acudo a la presentación de un libro, editado por un amigo de la ciudad, y el autor, como para redondear esta crónica, recuerda la frase de mi filósofo favorito, cuyo nombre tampoco voy a mencionar, aunque todos lo conocen: “El desierto crece…”.

José Antonio Montano: La gran novela de Arcadi Espada


En nombre de FrancoArcadi Espada es desde hace tiempo nuestro mejor columnista, el maestro del columnismo más difícil de todos: el de ideas. Mientras que los demás columnistas (¡ahora tengo que incluirme!) tomamos con mucha suerte una idea y la mareamos hasta llenar el espacio requerido, Espada suele dispensar unas cuantas en cada columna. Por lo general, originales. Y encarnadas en lo que importa en último término, porque es su materia: la escritura. No se oponen, porque a esta la beneficia la idea: le quita grasa. La escritura de Espada es una escritura con tics, pero sin grasa. Suavemente amanerada, ágil y punzante. Para mí es también hoy nuestro mejor escritor. (Estas pontificaciones, naturalmente, las determina el gusto; así que pueden cambiar “mejor” por “el que más me gusta”).

El lector que no lea solo El País, que lo ignora (pobre destino el del periódico que, en menos de diez años, ha prescindido de Félix Bayón, Enric González o el propio Espada, y ha dejado escapar a Jabois), sabe que nuestro autor ha publicado un buen libro: En nombre de Franco. Para los arcadianos es un festín, y para mí, que soy un arcadiano con ciertas ganas, es un festín doble. Luego se verá. Se trata, por resumir, de un libro magnífico; ejemplar en varios aspectos, el primero de los cuales es la conciencia del carácter marginal de su asunto. Esto le resta melodrama y le otorga tragedia. Espada advierte desde el principio de que, aunque el diplomático Ángel Sanz Briz y sus colaboradores de la legación española en Budapest en 1944 salvaron a unos 3000 judíos, los exterminados en aquellos años fueron seis millones: “El periodismo trabaja siempre en la cruz que forman lo importante y lo interesante. La historia de Sanz Briz, como la de otros héroes del invierno de Europa, es interesante. Pero mucho menos importante que la de las masas enormes y mudas de cadáveres que nadie pudo salvar”. Solo en Hungría las cifras abruman: medio millón de judíos asesinados en tres semanas; 700.000 en total durante los pocos meses en que dominaron los nazis, hasta la llegada de los bolcheviques. Espada no permite que se evapore este trasfondo y sobre él va elaborando su relato.

Este está compuesto por un viaje, una investigación, una reconstrucción de los hechos y una corrección de falsedades. La elección del título que lo empaqueta, En nombre de Franco, es un caramelo para el aficionado a Espada: porque supone una consignación ajustada del contenido y al mismo tiempo un desafío, un ponerse deliberadamente en la picota, dado nuestro panorama sectario y bobo. Epatar con la verdad: he aquí la especialidad de la casa. A mí me fascina el modo en que Espada logra ser artista y dandi por medio de una renuncia explícita al arte y al dandismo. Como contaba Luis Antonio de Villena en Corsarios de guante amarillo, que es nuestro manual de esto último, el dandi se viste no para atraer sino para repeler. Crea así un vacío en torno, entre ascético y aristocrático, que le reafirma en su singularidad. El título de este libro repele, y Espada ha venido soplándolo como un matasuegras en todas las entrevistas, como cuando Oscar Wilde exhibía su traje estético. El juego de Espada está en hacerse fuerte en las limitaciones del periodismo: en escandalizar no con la imaginación sino con la realidad. En este caso, fue una realidad que los héroes de Budapest actuaron en nombre de Franco. El espíritu dandi de Espada se manifiesta, pues, en escoger la realidad adecuada en el armario de las realidades.

Aquí se trataba de deshacer dos engaños: el de que Sanz Briz y sus ayudantes actuasen por su cuenta y no de acuerdo con el gobierno franquista; y el de que el italiano Giorgio Perlasca, que continuó con la labor de Sanz Briz una vez que este se hubo marchado de Budapest, fuese el gran protagonista de la historia. Espada aporta documentación que desmiente lo primero; y señala que no existe documentación que suscriba lo segundo. El efecto de ambas desvelaciones resulta irritante. La primera porque nos obliga a admitir huecos de bondad (aunque fuese, como recalca Espada, por interés) en la maldad del franquismo; la segunda porque desmonta una historia brillante en favor de otra más gris. Es este eje enjundioso el que le da potencia al libro. El que lo convierte en una obra arriesgada, valerosa y compleja: con la hermosura seca y contradictoria, incómoda y en el fondo impasible, de la verdad.

Sobre la temática concreta del libro, en cualquier caso, ya se está hablando mucho. Yo quiero darle una vuelta insidiosa, porque mi admiración por Espada también lleva su pique. A mí me interesa menos el periodismo que la literatura. Y si Espada me gusta tanto es por su literatura. Yo acepto la moral periodística que se autoimpone, pero como si fuese (desde mi percepción) un requisito estético. Acepto igualmente como un valor la renuncia a la ficción: pero por los efectos literarios de tal renuncia. Como lector de literatura aprecio que lo que haya en la página sea un reflejo, una manifestación en palabras, de lo que ha ocurrido fuera. Pero lo aprecio porque refuerza la página: porque le da, por así decir, una sombra de vida. Volvemos al principio: la verdad, como la idea, le quita grasa a la escritura. La renuncia a la ficción es una excelente medida higiénica. Siempre que se sea consciente, como lo es Espada, de la primera realidad de la página, que es la escritura misma.

El juego que mantengo por mi cuenta, aunque parece que se trata ya de un juego andaluz, es el de alabar las cualidades novelísticas de En nombre de Franco. Una subtrama, o una trama latente, de este libro es el combate de Espada con la novela, a la que llama “la Deplorable”. Aunque es un combate que tiene su lado de cortejo. Su fijación no puede ser gratuita: tiene todas las trazas de constituir la defensa contra una tentación. Defensa justificada, porque los momentos en que Espada roza el género, cuando incurre en debilidades como la de usar la segunda persona para dirigirse a Perlasca, son los menos logrados (en realidad, los únicos menos logrados) del libro. Más allá de que en realidad no sea un combate contra la novela sino contra un tipo muy específico de novelas (por más que Espada use el término para referirse a todas: del mismo modo que usa equivocadamente la palabra faction, que significa en inglés justo la mezcla de fact y fiction), se trata de un combate precioso. El objetivo es restituir al personaje menos novelesco, Sanz Briz, el “héroe diplomático”, y desinflar al novelesco, Perlasca. Para lo cual Arcadi Espada se convierte pasajeramente en Arcadi Perlasca. Pero hay una suerte de venganza, no menos preciosa. La única cualidad novelesca de Sanz Briz, la de su supuesto adulterio (de hecho, la cualidad más novelesca posible: en ella se funda casi toda la novelística del siglo XIX), es la que más problemas ha terminado acarreándole a Espada. Sobre el final del libro además, como quien no quiere la cosa, Espada anota una confesión que lo asimila a El malogrado de Thomas Bernhard. A propósito del novelista Stephen Vizinczey escribe: “mi gran húngaro , el hombre que me enseñó tanto sobre la literatura que no tuve más remedio que dejarla”.

En nombre de Franco puede leerse, pues, como una novela: es también una gran novela. Una novela que parte de un gesto de raigambre vanguardista: la negación de la novela. Con un personaje principal, que es el que habla en primera persona, el que anota sus impresiones y sus pensamientos, e investiga; y otros personajes, deliberadamente no inventados (incluido “el inverosímil Campos”, ese Watson que, al mencionar sus calcetines, se convierte en el Pilar Urbano de sí mismo), a los que solo podemos acceder por medio de su rastro objetivo, los documentos y los recuerdos de otros a los que sí se accede. La intimidad, higiénicamente, permanece velada. No hay fantaseo ni imaginación (más allá de la minuciosa imaginación de cada construcción verbal), sino un acople a la vida. Esta decide, en último extremo, el argumento: fragmentario y confuso, inconveniente en ocasiones, frustrante, insatisfactorio. En comparación con estas premisas, qué blandos me parecen casi todos nuestros novelistas declarados, con sus historias flojas y sus aburridos mundos propios. Mi convicción es que no habrá una novela fuerte que no se tome en serio los reparos de Arcadi Espada. La realidad es el gran ariete contra la retórica.

José Antonio Montano: La grandeza de Trías


Eugenio Trías

Lo primero fue un título: La filosofía y su sombra. Lo descubrí ardiendo. Porque este libro de Eugenio Trías lo quemaba Pepe Carvalho en la única novela de Vázquez Montalbán que me gusta, Los mares del Sur, donde leí por primera vez sobre el mito del sur (yo que soy del sur) y aprendí el verso de Eliot: “Leo hasta entrada la noche, y en invierno parto hacia el sur”. No está mal encontrar a un filósofo en el fuego. Como tampoco asociado al sur: y menos Trías, que devolvió la metafísica al Mediterráneo, tras seguirla por Grecia y Alemania. Trías es, de algún modo, un filósofo del fuego y del sur. Pero sin facilidades: en su sur hay mucho norte; en su fuego hay mucho hielo. En su sombra hay mucha filosofía.

Pero a él llegué algo más tarde, con 20 años. Yo ya estaba con Nietzsche, con Savater y con Cioran; y había estado con Bertrand Russell y con Platón; y con otro filósofo que fue muy importante para mí: el Juan de Mairena de Machado. A Trías no me había aproximado aún. Entonces, siendo estudiante en Madrid, vi anunciada su participación en el paraninfo de Letras de la Complutense, junto a Carlos París y Luis Racionero. Gracias a internet puedo decir la fecha: 17 de marzo de 1987. Acudí con un compañero del colegio mayor, que se apellidaba Cuadrado y era bastante cuadriculado. Cuadriculadas fueron también las intervenciones de París y Racionero. La de París, cuadriculadamente marxista. La de Racionero, cuadriculadamente taoísta. Tuvieron lugar por este orden, que era en el que estaban sentados. Trías fue el tercero. Éramos pocos en la gran sala en declive, unos 15 o 20. Pronto supimos que, además de pocos, éramos unos privilegiados.

Empezó con una cita de Marx, su conocida tesis sobre Feuerbach: “Hasta ahora los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo. De lo que se trata es de transformarlo”. Propuso un ejercicio: invertir los términos y probar la verdad de la frase resultante. Esta quedaba así: “Hasta ahora los filósofos no han hecho más que transformar el mundo. De lo que se trata es de interpretarlo”. Pasó a probarla. Primero, mostrando cómo los filósofos habían, en efecto, transformado el mundo con la filosofía. Esta suponía una intervención y un constreñimiento. Los filósofos, descontentos con el mundo, lo habían transformado en sus sistemas. Frente a ello, Trías sugería la tarea de acercarse al mundo sin transformarlo: de salir a su encuentro, o de recibirlo; de estar atento a él, a la mirada y a la escucha; de interpretarlo. Siguió dando vueltas sobre detalles que no recuerdo, hasta que en un cierto momento —y este fue el momento deslumbrante— indicó que había que entender la idea de interpretación también en su sentido musical. Se trataba, pues, de interpretar el mundo como el músico interpreta una partitura: pero una partitura móvil, más próxima a la del jazz que a la de la música clásica; una partitura que, en realidad, va haciéndose conforme el intérprete la ejecuta; según un juego de recurrencias —de acercamientos y alejamientos en espiral— que Trías denominaba principio de variación. Vivir era ejecutar variaciones musicales; y pensar también: porque las dos cosas iban juntas.

Escucharlo aquella mañana ha sido uno de los grandes momentos intelectuales (y estéticos) de mi vida. Recuerdo mi autoconciencia, de pronto, de estar muy metido. De sentir, casi físicamente, el hilo de la verdad que nos tenía magnetizados. Hasta el cuadriculado Cuadrado estaba absorto. Y el propio Racionero, mirando a Trías a su derecha. Pero no era una adhesión irracional, como la que se tiene a un brujo; sino que estaba animada por la racionalidad: una razón, ciertamente, con efectos poéticos y musicales (Trías hablaba con cadencia hospitalaria), pero ante todo razón. Al término, me despedí de Cuadrado y corrí a comprar libros de Trías.

Fue la misma primavera en que me aficioné a Octavio Paz, y en realidad las dos pasiones las viví juntas al comienzo. Encontraba ciertas correspondencias entre uno y otro, que tenían que ver justamente con la visión analógica, el simbolismo y el cruce de la pasión con la razón; advertía pasajes entre la “otra voz” de Paz y el “límite” de Trías. Y entre ambos despertaron mi devoción por Duchamp: Octavio Paz con su libro Apariencia desnuda y Trías con la segunda parte de Los límites del mundo: “Crítica de la transparencia pura”, que es uno de los textos más hermosos —y profundos y lumínicos— de la prosa española de nuestro tiempo. Yo, que soy más de la literatura que de la filosofía (aunque a la literatura le reclamo filosofía), admiro principalmente a Trías como escritor: como escritor filosófico.

Ahora que su obra está conclusa, puede observarse en ella un movimiento de ola, que se forma, rompe en la playa, reposa y vuelve. Sería una ola arquitectónico-musical. En su formación, en el avance que acumula materiales, estarían las obras de su primer periodo: La filosofía y su sombra, Metodología del pensamiento mágico, Teoría de las ideologías, Filosofía y carnaval, La dispersión, Drama e identidad, El artista y la ciudad, La memoria perdida de las cosas, Meditación sobre el poder, Tratado de la pasión, Lo bello y lo siniestro, y sus estudios sobre Thomas Mann, Goethe, Hegel y Joan Maragall. En su rompimiento, sus obras de madurez, las que constituyen propiamente su sistema, el de la “filosofía del límite”: Filosofía del futuro —que vendría a ser un epílogo de la anterior etapa y un prólogo de la siguiente—, Los límites del mundo —su obra central—, La aventura filosófica, Lógica del límite y La razón fronteriza. De este cuerpo se desgajan esquirlas, unas diríamos que hacia los lados, como en sus libros sobre ética y política, y en sus insistencias estéticas (sobre Vértigo o Calderón); y otras hacia el frente, hacia más allá de la filosofía, en sus libros sobre la religión y el espíritu, entre los cuales está uno de sus más importantes: La edad del espíritu. Sigue un momento de reposo, de recapitulación, con El árbol de la vida, El hilo de la verdad y Ciudad sobre ciudad. Y por fin se produce el repliegue, el regreso al mar con todo lo ganado (y perdido): sus últimas obras sobre música, El canto de las sirenas y La imaginación sonora, y el anunciado inédito, ya póstumo, De cine. Aventuras y extravíos.

La sensación al leer a Trías es de grandeza: de intensificación y de conjunción. El buen filósofo siembra asombro, y Trías era (seguirá siendo en sus libros) un buen filósofo. Podría aplicársele esto de Schiller: “Noble es, en general, todo espíritu que posee el don de transformar el negocio más nimio y el objeto más pequeño en un infinito, por el modo de tratarlo”. Su actitud era, como él mismo reconocía, la del compositor musical; y podría decirse que era un compositor filosófico que componía “sinfonías de ideas”. Así llama a las partes de Los límites del mundo; como denomina “singladuras” a los capítulos de La aventura filosófica. De sus ideas me calaron la de la filosofía como “decir y hacer verdad” y como “exploración del límite”; la de la pasión como fuente de conocimiento; la de “dejarse afectar por el mundo”; la del “corazón atroz de la belleza”; la del fundamento último de la ética como kafkiana “voz del padre”; la del amor como “cuidado por la finitud del otro”; la de que la relación que el artista mantiene con su obra es (debe ser) de asistencia mutua; la de que hay una vía subterránea entre Platón y Nietzsche, y es la fecundidad (en todos los sentidos); la del hombre como “especie erótica y guerrera” y como “fronterizo”; la del ser como “singular sensible en devenir”; la del mencionado “principio de variación”, entre musical y ontológico; y la idea, en fin, del espacio-luz.

Para Trías la muerte era el salto de la totalidad del hombre al espacio-luz. En algún momento, a propósito de Goethe, distingue entre las vidas que se consumen en un fulgor, románticamente, y aquellas otras que aspiran a durar y dar frutos tardíos, como un árbol. Trías se estaba preparando para esto, y hubiera sido un excelso anciano; pero su muerte le ha dejado un halo romántico a su, por otra parte, lograda madurez. De algún modo, ha dejado atado su vigor. Y queda un eco pitagórico, el del siete de sus 70 años; que ahora se combina con el tres de su nombre. Si tuviera que escoger solo tres de sus libros serían Tratado de la pasión, Los límites del mundo y La aventura filosófica. Y si tuvieran que ser siete, añadiría El artista y la ciudad, Drama e identidad, Meditación sobre el poder y Lo bello y lo siniestro. No he leído los últimos libros que publicó. Son obras que están ahí, para algún día. Y me gusta ahora habérmelas dejado, para ese día oír su voz desde el otro lado ya. Como la de los grandes filósofos.

José Antonio Montano: El origen de una frase


Me hace gracia, y me asusta un poco, la repercusión de la frase de Ana Mato que yo solía mencionar —como menciono siempre las grandes frases— y que ha difundido Jabois en su columna de El Mundo:

“De Ana Mato contaba hace años Montano que era la autora de la frase más pija de la historia de España. Le preguntaron cuál era el momento preferido del día y contestó: ‘Por la mañana, cuando veo cómo visten a mis niños’”.

Recuerdo bien quién me la dijo, dónde y cuándo. Fue mi amiga Luisa, en un sitio de cervezas que había por Ópera, en Madrid, en octubre o noviembre de 2003. Yo le había contado una anécdota de ese verano en Málaga, en la que se decía “la frase más pija de la historia”. Y ella me dijo que no, que la frase más pija de la historia era una que le había oído recientemente a Ana Mato en una entrevista, y que es la que cita Jabois. Ahora mi amiga no recuerda qué entrevista fue aquella, que pudo haberla leído en “un Vogue o similar”; aunque a mí me suena (vagamente) que aquella vez dijo que en televisión. A televisión, como mínimo, ha llegado ahora, porque el otro día me avisaron en Twitter de que la habían pronunciado en La Sexta. Y esto es lo que me ha hecho pensar de verdad en este asunto (la televisión que despreciamos y que aún concede —o hacemos que conceda— estatuto ontológico a las cosas).

Ahora es imposible rastrear el origen de la frase, porque hay ya más de once mil googles y más de dos mil meneos, todos referidos a la mención de estos días. Se ha reproducido a mansalva, y en algunos casos ni siquiera se especifica que fue en un artículo de opinión y que el contexto era conversacional, sino que se afirma: “Publicaba hace unos días El Mundo”. Así se escribe la historia, le he escrito a mi amiga. Y ella me ha respondido: “La historia no, los bulos: así se crean los bulos. Vamos, que yo sé que esa frase la leí o la oí, y que la había proferido Ana Mato, pero con eso no debería bastar, y de hecho no basta, pero sobra…”.

Dado esto por sentado, déjenme jugar un poco. Y es que, con el tiempo, ha ido trasladándose en mi imaginación el aspecto de Ana Mato a aquella otra anécdota que señalé arriba, la ocurrida en Málaga en el verano de 2003 y que contenía la, hasta entonces, “frase más pija de la historia”, que dio pie a que mi amiga me contara la suya. Por la contigüidad de los relatos yo ahora me figuro a la hoy ministra protagonizándola, ¡pero está claro que no fue ella! Fue una pija malagueña, a la que yo nunca he visto, porque también me lo contaron. Entró con su novio en un tórrido bar del centro, un día de feria. Ambiente sobrecargado, ropas breves, calor, alcohol y vicio. La historia tiene algún recoveco, pero resumo para no alargarme. En un momento dado, mientras el novio ha ido al otro extremo a por copas, la chica se pone a chupársela al dj, sentada en el suelo tras su mesa. Regresa el novio, no ve a su chica, busca con la mirada, hasta que detecta su pierna saliendo en horizontal de la mesa del dj. Se asoma, la ve en plena felación y se queda pasmado. La chica se da cuenta, saca la boca y entonces le dice la que para mí era (¡y en realidad sigue siendo!) la frase más pija de la historia:

“Pero no te enfades, jo. Excítateee”.

José Antonio Montano: Noventayochismo y Twitter


Nos encontramos en el peor escenario posible: en pleno noventayochismo y con Twitter. No solo ahogados en una tremenda crisis, tanto económica como institucional, con todo resquebrajándose y desmoronándose, con todo pudriéndose, sino también con la compulsión de estar dando cuenta de ello a cada segundo. A veces, en Twitter, tengo la sensación de que somos los bichitos que dejan pelados los huesos. La realidad se ha descuartizado sola, pero nosotros cogemos los pedazos y los pasamos por la trituradora, para hacerla polvillo en paquetitos de 140 caracteres. La fórmula es sórdida: 98×140. Unamunos sin descanso: el sentimiento trágico del tuitear.

Hace años, y podría haber sido cualquier año desde, pongamos, principios de la década de 1990 hasta marzo de 2004 —en que, según Juan Pablo Fusi, terminó la Transición—, escribí esto en mi diario: “Impregnación de abulia al seguir con el tema de la generación del 98. Qué mediocridad hay en nuestros abatimientos actuales: ya todo este marasmo, esta zozobra de la voluntad la vivieron nuestros bisabuelos. Es cierto que la época ha podado en nosotros el ‘tema de España’ (¡y menuda poda!), pero en las cuestiones morales seguimos con lo mismo —si se quiere, de un modo más chic (aunque esto ya también lo hacían por entonces los modernistas). Si cansa la vida, más cansa esto de repetirse. Y cansados de cansancios, deberíamos evitar todo epigonismo barato, renovar nuestra escritura y nuestra mentalidad. La lejanía que hoy sentimos hacia los del 98 es la que debemos sentir hacia nosotros mismos. Mudarse, y mirar sin nostalgia el pellejo de la serpiente encogido en el suelo, ya seco y a punto de deshacerse en ceniza”. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: el noventayochismo parece hoy el único argumento de la obra.

Realmente, hemos perdido un imperio: el de la prosperidad, unida a una cierta impunidad. España ha resultado ser uno de esos pomposos edificios de Calatrava, de (falsa) modernidad que se agrieta y se desconcha. Podríamos decir que los arquitectos estrella —de todos los ámbitos— nos han estrellado. Con nuestra connivencia, porque nos estaba gustando, más o menos, lo que hacían; ignorando las condiciones técnicas de su sostenibilidad. En cierto sentido, cada uno ha sido el arquitecto estrella de sí mismo. Dentro y fuera, hemos montado chiringuitos que se cuarteaban. Mentalmente ha estado muy bien, la verdad, porque hemos descansado durante lustros del tostonazo de este “terrón maldito de España”, como decía otro noventayochista, Valle-Inclán. Pero el terrón era una planta carnívora, que no se aplacaba con solo no hacerle caso. Mi gran sorpresa biográfica ha sido verme enfangado en aquellas agonías de hace un siglo. La distancia (y la oxigenación) con que las estudiábamos y ahora esto.

Pero hay un hechizo, la famosa nostalgie de la boue, la nostalgia del fango, o del cieno. En Twitter nos sentimos sucios. Yo, al menos, me siento sucio. El ejercicio del sarcasmo (¡en el que soy campeón!) estraga. Siempre quiero quitarme: pero con “un arrepentimiento / que, por no ser antiguo” no invita “de verdad a arrepentirme / con algún resto de sinceridad”. El otro día, cuando salió lo de Bárcenas, cuando callaba Rajoy (luego habló, para seguir callando), alguien escribió este tuit: “En estos momentos el país es víctima de un fallo multiorgánico”. Twitter no es un refugio: es un envoltorio con pinchos.

José Antonio Montano: Adiós a la filosofía


Wert, el de la risa de conejo, el pretencioso Wert, el que va de intelectual sin haber dicho en su vida otra cosa que bobadas, el estirado, el insufrible, el posturitas Wert, ha llegado para culminar con el PP la tarea que comenzó Maravall con el PSOE: la aniquilación del bachillerato. Lo más preciado de una sociedad, su bachillerato, lo que marca el tono cultural medio, lo que determina su nivel de civilización, aquello cuya ausencia condena al embrutecimiento ambiente, vuelve a sufrir un rejonazo a manos de los patanes.

Ahora es la filosofía, desterrada en los rincones. La asignatura que a los 17 años nos empujaba a ser adultos. De pronto aparecían Tales, Gorgias, Sócrates, Platón, Epicuro, Ockham, Descartes, Spinoza, Hume, Kant, Hegel, Nietzsche, Wittgenstein y la cosa pegaba un subidón. Un rebote reflexivo que nos rompía el cascarón y nos propulsaba. ¡Oh aquellas mañanas filosóficas del bachillerato de los 80! Tuve suerte con mis profesores. Antonio Huertas en tercero de BUP y Salvador Macías en COU. Huertas era truculento y sentimental y nos despertó el hambre. Macías nos dio de comer: era serio y riguroso y viajamos en su curso de la antigua Grecia al siglo XX, dejándonos una articulación para toda la vida.

Me llamó la atención un compañero, el Aguayo, desubicado en todo lo demás y que encontró su sitio. Un día apareció con La República de Platón. Se había apasionado. Y estaba aquel otro, cuyo nombre he olvidado, que habría querido ser músico de jazz (a los 18 ya daba por hecho que no iba a serlo), y que también. Aquello era la enseñanza pública, cumpliendo su función pública. No solo almacenando adolescentes sino abriéndoles camino. La filosofía era la asignatura fundamental para la tarea. Era, de hecho, la asignatura que lo simbolizaba todo.

No es extraño que hayan ido a por ella, directamente. Nuestros impresentables tienen un instinto infalible. Son como el famoso mecánico que sabe qué pieza hay que tocar. Ellos lo saben muy bien, y la tocan: para que nada funcione.

José Antonio Montano: Hipócrita escritor


Me ha pasado ya varias veces que, leyendo el comentario a un artículo mío, me he dado cuenta de que el comentarista no lo había leído entero. Lo elogiaba o lo criticaba, da igual: el caso es que, por algún detalle (por ejemplo, la recomendación de algo que ya estaba en el artículo), se veía claramente que se había lanzado a comentar antes de haberlo terminado. En tales casos, yo me he lanzado a replicarle a mi vez, para señalar su falta. Solo me ha retenido, al empezar a escribir, la autoconsciencia de que estaba haciendo lo mismo: iba a contestar a su comentario sin haberlo leído entero.

Esto me ha hecho pensar en la enojosa palestra que es Internet: constituida por individuos que no leemos, solo escribimos. El “hipócrita lector” de Baudelaire ya no existe. No porque haya dejado de ser hipócrita, sino porque ha dejado de ser lector, solo lector: ahora es, ante todo, escritor. De manera que lo de “hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère” podría ampliarse así: “hipócrita lector, mi semejante, mi hermano… tanto, que también eres escritor”. La lectura ya no es más que una palanca para la escritura. Lo leído no penetra, sino que rebota. Es una excusa para reaccionar: el texto es solo pretexto.

Hace una o dos generaciones todavía se prestigiaba al lector. Castellet publicó La hora del lector; Gil de Biedma respondía a la pregunta de por qué había dejado de escribir con aquello de “al fin y al cabo, lo normal es leer”; Borges declaraba “que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”; y Savater suele repetir que jamás habría escrito si le hubieran pagado por leer… Estos lectores han sido también escritores, y por eso los conocemos: pero su escritura nacía de la lectura; rodaba, por decirlo así, por el asfalto de la lectura. Nuestra escritura, en cambio, se desliza en una suerte de aquaplaning: va por encima de textos que no terminamos de leer, en los que no terminamos de aterrizar.

Si “lo normal es leer”, esta sobreabundancia de escritura supone una anormalidad, una aberración. Por una razón autoconcluyente: se trata de escritura que no se lee. Toda lectura corrobora que el circuito se ha completado, porque es siempre lectura de algo que se ha escrito. La escritura, en cambio, no basta por sí sola: es una mera invitación de baile, que se queda en nada si nadie la acoge. O en peor que en nada: en un ademán ridículo. La solución rápida es la de ponerse a bailar con uno mismo, que es lo que casi todos hacemos; de ahí que nuestro panorama resulte eminentemente masturbatorio. El filósofo Berkeley pensaba que la realidad se sostenía por las percepciones de los sujetos (y, por encima de ellos, por la percepción de Dios). Borges consideraba que esa misma era la naturaleza de los textos: realidades que solo se sostienen por la percepción de los lectores. La ausencia de estos transmuta los textos en entidades fantasma (naturalmente, descreemos de la existencia de un Lector).

Pero aún existen lectores que no escriben: yo conozco a algunos en persona (no hay otro modo de conocerlos) y constituyen una genuina aristocracia. Son sabios como Ricardo Reis: se contentan con el espectáculo del mundo —esto es, de Internet—, y no incurren en la debilidad de escribir. Voluntariamente o no, cumplen lo que proponía Nietzsche: “Aprender a ver —habituar el ojo a la calma, a la paciencia, a dejar-que-las-cosas-se-nos-acerquen; aprender a aplazar el juicio, a rodear y a abarcar el caso particular desde todos los lados. Esta es la primera enseñanza preliminar para la espiritualidad: no reaccionar enseguida a un estímulo, sino controlar los instintos que ponen obstáculos, que aíslan”. Lo que solemos hacer el resto, empezando por nosotros, los opinadores profesionales, es justo lo contrario.

José Antonio Montano: La lección


No sé cómo calificar la experiencia. Solo sé eso: que ha sido una experiencia.

Después de haber pasado diez días en Madrid, felices y flotantes, pese a las conversaciones sobre la crisis, pese a las historias de desesperación, marqué el número de un amigo para dar una vuelta por Málaga. Un amigo al que a veces rehúyo. Lo llamaré J.

Debería esbozar un retrato de J., para ponerle algo de carne a lo que voy a contar. En su día lo definí como “troglodita urbano”: alguien que ha saltado de la Edad de Piedra a la Edad de Plástico sin pasar por la civilización. Un personaje estrafalario, divertido pero también cargante; de esos que definen con su presencia el encuentro, de un modo irremisible. Nos hemos reído mucho con él, pero también de él. Y en ocasiones, siendo su presencia tan determinante, tan abrasiva incluso, lo hemos evitado. Desde hace un tiempo, sin embargo, cuando otros amigos que yo prefería se han destapado como basurillas, vengo teniendo por J. una consideración más sentimental. No por ello deja de excederme; pero hay un núcleo que he detectado, y que me emociona: todos los defectos de J. son a pesar de J. Uno lo ve y, ciertamente, aparece cargado de defectos. Pero él casi no es responsable de ninguno. Está en lucha y en tensión, intentando conocerse sin lograrlo; sus defectos son una consecuencia de ello, y también de la impericia, y de ciertas dificultades a la hora de percibir las situaciones. Me quedé impresionado el día que caí en que, en todos los años que hace que lo conozco, nunca le he visto hacer el mal. Ha causado problemas y protagonizado estropicios, pero ni una sola mezquindad, ni una sola canallada. Hemos tendido a considerarnos mejores que él, pero somos peores. La tragedia es que, pese a ello, no solemos estar dispuestos a afrontar su compañía. (Es una situación trágica, limpiamente trágica; y el discurso se me va al plural porque hay derivaciones hacia el coro).

Últimamente J., que siempre había tenido algo mesiánico, se dedicaba a hacer prédicas que solo podrían calificarse de humorístico-políticas. Estuvo implicado, entre otras cosas, en el movimiento del 15-M malagueño; aunque a su estilo inasimilable: a los propios del 15-M les sobrepasaba. Sus prédicas lo hacían más pesado; aunque, como digo, estaban atravesadas de humor; y a estas alturas de la vida se había convertido en un individuo en verdad entrañable. J. llevaba unas semanas con ganas de quedar conmigo, pero yo, como de costumbre, lo estuve eludiendo. A mi regreso de Madrid me sentí con energía y le llamé. Por el teléfono no sonó su voz, sino un sonido gutural, algo así como los gruñidos de un simio o un homúnculo. Tras un forcejeo fónico (en que pasé de la incomodidad al horror, a la sensación de que era una broma, o de que era incluso un hermano grimoso que tiene, para volver otra vez al horror), entendí lo que me estaba diciendo, que lo transcribo en prosa legible, pese a que los fonemas salían, como digo, guturalmente, encriptados en los gruñidos: “He tenido un accidente… Pero puedo quedar”. “¿Un accidente de coche?”, le pregunté. “No”. “¿Una caída?”. “No”. “¿Pero qué tienes?”. “Las mandíbulas… rotas”. “¿Estás desfigurado?”. “No”. 

Lo vi en media hora y, en efecto, no estaba desfigurado. Su aspecto era el de siempre, solo que con el rostro crispado, sobre todo en la parte inferior. Una mezcla de resignación y pesar; aunque su mirada era inesperadamente suave, casi dulce. No podía abrir la boca. Si separaba los labios se le veían, paralelas a los colmillos, unas cerdas como las de los violines, aunque más finas: eran las ataduras de sus mandíbulas. Esto era lo único nuevo en él, junto al mencionado rictus, la imposibilidad de pronunciar palabras y el incremento de su gestualidad (tanto manual como facial) a la hora de intentar expresarse. Venía de pasar una semana en el hospital, tras la operación. Era el primer paseo que daba. La historia es la siguiente: hace una semana un individuo pensó que J., en una de sus expansiones, estaba intentando ligarse a su chica; el individuo, en un arrebato entre psiquiátrico y latino, se fue a por J. y le dio un cabezazo en su mandíbula derecha, alzó la cabeza y le dio otro cabezazo en su mandíbula izquierda. Resultado: doble fractura de mandíbula. “¿Estás mal?”, le pregunté. “No”. “¿Te duele?”. “No… Ha estado bien… Una experiencia”. “Entiendo”, le dije, “te lo has tomado como una lección”. “Sí”. “¿Qué lección?”. Volvió a emitir un sonido gutural, apoyado en una agitación de los brazos, terminante. Tras algún esfuerzo, como con todo lo anterior, lo entendí: “Que me calle la boca”.

José Antonio Montano: Premio para el infractor


Para entretenerme en estas fechas prenavideñas voy diciendo por ahí que estoy montando un belén antipapal, solo con la mula y el buey, y que no sé aún a cuál pondré en el pesebre. Nadie se inmuta, ni yo pretendo que se inmute nadie. El escándalo ha muerto y las provocaciones son ejercicios de nostalgia. En las meriendas de la burguesía podrían ir perfectamente junto a las pastitas del té. Solo los nacionalistas y los musulmanes más recalcitrantes tienen a bien escandalizarse hoy, lo que les sitúa en un lugar intermedio entre la señorona y el inquisidor. Sí causaría revuelo que me metiese con Mahoma, o que propusiese para Cataluña, por ejemplo, la figura del casteller caganer, repartiendo piramidalmente su manjar… Pero, salvo por ellos —restos decimonónicos y medievales—, el negocio de incordiar se ha puesto imposible. Cuando aparece un presunto incordiador, tipo Risto Mejide (aquí, en Jot Down), no se engañen: no está incordiando, está facturando. Si se fijan, su boca no emite boutades, sino bibelots (¡eso de Julia Otero como prueba de que la inteligencia es sexy!).

El provocador gratuito, de todas formas (y yo he jugado a serlo), solo pretende hacer estallar un petardo. Se trata de llenar la tarde con una explosión inofensiva. Aunque funcionase —aunque la explosión asustara a las viejas—, no dejaría de ser trivial. Y el provocador lo sabe. Puede ser patético, o pesado; pero no tonto. Una figura cercana, pero más grave, sería la del rebelde, la del rebelde con causa. Este no se mueve por estética, sino por ética; no para pasar el rato, sino para pasar la vida. Solo que la rebeldía, como el escándalo, está sujeta a una dialéctica. Del mismo modo que se escandaliza en función del contexto, se es rebelde con respecto a algo: a una norma o a una orden. Y si este algo muda, el carácter de la rebeldía ha de mudar también. No se puede ser estáticamente rebelde. El que pretende que su rebeldía está fijada de una vez por todas, no es más, en último extremo, que un sumiso del pasado.

La concesión del Premio Cervantes a José Manuel Caballero Bonald ha resultado regocijante, en este sentido, por la retórica generada. Desde el punto de vista literario, me parece un premio justo: Caballero Bonald es buen poeta y buen prosista. Pero en los artículos que lo celebraron no se hablaba solo de literatura. Se hacía hincapié en ciertos valores extraliterarios del autor, fomentados por él mismo en sus declaraciones y en el título de alguna de sus obras. Repasando únicamente lo escrito en El País y en El Mundo, nos encontramos con que a Caballero Bonald se le califica de rebelde, infractor, insurrecto, insumiso, heterodoxo, discrepante, disidente, desobediente, insobornable… No está mal para que le terminen otorgando a uno el máximo galardón del Estado y le telefonee, para decírselo, el ministro de Cultura. Ante semejante refutación de toda una vida infractora, al autor no se le pasa por la cabeza que algo ha debido de hacer mal, si infringir era su propósito; o que, después de todo, no era para tanto. Al contrario, insiste: “No sé si yo era el candidato más oportuno para el PP”.

Me ha recordado a un esperpéntico episodio reciente: el de Paco Ibáñez ofreciéndose como “soldado” para la lucha catalanista… sin retirar de su repertorio lo de “cuando la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual / que la música militar nunca me supo levantar”. Si Caballero Bonald e Ibáñez no perciben sus contradicciones es porque la lucha que libran no es actual, sino pretérita. En su día se opusieron al poder, y ahí siguen: oponiéndose a aquel poder. Las posteriores encarnaciones efectivas del poder se les escapan, y por lo tanto no las combaten (incluso son cómplices de algunas). En realidad, lo que llevan a cabo no es propiamente una lucha, sino la escenificación de una lucha: una manera de mostrarse, una pose. Y al no ser confesa, como en la del provocador gratuito, resulta tramposa: puesto que presenta como ética lo que en el fondo es una estética. Lo cual, por otra parte, sí que constituye una infracción.


José Antonio Montano: Érase una vez España


La Historia mínima de España, de Juan Pablo Fusi, que acaba de publicar Turner, no habría podido llegar en mejor momento. La crisis y la descomposición institucional en que andamos han tenido un efecto curioso: el de hacernos regresar a nuestro propio país. Durante los años de la europeización y la prosperidad parecía que nos habíamos despegado de él. A España, en efecto, no la reconocía ni la madre que la parió. Teníamos la sensación de vivir en un presente exento, libres de las fatalidades del pasado. La historia nacional parecía una historia extranjera. Se trataba, naturalmente, de una ilusión. En cuanto el globo se ha pinchado, hemos caído en el sitio que teníamos bajo los pies. Ahora volvemos a reconocernos en nuestros antepasados: la historia de España vuelve a hablar de nosotros mismos.

En esta de Fusi el reconocimiento viene potenciado por la velocidad. En dos o tres tardes —son menos de trescientas páginas— uno puede viajar desde el Homo antecessor de Atapuerca hasta Mariano Rajoy (no es broma: el libro termina con la llegada de este al poder en 2011). La concentración hace que se perciba el hilo, que no se pierda. En los últimos tiempos he leído otras dos historias rápidas, la Historia de Roma y la Historia de los griegos, ambas de Indro Montanelli. Hay un placer específico asociado al género, y es el de contemplar digamos que biográficamente una civilización: su nacimiento, su desarrollo y su muerte. Como si fuese un individuo compuesto de multitudes y milenios. El resultado es melancólico, pero en esa melancolía hay un germen de liberación, porque lo que suele imperar con semejante perspectiva no es la necesidad sino la contingencia. Son síntesis hechas no tanto del despliegue de una idea, como de la acumulación de vicisitudes. Estas, cierto, terminan conformando una suerte de personalidad (prefiero no usar la opresiva palabra identidad); aunque tan azarosa y sujeta al cambio, que hasta termina por desaparecer.

La diferencia de España, con respecto a las antiguas Grecia y Roma, es que por el momento no ha desaparecido. Su historia, por tanto, sigue en curso; y los que la leemos estamos todavía inmersos en ella, recibiéndola, padeciéndola y haciéndola. Si mantenemos la metáfora del individuo, es como si contempláramos, desde esta edad, nuestras edades anteriores. La historia nos ofrece, pues, comprensión de nosotros mismos, y quizá posibilidad de rectificación; mas también cansancio acumulado, el peso de los acontecimientos. A propósito de las historias citadas de Montanelli, debo señalar que la Historia mínima de España se distingue porque Fusi es historiador, mientras que aquel es fundamentalmente periodista. Fusi no se regodea en las anécdotas, ni funda su estilo en la chispa, sino que sostiene un tono sobrio, de estudioso, cuya belleza reside en la contención. Su prosa es clara, explicativa, pero trazada con una elegancia que dignifica lo que cuenta. Hay también hermosura en el intento de objetividad; en el esfuerzo por ser ecuánime y ponderado.

La historia que nos ofrece Fusi es ilustrada, antidogmática, posibilista, respirable. No parte de una idea nacional preconcebida, ni esencialista, sino que va dando cuenta de lo que aparece en nuestro territorio, hasta que se conforma esto que llamamos España. La apertura conceptual en cuanto al nacimiento, se mantiene en lo concerniente al desarrollo: el relato de lo que va ocurriendo no escamotea el hecho que pudiera haber ocurrido de forma distinta. En realidad es como un cuento; no por lo que tiene de ficción, sino por lo que tiene de narración que avanza de un modo no predeterminado. Viene a ser un “érase una vez España”, elaborado con materiales de la realidad. El final del breve prólogo, en que Fusi esboza sus principios (como la aspiración “a analizar críticamente el pasado, a sustituir mitos, leyendas, relatos fraudulentos e interpretaciones deshonestas por conocimiento sustantivo, verdadero y útil”), dice así: “La historiografía de mi generación, nacida en torno a 1945, no tiene ya, probablemente, la elocuencia de los ‘grandes relatos’ que en su día compusieron la historia de España; pero tampoco su inverosimilitud”.

La obra está dividida en seis bloques: la formación de Hispania, la España medieval, la España imperial, el siglo XVIII y el fin del Antiguo Régimen, el periodo de 1808 a 1939 (“la debilidad del estado nacional”) y el periodo de la dictadura a nuestra actual democracia. No voy a resumir el libro, con lo resumido que ya viene; pero sí quisiera señalar un par de aspectos que tienen que ver con la situación de hoy. En el relato de Fusi, la transición iniciada en 1975 aparece como una fase en que España logra resolver, o atenuar, sus problemas históricos fundamentales; con un esfuerzo que es índice de la dificultad. Esa época, sin embargo, ya se ha terminado: ahora estamos en la “postransición” (que inicialmente leí, por cierto, en un lapsus, como “postración”). Habría comenzado con los atentados del 11 de marzo de 2004 y la victoria electoral de Zapatero. La presidencia de este supuso “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la transición. El PSOE parecía identificar ahora democracia con izquierda y nacionalismos; la idea parecía ser que, treinta años después de la muerte de Franco, las circunstancias españolas no eran ya las circunstancias de la transición”. Con este libro Zapatero debuta en los libros de historia, y no es un debut glorioso: “Pero el nuevo socialismo español, el socialismo de Zapatero, era un vago sentimentalismo progresista, asociado más a valores morales comunitarios que a grandes reformas económicas y sociales”. Dimos, pues, ese mal paso, y la economía ha hecho el resto. Ya nos encontramos otra vez en nuestra historia.